Prosa inédita

Reseña de Homenaje a Borges de María Kodama (Buenos Aires: Sudamericana, 2016), que salió en la diaria el 19 de setiembre.

En un año repleto de efemérides literarias (180 años del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer, 100 de la muerte de Rubén Darío y 400 de las de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega), las celebraciones de la memoria de Jorge Luis Borges, a 30 años de su muerte, han poblado los últimos meses. María Kodama, su viuda y albacea, ha organizado este año una serie de conferencias, ha acompañado otros múltiples actos conmemorativos y exposiciones en honor al escritor argentino y ha publicado un libro, el primero enteramente de su autoría: Homenaje a Borges.

Desde el 14 de junio de 1986, cuando Borges murió en la Ginebra de sus años de estudiante, Kodama ha sido no sólo la responsable de sus derechos de autor, sino también el centro de una serie de intensas polémicas que llenaron de titulares los diarios de medio mundo. La más reciente, con Pablo Katchadjian a raíz de su experimento literario El Aleph engordado, logró poner en discusión asuntos tan complejos como los conceptos de autoría y de originalidad (y, por lo tanto, de plagio), pero años antes había ya participado en una fuerte discusión tras reeditar, contra el deseo manifiesto de Borges y para regocijo de sus lectores, inhallables libros de juventud como El tamaño de mi esperanzao Inquisiciones, y en una injuriosa campaña post mortem contra Adolfo Bioy Casares (que tuvo su ápice en 2012, cuando dijo que era “el Salieri de Borges”) y su albacea Daniel Martino, a raíz de la publicación de Borges, un revelador diario íntimo de más de 1.500 páginas, dedicado a una colaboración literaria y a una amistad de más de 50 años entre ambos escritores. Kodama tomó su primera gran decisión polémica ya en 1986, cuando decidió terminar con una extensa relación y un acuerdo que Borges tenía con su primer traductor inglés, Norman Thomas di Giovanni, con quien había trabajado a la par para establecer las versiones de sus obras en la amada lengua de su abuela paterna (auténticas reescrituras en muchos casos), que hoy están fuera del mercado, dejando al público angloparlante a merced de traducciones infamantes como las de Andrew Hurley.

Este Homenaje a Borges, no obstante esas cuestiones, pudo haber sido un libro maravilloso. Kodama, quiéranlo o no sus detractores, fue una persona fundamental durante muchos años en la vida de Borges (cuando lo conoció, ella tenía 16 años) y por lo tanto una testigo privilegiada de su intimidad. Ese es el motivo por el cual este libro, que reúne una serie de conferencias dadas por ella (conjeturalmente) alrededor del mundo, podría haber sido una oportunidad especial para acercarnos a un Borges más humano (como lo hicieron, por ejemplo, Emir Rodríguez Monegal y Silvina Ocampo), sin la necesidad de caer en la vulgaridad. Pero, salvo en algunos fragmentos especiales e importantes, la autora dedica la mayoría de sus charlas a analizar la inmensa obra de Borges, esbozando en la mayoría de las ocasiones la introducción a algún tema de manera muy insatisfactoria, porque no logra ser del todo introductoria pero tampoco plantea un acercamiento novedoso ni en profundidad.

Así, el libro está dispuesto en capítulos como “La memoria”, “Borges y los libros”, “¿Qué es el tiempo?”, “Borges y el Golem” o “Lo fantástico”, que prometen desde sus ambiciosos títulos un acercamiento a alguno de los grandes asuntos sobre los que Borges escribió durante toda su vida, pero lamentablemente la promesa queda en eso, porque lo que se ofrece es una caótica acumulación de transcripciones que no han sido editadas de ningún modo, y eso determina que no sólo haya errores de puntuación o de concordancia, producto del traspaso descuidado del código oral al escrito, sino también confusiones acerca de los títulos de los cuentos comentados, ausencia de versos en los poemas citados, e incluso errores en fechas históricas (dice, por ejemplo, que Alejandría fue fundada en el siglo XV y que Francisco Laprida murió el 22 de noviembre de 1829). Siguiendo esta enumeración del caos, salvo en unos pocos casos no se nos dice dónde y cuándo se dieron las conferencias; personas importantes en la vida de Borges son nombradas sólo por el apellido o sólo por el nombre, para desgracia de los “no iniciados”, mientras que otras fundamentales no son nombradas en absoluto; se cita una diversidad de textos de otros que no aparecen referenciados; y una infatigable acumulación de contradicciones, redundancias y erratas, sumada a los lugares comunes, a los juicios desatinados y a un léxico seudoborgesiano (en el que abundan ornamentales laberintos, tigres y senderos que se bifurcan), termina de arruinar un libro que, aun sin aportar demasiado a los cientos de estudios que la obra de Borges suma cada año, podría haber sido, con capítulos interesantes como “En la penumbra del monte Helicón”, una buena introducción al escritor más genial del siglo XX y se convierte apenas en un gesto más de la novelería editorial.

Las dos salamandras

Pero el calor repentino ha despertado a los bichos y ya noto las durezas de un cuerpo que no es mío en mí, que me suplanta, desde debajo de la piel, que me domina y me hace suyo. Siento sus patas finas, sus antenas, el exoesqueleto abriéndose paso entre la carne. Siento el dolor de la parturienta mientras dejo de ser hombre. Miro el libro, anhelo el milagro.

Fragmento del cuento “Las dos salamandras”, que escribí para el proyecto Trinidad, convocado por Vicente Lamónaca. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Bicicletas rotas

Traducciones un poco apuradas de la canción de Leonard Cohen “Is This What You Wanted”, de “Broken Bicycles”, una canción de Tom Waits escrita para la película One from the Heart, de Francis Ford Coppola, y de “Slip Away” de David Bowie.

I

Eras la promesa que se da en el atardecer,
yo era la mañana siguiente.
Eras Jesucristo mi Señor,
yo era el prestamista.
Eras la mujer sensible,
yo era el reverendísimo Freud.
Eras el orgasmo manual,
yo era era el pequeño niño verde.

¿Y es esto lo que querías,
vivir en una casa embrujada
por el fantasma de los dos?

Eras Marlon Brando,
yo era Steve McQueen.
Eras lubricante,
yo era vaselina.
Eras el padre de la medicina moderna,
yo era Mr. Músculo.
Eras la puta y la bestia de Babilonia,
yo era Rin Tin Tin.

¿Y es esto lo que querías,
vivir en una casa embrujada
por el fantasma de los dos?

Te pusiste vieja y arrugada
yo me quedé en los diecisiete.
Te lujuriaste después de tantos,
yo estoy acostado con una.
Desafiaste tu soledad,
yo sobreviví solo.
Dijiste que nunca podrías amarme,
yo deshice tu vestido.

Y es esto lo que querías…

Quiero decir, es esto lo que querías…

Así es, es esto lo que querías…

II

Bicicletas rotas, viejas cadenas reventadas,
manubrios reventados, bajo la lluvia.
Alguien debe tener un orfanato para
todas las cosas que ya nadie quiere.
Setiembre se parece a julio,
es tiempo de decir adiós.
El verano se fue, Nuestro amor va a seguir ahí,
como las viejas bicicletas rotas bajo la lluvia.

Bicicletas rotas, no le cuentes a mis viejos
que hay naipes prendidos en los rayos
y yacen como esqueletos en el jardín.
Las ruedas no giran si falta una
y las estaciones pueden cambiar en un segundo
—de algún modo lo olvido cada vez.
Porque todo lo que me diste
va a estar siempre ahí roto, pero nunca lo voy a tirar.

II

Oogie espera por un día más,
arrastra sus huesos
para ver jugar a los Yankees.
Bones Boy habla y destella gris.

Oh, se me escapan.

Una vez
casi pudieron haber sido

Bones y Oogie en la gran pantalla.
Nadie supo lo que podían hacer,
salvo nosotros dos.
Se me escapan.

Se escapan.

No te olvides
de abrigarte la cabeza
brilla brilla el tío Floyd
mirando todo el mundo
roto por la la guerra

¡Cómo me pregunto dónde estarán!
Navegando a
Coney Island,
brilla brilla el tío Floyd.
Éramos bobos,
pero vos sí que eras divertido,

¡cómo me pregunto dónde estarás!

Oogie sabía que nunca hay tiempo,

que uno de nosotros siempre quedaría rezagado.
Allá en el espacio siempre es 1982:
el chiste que siempre supimos.
¿Cuál es tu problema?
Dale, vamos,
escapémonos.
No te olvides
de abrigarte la cabeza
brilla brilla el tío Floyd
mirando todo el mundo
roto por la guerra.
¡Cómo me pregunto dónde estarán!
Navegando a
Coney Island
brilla brilla el tío Floyd.
Éramos bobos,
pero vos sí que eras divertido,

¡cómo me pregunto dónde estarás!

La Palabra o las palabras

Vuelvo una vez más a la novela de Rushdie. Cuando otro personaje le pregunta a Salman el Persa años después por qué estaba seguro de que si Mahound se enteraba de sus alteraciones de la escritura sagrada lo mandaría matar, el ex escriba contesta, con resignación: “Era su Palabra contra la mía”.

Fragmento de La Palabra o las palabras, contratapa que escribí para Fuera de sección, de la diaria en torno al caso de Jihad Diyab y en base a una nota de Martín Otheguy. Se puede acceder al texto completo haciendo clic en la cita.

Los impunes o, la justicia

Reseña de Los impunes de Richard Price (Buenos Aires: Random House, 2016), que salió en la diaria el 7 de setiembre de 2016.

¿Qué tienen en común Truman Capote, Ray Bradbury, Raymond Chandler y Cormac McCarthy? ¿Qué une a nombres tan disímiles como John Fante, William Faulkner y Kazuo Ishiguro? La respuesta más evidente es que todos son novelistas. Pero, además, todos escribieron, en algún momento y de forma paralela a sus proyectos narrativos, guiones cinematográficos. Ellos trabajaron en largometrajes, pero una nueva camada de autores encontró en la televisión su medio de expresión y de llegada al gran público. Cada vez son más comunes casos como el del francés Emmanuel Carrère (guionista de los primeros episodios de la serie Les revenants) o Nic Pizzolatto, conocido mundialmente sólo luego de guionar True Detective (aunque ya había escrito libros como La profundidad del mar amarillo -2004- y Galveston -2010-). Similar al de este último es el caso de Richard Price.

Autor de nueve novelas, entre las que se destacan Clockers (1992, adaptada al cine por Spike Lee en 1995) y La vida fácil (2008), ha guionado películas como El color del dinero, de Martin Scorsese (que le valió una nominación al Oscar), y colaborado en la aclamada serie The Wire, además de ser el cocreador y guionista de la nueva producción de HBO, The Night Of. Los impunes fue su vuelta a la literatura en 2015, después de siete años de silencio, y es una obra maestra en su género, alabada por autores como Michael Chabon, Stephen King y Michael Connelly.

Lo que falta precisar ahora es cuál es “su género”, y en este sentido es que el asunto se complica. En apariencia tenemos una novela policial, un complejo mecanismo muy bien armado, inteligente, ágil. Por un lado, se nos cuenta la historia del sargento de policía Billy Graves, que trabaja en la guardia nocturna de Manhattan, y la del criminal al que nunca pudo encarcelar; por otro lado, la historia de Milton Ramos, un policía resentido que es continuamente acosado por sus fantasmas familiares. Hasta ahí, es un libro que no sale de los parámetros clásicos, presentando dos historias paralelas que en cierto punto convergen. Pero, a decir verdad, el argumento no tiene absolutamente ninguna importancia.

¿Se puede decir que Los impunes entretiene? Sí. ¿Que intriga? Sí. ¿Que emociona? También. Pero hay más, porque Price (que en la versión original agregó a su nombre un curioso “writing as [escribiendo como] Harry Brandt”) no se contenta con presentar personajes bien construidos, ambientes creíbles y una trepidante historia de violencia y persecución, sino que, enraizando con la más pura tradición realista inglesa del siglo XIX (Charles Dickens, George Eliot), logra también dar, con la mediación de lo noir, una complejísima visión de la sociedad y de los ambientes que describe con un grado de detallismo sorprendente.

En The Whites (nombre original de la novela, que hace referencia tanto a un término de la jerga policial como al color de la ballena de Moby Dick) estamos ante una Nueva York cosmopolita, construida en una superposición de lenguas, tradiciones y generaciones que se entrecruzan, mezclan y confunden. Además, Price tiene la habilidad de agregar detalles que aportan a la verosimilitud, creando un espacio ficcional creíble y vivo, dando a esas pinceladas de “realidad” significados más allá de la mera decoración. Así, por ejemplo, los hijos del protagonista, dos niños pequeños cuyos nombres -Declan y Carlos- dicen mucho del mestizaje que es la materia prima de la novela, llevan a cabo siempre acciones en un segundo plano que funciona como “música ambiente” (formada por gritos y llantos), perfeccionando los climas narrativos; y el padre del protagonista, Bill Sr -que sufre de demencia senil-, confunde a las personas, llamando a los hijos por el nombre de sus padres, en una traslación que no es arbitraria.

En una de las mesas de la última edición montevideana de la Semana Negra, sobre cine policial, el español Eloy Fernández Porta hablaba del concepto de fatum (el destino para los romanos) como central en el neo-noir. La idea de lo inevitable, que es principal en el concepto de tragedia, actúa moviendo más allá de sí mismos a los personajes, que parecen obedecer a una fuerza que los avasalla. Así, se suma una tercera capa de complejidad a esta novela en la que, como ha dicho Joyce Carol Oates, predomina la ambigüedad: se trata de la discusión sobre conceptos superiores, como la libertad y (sobre todo) la justicia en sus más variados matices, fundamentalmente en diálogos de una factura perfecta, que Price ha perfeccionado en su trabajo como guionista. De este modo Los impunes logra trascender su género a tal punto que sobrevive incluso a la penosa traducción (que mezcla palabras del argot español con vocablos rioplatenses, arruinando el ritmo logradísimo del original) y se posiciona como una de las mejores novelas del año.

Yo. Mitad Calibán, mitad Narciso

La “Nota autobiográfica” que Jaime Gil de Biedma escribió para el volumen de sus poesías reunidas, Las personas del verbo.

«Nací en Barcelona en 1929 y aquí he residido casi siempre. Pasé los tres años de la guerra civil en Nava de la Asunción, un pueblo de la provincia de Segovia en donde mi familia posee una casa a la que siempre acabo por volver. La alternancia entre Cataluña y Castilla, es decir: entre la ciudad y el campo —o, para ser más exacto, entre la vida burguesa y la vie de château—, ha sido un factor importante en la formación de mi mitología personal. Estudié Derecho en Barcelona y Salamanca; me licencié en 1951. Desde 1955 trabajo en una empresa comercial. Mi empleo me ha llevado a vivir largas temporadas en Manila, ciudad que adoro y que me resulta bastante menos exótica que Sevilla, porque la entiendo mejor. Me quedé calvo en 1962; la pérdida me fastidia pero no me obsesiona —dicen que tengo una línea de cabeza muy buena. Gano bastante dinero. No ahorro. He sido de izquierdas y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya algún tiempo que no ejerzo.»

Bien. Supongamos ahora que han pasado doce años desde que escribí lo anterior. Y aun vayamos más lejos, supongamos lo más terrible: que nuestra suposición—tuya y mía, lector, acuérdate— sea la verdad absoluta. ¿Qué diré entonces que ha sido de mí durante este espacio interlinear? Lo primero y lo instintivo, es decir que nada. Luego, tras algún pensar, ciertos hechos se imponen. Por ejemplo, que Manila ya me aburre y en cambio me fascinó Sevilla, por primera vez descubierta en noviembre de 1976, después de haber estado en ella cuantísimas veces. También, que en 1974 publiqué un diario mío de 1956— los años terminados en seis siempre han sido importantes en mi vida—, titulándolo Diario del artista seriamente enfermo (Editorial Lumen, Barcelona); y que en 1980 reuní mis ensayos de crítica literaria y algunas otras cosas en un volumen: El pie de la letra (Editorial Crítica, Barcelona). Que ahora y aquí publico la segunda edición, imperceptiblemente aumentada, de mis poesías completas. Y que a lo largo de estos años he aprendido, bien o mal—bien y mal—, a ser un encajador. Un aprendizaje modesto pero absorbente, que apenas permite escribir poemas.

Quizá hubiera que decir algo más sobre eso, sobre el no escribir. Mucha gente me lo pregunta, yo me lo pregunto. Y preguntarme por qué no escribo inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer. Mis respuestas favoritas son dos. Una, que mi poesía consistió— sin yo saberlo —en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba. Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema. Y en parte, en mala parte, lo he conseguido; como cualquier poema medianamente bien hecho, ahora carezco de libertad interior, soy todo necesidad y sumisión interna a ese atormentado tirano, a ese Big Brother insomne, omnisciente y ubicuo— —Yo. Mitad Calibán, mitad Narciso, le temo sobre todo cuando le escucho interrogarme junto a un balcón abierto:

«¿Qué hace un muchacho de 1950 como tú en un año indiferente como éste?» All the rest is silence.

Barcelona, enero de 1982

Memorias del cerebro

Reseña de Ante todo, no hagas daño de Henry Marsh (Barcelona: Salamandra, 2016) que salió en la diaria el 24 de agosto de 2016.

Henry Marsh ya era un reputado neurocirujano -y bastante famoso, fundamentalmente a partir del documental The English Surgeon, de 2007 y dirigido por Geoffrey Smith- cuando publicó en 2014, a punto de retirarse, Ante todo, no hagas daño. Este libro, en el que confluyen varias tradiciones literarias, resultó una revelación, con críticas positivas y varias reediciones, y a principios de este año fue editado en español por Salamandra.

Vale detenerse en algunas de esas tradiciones como forma de acercarse a una obra difícilmente catalogable. Por un lado, se puede pensar en la extensa tradición británica de libros científicos o de divulgación que tienen cierto valor literario más allá de su interés concreto, y logran grandes ventas entre el público general; de este modo, se lo puede pensar en relación con El viaje del Beagle (1839), de Charles Darwin, o Breve historia del tiempo (1988), de Stephen Hawking. Por otra parte, participa también en el brumoso género definido por el tratamiento extensivo de un fenómeno científico, con un anclaje en la historia personal y un abordaje enciclopedista, donde el sorprendente The Emperor of All Maladies: A Biography of Cancer (2011, lamentablemente sin versión en español), de Siddhartha Mukherjee, ocupa un sitio privilegiado. Pero también forma parte de la inagotable tradición de memorias que un profesional de cierto renombre a menudo escribe hacia el final de su carrera o tras terminarla, donde cuenta sus experiencias laborales más destacadas, a la vez que las salpica con pinceladas de autobiografía y reflexión sobre su disciplina.

Sin embargo, esquivando un poco el pacto que propone toda obra “basada en hechos reales”, se puede también hermanar este libro con los de dos rusos que además eran médicos: Mi vida (1896), de Anton Chéjov y, sobre todo, los Relatos de un joven médico, de Mijail Bulgakov (publicados en revistas de 1925 a 1927, y en un solo volumen tras la muerte del autor), en el que cuenta con un negro sentido del humor sus desventuradas primeras experiencias profesionales (que recientemente sirvieron de base, junto a la novela Morfina -1927-, del mismo autor, para una excelente serie de la BBC con Jon Hamm y Daniel Radcliffe).

Esa relación se ve fuertemente apoyada, además, por el subtítulo que acompaña la versión original: Stories of Life, Death and Brain Surgery. Y en el “stories”, que comparte la misma dualidad que su contraparte española “historias” (y se puede leer inclinándose hacia lo “basado en hechos reales” del asunto o como sinónimo de “cuentos”, tomando partido por una versión más “literaria”), se sostiene una forma de leer sobre “vida, muerte y neurocirugía” que cambia un poco la perspectiva, pero que sobre todo contribuye a ver en este libro una pequeña obra maestra.

Ante todo, no hagas daño, didácticamente, está dividido en 25 capítulos cuyos títulos, salvo contadas excepciones, anticipan su tema y nombran una enfermedad del sistema nervioso, y que vienen acompañados, además, por una breve definición, como de diccionario. Este procedimiento no tiene más sentido que el mencionado: de hecho, las enfermedades no están agrupadas por órgano, ni por frecuencia, ni en una escala de malignidad; tampoco los casos se presentan cronológicamente, y de hecho en varios capítulos hay más de un caso que no se ciñe a su título. Y ahí, justamente, es donde entra la ficción.

El orden utilizado, entonces, es dramático, porque apunta a la creación de un clima, a una progresión trágica que alcanza su punto máximo aproximadamente en el comienzo del último tercio del libro. Este manejo del tiempo, cifrado en una manipulación consciente de los textos, es probablemente el mayor acierto de una obra llena de ellos. Pensando que todo lo que aparece en el libro es verdad y, de hecho, tiene como comprobante las historias clínicas de muchos pacientes, es útil por un momento distanciarse de la obra (que continuamente nos exige una conexión) y ver sus cualidades literarias más allá de los temas, más allá de los argumentos, que no pueden ser más interesantes (¿qué más interesante que nuestro cerebro y su aún inexplicable funcionamiento?, ¿qué más interesante que su relación con nuestra personalidad, con nuestros estados de ánimo, nuestros recuerdos, nuestra identidad?).

Con el humor que caracteriza lo mejor de la literatura inglesa (que se burla de la autoridad pero no puede dejar de sentir un respeto reverencial hacia ella), con las dosis justas de reflexión casi ensayística, de cavilación metafísica y existencial, con el justo toque humano y autocrítico que sólo dan los años de experiencia, Henry Marsh ha logrado una obra que se sostiene por su lenguaje, por su estructura, aun más que por su contenido (si esos aspectos no fueran indisociables). Hay capítulos, de hecho, como “Tic douloureux”, “Carcinoma” o “Hibris”, que merecen ser leídos con detenimiento y valen la pena por fuera del esquema; capítulos que, aun si se suspende al leerlos, como he propuesto, ese pacto de verdad, hacen de Ante todo, no hagas daño un libro perfecto.