Un poema de Mary Shelley

Traducción libre de “Tribute for thee dear solace of my life“, publicado a veces bajo el título “Fragment”, brevísimo poema que Mary Shelley escribió en una hoja suelta de su Diario (la página 109, exactamente) por el 23 de enero de 1826 y que se mantuvo inédito hasta la aparición de Mary Shelley: A Biography, de Rosalie Glynn Grylls (Londres: Oxford University Press, 1938). Está dedicado a su amiga Jane Williams, a quien Percy Bysshe Shelley dedicara sus últimas canciones de amor, y la fecha de su escritura es muy cercana a la publicación, en febrero de ese año, de la novela de ciencia ficción The Last Man.
Acompaña el poema una carta de Mary a Jane, escrita desde Genoa el 18 de setiembre de 1822, tras las muertes de sus maridos.

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Para Jane, con el Último Hombre

Homenaje a vos, querido consuelo de mi vida.
No rechaces esta tu ofrenda de Mary;
un cuento de dolor, abundante en penas,
homenaje inapropiado, cercado de cipreses, llevo—
es el eco, dulce

 

19 maneras de mirar el Uruguay

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Captura de pantalla de la calle 20 de febrero según Google Maps, tomada el 20 de febrero de 2017 a las 10:10

La partida

Este agujero se llamaba la patria
y temblaba oscuro del rojo.

Era la noche lunga
del sitio.

El aujero respira en raíces, en venas y en la piel vuelta niebla o nada.

Bolsas de portland una sobre otra y la res municipal: manta o tira bien gorda
salada y humeante la cruz con cuero en el pozo,
ese pozo se llama la patria y respira. Cae la grasita, sube el humo
y hace música en los estómagos.

2.

Parece todo quieto,
bajo la nacarada soledad de su traje antiguo
la pierna relajada o tensa en su postura de cariátide
sosteniendo los techos sin esfuerzo, la cara impávida,
sin señales de agotamiento o de dolor,
parada ahí contra la pared en sombras (las hojas de los plátanos, un pájaro momentáneo)
se mira y no se toca, porque levantar el vestido
rasgar la tela suavemente
sólo revelaría vacío o amasijo de granito y cemento.

3.

Atrás quedaron las voces de los personal trainers,
los bull-terriers, los tambores.
Hundo el pie en el barro oscuro, las sombras de musgo sobre los ladrillos,
el denso olor del agua muerta.
Vaciaron el estanque,
estatuita,
y en tus brazos relucen los huevos punzó de los sapos en racimos.

Entramos en la Isla.

4.

Aplasta la carne al boleo, haciendo una masa espesa,
mezcla la harina, cebolla picada fina,
aplasta tendones, los cartílagos,
hiende la boca amarillenta, como un pajonal encendido en carnavales.
Tira la carne a la plancha,
disco de arado sobre piñas y diarios pasados,
tira un huevo al calor y espera, sal y truco.

5.

Meter en el baúl el tronco de eucaliptus inmenso
para prender algún fuego si refresca, dejar el auto en contacto, abrir la ventana,
oler la lluvia en el bañado.
Darle marcha y notar el cosquilleo, el picor de la hormiga colorada
subiendo por las patas hasta el culo.

Salir del auto, ver el maletero hirviente en bichos.
Que todo parecía prevenir el rápido motor
y era suplicio de hachazos y de leña.

6.

Miran en foco todos los carpinchos,
sobre las colas de zorro y entre palmeras altas.
Sabe decir las cosas lentas, para que escuchen,
decir las palabras suaves del exterminio.
Ir poniendo uno tras otro butiá en el frasco, ir separando ese queso,
trenzar el cardo. Madrugar las quejas,
poner las manos al sol
para sentir un escozor que esté vivo.

7.

El durmiente.
Ahí está, de roble o qué
trade mark,
        comido por los vientos.
Ahora el traqueteo invisible de mis momentos le avisa
que ese libro ya se puso viejo.

8.

Nos llamaban a la patria
los despenadores
porque nos comíamos a los hombres sin cocer.
Les clavábamos el filito
en la parte blanda, abríamos la pena para sacarla entera
y masticarla mientras coleteaba.

La planta de la yerba mate crecía sola, como una zarza ardiente en la frontera
podía decir frango, pêssego o abacaxi.

9.

La noche en éxtasis loco,
azimut del sol, tungsteno.
El tiroteo lejano
y el frenesí de la danza,
y del sileno que lame
el angustioso pezón
de la becerra sangrienta
del sacrificio nocturno.
La gallina en la macumba
abre los ojos ya muertos,
y corre, entre los fuegos
desplumándose las alas.
La desesperación final
de las manos implorantes.
De la brasa y el sudor frío.
Y el portazo final cierra
la noche. Música orgiástica
acompaña la huida triste.
Lobregueces de festín.

10.

La mujer miraba el cielo y el cielo
pero éramos esa cosa dura que crece en el río
que sube la sierra como yerba de la piedra
y se mezcla con la gente para decir mi casa.
Éramos esa cosa dura que se mete en medio
y sin mostrarse suspende
porque es un muerto que parece hablar y no dice más que dos palabras.

11.

El pico partido
llevaron al arroyo la voz secreta
de Tramandaí o Aceguá
porque sabían que decir las cosas
es hervirlas.

12.

Abrió la puerta a la terma
y le dio los 55 grados
para curarse el resfrío o morir, galopando como un jinete
en una macana de despeñadero.

13.

Iban los caballos para encontrarse,
iban para tocarse las crines,
oler la marcela en el monte abierto,
la piedra y el agua que toman viejas ovejas britanas
como té de siete yuyos o un caldo chirle.

Iban los cuchillos brillando
el Perdido de golpe de machete abierto en dos la yegua mansa,
el tordillo clavado como una espina,
el milico durmiendo con el rifle para arriba,
apuntándole a la cara, todo dientes.

14.

Espinillar sobre el reguero en el patio
de la piscinita de plástico fucsia para mojar los niños
que sepan al menos qué cosa es un verano.

Y los cabezudos del corso pidiendo indicaciones en la esquina,
perdidos de toda noche.

15.

Decirle permiso a la planta para que no pueda,
que aruera guarde las arañitas en el recodo ese, con mano escondida,
esquivando el choque duro del lazo y la plomada.

Indicar al gringo dónde está la Rambla
que siga las calles, doble en las esquinas, se dé de frente con la estatua aquella
y caiga al mar como una cabra maniatada
y sea ofrenda o camalote flotando río abajo.

16.

Había que saber muchas cosas, los nombres de todas las cosas:
la palma imperial, el guitarrero, la pitanga y Guabiyú.
Había esa sensación de lo raro
cuando marcaba mi casa
“entre mamboretá y guazubirá”
sin ver al tatadiós y al venado.

17.

Sangraba como un chancho
con las patas a los lados suplicando
sobre la bandeja ancha de metal barato
para entrar a un horno que era toda la manzana.
Suplicaba cosas para rendirse entonces,
en un triste ritmo de cosas muertas,
del responso final o la elegía
del celularito con la pantalla partida.

Podíamos hablar seis horas
en un portuñol muy afectado
y sabía gesticular cada desatino
con agudos que se abrían como chingolos.

Estaba ahí cuando entró de una el tajo a abrirle
y se arrastró hasta el cambio con las ventanillas manchadas.

Podía una noche dar una vuelta completa al casino
sin pensar en los ruidos ni en las luces ni en guita.

18.

Para decir alcanzaba con murmurar: ahí va el cusifai, quiero uno de esos cosos que se usan para cortar, pasame el cosito.

19.

O debiera decirse la llegada
de ese indiaje que vació el campo de chajás.
Que dio la carne temblorosa para la parrilla y levantó una mano
para aguantar el barco en el puerto.
Ahí está: baja el viejo zapatón de cuero, pisa el adoquín, tira el mediomundo al río
y lo saca henchido de pescados radioactivos, pejerreyes y de fuerza bruta
de cáñamo o lana o corned beef.
En la esquina alguien toca algo
un tango o milonga para los perros y los cajetillas
que le tiran moneditas de a seis pasos.
Se pone meta a entrar cosas, la bolsa preparada ya
para reventar, la piola tirante, el secreto a voces de un destripe patrio.

Y la pelota mete y saca manchada de cal,
contra un muro que se levantó para acribillar gauchitos.

Cuestionario Proust: Andrés Alberto

Andrés Alberto nació en Bahía Blanca en 1986. 16709291_646664008869441_2132809252_oEn 2006 comenzó a publicar historietas en su blog y como colaborador en distintas publicaciones independientes. En 2011 editó su primer libro La dura vida (Galería Editorial) y desde 2013 publica en la revista Lento. En 2015 integró la antología Informe: historieta argentina del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario) y de 2016 es su segundo libro Adiós, mundo cruel (Galería Editorial).
Éstas son sus respuestas al cuestionario Proust.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
¡Que no existe!

¿Cuál es su mayor miedo?
Las arañas, y también tengo miedo al agua.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de los demás?
El olor. Pero la soberbia un poco también. O el egoísmo.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí mismo?
Vivo gobernado por los miedos.

¿Quién es la persona viva que más admira?
Bill Watterson me genera mucha admiración, bastante.

¿Cuál es su mayor extravagancia?
Me saco constantemente de las manos capas invisibles de alguna sustancia mental. De pequeño le hice creer a mis padres que se me había pasado, pero nomás había aprendido a disimularlo.

¿Cuál es su actual estado de ánimo?
Del medio un poco para abajo.

¿En qué ocasión miente?
Cuando pongo que He leído y Acepto los términos y condiciones de no sé qué.

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?
Creo que tengo lindos nudillos.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre?
Los nudillos, es lo más importante objetivamente.

¿Y en una mujer?
Que sepa apreciar unos buenos nudillos.

¿Qué palabras o frases utiliza con demasiada frecuencia?
Uso muchas expresiones que relativizan lo que estoy diciendo: “medio”, “un poco”, etc.

¿Quién o qué ha sido el amor de su vida?
Es una pregunta para hacerme dentro de otros 30 años, supongo.

¿Dónde y cuándo fue más feliz?
Hubo algunos momentitos, nada extraordinario que valga la pena detallar acá.

¿Qué talento le gustaría tener?
Cantar lindo.

¿Qué cambiaría de sí mismo?
Me gustaría ser menos lampiño.

¿Cuál es su mayor logro?
Una vez Max Cachimba me dijo que le gustó un librito mío.

Si muriese y pudiera reencarnarse, ¿qué sería?
Perro callejero. De esos que se enroscan en un cantero para dormir.

¿Dónde le gustaría vivir?
En una casa con patio con pasto.

¿Cuál es su posesión más preciada?
La guitarra y una pelota chiquita que llevo a todos lados.

¿Qué es para usted lo más profundo de la miseria?
Cuando un compañero de la escuela no te prestaba el liquid paper “porque se gasta”. Pero debe haber cosas peores.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Caminar.

¿Cuál es su característica más marcada?
No me salen las cosas. No sé por qué.

¿Qué es lo que más valora de sus amigos?
El sentido del humor y la transparencia. Desconfiar me da fiaca, a mi edad.

¿Quiénes son sus escritores favoritos?
De todos los tiempos, Kurt Vonnegut. De los últimos tiempos, me entusiasmé mucho con Mario Levrero y también estoy leyendo seguido cosas de Bioy Casares y de Gabriel García Márquez.
En historieta, Bill Watterson, Art Spiegelman, Jason últimamente. Nada raro.

¿Quién es su héroe más preciado de ficción?
Batman.

¿Con qué figura histórica se identifica más?
Da Vinci.

¿Quiénes son sus héroes en la vida real?
Debería decir alguien medio solidario, pero la sinceridad es que me emociono con Messi, aunque sea menos importante lo que hace.

¿De qué es lo que más se arrepiente?
De haber contado lo de las capas invisibles, más arriba.

¿Cómo le gustaría morir?
Tengo la sensación medio fuerte de que voy a morir en un accidente automovilístico. No es que me guste mucho la circunstancia, aunque en el momento el hecho de haber tenido razón en este punto me daría cierta alegría final.

¿Cuál es su lema?
“Al que no madruga, dios lo perjudica”.

+ cuestionarios Proust

La libertad sin el genio

Reseña de Oulipo. Ejercicios de literatura potencial, antología que incluye textos de Raymond Queneau, Georges Perec, François Le Lionnais, Italo Calvino y otros (Buenos Aires: Caja Negra, 2016), que salió en la diaria el 10 de febrero de 2017.

“¿Debe la humanidad relajarse, satisfecha, pensando ideas nuevas en versos antiguos?”, se pregunta el ingeniero químico y matemático François Le Lionnais en el Primer Manifiesto de Oulipo, escrito en 1963. Como respuesta negativa a esa pregunta, Le Lionnais fundó tres años antes el grupo llamado Ouvroir de littérature potentielle (traducido generalmente como “Taller de literatura potencial”, Oulipo, por su acrónimo en francés), con la intención de que, parafraseando al oulipiano argentino Eduardo Berti, desacralizara la literatura sin desvalorizarla.

En 2016, como parte de su deslumbrante colección Numancia, la editorial argentina Caja Negra publicó una colección de textos de este grupo literario francés, el más longevo de la historia, que continúa hasta hoy su actividad. Como explica Marcel Bénabou en la introducción a Oulipo. Ejercicios de literatura potencial, fue fundado en “un tiempo marcado por la aparición de lo que se conocerá como estructuralismo, en el que se ponía en duda, en literatura, una doble serie de ilusiones: las del surrealismo y las del compromiso de tipo sartreano”. Así, el taller surge en oposición radical a la idea de genio creador que impuso el romanticismo en el siglo XIX, a la intervención del azar en la creación (que se puede ilustrar con procedimientos como la escritura automática o el cadáver exquisito) y también a la escritura social, de algún modo heredera del naturalismo.

Oulipo estableció una relación estrecha con las matemáticas y juegos como el ajedrez, en un intento de aunar arte y ciencia mediante la utilización de procedimientos lógicos en la creación de obras literarias. Con una visión lúdica de esa creación y como herencia de su relación al principio estrecha con el Colegio de Patafísica de París (fundado en 1948), sus integrantes se mantuvieron (y mantienen) alejados de todos los dogmatismos, las rigideces y las jerarquías que fueron características de muchos de los movimientos vanguardistas europeos, que terminaron girando en torno a una gran figura a veces despótica, como pudo haber sido André Breton para los surrealistas.

A lo largo de sus más de 60 años-siglos de vida (para Oulipo, un año equivale a una centuria), el taller ha contado con figuras de renombre, como Raymond Queneau, uno de sus fundadores (cuya poesía y narrativa fue traducida por primera vez al español en Montevideo por Idea Vilariño); el multifacético Georges Perec; el artista plástico Marcel Duchamp; y uno de los más reconocidos autores italianos del siglo XX, Italo Calvino, junto con otros de menor fama internacional, como los franceses Paul Fournel y Valérie Beaudouin, que estuvieron en Uruguay en la última edición del Filba, el alemán nacido en Rumania Oskar Pastior, el español Pablo Martín Sánchez y el estadounidense Harry Mathews.

Por medio de la experimentación permanente, los oulipianos no sólo descubrieron una inmensa libertad en la restricción, principio que se basa, justamente, en una regla limitante (como en el lipograma, que omite alguna letra del alfabeto, por ejemplo la “e” -la más asidua en el francés- en la novela La disparition, de Perec, de 1969, en español El secuestro, sin la letra “a”), sino que además demostraron cómo esta es un rasgo más o menos visible en toda la literatura, que determina 14 versos para un soneto, un final feliz para la comedia o la separación en capítulos de la novela. Sus ejercicios demuestran, de esta manera, cómo las reglas no restringen, sino que abren posibilidades y eximen al artista de limitantes como la inspiración o la musa.

Con un grupo tan productivo, el acierto de los editores Ezequiel Alemian (además traductor de los textos) y Malena Rey es la organización en secciones, que van desde “Hacia una definición de la literatura potencial”, formada por los textos teóricos inaugurales, hasta “Ejercicios, experimentos”, con varios ejemplos de la puesta en práctica de las ideas expuestas. A su vez, hay una parte dedicada íntegramente a Queneau y otra a los principales métodos de producción, y el libro termina con una lista de restricciones que alientan a la creación y otra de los oulipianos vivos y muertos (una vez convocado por el grupo, uno sólo puede salir de él suicidándose ante escribano público). Así, los editores ofrecen un panorama amplio pero comprensible que hace de este libro, pionero en nuestra lengua por su exhaustividad, un excelente acercamiento a uno de los más hermosos y productivos proyectos literarios del siglo XX, así como una muestra clara de su buena salud. Al final, uno puede decir con Perec que, “entre los terrorismos sedentarios y metamórficos, la existencia del Oulipo me parece una necesidad imperiosa”.

Francisco Acuña de Figueroa, oulipiano

En nuestro país, la literatura experimental es casi una excepción, y en general se ha limitado a la poesía visual y a vertientes que se aproximan más al juego tipográfico (esbozado por Stéphane Mallarmé y profundizado por el futurismo y las vanguardias subsiguientes) o a las relaciones entre palabra e imagen. Se pueden enumerar en esa línea nombres excepcionales de los años 20 a los 70, como Alfredo Mario Ferreiro (cuya poesía completa, al cuidado de Pablo Rocca, publicó en 2015 la editorial Renacimiento de Sevilla); Antonio de Ignacios, hermano de Rafael Barradas; Amanda Berenguer o Ernesto Cristiani, que juegan sobre todo con las potencialidades del espacio de la página, a veces incluyendo en su procedimiento otras artes, como la ilustración o el uso del color; hay que mencionar también el trabajo de Clemente Padín, Luis Camnitzer, Jorge Caraballo y Gustavo Wojciechowski (vinculado sobre todo, pero no solamente, con la tipografía), el de Luis Bravo y Juan Ángel Italiano (más próximo a la propuesta dadá y a la performance), el de Eduardo Roland (con ecos de los concretistas brasileños) y el de Riccardo Boglione (allegado a los trabajos de la literatura conceptual).

Si se dejan de lado algunos textos como el mallarmeano “Solo verde-amarillo para flauta. Llave de U”, de Julio Herrera y Reissig, pocas obras uruguayas pueden pensarse como remotamente cercanas a la propuesta del Oulipo (un ejemplo sería Ritmo D, de Boglione, que reduce el Decamerón a sus signos ortográficos, en cierta consonancia con el trabajo de Michelle Grangaud, que dejó del Britannicus, de Jean Racine, sólo las exclamaciones e interjecciones). Una notable excepción, en este sentido, es cierto Francisco Acuña de Figueroa. Aunque esto parezca una anacronía, es deliberada, porque parte de la actividad de los primeros oulipianos consistió en rastrear, en la historia de la literatura, lo que ellos llamaron “plagiarios por anticipación”: poetas o narradores que ya habían experimentado con algún tipo de restricción en el pasado más o menos remoto.

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Imagen 1. Fragmento de “35 variaciones sobre un tema de Marcel Proust” de Georges Perec y anagrama dedicado al cónsul de Francia, por Francisco Acuña de Figueroa

En este sentido, resulta esclarecedora la mera lectura de algunas zonas de la vastísima producción (toda en verso) del autor del himno nacional. Es ya casi un lugar común ver en La Salve multiforme (cuya primera edición es de 1857, y la última, de Yaugurú, de 2008) una suerte de antecedente de los Cien mil millones de poemas (1961), de Queneau, y, en efecto, si en el primero tenemos posibilidades casi infinitas de rezarle a la Virgen, el libro del francés propone enormes posibilidades para leer una serie de diez sonetos. Pero la obra de Acuña, que todavía no tiene la edición completa que se merece, cuenta con decenas de ejemplos que igualmente podrían ser leídos a la luz de Oulipo: anagramas ingeniosísimos (ver imagen 1), carmina figurata, acrósticos, centones, acertijos matemáticos, traducciones (véase la “Epístola escrita por D. Francisco Acuña de Figueroa, en la que van todos los versos castellanos glosados con versos hexámetros latinos de los mejores poetas”) y juegos con el abecedario (ver imagen 2), que el autor acompañaba con sus “instrucciones de uso”, son sólo algunos de ellos.

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Imagen 2. Fragmento de la “Profecía alfabético-numeral” de Francisco Acuña de Figueroa
Este tipo de juegos literarios tiene una sólida base en algunos autores latinos (que los oulipianos, por supuesto, no ignoran), y el hecho de que Acuña se divirtiera con ellos no sólo es síntoma de su destreza inigualada y de su atenta lectura de la tradición (por otro lado, también de las formas contemporáneas: escribió cielitos, por ejemplo), sino además de una idea de la literatura que, como la del grupo francés, es refractaria a esa imprecisa conjunción de personalidad, de efusión sentimentaloide y de “genio” que algunos llaman poesía.

La recuperación de lo perdido

Reseña de El gigante enterrado de Kazuo Ishiguro (Barcelona: Anagrama, 2016), que salió en la diaria el 7 de febrero de 2016.

El gigante enterrado es una novela excepcional”. “Leer este libro fue doloroso”. Cuando dos de los novelistas más influyentes de la literatura de fantasía y ciencia ficción de la actualidad comentan tan apasionadamente una obra como lo hicieron Neil Gaiman y Ursula K Le Guin con la última novela de Kazuo Ishiguro, se hace imposible no leerla.

En su reseña para la edición de The New York Times del 25 de febrero de 2015, Gaiman elogiaba la versatilidad del autor británico nacido en Japón, que con maestría había pasado de escribir novelas como Lo que queda del día (1989) o la distopía Nunca me abandones (2005) a enfrentarse a la fantasía, con una historia protagonizada por una pareja de ancianos britanos, Axl y Beatrice, que viven en una suerte de pueblo-madriguera en una Gran Bretaña medieval poblada de dragones, ogros y duendes. Ishiguro, destaca Gaiman, logró una obra que permanece por mucho tiempo en la mente del lector. Entonces, ¿por qué una escritora tan genial y crítica tan fina como Le Guin la critica negativamente?

El 2 de marzo del mismo año, la estadounidense escribió una furibunda entrada en su blog, en la que se quejaba de que Ishiguro, en una entrevista con The New York Times, se hubiera preguntado si sus lectores iban a entender lo que trataba de hacer o iban a decir “esto es fantasía”. Le Guin, defensora acérrima de la legitimidad del género en tanto literatura “seria” (hace unos años cuestionó también a la autora canadiense Margaret Atwood porque esta prefiere el término “ficción especulativa” a “ciencia ficción”), se quejaba de esa supuesta necesidad de escapar de la etiqueta y afirmaba que un autor que no aceptara completamente dicho rótulo no podía escribir una buena obra de fantasía valiéndose sólo de sus elementos superficiales. Es por eso que, al final de su breve crítica, comentó que para ella leer el libro fue como “mirar a un hombre caer desde un cable en las alturas mientras grita a la audiencia ‘¿Dirán que soy un funambulista?’”.

No es mi intención entrar en una discusión de sordos que, además, sucedió hace dos años, pero las críticas (y la consecuente defensa del autor) sirven para mostrar algunas de las dificultades de lectura que puede tener la novela. Es cierto que nos ubica en un tiempo casi mítico, en el que el rey Arturo murió recientemente pero su memoria (como la de Merlín) sigue viva y algunos de sus caballeros, como su sobrino Sir Gawain, aún cabalgan una Inglaterra habitada por britanos y sajones que por primera vez en mucho tiempo parecen vivir en paz. Así, nada falta: ni caballeros errantes, ni ríos encantados, ni despiadados guerreros, ni aldeas asoladas, ni monasterios con pasadizos secretos, ni bosques mágicos, ni islas de bruma, ni perros diabólicos, ni viudas temibles, ni barqueros misteriosos. Sin embargo, aunque lo que señala Le Guin sobrevuela la novela, que de veras no logra comprometerse con su costado mágico pero tampoco es realista, esto no funciona mayormente en su detrimento. De hecho, quiéralo o no, con El gigante enterrado Ishiguro escribió un maravilloso cuento de hadas.

La materia del olvido

En una conferencia de 1953 sobre Sir Gawain y el Caballero Verde, uno de los poemas más importantes de la lengua inglesa (escrito en el siglo XIV), J. R. R. Tolkien decía que esa obra, que clasificó como cuento de hadas, “no trata de esas cosas antiguas”, sino que “recibe parte de su vitalidad, su carácter vívido y su tensión de ellas”. Lo mismo, salvando las distancias, se puede decir de El gigante enterrado.

No es una novela sobre ogros, ni sobre la última aventura de Sir Gawain, ni sobre la persecución de un dragón, sino que utiliza esos elementos del ciclo artúrico -que son parte de las tradiciones británicas y de la literatura, desde Chrétien de Troyes y Thomas Malory a las novelas de caballería castellanas y a William Shakespeare, desde Hartmann von Aue a Mark Twain y John Steinbeck- para escribir una historia con una profunda raíz moral, que no es nunca, como no lo son los mejores cuentos de hadas, una alegoría torpemente disfrazada, sino un complejo tejido realizado con la materia del olvido, en el que el tema determina una prosa simple pero envolvente (aunque a veces el pulso caiga y pueda resultar algo tediosa), que se sirve con maestría de la narración retrospectiva, la elipsis y el cambio de punto de vista y presenta, en un hallazgo estilístico, una multiplicidad de interpretaciones, por ejemplo cuando, mientras un personaje dice ver un grupo de ogros congelados en un lago, otro no ve nada; o cuando lo que para unos es un murciélago para otros es un niño muerto.

En una de las lecturas posibles, lo que tenemos de fondo es una cuestión religiosa que se trata desde el choque entre culturas. En el viaje de la pareja protagonista en busca de su hijo, a través de un país cubierto por lo que ellos llaman “niebla” y que es un olvido generalizado, se ponen en juego cuestiones fundamentales como la memoria individual, la historia colectiva, la identidad, el amor y el trauma. De este modo, la aventura se sitúa en el marco del afianzamiento de una religión, la cristiana, cuyo principal poder radica en la posibilidad de anular (mediante el sacramento de la confesión) el pasado, y de la resistencia de los pueblos paganos de origen germano, que tras la muerte del legendario Arturo comenzaban a ganar fuerza. Desde esta perspectiva, el tema central (y acaso eso pretendía Ishiguro cuando esperaba, tal vez erróneamente, que no se encasillara al libro como una novela de “fantasía”) no es otro que la posibilidad (o no) de una paz basada en el perdón.

Un poema de Christina Rossetti

Traducción libre del soneto “Desearía poder recordar aquél primer día” de Christina Rossetti, publicado originalmente como parte de la serie “Monna Innominata”, incluido en el libro A Pageant and Other Poems (1881). La imagen que acompaña el texto es un retrato inconcluso de Rossetti realizado por John Brett en 1857.

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Era gia l’ora che volge il desio
Dante
Ricorro al tempo ch’io vi vidi prima
Petrarca
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

Cuestionario Proust: Mercedes Rosende

Mercedes Rosende nació en 1958 en Montevideo. 16559273_10154031273441017_1073441054_nEs Licenciada en Derecho, Magíster en Políticas de la Integración y ejerce como Escribana Pública. Ha publicado el libro de cuentos Demasiados blues (La Gotera, 2005), las novelas La muerte tendrá tus ojos (Sudamericana, 2008) y Mujer equivocada (Sudamericana, 2011; Código Negro, 2014) y El miserere de los cocodrilos (Estuario, 2016), ambas protagonizadas por la inquietante Úrsula. Relatos suyos han sido incluidos en varias antologías y una serie de crónicas sobre su trabajo en Haití se puede leer en la web de la Agencia Latinoamericana de Información.
Éstas son sus respuestas al cuestionario Proust.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
La felicidad parece ser un gran nicho de mercado: ser feliz en el matrimonio, ser feliz en el trabajo, ser feliz en las vacaciones son algunas de las metas que sugieren Coca-Cola o Antel o supermercados Disco. Me pregunto a qué viene esa compulsión por la felicidad, ¿quién puede querer ser tan feliz, tanto tiempo? Si la felicidad no es breve, si se extiende, deja de ser felicidad y se convierte en hábito amable. Sin embargo hay algo más allá del Montevideo Shopping. Hay un momento fugaz, un escalofrío, un soplo que pasa, toca y se va. No sé dónde estará ese momento, lo busco todo el tiempo. A veces, la felicidad, la encuentro en esa búsqueda de la felicidad.

¿Cuál es su mayor miedo?
El miedo a las cucarachas me ha llevado a hacer cosas absurdas, sí.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de los demás?
La ira.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí misma?
La ira.

¿Quién es la persona viva que más admira?
En general no admiro a personas, admiro actitudes, actos aislados, admiro talentos. Además, soy inconstante en mis admiraciones, hoy admiro el genio de tal o cual escritor, y mañana quién sabe qué otro. Algunas veces admiré a Vargas Llosa, otras a Martin Amis. Hoy admiro el talento de Patrick Modiano.

¿Cuál es su mayor extravagancia?
Creo que mi mayor extravagancia es decir lo que se me canta.

¿Cuál es su actual estado de ánimo?
Cultivo, no sin esfuerzo, la paz y la tranquilidad. Y cierto sobresalto ocasional que me permite volver a la paz y a la tranquilidad, y disfrutarlas.

¿En qué ocasión miente?
Le mentí a cara de perro a un inspector de tránsito que me agarró al volante sin libreta, en camisón, doblando a la izquierda en un semáfoto, y a las 2 de la mañana.

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?
Nada, nunca me gusté.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre?
Depende de a qué hombre nos estemos refiriendo, no es igual lo que se espera de un amigo que de un amante o de un vendedor de licuadoras. En cualquier caso y si la cualidad es una sola, elijo el sentido del humor. Atrás del humor habrá necesariamente inteligencia, y esa es una buena cualidad. Al menos para empezar.

¿Y en una mujer?
No veo por qué habría de ser diferente.

¿Qué palabras o frases utiliza con demasiada frecuencia?
Malas palabras. Mi madre se pregunta para qué gastó en educación.

¿Quién o qué ha sido el amor de su vida?
Siempre el último.

¿Dónde y cuándo fue más feliz?
Aquí y ahora, lo juro.

¿Qué talento le gustaría tener?
Querría escribir bien.

¿Qué cambiaría de sí misma?
Casi todo, no me gusto nada. En principio, la apariencia. Sería más inteligente, también. Más amable, menos brusca. Ojos grandes.

¿Cuál es su mayor logro?
Debería decir “mis hijos”, pero sospecho que ellos pusieron más que yo en ser lo que son. Pero en fin, mis hijos.

Si muriese y pudiera reencarnarse, ¿qué sería?
Una buena escritora.

¿Dónde le gustaría vivir?
No me gustaría vivir en el mismo lugar, siempre, si pudiera elegir sería alguien itinerante que fuera de París a Vladivostok y a Los Angeles. Tengo un espíritu gitano que vive adentro de esta uruguaya.

¿Cuál es su posesión más preciada?
Si pienso en un objeto material, mi cama.

¿Qué es para usted lo más profundo de la miseria?
Me asusta cualquier miseria vista de cerca, quedar expuesta a la falta de todo del otro, de mi prójimo, me asusta entrever e imaginar su miseria en todos los matices. Hace poco me asomé a un rancho en un país caribeño: piso de terrón polvoriento, paredes de palma, techo de chapa que recalentaban los 40 grados del sol de mediodía, y un niño chico adentro, 2 o 3 años, dormía en el suelo entreverado en unos trapos mugrientos. Cada miseria es la peor, y ese niño es el más miserable, por eso no es conveniente mirar dentro de esas viviendas, no conviene mirar sus interiores, develar sus misterios, sus intimidades. Mejor desviar la vista de sus paredes cochambrosas, de sus letrinas indescriptibles. Mejor pasar de largo, y escribir impresiones sobre la miseria.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Cocinar es hoy una de mis ocupaciones favoritas. Lamento la falta de humildad, pero mis canelones de carne y mis ñoquis de calabaza son los mejores del mundo. Otra es leer, obvio. La tercera y principal: hacer nada.

¿Cuál es su característica más marcada?
Soy un poco bestia. Digo, poco diplomática. Desordenada, radical, fluctuante, solitaria, caprichosa, desmesurada. ¿Debería decir algo bueno, también? Multifacética, polivalente, algo esquizofrénica pero no mucho, apasionada.

¿Qué es lo que más valora de sus amigos?
Tengo muchos amigos y todos diferentes, pero tienen en común el sentido del humor.

¿Quiénes son sus escritores favoritos?
En mis gustos literarios lo único permanente es el cambio. Sin embargo, allí están Carver, Updike, Cheever y Faulkner, que no se mueven.

¿Quién es su héroe más preciado de ficción?
Me gusta Guy Haines, el de Extraños en un tren, Nick Corey, el sheriff de Potts Country, en 1280 almas. No sé, tantos.

¿Con qué figura histórica se identifica más?
Me cuesta pensar en un personaje histórico con el que me identifique, tal vez porque nunca supe mucho de historia.

¿Quiénes son sus héroes en la vida real?
Vi trabajar a los médicos cubanos en Haití, los vi viajar horas por caminos de montaña y piedra, entrar en las bidonville, los vi hablando con los nativos sin saber una palabra de su idioma, tocar la cabeza de los niños. Si creyera que existen los héroes, serían esos cubanos. Pero no creo en los héroes, creo sí en actos heroicos, en momentos de heroicidad, pero no en los héroes. Los más grandes hijos de puta pueden tener momentos de grandeza que a veces alcanzan para darles fama de por vida. Me pregunto si los uruguayos admiramos a alguien, así como los argentinos admiran a Maradona o a Perón, y no lo creo, nuestro agnosticismo nos hace sospechar de todos, de Dios para abajo.

¿De qué es de lo que más se arrepiente?
Soy muy crítica, muy exigente, me arrepiento de todos mis textos, por eso no me releo jamás.

¿Cómo le gustaría morir?
No pienso morirme.

¿Cuál es su lema?
Ni idea, ¿había que tener un lema? Hay uno que dice “Liberté, égalité, fraternité”. No está mal.

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