Los libros de la mala memoria

Reseña de La biblioteca de los libros rechazados (Barcelona: Alfaguara, 2017), que salió  en la diaria el 16 de junio de 2017.


¿Existe un “estilo David Foenkinos”? Novela a novela, ciertamente, el francés parece renovarse y, tal vez, si su nombre no apareciera en las portadas, sería difícil adjudicar a un mismo autor libros como La delicadeza (2009), Lennon (2010) y Los recuerdos (2011). Un rasgo recurrente, en todo caso, es la experimentación formal (nunca demasiado radical, hay que decirlo) y la tensión, a menudo presente en sus obras, entre verdad y representación, historia, literatura y memoria, que se resuelve (o se complejiza) en un manejo diestro de los formatos biográficos, autobiográficos y puramente ficcionales.

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Los restos del naufragio

Hay un vacío, en la playa, que se fue llenando de los desperdicios del barco que vemos hundirse a lo lejos, manchas negras, humos, su inmensidad como un dinosaurio volcado. Y las botellas, los candelabros, las enciclopedias que se amontonan en la arena, con palos, caracoles, viejas sombrillas olvidadas. Un lenguaje que va muriendo pero respira ahora en restos, en fragmentos dispersos de letra, en balbuceos de los ahogados y todavía dice cosas.

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Fotografía de Andrés Seoane

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Una tormenta perfecta


Cuando alguien me hace esa pregunta inevitable, “¿Quién es tu autor favorito?”, siempre digo “Shakespeare”. Hay algunas buenas razones para eso. Primero, porque muchísimo de lo que sabemos de argumentos, personajes, el escenario, hadas e insultos creativos viene de Shakespeare. Segundo, porque si nombrás a un autor vivo, los otros autores vivos se van a enojar porque no fueron ellos, mientras que Shakespeare está convenientemente muerto.

En tercer lugar, porque Shakespeare se niega a ser encasillado. No sólo sabemos muy poco sobre lo que realmente pensaba, cómo se sentía y qué creía, sino que además las obras en sí mismas son inaprensibles. Justo cuando pensás que entendiste el sentido, tu interpretación se derrite como gelatina y te quedás rascándote la cabeza. Tal vez él sea profundo, muy profundo. O tal vez no tenía un editor de continuidad. Y Shakespeare nunca será invitado a un programa de televisión para que se explique a sí mismo, el muy suertudo.

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