Carta al padre

Como cosiendo en el aire. Cosiendo canciones o jubones de indefensos panaderos medievales. Remedando, mejor. Zurciendo o emparchando. Dando a versos oscuros claridades, como el reflejo de la luna en un pozo. O al revés, quitando, robando luciérnagas a la noche, quitando todo. Tiene los ojos cerrados, el pelo, la ropa, todo colgando. Como de ganchos. Todo colgando. El espejo de sus ojos sellado. Y en el silencio recita una palabra de Séneca. La soledad de la letra que queda ahí apenas sostenida, cavilando. Siempre espera.
Vnum habet adsidua infelicitas bonum, quod quos semper uexat nouissime indurat. Que leíste y tradujiste mal, buenamente, descubriéndote. La felicidad persistente lleva consigo una cosa buena: que acaba por endurecer a quienes golpea. Y a ti, que te arrebataron todo, que todo perdiste; que perdiste a tu padre, que perdiste a tu madre, y a tu hermano y a tu propia esposa perdiste. Y ahora que pierdes a tu hijo. A tu hijo.
Mira la noche, tras las ciudades, el mar cerrado, el invierno y la música de los cantos. Va quemándose, fugazmente junta sus penas una a una, las apila, las pone en fila, las mira lejanas. Se acerca, se quema de cuerpo entero y se aleja, huérfano, descastado, viudo. Loco. Abandona la llama del desasosiego. Se dice “Debo cambiar”. Pero no eres tú quien debe cambiar. No. Mira el cielo embravecido, las gaviotas que van contra el viento, el viejo que zapatea y castañea en la plaza Real. ¿Qué puede hacer? Las palmeras que azuza la crecida madrugada, los borrachos de orejas azules, los lampiños adolescentes que violan viejos curas. ¿Qué harán, con las manos agarrotadas de crucifijos? La desierta estepa, el solitario ruido de las olas, el plano artificio de un mapa. ¿Eh? La mujercita herida, el llanto del peatón o del inmigrante aprisionado, digamos que en Atenas. ¿Mm?
¿Qué hay que hacer? No somos nosotros, viejo, no. Son ellos. El mundo con su crueldad nos ha abandonado. Nos dejó: ¿ves los barquitos de papel irse por sobre los toldos? Los lleva el viento, los lleva el río.
Que cambie todo. Que todo muera y perezca y se aniquile. Que todo se desarme, que todo arda y se extinga, se extermine. Solo así seremos felices, viejo viciado de penas. Las muertes, etcétera. La soledad, hambre, pérdidas, locura, abstinencia, infamia. Y todas las enfermedades. Y todo el parásito. Y todo el estupor ante la vida de un niño. Eso te duele más. Aquello que viste siguiendo el dedo de Colón en su estatua. Cinco años y Colón decía “Hay otro mundo”. Pero era el mismo. Allí era lo mismo. El pesado atardecer sobre las roncas espaldas, el pecho apesadumbrado, la espalda dolorida, la enumeración, la continuación de la cifra en la noche de la ceniza. El temple de la espada o del tambor o de la estrella Sirio. Todo igual. No había.
Y te miras al espejo que has velado y no te estás viendo. Mírate. No llevas culpas, sin padre, sin madre, sin hijos, sin esposa. Solo, no llevas culpas. Lávate las manos. Y la vida es una porquería. Pero vive. La vida; ella vive. Vívete la admiración. Esa gota maligna que se seca antes de caer. Vívete la lucha al frío, al poder del cuchillo, a la tentadora Dama. A las entrañas. Al mar.
Vívete del todo, desde la nada te lo digo, padre. Vívete del todo. De la nada a la nada, pero en medio: todo.

Fragmento del capítulo XI de la novela Itinerario I: Ferdinando Paladino de John Francis Ross.

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