El arte y los críticos

Fragmentos de dos capítulos de En tierra Yankee, de Justo Sierra, donde, a partir de una visita al Museo Metropolitano de New York, reflexiona sobre el arte, la estética y la crítica.


Y seguí mi excursión: mira, me dijo mi compañero. Vi el catálogo: número 280 Retrato de un hombre, por Rembrandt van Rijn. Alcé los ojos… ¡Diablo!

***

Claro es que yo sabia que era una maravilla. Los hombres de mi generación nos creamos viendo en las ilustraciones como El Correo de Ultramar (¿vivirá todavía este viejo y divertido amigo?) reproducciones en estampas de algunos cuadros de Rembrandt, que nos parecían, v g.: La anunciación a los pastores, muy extraños: feas las figuras, anacrónicos los trajes, y maravilloso ese bloque de sombra de donde surgía esa gran luz; los hombres de mi generación, ya jóvenes, leímos mucho a Taine y Les maîtres d’ autrefois de Fromentin, y sabíamos, por supuesto, quién era Rembrandt… leído; yo supe algo más de este caballero, porque Valentin Uhink tenia tenía colección sin par de reproducciones de las aguafuertes del artista holandés, y nos pasamos muchas mañanas dominicales oyendo misa en aquel misal divino. jOh! primavera, tú la que vuelves, ¡ay! la que no vuelves…!
Luego he visto ediciones completas de las obras de Rembrandt excelentemente fotograbadas; y la Lección de Anatomía y La ronda nocturna, y diez o doce retratos suyos, son para todos los aficionados al arte tan familiares que basta cerrar los ojos para verlos detalladamente en blanco y negro. Yo no había visto nada, me olvidé de todo, cuando vi aquel retrato de un hombre; hace el efecto de una súbita descarga eléctrica; me sentí yugulado, quiero decir, que la impresión que sentí fue aguda y dolorosa, como si me agarrasen por la garganta y me echasen por tierra; quiero decir, que me pareció que todo lo que había admirado en aquellas salas eran ensayos firmados por nombres famosos; que en aquel momento se me revelaba el arte en toda su potencia; que aquella cabeza saliente en rojo de una sombra negra hecha de átomos de luz neutralizados, llegaba al no más allá de la realidad y de la idealidad, porque aquella cabeza vivía una vida intensa en su serena indiferencia de burgomaestre cualquiera, y era claro que sólo quien tuviera facultades excepcionales, únicas, para ver la realidad hasta en sus más recónditos elementos de color y de linea, lo cual es el realismo; y sólo quien, para hacer ver a los demás lo que él veía con ojo maravillosamente conformado, por medio de la iluminación pasmosa de una mancha en la sombra, lo cual es el idealismo, lo cual es la poesía, podía producir el efecto que éste hombre produce.
Fromentin dirá a ustedes cuál es el secreto de este procedimiento, de qué colores y de qué artificios se valía este señor para obtener tal o cual efecto, cuáles fueron los errores y los defectos de la Ronda nocturna y de… Yo no sé, yo no podía ver, ni discernir, ni encontrar nada. Taine mostrará a ustedes cómo este vidente, es decir, que veía en la naturaleza mas allá de lo que los otros ven, que veía la tiniebla como los nictálopes, es el resultado de una raza, de un medio y de un momento; pero viéndolo frente a frente, no pensaréis ni en la raza, ni en el medio, ni en nada de esto; sentiréis que os traga la vista, querríais abrir desmesuradamente los ojos para ver más o reducirlos a un punto para concentrar más la visión y descubrir vivo al artista en las profundidades de su obra, y otras tonterías de este jaez.
En verdad que no sirvo para critico de arte, je m’emballe con mucha facilidad; Brunetière, un dómine de endiablado talento y que navega siempre en mares tempestuosos, muy bien lastrado de erudición y de odios literarios (que son implacables), dice que sólo los artistas, los conocedores a fondo de la técnica, pueden juzgar una obra de arte; sí, juzgarla; ¿pero gustarla? ¡Oh! no. Parece que el arte es algo esotérico que sólo los iniciados pueden comprender; entonces pierde sus ligas con la humanidad y resultaría estéril; además esta teoría llevaría a esta otra: sólo el artista es capaz de juzgar sus obras, porque sólo él conoce exactamente sus medios y sus fines… No, señor; el arte puede revelarse a cualquiera, y con tal que cualquiera no signifique un excomulgado de la civilización, puede entender lo que un artista quiso decir con su partitura o con su cuadro, y puede traducir el idioma del artista en su idioma propio, y eso es crítica de arte… También aquí je vais m’emballer.
Dos o tres retratos de hombre, uno de mujer, un paisaje vivo como si fuera también un retrato de hombre; tanta fisonomía, tanta personalidad, si puede decirse así, ha sabido comunicarle el pincel de este brujo que dicen que pintaba con cuatro quintas partes de sombra y una de luz; un cuadro místico en que la claridad materialmente fulgura y estalla y ciega; tal es Rembrandt en el museo neoyorquino. Me despedí dándole cita para Anvers; no sé si le besé la mano; allí estaba; viendo sus cuadros se siente su presencia. Y después nada quise ver…

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