Vanidad

Fragmento de Tess of the d’Urbervilles de Thomas Hardy.

Under foot the leaves were dry, and the foliage of some holly bushes which grew among the deciduous trees was dense enough to keep off draughts. She scraped together the dead leaves till she had formed them into a large heap, making a sort of nest in the middle. Into this Tess crept.

Such sleep as she got was naturally fitful; she fancied she heard strange noises, but persuaded herself that they were caused by the breeze. She thought of her husband in some vague warm clime on the other side of the globe, while she was here in the cold. Was there another such a wretched being as she in the world? Tess asked herself; and, thinking of her wasted life, said, ‘All is vanity.’ She repeated the words mechanically, till she reflected that this was a most inadequate thought for modern days. Solomon had thought as far as that more than two thousand years ago; she herself, though not in the van of thinkers, had got much further. If all were only vanity, who would mind it? All was, alas, worse than vanity–injustice, punishment, exaction, death. The wife of Angel Clare put her hand to her brow, and felt its curve, and the edges of her eye-sockets perceptible under the soft skin, and thought as she did so that a time would come when that bone would be bare. ‘I wish it were now,’ she said.

In the midst of these whimsical fancies she heard a new strange sound among the leaves. It might be the wind; yet there was scarcely any wind. Sometimes it was a palpitation, sometimes a flutter; sometimes it was a sort of gasp or gurgle. Soon she was certain that the noises came from wild creatures of some kind, the more so when, originating in the boughs overhead, they were followed by the fall of a heavy body upon the ground. Had she been ensconced here under other and more pleasant conditions she would have become alarmed; but, outside humanity, she had at present no fear.

Day at length broke in the sky. When it had been day aloft for some little while it became day in the wood.

[Traducción de M. Ortega y Gasset revisada por Carmen Criado y José María Valverde: Pisaban sus pies las hojas secas, y el follaje de algunos acebos que crecían entre los añosos árboles era lo bastante denso para protegerla. Acumuló gran cantidad de hojarasca y haciendo luego en ella una suerte de nido, se acomodó en su interior.  // Se durmió después con un sueño intranquilo; creía oír ruidos extraños, que luego tuvo ocasión de comprobar eran causados por la brisa. Pensó en su marido, que debía de hallarse al otro lado del mundo, en un clima cálido, mientras que ella se hallaba expuesta al frío. «¿Habrá en el mundo entero una criatura más desgraciada que yo?», se preguntaba Tess, y pensando en lo fracasado de su vida dijo: «Todo es vanidad», repitiendo luego maquinalmente esas palabras hasta que hubo de reflexionar y ver que aquél era un pensamiento impropio de los tiempos modernos. Salomón había pensado aquello dos mil años atrás; y ella, aunque no figuraba en las filas de los pensadores, había ido mucho más allá. Si fuera todo vanidad, ¿qué importaría nada? Pero todo era peor que vanidad: injusticia, penalidades, abusos y muertes. La mujer de Ángel Clare se pasó la mano por la frente, palpó su curva y los bordes de las órbitas perceptibles bajo la suave piel y pensó que día llegaría en que aquel hueso estaría pelado. «¿Por qué no será ya?», pensó. // Asaltada de tan lúgubres meditaciones, oyó un extraño chasquido entre las hojas. Quizá fuera el viento, pero apenas si se movía el aire. A veces el rumor, que se repetía, semejaba un alentar afanoso, otras un aleteo, y en ocasiones se percibía como un estertor o gorgoteo angustioso. Pero no tardó Tess en cerciorarse de que tales ruidos los emitían algunos animales, afirmándose en esa presunción al observar que procedían del ramaje e iban seguidos de la caída de cuerpos pesados. De haberse encontrado en situación más agradable se hubiera alarmado, pero, excepto a la humanidad, no temía ahora a nada. // Por fin amaneció allá en el cielo. Y luego que se hizo día en toda la amplitud de aquellos alrededores, penetró la luz en la espesura.]

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