We think back through our mothers

But how impossible it must have been for them not to budge either to the right or to the left. What genius, what integrity it must have required in face of all that criticism, in the midst of that purely patriarchal society, to hold fast to the thing as they saw it without shrinking. Only Jane Austen did it and Emily Brontë. It is another feather, perhaps the finest, in their caps. They wrote as women write, not as men write. Of all the thousand women who wrote novels then, they alone entirely ignored the perpetual admonitions of the eternal pedagogue — write this, think that. They alone were deaf to that persistent voice, now grumbling, now patronizing, now domineering, now grieved, now shocked, now angry, now avuncular, that voice which cannot let women alone, but must be at them, like some too-conscientious governess, adjuring them, like Sir Egerton Brydges, to be refined; dragging even into the criticism of poetry criticism of sex;* admonishing them, if they would be good and win, as I suppose, some shiny prize, to keep within certain limits which the gentleman in question thinks suitable —’ . . . female novelists should only aspire to excellence by courageously acknowledging the limitations of their sex’.* That puts the matter in a nutshell, and when I tell you, rather to your surprise, that this sentence was written not in August 1828 but in August 1928, you will agree, I think, that however delightful it is to us now, it represents a vast body of opinion — I am not going to stir those old pools; I take only what chance has floated to my feet — that was far more vigorous and far more vocal a century ago. It would have needed a very stalwart young woman in 1828 to disregard all those snubs and chidings and promises of prizes. One must have been something of a firebrand to say to oneself, Oh, but they can’t buy literature too. Literature is open to everybody. I refuse to allow you, Beadle though you are, to turn me off the grass. Lock up your libraries if you like; but there is no gate, no lock, no bolt, that you can set upon the freedom of my mind.
But whatever effect discouragement and criticism had upon their writing — and I believe that they had a very great effect — that was unimportant compared with the other difficulty which faced them (I was still considering those early nineteenth-century novelists) when they came to set their thoughts on paper — that is that they had no tradition behind them, or one so short and partial that it was of little help. For we think back through our mothers if we are women.

* [She] has a metaphysical purpose, and that is a dangerous obsession, especially with a woman, for women rarely possess men’s healthy love of rhetoric. It is a strange lack in the sex which is in other things more primitive and more materialistic.’— New Criterion, June 1928.
** ‘If, like the reporter, you believe that female novelists should only aspire to excellence by courageously acknowledging the limitations of their sex (Jane Austen [has] demonstrated how gracefully this gesture can be accomplished…).’— Life and Letters, August 1928.

Fragmento de la cuarta parte del ensayo A room of one’s own de Virgina Woolf.

[Traducción de Laura Pujol: Pero debió de serles imposible a las mujeres no oscilar hacia la derecha o la izquierda. Qué genio, qué integridad debieron de necesitar, frente a tantas críticas, en medio de aquella sociedad puramente patriarcal, para aferrarse, sin apocarse, a la cosa tal como la veían. Sólo lo hicieron Jane Austen y Emily Brontë. Esto añade una pluma, quizá la mejor, a su tocado. Escriben como escriben las mujeres, no como escriben los hombres. De todos los miles de mujeres que escribieron novelas en aquella época, sólo ellas desoyeron por completo la perpetua amonestación del eterno pedagogo: escribe esto, piensa lo otro. Sólo ellas fueron sordas a aquella voz persistente, ora quejosa, ora condescendiente, ora dominante, ora ofendida, ora chocada, ora furiosa, ora avuncular, aquella voz que no puede dejar en paz a las mujeres, que tiene que meterse con ellas, como una institutriz demasiado escrupulosa, conjurándolas, como Sir Egerton Brydges, de que sean refinadas, mezclando hasta en la crítica poética la crítica sexual*, invitándolas, si quieren ser buenas y generosas y ganar, supongo, un premio reluciente, a no sobrepasar ciertos límites que al caballero en cuestión le parecían adecuados: «… Las mujeres novelistas deberían sólo aspirar a la excelencia reconociendo valientemente las limitaciones de su sexo.»** Esto resume el asunto, y si os digo ahora, lo que sin duda os sorprenderá, que esta frase no fue escrita en agosto de 1828 sino en agosto de 1928, estaréis de acuerdo conmigo en que, por deliciosa que ahora nos parezca, no deja de representar un sector de la opinión —no voy a remover viejas aguas, me limito a recoger lo que se ha venido flotando casualmente hasta mis pies—que era mucho más vigoroso y ruidoso hace un siglo. En 1828 una joven hubiera tenido que ser muy valiente para no prestar atención a estos desdenes, estas repulsas y estas promesas. Hubiera tenido que ser un elemento algo rebelde para decirse a sí misma: Oh, pero no podéis comprar hasta la literatura. La literatura está abierta a todos. No te permitiré, por más bedel que seas, que me apartes de la hierba. Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente. // Pero fuese cual fuese el efecto del desaliento y de la crítica sobre su obra —y creo que debió de ser muy grande—, tenía poca importancia junto a la otra dificultad con que tropezaban (sigo pensando en las novelistas de principios del siglo diecinueve) cuando se decidían a transcribir al papel sus pensamientos, la de que no tenían tras de sí ninguna tradición o una tradición tan corta y parcial que les era de poca ayuda. Porque, si somos mujeres, muestro contacto con el pasado se hace a través de nuestras madres. // * «Tiene un objetivo metafísico, obsesión peligrosa, particularmente en una mujer, ya que las mujeres raramente poseen el saludable amor masculino a la retórica. Esta carencia sorprende en el sexo que es, en otras cosas, más primitivo y más materialista.» New Criterion, junio de 1928. ** «Si cree usted, como quien escribe estas líneas, que las mujeres novelistas deberían sólo aspirar a la excelencia reconociendo valientemente las limitaciones de su sexo (Jane Austen [ha] demostrado que esta actitud puede adoptarse graciosamente…).» Life and Letters, agosto de 1928.]

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