Et in Arcadia ego

Et in Arcadia ego. — Ich sah hinunter, über Hügel-Wellen, gegen einen milchgrünen See hin, durch Tannen und altersernste Fichten hindurch: Felsbrocken aller Art um mich, der Boden bunt von Blumen und Gräsern. Eine Heerde bewegte, streckte und dehnte sich vor mir; einzelne Kühe und Gruppen ferner, im schärfsten Abendlichte, neben dem Nadelgehölz; andere näher, dunkler; Alles in Ruhe und Abendsättigung. Die Uhr zeigte gegen halb sechs. Der Stier der Heerde war in den weissen schäumenden Bach getreten und gieng langsam widerstrebend und nachgebend seinem stürzenden Laufe nach: so hatte er wohl seine Art von grimmigem Behagen. Zwei dunkelbraune Geschöpfe, bergamasker Herkunft, waren die Hirten: das Mädchen fast als Knabe gekleidet. Links Felsenhänge und Schneefelder über breiten Waldgürteln, rechts zwei ungeheure beeiste Zacken, hoch über mir, im Schleier des Sonnenduftes schwimmend, — Alles gross, still und hell. Die gesammte Schönheit wirkte zum Schaudern und zur stummen Anbetung des Augenblicks ihrer Offenbarung; unwillkürlich, wie als ob es nichts Natürlicheres gäbe, stellte man sich in diese reine scharfe Lichtwelt (die gar nichts Sehnendes, Erwartendes, Vor- und Zurückblickendes hatte) griechische Heroen hinein; man musste wie Poussin und sein Schüler empfinden: heroisch zugleich und idyllisch. — Und so haben einzelne Menschen auch gelebt, so sich dauernd in der Welt und die Welt in sich gefühlt, und unter ihnen einer der grössten Menschen, der Erfinder einer heroisch-idyllischen Art zu philosophiren: Epikur.

Apartado 295 de la sección II de la segunda parte de Menschliches, Allzumenschliches, Der Wanderer und sein Schatten de Friedrich Nietzsche.

[Traducción de Pedro González Blanco: Et in Arcadia ego – He lanzado una mirada a mis pies, al pasar por las elevadas colinas, hacia ese lago de un verde lácteo, a través de los pinos austeros y de los viejos abetos: en mi derredor yacían rocas de diversas formas y sobre el suelo multicolor crecían hierbas y flores. Un rebaño se movía cerca de mí, ora esparciéndose, ora juntándose; apenas se distinguían a lo lejos algunas vacas en compactos grupos, destacándose a la luz de la tarde en el bosque de pinos; otras, más cercas, parecían más sombrías. Y todo estaba tranquilo, en la paz del próximo crepúsculo. Mi reloj marcaba las cinco y media. El toro del rebaño había descendido hasta la blanca espuma del arroyo,y remontaba lentamente su curso impetuoso, ya resistiendo, ya cediendo: debía sentir en ello una especie de satisfacción salvaje. Dos seres humanos de tostada piel, de origen bergamasco, eran los pastores de este rebaño: la joven iba vestida casi como un muchacho. A la izquierda una falda de rocas abruptas, al lado de una larga serie de árboles, y a la derecha dos enormes masas de hielo, nadando muy por encima de mí, en un velo de bruma clara; todo esto era muy grande, sereno y luminoso. Su belleza producía un estremecimiento,y era la adoración muda de su revelación. Involuntariamente, como si no hubiese en aquel momento nada más natural, estaba tentado a colocar héroes griegos en aquel mundo de luz pura, de contornos agudos (de aquel mundo que nada tenía de inquietud y de deseo, de esperanzas y de pesares); faltaba sólo sentir como Poussin y sus discípulos: heroica e idílicamente a la vez. Y así es como ciertos hombres han vivido, así es como sin cesar han evocado el sentido del mundo en sí mismos y fuera de sí mismos; y, sobre todo, así es como vivió uno de los más grandes hombres que han existido, el inventor de una manera de filosofar heroica e idílica a la vez: Epicuro.]

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