Las dos aventuras de Adolfo Bioy Casares

Artículo que escribí para la diaria para el centenario del nacimiento de Bioy y que, con algunas modificaciones, salió el viernes 12 de setiembre de este año. Las dos fotografías que acompañan este artículo fueron tomadas del libro de Bioy En viaje (1967) (Bogotá: Norma, 1996).


bioy

La invención de Morel, Borges, Silvina Ocampo, Sur. En esos cuatro términos se resume la vida de Adolfo Bioy Casares. Los encantos del sistema decimal son irresistibles y también el vertiginoso afán de síntesis, que a veces se llama simplificación. Así, Bioy nació en Buenos Aires el 15 de setiembre de 1914, publicó en 1940 su más importante novela, La invención de Morel, y a través de Victoria Ocampo, fundadora y editora de la revista Sur conoció en 1932 a Borges, quien sería su amigo y compañero de maravillosas aventuras literarias, y en 1934 a la talentosa Silvina Ocampo, su futura esposa, con quien viviría una historia de amor digna de una novela. Punto, fin de una vida. Ah, por cierto: en 1990 fue condecorado con el Premio Cervantes.
En el prólogo de su libro de ensayos La otra aventura, cuyo título refiere a los libros, Bioy se pregunta cuál es la primera aventura “¿las mujeres? ¿la vida misma?”; lo cierto es que como el Fausto de Valery, Bioy (cuyo origen etimológico podría ser “uno contra dos”) hubo de elegir entre el Libro y la Vida. La otra aventura, la lectura, es “otra” en contraposición a la vida. Bioy se dio con alegría a estas dos tareas: vivir y escribir.

La Vida

El niño Bioy obtiene, hacia 1918, un perro en una rifa. Se lleva a Gabriel a su casa y al otro día no lo encuentra. Su madre, Marta, lo convence de que el perro y la rifa han sido un sueño. “Hoy no sé si lo saqué en aquella memorable rifa o lo soñé”, decía Bioy adulto. La mezcla de sueño y realidad, de lo vivido y lo imaginado, del simulacro y el acto en esta anécdota fundacional serán constitutivos de su literatura. Hijo de estancieros, sus primeros recuerdos se sitúan en Rincón Viejo, su estancia en Pardo, a la que siempre vuelven sus narraciones y memorias. Su padre, Adolfo Bioy, tenía la doble condición de hombre de campo y literato y será su primer corrector y propulsor de sus obras. Entre 1929 y 1937 publica seis libros que dedicará al olvido; según su propio juicio, su carrera literaria comienza en 1940 con la publicación de La invención de Morel, que narra la fantástica historia de un náufrago que llega a una isla habitada por un grupo de personas que parecen no percibir su presencia y que mereció elogios de Borges y Octavio Paz y la admiración de Robbe-Grillet y Resnais (cuya El año pasado en Marienbad está inspirada en esta obra) y de Chris Marker, que ha admitido su influencia en la creación de su mundo cinematográfico. 1940 es el año, también, de su casamiento con Silvina y de la edición de la Antología de la literatura fantástica que hicieran ambos con Borges. Con esta antología los tres fundan un género, no porque no existiera, sino porque se apropian de él y lo delimitan. Los textos incluidos, de las más variadas fuentes, más el prólogo del propio Bioy sirven como definición y, en algún sentido, creación de lo fantástico. Lo fantástico según Borges, Ocampo y Bioy será la norma durante muchos años en el Río de la Plata y será determinante para los creadores de las siguientes generaciones. Junto con Borges, cuya colaboración se inició en 1937 con la escritura de un folleto explicativo sobre la leche cuajada para La Martona, antologarán además cuentos policiales, cuentos breves y extraordinarios, poesía gauchesca y serán creadores y primeros editores de la colección El Séptimo Círculo, de novelas policiales, que comienza una tradición que hoy continúa en nuestro medio Cosecha roja de HUM. A su vez escribirán juntos varios guiones cinematográficos y varias obras bajo el seudónimo conjunto de Honorio Bustos Domecq y Benito Suárez Lynch.
En las décadas de los 50 y los 60 se suceden varios hechos fundamentales para su vida privada y artística. En 1952 muere su madre y dos años después nace Marta, hija de una amante que Silvina adopta en Francia; comienza a interesarse por la fotografía, arte que lo acompañará el resto de su vida y en 1962 muere su padre. Varias de sus obras son llevadas al cine o a la televisión y comienza a reconocerse su importancia, generalmente opacada por la genialidad de Borges. En estos años, y hasta su muerte, publicará con cierta regularidad volúmenes de cuentos (El lado de la sombra, El héroe de las mujeres, Una muñeca rusa), novelas (Dormir al sol, La aventura de un fotógrafo en La Plata), recopilaciones de textos críticos y ensayos como De las cosas maravillosas y, cada vez más libros de fragmentos, editados todos tras la muerte de Silvina en 1993 (ella era once años mayor) y de su hija, a las pocas semanas, en un accidente. Bioy documentó minuciosamente su vida en diarios, memorias y cartas y esta literatura miscelánea fue absorbiendo hacia el final de su vida al Bioy creador de fábulas. La literatura de fragmentos comenzó a superar (en volumen) a la otra y se sucedieron Memorias, De jardines ajenos (fragmentos escritos por otros que anotó en cuadernos a lo largo de toda su vida), En viaje (de cartas a Silvina y Marta), Descanso de caminantes (la mejor de estas obras, justa mezcla de diario y cuaderno de apuntes y reflexiones), el polémico Borges, que reúne los fragmentos de los diarios donde Bioy nombraba a su amigo, mostrándolo en su genialidad y en sus miserias (éstas dos últimas editadas postumamente por Daniel Martino). En 1999, pocos años después de reconocer a su hijo Fabián (que tenía en esa época 31 años), Bioy Casares murió en Buenos Aires el 8 de marzo.

El Libro

Argumentos fantásticos, narraciones realistas. Esa podría ser una definición rápida de la obra de Bioy. La mayoría de sus novelas siguen esta premisa. El prodigio fantástico se despliega ante nuestros ojos (y los de los protagonistas) sin que entendamos su profunda esencia, su verdadera naturaleza. Como en una novela policial, el héroe, enamorado de una mujer imposible, debe enfrentarse a un villano. El hombre (los protagonistas de las novelas son invariablemente masculinos), sigue extrañas pistas, es llevado a veces al límite de la locura, para resolver un caso. El caso tiene resolución fantástica, casi de ciencia ficción: una máquina, un descubrimiento científico, una técnica nueva de la medicina. Resulta, a menudo, absurda justificación de la aventura. El lector (y no siempre el protagonista) pasa de una expectativa creciente al asombro ante lo rudimentario y tosco de su resolución; para luego maravillarse. Una máquina que proyecta fantasmas es hoy, para nosotros, un prodigio menor. Pero Bioy no busca el asombro a través de ingenios mecánicos, que sabe perecederos, sino el asombro metafísico. Las posibilidades que presentan esas invenciones es lo que nos sacude; su alcance, su capacidad de poner en duda la definición misma de lo humano. En las novelas y cuentos fantásticos, los personajes son (sobre todo a partir de El sueño de los héroes) de una medianía absoluta. De clase media, sin grandes aspiraciones, con la vida más o menos resuelta, con algo de tiempo libre. Mientras los prodigios suceden, los protagonistas están jugando al juego de la vida. Juegan a ser amantes, a ser valientes, a ser virtuosos. Como si el mundo fuera (¿y qué es, si no?) eso y nada más. Miguel, el niño de Los que aman, odian, la injustamente olvidada novela policial que Bioy escribió con su esposa (y que, varios años anterior a Lolita, es narrada por un erudito y delicado Humberto Huberman) mira a los otros personajes “subyugado”, como si representaran “una escena de gran guiñol”. Esa, la mirada del niño, es la mirada de Bioy. Sin por ello ser cínico, interpreta con inteligencia y humor el absurdo de los afanes humanos.

Hay una diferencia drástica entre sus primeras novelas y las últimas, la prosa se va simplificando, Bioy deja de obsesionarse borgeanamente con la oración y su preocupación pasa a ser otra: hacer la lectura amena, ágil, “fácil”; y encomillo fácil porque la mayor “facilidad” de la prosa no va en detrimento ni de los argumentos ni de los temas. Bioy recopiló durante toda su vida en sus diarios frases, palabras, modismos que oía en la calle, en la peluquería, en discursos políticos que luego conformarían su Diccionario del Argentino Exquisito; este interés lingüístico se hace evidente en sus novelas de madurez, que buscan plasmar el habla de los personajes, casi como haría un escritor naturalista. En las novelas, el argumento fantástico va cayendo gradualmente hasta desaparecer; en La aventura de un fotógrafo en La Plata esboza un misterio que se resuelve de la forma más pueril posible, demostrando que el horror, que la inseguridad que nos transmite en sus grandes novelas fantásticas no depende tanto de la causa de ese horror, sino de lo que ese horror supone. Lo que finalmente importa no es el prodigio, la explicación del prodigio, sino lo que éste significa para los personajes y para nosotros.

“Que yo sepa, nadie resiente como Bioy la inestabilidad de la vida, sus muchas grietas de entresueño y de muerte”, dijo tempranamente Borges en una reseña a uno de los libros anteriores a 1940. La escritura feliz de Bioy, su desenfado, el estoicismo de sus torpes personajes que se afanan por mantener unos valores que ya a nadie importan, la aparente simpleza de sus mundos y de sus vidas, su caracter único y universal, no existían cabalmente en Bioy aún, pero Borges (cuyas dotes proféticas están probadas) entendió la asombrosa capacidad de su joven amigo por ver lo horrible y azaroso e injustificado de este mundo, sobreponerse y escribirlo con elegancia, humor y maestría.


Con motivo del centenario, se ha editado este año el tercer y último tomo de sus Obras Completas y se reeditaron todos sus libros principales, merecedores de nuevas lecturas y relecturas. Los que siguen son cinco de sus imperdibles. Y uno más.

Plan de evasión (1945). Parece imposible no empezar esta lista con La invención de Morel, pero Plan de evasión, situada como su antecesora en una isla misteriosa, es también una novela perfecta y que ha sufrido un inmerecido descuido por parte de la crítica y los lectores.

La trama celeste (1948). Sólo por contener En memoria de Paulina, este libro merecería su lugar en esta o cualquier selección, pero hay aún más en este libro de cuentos fantásticos, tal vez el mejor de su autor, junto con El gran Serafín, de 1967.

El sueño de los héroes (1954). No sólo es de género fantástico la producción de Bioy. El sueño de los héroes abre la senda del realismo en la obra novelística de Bioy, pero de un realismo enrarecido, de ensoñaciones delirantes.

Guirnalda con amores (1959). La segunda vertiente de sus cuentos, los de amor, tiene aquí su mejor expositor. Libro que mezlca cuentos con miscelánea (citas, fragmentos de diarios, reflexiones, aformismos, argumentos, traducciones, poemas), anticipando sus libros finales.

Diario de la guerra del cerdo (1969). Más cerca de la ficción especulativa que de la literatura fantástica, esta novela parte de la pregunta ¿Qué pasaría si los jóvenes se revelaran contra los viejos? Parábola, reflexión, ensayo sobre la sociedad, la prensa y la degradación de la edad.

Crónicas de Bustos Domecq (1967). En colaboración con Borges, es uno de los libros más divertidos que se hayan escrito. Parodia de parodias, termina por parodiar a sus propios autores.

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