El viaje imposible

Reseña que escribí para la diaria y que, con leves modificaciones, salió el jueves 6 de noviembre, sobre la novela Relato impar de J. Manuel García Rey (Montevideo: Estuario, 2014).


La Isla es Montevideo. Pero no. Es y no es, porque la principal característica de Relato impar es quizás la indefinición. El narrador, poeta y profesor de literatura uruguayo J. Manuel García Rey vive en España desde 1981; en nuestro país ha publicado, entre otras obras, la novela Perseguido como Orestes, el libro de poemas La pulpa de los días, el de miscelánea La hoja nunca está en blanco. Su última novela, editada por Estuario, retoma varios de sus temas centrales: el amor, el exilio, el tiempo. Su protagonista, Martín Gambetta, alias El Maestro y un grupo de revolucionarios intentan derrocar el régimen dictatorial que gobierna La Isla. ¿Quiénes son estos valientes? ¿Héroes? ¿Bandidos? Son lo uno, son lo otro. La historia los cambia, los muestra, los pone a prueba y ellos sufren esos cambios, esos despojamientos, esas pruebas, casi sin poder actuar.

El posmoderno diseño de cubierta, de Raúl Búrguez, es acertado: el cuerpo de Artigas en la Puerta de la Ciudadela con la cabeza del mago Mandrake. La quimera, animal mitológico que según quien la describe varía entre una y tres cabezas, cuerpo de cabra o de león o de serpiente y que hoy ha sido degradada a sinónimo de “imposible”, es una buena definición. Relato impar es una novela quimérica que se permite ser “seria” sin tomarse nada completamente “en serio”, como la mejor literatura de Cortázar y también de su maestro Leopoldo Marechal (pienso, concretamente, en la poco leída El banquete de Severo Arcángelo). Es una reflexión sobre la historia, sobre el amor, sobre la verdad y el hombre. Recursos clásicos de la novela de aventura y de la novela de ciencia ficción; la isla, el túnel del tiempo, el doble, se aprovechan al máximo, se resituan y se reelaboran. Impregna Relato impar la historia nacional a través de nombres propios (Carlos Solé, el Mincho Martíncorena), lugares (Ejido, la Interbalnearia, el Cerro), acontecimientos (cierto desembarco libertador, cierta toma de una ciudad llamada Tambo), símbolos (“es muy bella mi bandera, mi bandera”) y la historia del continente y el mundo (la Guerra Fría, Cuba, el Frente de Liberación Nacional, el FMI). Los datos, como las citas literarias, se superponen en el tiempo y el espacio, y así un Land Rover lleva a los protagonistas por el siglo XIX a hacer la Revolución. La indefinición no sólo es tempo-espacial, también es literaria. La urdimbre de la novela, su forma, es el pastiche y aceptar su juego es aceptar sus normas, es aceptar también su factura a veces despareja, su prosa que a veces parece desmoronarse pero que finalmente se recompone y sigue. Este Relato impar es a la vez, y sucesivamente novela negra, realista, novela rosa, relato fantástico, sainete, folletín. Su lenguaje ostenta también un empecinado mesitzaje, un vaivén que alterna las frases hechas, los refranes y las respuestas automáticas, el habla castiza y el voseo criollo, el lunfardo y las referencias literarias, momentos de lirismo inspirado, párrafos casi de parte militar, copla, burla y parodia. Hay un personaje que es soldado y poeta, Bartolomé Castro/Campos/Lagos (clara referencia a Hidalgo), que intenta ser épico y no lo logra, pero que brilla en la sátira y el poema festivo; consciente de su incapacidad, admite “he de reconocer que Homero me queda grande y, sobre todo, lejos”. He ahí una definición del estilo de Relato impar, sólo que García Rey saca lo mejor posible de esa incapacidad. Recordaba el autor en una entrevista en el programa de radio La máquina de pensar la indefinición primera: el rostro verdadero de Artigas, todo conjeturas. Así los personajes de esta novela, así el lugar y el tiempo de esta novela, hechos de retazos, que no se reconocen si se comparan.

La Isla es el exilio. Pero tampoco. Es la memoria. Tal vez. Es un espacio mental donde se suceden todos los tiempos a la vez. La naranja Crush, el clásico de la B (Rampla-Wanderers), el futuro de clones y hologramas, las armas de la Independencia. Todos los lugares. La playa de la Agraciada (llamada La Venturosa), La Cárcel Modelo, Tres Cruces, la playa primigenia “en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron” (el verso es de Borges). Martín Gambetta, frente a Martín Gambetta dice “entonces lo vi (¿debería decir te vi?)” debiendo afirmar: entonces me vi. Así, la pluralidad de personas que es una de nombres cambiantes, de apodos y epítetos, Sietemarías. La multiplicidad es lo que produce la indefinición, lo que hace el viaje en el tiempo (a través del túnel), un viaje imposible. Porque todo convive en el mismo instante, un viaje en el tiempo es un viaje innecesario. Cuando Gambetta se dice lo que tiene que hacer a su yo joven, sabemos que no está siendo realmente oído; cuando oye lo que le dice que tiene que hacer su yo viejo, sabemos que no está realmente oyendo, que hará lo mismo que debió hacer, porque aquél hombre no es éste, El Maestro se mira como quien mira a un extraño, a otro. El viaje es imposible porque el regreso es imposible.

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