El Dios en formación

Los tres textos que conforman Mi retablo de Navidad fueron escritos a instancias de Rubén Darío y José Enrique Rodó los publicó por primera vez en la edición de diciembre de 1911 del periódico Mundial de París y dos años después en El Mirador de Próspero.

I. El Niño Dios.

De toda la pintoresca variedad del Nacimiento vistoso -con el divino Infante, la Virgen doncella, el Esposo plácido, las mansas bestias del pesebre- no venía a mí más dulce embeleso ni sugestión más tenaz que los que traía en sí esta idea inefable: «Dios en aquel día era niño…» Niño en el cielo, niño de verdad, como lo representaba la figura. Mientras yo contemplaba el inocente simulacro, un celeste niño gobernaba el mundo, oía las plegarias de los hombres, distribuía entre ellos mercedes y castigos… ¿Cuándo la idea del Dios humanado, del Dios hecho hombre por extremo de amor, pudo mover en corazón de hombre tan dulce derretimiento de gratitud, mezclado a la altivez de tamaña semejanza, como en el corazón de un niño la idea del Dios hecho niño?
Hoy, que convierto en materia de análisis los poemas de mi candor (el hombre es el crítico, el niño es el poeta), se me ocurre pensar cuán apetecible sería que Dios fuese niño una vez al año. En la «política de Dios» hay, sin duda, inescrutables razones, arcanos planes, propósitos altísimos, a los que se debe que su intervención en las cosas del mundo se reserve y oculte con frecuencia, y que su justicia, mirada desde valle oscuro, parezca morosa, e inactivo su amor. El día del Dios-niño, toda esa prudencia de Dios desaparecerá. Al Dios sabio y político sucedería el Dios sencillo y candoroso, cuya omnipotencia obraría de inmediato, en cabal ejecución de su bondad. En ese día de gloria no habría inmerecido dolor que no tuviese su consuelo, ni puro ensueño que no se realizase, ni milagro reparador que se pidiera en vano, ni iniquidad que persistiera, ni guerra que durara. A ese día remitiríamos todos la Esperanza, y el mayor mal tendría un plazo tan breve que lo sobrellevaríamos sin pena. ¡Oh cuán bella cosa sería que Dios fuese niño una vez al año, y que éste fuera el bien que anunciasen las campanas de Navidad!…
Pero no… Ahora toman otro sesgo mis filosofías del recuerdo del Niño-Dios. Antes que lamentarse porque Dios no sea niño de veras durante un día del año, acaso es preferible pensar que Dios es niño siempre, que es niño todavía. Cabe pensar así y ser grave filósofo. El Dios en formación, el Dios en el virtual desenvolvimiento del mundo o en la conciencia ascendente de la humanidad, es pensamiento que ha estado en cabezas de sabios. ¿Y hemos de considerarla la peor, ni la más desconsoladora, de las soluciones del Enigma?… ¡Niño-Dios de mi retablo de Navidad! Tú puedes ser un símbolo en que todos nos reconciliemos. Tal vez el Dios de la verdad es como Tú. Si a veces parece que está lejos o que no se cura de su obra, es porque es niño y débil. Ya tendrá la plenitud de la conciencia, y de la sabiduría, y del poder, y entonces se patentizará a los ojos del mundo por la presentánea sanción de la justicia y la triunfal eficiencia del amor. Entre tanto, duerme en la cuna… Hermanos míos: no hagamos ruido de vanidad, ni de feria, ni de orgía. Respetemos el sueño del Dios-niño que duerme y que mañana será grande. ¡Mezamos todos en recogimiento y silencio, para el porvenir de los hombres, la cuna de Dios!!

II. El asno.

Asno del pesebre donde el Señor vino al mundo, yo te quería y te admiraba. Tú eras, en aquel espectáculo, el personaje que me hacía pensar. Iniciación preciosa que te debo. Tú, abanicando con los atributos de tu sabiduría, diste aliento a la primera chispa de libre examen que voló de mi espíritu. Tú fuiste mi Mefistófeles, ¡oh Asno! Por amor a ti, por caridad y compasión con que me inundabas el alma, me hiciste concebir los primeros asomos de duda sobre el orden y arreglo de las cosas del mundo, y aun sospecho que, por este camino, me llevaste, con ignorancia de los dos, a los alrededores y arrabales de la herejía.
Verás cómo, Yo, prendado de la gracia inocente y dulce que hay en ti, y que no suelen percibir los hombres, porque se han habituado a mirarte con la torcida intención de la ironía, me interesaba por tu suerte. Viéndote allí, junto a la cuna de Dios, me figuraba que te era debido algún género de gloria. Entonces preguntaba cuál fue tu destino ultratelúrico, y me decían que para los asnos no hay eternidad. Para los asnos no hay en el mundo sino trabajo, burla y castigo, y después del mundo, la nada… La Nueva Ley no modificó en esto las cosas. El sacrificio del Hijo de Dios no alcanzó a ti. El viejo esclavo de Pompeya que debió de trazar, bajo tu imagen, dibujada en la pared, la inscripción de amarga ironía: «Trabaja, buen asnillo, como yo trabajé, y aprovéchete a ti tal como a mí me aprovechó», dijo la desventura del asno pagano y del cristiano. De poco te valió estar presente en el nacimiento del Señor, ni más tarde llevarlo sobre tus lomos en la entrada a Jerusalén, entre palmas y vítores. Ni mejoró tu suerte en la tierra, ni, lo que es peor, se te franqueó el camino del cielo. A mí, este privilegio de la promesa de otra vida para el alma del hombre, con exclusión de la candorosa alma animal, capaz de inmerecido dolor remunerable y capaz también de una bondad que yo no había aprendido todavía a discernir de la bondad humana, porque aún no había estudiado libros de filosofía, se me antojaba un tanto injusto y me dejaba un poco triste. ¡Cómo! El perro fiel y abnegado que muere junto a la tumba del amo, acaso torpe y brutal; el león hecho pedazos en la arena infame; el caballo que conduce al héroe y participa del ímpetu heroico; el pájaro que nos alegra la mañana; el buey que nos labra el surco; la oveja que nos cede el vellón, ¿no recogerán siquiera las migajas del puro festín de gloria a que nos invita el amor de Dios después de la muerte?… De esta manera me acechaba la parvedad herética tras el retablo de Navidad.
Quedábamos en que para ti no hubo Nochebuena. Asno amigo; pero siglos después estuviste a dos dedos de la redención. Un paso más y te ganas los fueros de la inmortalidad, con el suplemento de alguna tregua y alivio en tu condición terrena. Fue cuando, en humilde pueblo de la Umbría, apareció aquel hombre vago, y tal vez loco, que se llamó Francisco de Asís. ¡Venturoso momento! La piedad de este hombre se extendía, como los rayos del sol, sobre todo lo creado. Sentía, presa de exaltadas ternuras, su fraternidad con las aves del cielo, con las bestias del campo y hasta con las fieras del bosque. Hablaba amorosamente del Hermano Lobo, del Hermano Cordero y de la Hermana Alondra. Era como el corazón de Cristo rebosando sobre su amor por nosotros y derramándose en la Naturaleza. Era un Sakiamuni menos triste y austero, más iluminado de esperanza. Parecía venido a predicar un Testamento Novísimo, ante el cual el nuevo pasase a viejo. ¡Yo creo, y Dios me perdone, que a él también le acechaba la herejía!… Pero se detuvo, o no lo comprendieron del todo, y la Naturaleza siguió sin Nochebuena. Tú, Asno hermano, perdiste con ello tu redención, y acaso no perdimos menos los hombres. ¡Ah, si el dulce vago de Asís se hubiera atrevido…!

III. Sueño de Nochebuena.

En Nochebuena era el soñar despierto, girando la mariposa interior en torno a la imagen de luz pura, que ya aparecía, infantil, en el regazo de la Madre; ya a márgenes del lago o sobre el monte, con sus rubias guedejas de león manso; ya, trágica y sublime, entre los brazos de la Cruz. Mi imaginación era invencionera; la fe le daba alas. Cuentos, leyendas, ficciones de color de rosa, nacían de aquel soñar. Una recuerdo. No sabría reproducirla con su tono, con el metal de voz de la fantasía balbuciente. Será una idea de niño dicha con acento de hombre; será un verso de poeta que ha pasado por manos de traductor.
Era en la soledad de los campos, una noche de invierno. Nevaba. Sobre lo alto de una loma, toda blanca y desnuda, se aparecía una forma, blanca también, como de caminante cubierto de nieve. En derredor de esta forma flotaba una claridad que venía, no de la luz de una linterna, sino del nimbo de una frente. El caminante era Jesús.
Allá donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un bulto negro se agita. Jesús marcha hacia él; él viene, como receloso, a su encuentro. A medida que el resplandor divino lo alumbra, se define la figura de un lobo, en cuyo cuerpo escuálido y en cuyos ojos de siniestro brillo está impresa el ansia del hambre. Avanzan; párase el lobo al borde de una roca, ya a pocos palmos del Señor, que también se detiene y le mira. La actitud dulce, indefensa, reanima el ímpetu del lobo. Tiende éste el descarnado hocico y aviva el fuego de sus ojos famélicos; ya arranca el cuerpo de sobre la roca…, ya se abalanza a la presa…, ya es suya…. cuando Él, con una sonrisa que filtra a través de su inefable suavidad la palabra:
-Soy Yo -le dice.
Y el lobo, que lo oye en el rapidísimo espacio de atravesar el aire para caer sobre Él, en el mismo rapidísimo espacio muda maravillosamente de apariencia: se transfigura, se deshace, se precipita en lluvia de blancas y fragantes flores. A los pies de Jesús, entre la nieve, las flores forman como una nube mística, sobre la que el divino cuerpo flotara. Y todo mi afán de poeta consistía en que se entendiese que no fue voluntad del sagrado Caminante, ni intervención de lo alto, lo que movió la transformación milagrosa, sino que fue virtud del propio sentir del lobo, espantado, loco, al reconocer a Aquél a quien iba a destrozar con sus dientes: virtud en que arrepentimiento, dolor, vergüenza, ternura, adoración, se aunaron como en un fuego de rayo, y derritieron las entrañas feroces, y las refundieron en aquella forma ducísima, todo ello mientras declinaba la curva del salto que tuvo por arranque la intención de hacer daño… Agregaba mi cuento que el Señor, mirando a las flores que a sus plantas había, hizo sonar los dedos como quien llama a un animal doméstico. Entonces, debajo el manto de flores se levantó, cual si despertara, un perro grande, fuerte y de mirada noble y dulce, de la casta de aquellos que en las sendas del Monte San Bernardo van en socorro del viajero perdido.
Algunas veces asocio al recuerdo de mi ficción candorosa la idea de esas súbitas conversiones de la voluntad, que por la devoradora virtud de una emoción instantánea, consumen y disipan para siempre la endurecida broza de la naturaleza o la costumbre: Pablo de Tarsos herido por el fuego del cielo, Raimundo Lulio develando el ulcerado pecho de su Blanca, o el Duque de Gandía frente a la inanimada belleza de la Emperatriz Isabel.

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