La busca del nombre

Reseña de La revancha y otros cuentos, de Gustavo Iribarne (Montevideo: Yaugurú, 2014) que salió el 17 de diciembre de 2014, con algunas modificaciones, en la diaria.


La revancha y otros cuentos es un libro de cuentos. Quiero decir: no es una colección de cuentos, un mero conjunto. A pesar de la heterogeneidad de temas, de modos narrativos e incluso de longitud, este libro configura una unidad. Son veinte cuentos de dispar longitud, de temas muy alejados: desde algunos que rozan la ciencia ficción, lo fantástico o lo maravilloso a otros de un realismo estricto, aunque casi siempre matizado, problematizado. Hay evocaciones líricas, poco y certero diálogo, descripciones escuetas y contundentes, cuentos casi alegóricos, otros de estructura cinematográfica y con un desarrollo visual muy rico y frases cortas poderosas a nivel de significación. Esta diversidad está atravesada por una voz, por un tono reconocible y preciso que se construye ante el lector. Como el personaje de La plaza sin nombre, Iribarne busca el nombre de las cosas, inquiere, insiste, se pregunta aunque sabe que la búsqueda es la meta.


A las referencias que Rafael Courtoisie (que hace énfasis en la palabra “referencia” sobre/contra “influencia”) encuentra en el prólogo (Carver, Cortázar, Felisberto Hernández, Levrero) debería agregar las nombradas, las sugeridas (Borges, Bioy Casares) y las adivinadas (la olvidada Giselda Zani, el Carlos Martínez Moreno de “El simulacro”, el Paco Espínola de Raza ciega). Si los primeros cuentos dependen y se sostienen en estas referencias textuales (“Pobre diablo” puede pensarse como una versión de “La casa de Asterión”, “Bonifacio, el creativo” una conjetura en la dirección de “El idioma analítico de John Wilkins”); a medida que el libro avanza, la voz de Gustavo Iribarne se va haciendo más clara y fuerte, hasta dominar por completo el mundo ficcional que propone; que es consistente y atractivo.

Cierta porosidad de límites entre el realismo y lo fantástico, un nivel de extrañamiento, de misterio (los dos Diario de viaje son un ejemplo claro de esto), de enajenación de los personajes, una prioridad en el argumento y en la dicción antepuestos a la psicología de los protagonistas,;la exploración de seres conflictivos, de ambientes decadentes y grises, cierto lirismo (que llega a su punto máximo en el casi poema en prosa “Bajón nocturno”) cituan a este libro en la línea de lo mejor de la narrativa latinoamericana y configuran un libro entero y logrado. Ahora bien, la voz de Iribarne se ha consolidado; este libro (el primero de cuentos del autor) es la consolidación de esa voz, el proceso que recorre desde un apego a los maestros a una libertad cada vez mayor; pero aún falta el siguiente paso. Es decir: este es un libro sólido, de cuentos bien construidos, pero que no desafía la tradición en que se sitúa. No quiero decir que deba hacerlo, digo que puede, que tiene las herramientas y la capacidad.

Si, como dije, el libro configura una unidad, también es cierto que cada cuento se sostiene en sí mismo y configura una obra en sí misma, formalmente acabada y, a veces, perfecta. En su prólogo, Courtoisie habla de “sorpresas de la imaginación”, y es una descripción precisa de lo que nos presenta Iribarne. Esa tradición que comienza aproximadamente en los 40 con La invención de Morel de Bioy Casares y algunos otros ejemplos y que se opone al psicologismo, dando preeminencia a la aventura es en la que mejor se inscribe este libro, aunque sin olvidar una construcción muy eficaz de personajes en base a pocas frases y muchas sugerencias. En todo caso, las tramas no son nunca mero decorado, mero pretexto para la escritura/lectura: son el centro mismo. Cuentos como “La revancha”, “Tercera noche”, “El que mantiene a la familia”, “Iracema” o “Llaman a la puerta” se construyen en base a un argumento sólido y a partir de allí desarrollan un lenguaje siempre apropiado y que llama la atención sobre sí mismo. El cuento que da título al libro tiene algo de eso: es la historia narrada, contada a un otro ¿nosotros?, que se desconoce y que actúa como depositario y espejo (imagen cara al autor). También se ve algo en “Herida absurda”, que se teje en función a frases hechas y lugares comunes que se van hilvanando para crear una densidad nueva, una “reflexión narrada” (casi, como “Bajón nocturno”, un poema en prosa). Pero la construcción del andamiaje narrativo se ve más claramente en el último cuento citado, “Llaman a la puerta”, donde el mismo nudo se va construyendo en el momento: el hombre que recuerda. ¿Cuál es el “cuento”? ¿El del camionero que en un alto del camino recuerda un cuento? ¿O el cuento que recuerda el camionero? ¿Quién cuenta? ¿Inventa o recuerda? ¿Es cuento en tanto ficción o es anécdota? ¿Cómo funciona dentro de su estructura? Es decir ¿cree el camionero lo que recuerda? ¿Debemos creerlo nosotros? El armado de la ficción ocurre, se desenvuelve y regresa a su origen: la historia contada en la noche, después del silencio, para “llenar” el vacío. El recuerdo se da por asociación, surge ante nosotros que somos, a la vez, lectores y oyentes. El despliegue de los instrumentos narrativos nos fascina y nos aterra. Dudar de la veracidad de un cuento es dudar de nuestra historia.

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