El que ve en la sombra

Reseña de Las sombras errantes, de Pascal Quignard (Buenos Aires: El Cuenco de Plata, 2014), que salió el 07 de enero de 2015 en la diaria.


Pascal Quignard es uno de los mayores escritores vivos, tal vez el más grande entre los que escriben en francés. En 2002 empezó, con Les Ombres errantes, una serie de libros llamada Dernier royaume (Último reino); el octavo de sus libros, Vida secreta (que fue el primero en publicar, aun antes de idear el proyecto, en 1998), se tradujo al español recién en 2004, transformándose, hasta ahora y junto con La barca silenciosa y Los desarzonados (ambos editados por El Cuenco de Plata), en los únicos volúmenes en ser traducidos a nuestra lengua de esta serie que en 2014 alcanzó los nueve títulos con la edición de Mourir de Penser. En 2002, la aparición de Las sombras errantes, junto con el segundo y el tercer volumen de la serie, suscitó una pequeña polémica tras ganar el Premio Goncourt, máximo galardón de las letras francesas, por su propia indefinición. Las sombras errantes, que se publicó el pasado año por primera vez en español, en una cuidadosa traducción de Silvio Mattoni, no es una novela, ni un volumen de cuentos, ni de poemas en prosa, ni un libro de memorias, ni un diario, ni un ensayo o un conjunto de aforismos. Es todo eso y, a la vez, nada de eso. “La fragmentación es el alma del arte”, sostiene Quignard, y si algo es este libro, es un libro de fragmentos. No es, sin embargo, un caótico collage: es una unidad formada de fragmentos que se sostienen recíprocamente, que se refuerzan, se completan. El origen de los fragmentos, de prosa límpida y asombrosa, es variado: historias de reyes, de músicos, de pintores, leyendas clásicas, mitos inuit, creencias hindúes, costumbres japonesas. Todo el universo ficcional de Quignard (especialista en música barroca, estudioso de etimología y filología, de filosofía y literatura) confluye en esta obra, en este gran proyecto.

El libro nace de la certeza de la existencia de otro mundo. De un mundo otro que existe a la sombra de éste, en la literatura que es la conversación con lo muerto, en el sueño, en el sexo. Es que, para Quignard, el tiempo humano configura un reino donde reina lo perdido. Su obra se sitúa y se crea desde una mirada siempre renovada del pasado, donde el pasado reciente y el remoto se mezclan y confunden. La investigación de las lenguas, la traducción y retraducción del latín, la indagación en términos del hinduismo, alemanes, griegos, la pesquisa en etimologías (a veces conjeturadas), en la historia antigua apuntan a perseguir lo que fue antes de que todo fuera. El instante inmediatamente anterior al comienzo, el Primer Tiempo. Porque “Nadie salta por encima de su sombra. / Nadie salta por encima del origen” desde la búsqueda imposible de esa aurora escribe Quignard su obra. Pequeños tratados, largas listas, rememoraciones, anécdotas, cuentos, reflexiones en torno a temas de la literatura, de la historia, de la religión, confluyen para erigir un mundo de inmensa complejidad y de belleza sutil que se crea y recrea en torno a un plan ordenado, coherente y autosuficiente.

El último reino es un reino invisible, configurado por la soledad radical que crea quien lee. El libro comienza con el recuerdo de la niñera alemana que leía ante el niño que aún no sabía leer. El que lee (y el que escribe) erige un mundo de reflexión que se contraría con el mundo contemporáneo, que entiende la democracia como la participación permanente en el asunto público. La palabra escrita se levanta así como un último bastión del pensamiento, la letra se afinca como resistencia a un mundo que, con fecha clave en el ya mítico 11 de setiembre de 2001, se ha entregado al dominio de la imagen. La imagen es el mercado, es el signo del capitalismo neoliberal, y Quignard ilustra esta idea bellamente con una contraposición total: la hoja de un libro y un billete. Las letras en la hoja significan cosas, el billete de banco equivale a esas cosas: allí está la lucha que sostiene este libro y su autor con el mundo, en la búsqueda de las cosas no en sí mismas sino en su nombre. “Las imágenes no son representaciones de nada”, en modo alguno se sostienen en sí mismas y se pregunta Quignard: ¿qué significan las pinturas en las paredes de Lascaux? Nada, porque no hay un relato que las explique. El relato, eso que nos explica y nos justifica, es lenguaje, es letra fija. Tomando esa premisa como punto de partida es que se desarrolla esta obra de admirable ingenio. “En todo el universo busqué el reposo y no lo hallé en ninguna otra parte sino en un rincón con un libro”, con esa frase de Tomás de Kempis, Quignard comienza su reflexión central: el exilio de la sociedad como acto de rebeldía, como exilio en la lectura, en el ocio, en la errancia en las sombras que constituyen el punto muerto que se impone entre los ritmos humanos, un remanso de oscuridad en un mundo que exalta la luz, lo visible. En ese ángulo, en esa zona franca cercana a la muerte (y a los muertos, es decir, a los dioses), en ese silencio surge el pensamiento auténticamente libre, la literatura que se sale del tiempo. Que lo vence.

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