Adiós en tres actos

Lo que escribí para la diaria con motivo de la muerte de Pedro Lemebel (21 de noviembre de 1952 – 23 de enero de 2015). La fotografía que acompaña este artículo fue tomada por Pablo Nogueira durante una visita de Lemebel a Montevideo, en que fue entrevistado por José Gabriel Lagos.


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Primer acto: El cuerpo de Chile

1991 – Una sala de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Concepción. Sobre el suelo enteramente cubierto de cal, dos cuerpos desnudos. En un extremo de la sala, sobre cinco estrellas de carbón, cinco monitores transmiten Casa Particular, un video-arte de Gloria Camiurga del año 1989 protagonizado por los dos artistas que yacen desnudos y las trabajadoras de un prostíbulo travesti de Santiago. Cubiertos de cal (uno sobre sus espaldas, el otro, tomándole las pies, sobre su barriga) los cuerpos son limitados en un extremo por un monitor con la letra N dibujada sobre la pantalla y en el otro por una bolsa de cal con una S. Una y otra vez se oye a través de los parlantes a los artistas recitar sus números de cédula y el nombre de algunas localidades chilenas. De pronto se siente un chisporroteo. Una línea negra, de carbón y pólvora, que cruza los cuerpos, fue encendida. Homenaje a Sebastián Acevedo es el nombre de la performance-instalación, en conmemoración del padre que se inmolara el 11 de noviembre de 1983 como protesta por la desaparición de sus hijos, detenidos por la dictadura de Pinochet. Las Yeguas del Apocalipsis se llama el colectivo artístico responsable. Son los mismos que el 25 de noviembre de 1989 fueron a la calle San Camilo y, mientras se proyectaba desde la ventana de un prostíbulo las diapositivas de otra performance de ese año, Lo que el SIDA se llevó, dibujaron sobre la calle, semidesnudos y con armaduras pintadas en los cuerpos, estrellas fosforescentes como las del paseo de la fama de Hollywood en un Santiago de apagones con los que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez “celebraba” el cumpleaños número setenta y cuatro del Tirano. Los cuerpos encalados, de Pedro Lemebel y Francisco Casas, son, en el suelo de la sala, una línea blanca que se pierde en el fondo, son un Chile que se estira de Norte a Sur, de Sur a Norte y que se busca, en plena transición democrática, en el fuego frágil de la pólvora y del martirio.

Segundo acto: Por qué seremos tan

Un día llegaron unos periodistas a la casa de los Mardones Lemebel, familia obrera conformada por Pedro, Violeta y sus dos hijos: Jorge y Pedro. El padre de la familia salió a recibirlos. “¿Es usted Pedro Mardones?” “Sí” “Pues ganó un premio” “Si”, contestó el hombre pensando en el show de Don Francisco o algún otro programa de televisión. No sabía que al que buscaban era a su hijo, para anunciarle su triunfo en el concurso literario de la Caja de Compensación Javiera Carrera con el cuento Porque el tiempo está cerca, que narra la historia de un joven que, abandonado por su madre y rechazado por su padre, se prostituye. El cuento se publicó en una antología en 1983. En la biografía del autor aparece una foto del padre.
De esa confusión nominal nace Pedro Lemebel. Graduado como profesor de artes plásticas, comienza a ejercer en 1979 y hasta ese mismo 1983, cuando lo despiden de su trabajo en liceos de Santiago y decide dedicarse a la literatura. En 1986 realiza lo que se puede pensar como su primera performance. En una reunión de partidos de izquierda en Estación Mapocho, de tacos y con la hoz y el martillo pintados en la cara lee su poema-manifiesto Hablo por mi diferencia. En diciembre del año siguiente, durante el lanzamiento del libro de Carmen Berenguer A media asta, realiza, con Francisco Casas la primera actuación de Las Yeguas del Apocalipsis, que tendrían una agitada actividad durante la transición democrática chilena, realizando numerosas intervenciones públicas con gran repercusión y escándalo. Tras escribir y publicar algunos relatos, comienza a incursionar en la crónica, género que hará su fama. En 1995 edita su primer libro La esquina es mi corazón, una antología de crónicas que habían aparecido en algunos medios de prensa chilenos que ya presenta todo un universo ficcional y estilístico que profundizará en sus siguientes obras, Loco afán: Crónicas de sidario y De perlas y cicatrices. En 1996 comienza Cancionero, un programa radial de diez minutos en que leía sus crónicas, con sonidos y música como ambientación que daban teatralidad a los textos.
Gracias a Roberto Bolaño, que consideraba a Lemebel como el mejor poeta de su generación, “aunque no escriba poesía” y que vivía por fines de los 90 en España su segundo libro será reeditado por Seix Barral, a lo que seguirá un reconocimiento más masivo de su obra, que será leída por todo el mundo hispánico. En 2001 y tras ganar una Beca Guggenheim en 1999, publica su primera y única novela editada hasta el momento, Tengo miedo torero, con la que se consolida como un autor original, de una prosa trabajada y riquísima que utiliza elementos del neobarroco (cultivado simultáneamente y desde principios de los 80 por el argentino Néstor Perlongher y el uruguayo Roberto Echavarren) y el kitsch. Tengo miedo torero marca un hito en su carrera: además de ser un best seller inmediato funciona como condensación de un estilo que se iba puliendo libro a libro. La crónica, que Juan Villoro ha llamado “el ornitorrinco de la prosa” y que de algún modo se ha consolidado como el gran género latinoamericano (desde las inaugurales coronicas de viajeros hasta la perfección de modernista de Rubén Darío y las Aguafuertes de Roberto Arlt), la obra de vanguardia, el folletín rosa, la investigación periodística, la autobiografía, el testimonio convergen en esta novela primeriza que es la verdadera consumación de un artista y que funciona también como escape único a una forma que logra asentarse sobre todo en su segundo libro y que corre siempre el riesgo de volverse rígida. El adjetivo insólito, el lirismo exagerado y a menudo cursi, la cita constante de canciones de amor se combinan con la parodia y el humor ácido, la crudeza y un desparpajo que llama las cosas por su nombre más vulgar y por eso más impactante para hipnotizar al lector, que queda atrapado en la cadencia de una prosa que se desliza suavemente mientras construye mundos y personajes terribles, a menudo abyectos (piénsese en Lucía o el enmudecido Tirano) o de una belleza que impacta por lo desmesurada, por lo artificial. Como la protagonista de la novela, Lemebel construye con los retazos de la cultura, con ángeles y pajaritos, obras de arte de gran potencia y complejidad. En los siguientes años publicará las nuevas antologías de crónicas Zanjón de la Aguada, Adiós mariquita linda y Serenata cafiola que culminarán de dar fama a un estilo inconfundible del que tendremos aún novedades: además de su cuantiosa obra dispersa aún por reunir en volumen, la editorial Planeta tiene programado para este año la publicación del nuevo volumen de crónicas Mi amiga Gladys (en homenaje a la política comunista Gladys Marín, primera querellante contra Augusto Pinochet) y la que será su segunda novela, El éxtasis de delinquir.
En 2011 le diagnosticaron cáncer de laringe y en 2012, tras ser operado, realizó tal vez su última gran performance: una lectura dramatizada de su texto Susurrucucu Paloma en la Feria del Libro de Guadalajara, con la voz robótica de la traqueotomía. En 2013 recibió el premio José Donoso, reconocimiento a una trayectoria de treinta años.
Pedro Lemebel se situó, desde el cuento inicial, en el margen. Homosexual, performer, comunista, se rodeó siempre de los desclasados. Se autodefinió como “pobre y maricón” y desde ese lugar (que es impuesto y autoimpuesto) actuó toda su vida, desde la inconformidad y la utopía. Su apropiación de la cultura popular chilena (sus símbolos nacionales, sus bailes, sus músicas), de la cultura de masas (las películas de hollywood, los boleros, el tango), su lectura de la tradición literaria homosexual latinoamericana, su exploración del mundo underground de Santiago (desde los travestis de la calle San Camilo a los poetas y performers de la contracultura capitalina), su estudio de los postulados del postestructuralismo francés; todo confluyó para crear una obra artística muy elaborada que tiene como finalidad última, desde la referencialidad y la autoconsciencia, la máxima libertad.

Tercer acto: Crespones de seda en mi despedida

2015 – Iglesia de la Recoleta Franciscana de Santiago. Ya se cantó el himno de la Internacional Comunista. Suenan trompetas, clarinetes, platillos. Mujeres con vestidos típicos bailan una coreografía, un hombre disfrazado de perro se mueve entre hombres y mujeres con máscaras de calavera. Sombreros campecinos, camperas de cuero, banderitas arco iris. Bombos, palos de lluvia, melódicas. Hombres de pecho descubierto y sudado que siguen el ritmo de la música atronadora. Exhuberantes pelucas multicolores, lentejuelas, brillos. Fotografías, flores y velas. Un coro de voces aflautadas canta a los gritos “No puede vivir sin ti / mi angustiado corazón”, la canción que el dúo cubano Celina y Reutilio hiciera famosa. Una enmascarada, de camisa blanca, pantalones negros, mantilla y en el costado derecho como un hachazo la mancha roja de un clavel tiene en la espalda un papel impreso: Adiós Mariquita Linda… Vuelven las voces “Que vacío hay en mi alma / que amargura en mi existir / siento que me haces falta / yo no sé sin ti vivir”, música y el aplauso final. Todos levantan las manos y las agitan. La música sigue.

Epílogo: Cinco aproximaciones a Lemebel

Poco hombre. Antología de crónicas desde su primer libro, de 1989, a Háblame de amores, de 2012 (es decir, todas sus colecciones publicadas hasta el momento), seleccionadas y prologadas por Ignacio Echevarría.

Tengo miedo torero. Su novela, que cuenta una historia de amor en el convulsionado Santiago de la primavera de 1986.

Pedro Lemebel: Corazón en Fuga. Documental de 2008 realizado por Verónica Quense.

El descubrimiento de América. Una de las performances de Las Yeguas del Apocalipsis, de la que sólo se conservan algunas fotografías. Sobre un mapa de América Central y del Sur, el 12 de octubre de 1989, Casas y Lemebel bailaron descalzos todas las figuras de la cueca sobre vidrios rotos de botellas de Coca-Cola, inspirados por la “cueca sola” que bailaban las madres, esposas e hijas de desaparecidos marcando la ausencia de los varones de la casa.

Las exequias del fiambre. Artículo de opinión publicado en el diario La Nación de Chile en diciembre de 2006, tras conocerse la noticia de la muerte de Augusto Pinochet. Vale leer en contraposición con la crónica Adiós al Che (o las mil maneras de despedir un mito), que se encuentra en la compilación Zanjón de la aguada, de 2003.

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