Mar, máquinas y modos de morir

Podría decirse que en la totalidad imaginaria que es la literatura para cada uno las ocasiones de intervenir se dan por partes. Y en esas partes, en la partición genérica del todo, a Fogwill le interesaba mucho lo que suele llamarse “poesía”. Aunque la palabra “interés” no dice demasiado sobre el grado de atracción que sentía por las palabras enganchadas a un ritmo. En ese ámbito, se podía intervenir de muchas maneras, no sólo escribiendo nuevos poemas sobre viejos temas, o encontrar temas nuevos para los ritmos recurrentes, sino también detectando a nuevos poetas, leyendo y señalándole a la tribu que la lengua seguía viva y se modificaba porque otras voces la entonaban y la retomaban.

Al revés que las olas del mar que de lejos parecen una superficie uniforme, los poemas debían verse más bien dentro del ritmo que enlaza la superficie del idioma, plegándola, con cada cuerpo que llega para seguir su impulso, o para resistirse al impulso. Era la historia del amor por la lengua y el conteo y la celebración de la reproducción de los cuerpos. Así, cuando tenía menos de veinte años, leí por primera vez, en una revista porteña, el poema “Versiones sobre el mar”, cuya sonoridad y cuya sintaxis me fascinaron. Leíamos en voz alta con amigos, como le hubiese gustado a Fogwill, a quien entonces no pensaba que conocería en persona. La escritura reclamaba nuestras voces. Pero aquella forma sufriría lo que su título anunciaba: era una versión más. Fogwill nunca dejaba de corregir sus versiones. El mar parecía el mismo, pero el poema obedecía a una mano y a una audición de ritmos. El poema no se resignaba a ser sólo un texto, una cosa en el mundo de las cosas. Mantener viva la voz que escribe, sostener esa gratuidad de lo que se da porque sí, lo que se escucha venir, eran los objetivos secretos de aquella celebración marina.

Dije que lo leí sin conocerlo, pero creí reconocerlo cuando hablamos diez años después, tal como podía escuchar la misma voz de las versiones en la escansión audaz de sus famosos cuentos. Un narrador lírico, como todos los que vale la pena leer dos veces, pero también un poeta narrativo, investigativo, que le ofrecía al pensamiento materiales concretos más allá de imágenes y frases. De alguna manera, ese poema era un plan, un esbozo pensado y dictado: la promesa de felicidad de la poesía que no condescendía a ser un simple hecho consumado. El mar de Fogwill no se detenía en una imagen o un paisaje, no se describía, sino que quería seguir moviéndose, seguir haciéndose. Y empezaba: “El mismo mar nos pierde; nos encuentra y nos pierde. Tema de las olas: se arman, desobedecen, las crea el viento –¿su amor?– y se derrumban para volver a armarse con restos de olas anteriores, idénticas”. ¿Será una alegoría del idioma del mar, movido, traído a la vida por el viento, o sea, una voz? Y entonces, ¿qué puede unir el amor, su pasaje y su oleaje? O bien, ¿con qué se encuentra la voz del poema en el mar? O incluso: ¿cómo se pierde la voz del mar a merced de la reiteración de las olas del lenguaje?

Las preguntas traen el poema al presente y, en otro lado, más allá del papel que se aligera entre mis dedos hasta perderse, vuelve la voz, la auténtica autoridad de alguien que escuchó y vio de la manera más propia posible este cúmulo de cosas en común que llamamos “mundo”. Saber decir ese velo, atravesar el papel para que yo pueda, aquí y ahora, volver a escuchar su voz, es su felicidad. Mundo, entonces: “La amarga superficie que nos refleja y nos revela plegándose sobre sí, sobre nos”. Y el mundo vuelve a surgir, quizás del mismo mar del idioma, palabras que hacen cosas, que construyen ciudades, estatuas. La gloria póstuma de los nombres propios, ¿será también una burla que la brisa del mar le hace al oleaje? Frente al mar, la tribu urbana, que habla del mar, que celebra los nombres propios. Pero en ese asedio, en el cuestionamiento incesante de la ciudad, en el festejo inagotable de los actos gratuitos que no ansían la gloria, retorna sobre sí y sobre mí, sobre todos nosotros, la voz escrita que nadie podrá volver a escribir. Aunque no es un recuerdo, es una audición posible para cualquiera y que está grabada, marcada en el ritmo de las frases, como excavada con una navaja suiza en la madera dulce de todo lo que decimos. La ciudad acaso cree que vive a espaldas del mar, con sus construcciones y sus proyectos en apariencia ilimitados, pero las olas dicen que toda materia vuelve a la materia, al sinsentido, al estallido gratuito. Fogwill dice: “Hagiografías urbanas: pieles de bronce, sonar del bronce de las pasiones chicas y por la gloria. Fraternidad urbana: ¿humana o mera imitación de un mar igualitario y dependiente? El mar semeja, el mar conduce, el mar identifica, el mar es un Estado de la materia”. No dejamos de estar en el mismo lugar, sin la ilusión del movimiento y de las olas, entre las estatuas que no hablan, cuerpos metalizados, y el anhelo de una fraternidad posible. Sin embargo, hacer un poema es una contradicción del estatismo, es como si esa escucha de la voz inútil, la escritura de una especie de canto, luchara sin esperanza contra el destino de la materia, que es el destino del cuerpo que está escribiendo y el destino de todos, gastarse, disolverse. Pero antes, en el auge, en la ola que se levanta y en su espuma reacia a la extinción, es decir, en el simple poema, se eleva eso que se resiste a desaparecer del todo. Y esa revulsión en el lenguaje podrá atacar, casi imperceptiblemente, al mismo tiempo las estatuas y construcciones, y los deseos vanos de fraternidad. Aun cuando al final todo aquel que gaste su tiempo en poner ritmos, en sacar bronces, en excavar las palabras de la tribu habrá de encontrar a un hermano que le habla y lo alienta con la voz del poema.

Fogwill me dice: “el mar crece con la acumulación de poemas de mar”, y yo pienso que la lengua encuentra sus momentos de felicidad, que son la apertura o el pliegue en la superficie material del mundo, cada vez que la franqueza se vuelve una jerga común, cuando la promesa de felicidad triunfa sobre el juicio de lo que sólo se considera bien hecho. Sin el poema, el mar es el naufragio de las cosas que vuelven a no querer decir nada. “Y el mar, sin textos, sería la espuma de un instante”. ¿Cómo ver que no se trata de un material, que las palabras no son un material, ni un instrumento para pensar, ni una sonoridad repetitiva, si no se escuchan y se escriben poemas? El cuerpo, la mirada, algo presente que se abre paso en las palabras, pero que no está en las sílabas contadas ni en las imágenes descriptas, que no está en la generalidad abstracta de las referencias, ¿de dónde sale, cómo aparece? El cuerpo escribe para no ser escrito. Pero cuando ya no está, cuando se escribió, ¿qué presencia o qué impulso siguen ahí diciendo que no era pura espuma, que la mirada se fijó, que un tono se alzó por encima de la superficie monótona? Es el tono directo que persiste, que varía porque todo se complejiza, porque la simetría es una ilusión y el orden de las cosas una imposición. Me dice, nos dice: “Mirá: el mar, ¿no era el reflejo de aquel sol entrevisto mientras las olas reventaban contra tu cuerpo atónito…? ¿tras los cristales de la espuma…? ¿bajo su manto azul verdoso que se tornaba espuma, ex-agua…? Tu exigua escritura: ¿verías esa mirada azul o verde, esa mirada falsa bajo el disfraz verdadero de las espumas…?”. Escribir hace burbujas en el aire de la mente, pone a mirar lo falso en la verdadera materia de las palabras. Entonces, el nombre, la firma se aligeran, batidos, revueltos, su falsa superficie deja ver una trama, agujeros, la presencia de alguien acribillada de nada, pero justamente por eso fijada, observable, los colores que apreció son por un instante nuestros colores, respiramos el aire que vuelve con el poema, tarareamos unos versos de huida, una invitación al viaje en una lengua extranjera, con un registro de barítono que celebra el mar y lo niega, que derrocha palabras y no les confía todo a ellas.

El mar invita además a dejarlo todo, a partir. Su brisa sopla canciones de marineros que festejan el vacío del lenguaje. Se admira la voz por esa huida del sentido, ante el espectáculo de la costa que se va hundiendo en la inconsistencia, se va empequeñeciendo: “¡Patrias perdidas en lo oceánico, en el o-sea del sentido! Vayámonos, perdámonos así en este o-sea donde no hay mar ni nada: ni vos, ni mar, ni oleadas en tu cuerpo, ni ecos de vagas olas, ni obras que registraron navegaciones interiores, ni vientos que suplieron una apariencia de plenitud. Escuchemos:/ hombre/ marino/ late/ tu corazón”. No hay obras que registren lo que intensamente impulsa al que escribe, y lo que escribió será presa de las ambivalencias, de los malentendidos, sin la voz franca que corrija el rumbo, sin su viento. Un filósofo comenta desde su orilla que de vez en cuando la marea alta del deseo vuelve a destruir todos aquellos pequeños círculos dentro de los que intentaba retener a los hablantes la voluntad de hacer “obras”, la búsqueda de formas. Pero en el océano de lo dicho y lo escrito, todavía podemos escuchar una voz, imaginarla, su violencia musical que rompe con el relato que parecía armarse. ¿Qué le añade ese ritmo no representativo a las palabras, a sus imágenes? Fogwill suma para llegar al punto cero, a una presencia que no sea cuerpo ni voz ni obras: “una extensión inalcanzable/ una invención inalcanzable/ una intención inalcanzable// el hombre flota sobre sí mismo// flota sobre sí// flota/ sobre/ sí”. Entre el cero y el uno, uno mismo, se afirma o se justifica la existencia del mundo.

En otro gran poema, el mundo está hecho de máquinas que mueren más rápido que los hombres que las fabrican. Hay hablantes que quisieran ver la descompostura inexorable de sus máquinas para no mirar el bosque más antiguo, todo lo que estaba antes y seguirá estando después de cada máquina y cada cuerpo que se gastan. Pero la voz les canta, como en un futurismo nostálgico, a esas máquinas en proceso de descomposición: “Máquinas superadas, despojos solitarios que en lo obsoleto –su modo de morir– recuperan las marcas de su nacimiento”. La infancia de las máquinas vuelve a ellas en su abandono, en el desuso, como las palabras que no sirven vuelven a la poesía, se hacen pura medida. La asimetría vuelve a ganar la apariencia de las máquinas, la penúltima sílaba de un verso impar pareciera un pie levantado que se prepara a dar un salto para caer en el renglón siguiente: “máquinas de once sílabas medidas/ falsa arbitrariedad en la medida de las formas”. La decisión de calcular la voz se pierde en el imperio de una arbitrariedad anterior, la música antes del tema. En esas medidas, conscientes o encontradas, prosigue el latido del idioma, y sobre ese pulso flota el que creyó que fabricaba las máquinas. Son ajustes nada más, en máquinas “de procesar eternamente variaciones ínfimas”, en cuerpos que persiguen sin descanso variaciones íntimas. Si el cuerpo fuera una simetría, podría ser igualmente maquínico, y no morir sino más bien ir cayendo en la obsolescencia. El cuerpo deseado también sería una máquina, la cadera desnuda un estímulo para la excitación automática del que escribe, imagina, quiere. Pero lo “bueno” de un cuerpo, si puede decirse así, es su asimetría, su desmesura, su lujo. El autor, a quien creo escuchar todavía, no estaría en contra de pensar que el poema es una máquina fastuosa, que no produce nada, que derrocha todo.

¿Hay un sentido en el bosque de pinos de las máquinas? ¿Tiene razón el final del poema cuando dice contener “palabras e imágenes, meras piezas que volverán a reproducirse para volver a disolverse en nada”? ¿Es verdad que escucho la voz del autor o es un efecto alucinatorio de la máquina poética? Lo más lógico, lo que la maquinación de leer y escribir me dicta sería impugnar la trampa de la voz, su construcción de palabras. Pero cierta implacable falta de simetría dentro de sus repeticiones, sus paralelismos, sus medidas, me lleva a pensar en lo que se gasta de un cuerpo y una voz, en la descomposición súbita del funcionamiento orgánico que nos hace flotar en el lenguaje y que será la nada misma, la muerte. No la ambigüedad ni el malentendido, sino el final sin más del impulso que escribe y que habla. A eso le dicen “obra”, al nombre de alguien que ya no puede seguir escribiendo. Pero esa nada que vuelve está en otra parte, cobra la figura del antiguo caos, lo mudo, lo blanco. La máquina deja de funcionar, era obvio, era su modo de morir. ¿Y el cuerpo? ¿Y la voz? La máquina médica, dice al pasar el poema, ha decretado inconveniente la reproducción de la especie, del fastuoso organismo que soporta las palabras en forma de nuevos individuos. Pero no reproducirse es como el sueño de no morir, una falla en la analogía. El yo no es una palabra como cualquier otra, contiene la misteriosa voluntad de que haya otros, de que nazcan otros, si no, ¿ante quiénes podría seguirse pronunciando? El yo necesita nuevos poetas, siempre más. A ellos, y a cualquiera que atienda la voz, que crea en su felicidad, en los efectos de su actividad, se dirige el impulso de arrancarle al tiempo que pasa una imagen de la vida. No de la propia vida tal vez, sino del estado mismo de viviente, aquello que dio lugar a una voz y tiempo para hacer una obra, aunque ambas cosas no estén en el mismo dominio. ¿Cómo, Fogwill, cómo citarte, “arrebatarle una imagen al tiempo/ esa máquina de arrasar todo que ojalá ahora vuelva a detenerse en el olvido porque de lo contrario no podré recordar”? La imagen intenta detener el tiempo, que es medido por máquinas, relojes de imperceptible pulso, portátiles. La imagen es la belleza de un cuerpo en el espejo que desaparece. Alguien se mira, se olvida del curso que hace posible la música pero también la obsolescencia y la ruina, “no sabe ni debe saber”, anota Fogwill, “que el silencio que descubre al llegar es el sonido de esa máquina de arrasar”. ¿Qué puede hacer un cuerpo contra la máquina que arrasa todo? ¿Cómo medir la asimetría que desea, que contempla, que se refleja, en lo que huye, lo que corre o se cuenta, sin límites? Quizás bailando, tarareando, haciendo el poema, algo gratuito y leve, música que permita “vencer la gravedad respondiendo, no a las palabras, sino a lo que ellas nunca terminan de referir”. Eso que se levanta o flota más allá, acaso antes de las palabras, no requiere la limitación de una forma. Y aunque se narre o se versifique, hay un punto, unicidad de un timbre que desaparece pero que se podría reconocer si se volviese a escuchar, incluso grabado, incluso maquinizado. No es un nombre, no se origina en el simple cuerpo, sino que deja una estela como una fuerza de la naturaleza, cuya presencia ingresa en el pasado. Aquel que haya visto y escuchado el curso asimétrico de esa fuerza, seguido su ritmo, compartido esas palabras que sustituyen un yo por otro y que llamamos charla, no podrá dejar de estar presente en el registro de palabras que ansiaron darse como pulso vivo, como voz, tono y reflexión sobre los sentidos, que a su vez esconden todo eso bajo el manto de la generalidad. En el bosque de pinos, cuando callan las máquinas, no se pretende alcanzar la palabra que designará una imagen al precio de hacerla desaparecer, sino esbozar el paso de baile del lenguaje, y que la silueta o la ilusión de la imagen se diseñe en el aire, para otros, para uno mismo que sólo puede imaginar ser otro.

Lo nombrado se desvanece a medias, pero cada palabra, además de señalar un concepto o un referente, suena, vibra, cuenta. “Somos un ruido que desaparece”, dice un endecasílabo de Fogwill en otro libro, más reciente, pero sentimos, en el recuerdo del sonido, en el ritmo escuchado, que hubo una presencia, que la vida terrestre, los hijos, los libros, la música, los cuerpos, las cosas que se fueron escribiendo, pertenecieron a esa parte arbitraria, divina, de las palabras liberadas de su concepto. Entonces se elevan, voces que marcan pasos como de baile, aliento que se recupera, aunque sean los últimos movimientos, siguen la felicidad asimétrica de lo que no pueden hacer las máquinas, celebran otro modo de morir: “¿Se ven las siete siempre gravitando/ hacia esas once sílabas que eleven/ el aliento que el paso va marcando/ con su vacilación?”. Pero no se trata de dejar de pisar el suelo; mientras se puede hablar y escribir, estamos acá. “Vivimos aquí”, dice un poema que comienza, aunque también empieza a despedirse. “Nosotros vivíamos aquí, los vivos.” Sin embargo, los días del aquí, ahora, ya se van, se guardan en el blanco de los libros callados. “Son nuestros días permaneciendo”, escribió él, “y llevan/ todo y voy ya/ con ellos.// Así con ellos voy, yo/ en el día el día”. ¿Quiere decir esto que su voz está allí, en sus libros? Pero la desgracia consiste en que ya no está acá, salvo como efigie, huella, ausencia. El día se acabó, llegó la noche.

Un día dije que la poesía era una conversación con los muertos, pero no lo creía, y no lo quería, y ahora no lo quiero. Sueño a veces que nos reencarnamos y tenemos de nuevo distintas edades, los dos, y nos sorprende una tarde hablando de poetas buenos y poetas malos, de gente que hace cosas porque sí, de nosotros mismos que perdemos el tiempo alegremente, hasta que elogio algo un tanto indefendible y me despierta su amonestación jovial, cómica: “¡Ya estás diciendo boludeces, Mattoni!”

Le dediqué mi último librito, a solas, en la noche de escribir tratando de pensar lo imposible. Porque su ausencia real parece una mentira. Y tal vez la poesía pueda hacer cosas con palabras, pueda charlar con un vacío, un nombre, un puñado de recuerdos que se prenden, se apagan, se vuelven a prender, cada vez que una infinita generosidad me dice que tengo que ser un poco mejor, seguir diciendo la verdad hasta el final.

Dedicatoria

¿A quién le doy este librito nuevo
recién tipeado en la computadora?
A vos, Quique, te gustaba pensar
que mis caprichos valían la pena
ya entonces, cuando nos vimos en Córdoba
y te llevaste los versos dramáticos
y aún se esperaban las novelas tuyas
para cerrar un siglo. Aunque es inútil
ahora dirigirte un documento
a una casilla que no abre más nadie
desde que empezaste a escribir tu nombre
en la lista de muertos. Está en blanco
el mensaje, no habla pero lee
como el librito que escribí en silencio,
como el que anda solo y se imagina
un bosque o un sendero repetido,
donde habrá que apurarse antes que llegue
la noche y caigan las palabras densas
y ya el papel no pueda soportarlas.


Ensayo inédito de Silvio Mattoni en torno a Rodolfo Fogwill y, principalmente, sus Versiones sobre el mar.

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