Muerte de una gaviota

There is pandemonium among the seagulls, great events seem to be taking place. Before my arrival a flock of them had come in from the sea and settled on the house, building their nests in the chimneys and the valley of the roof. Why they chose this spot I do not know; perhaps they liked the calm and quiet of our little square. They are anything but calm themselves. From earliest morning the sky is filled with their tumult. They clamour and shriek and make an angry rattling with beaks agape. Their favourite noise, however, is a staccato yacking, like a hyena’s laugh or baboon’s hoot, that decelerates gradually while simultaneously rising in pitch. Even at night they are restless, I hear them flopping about on the roof, grumbling and threatening each other. At dawn every day they set up a deafening racket. Why such uproar? Surely the mating season is well over—certainly there are young already being taught to fly, ugly, awkward, dun-coloured things that waddle to the edge of the roof and perch there, peering down at the drop and swallowing hard, or looking all about with a show of unconcern, before launching themselves out shakily on to the air currents. At certain times their elders all together will take to the sky and wheel and wheel in majestic slow circles above the house, screaming, whether in panic or wild exultation it is impossible to know.

Yesterday I looked up from where I was sitting and saw one of the adults standing outside on the window sill. I am always startled by the great size of these birds when seen up close. They are so menacingly graceful in flight, yet when they land they become sadly comical, perched on their spindly legs and ridiculous flat feet, like the botched prototype of some far more handsome, far more well-fashioned species. This one just stood there beyond the glass, doing nothing except opening wide its beak in what seemed a yawn or a soundless cry. Curious, I put down my book and went outside. The bird did not fly away at my approach, but held its place, shifting ponderously from foot to foot and regarding me with wary deprecation out of one large, pale, lustrous eye. I saw at once what the matter was: on the ground below the window sill a dead fledgeling lay. It must have fallen from the roof, or failed in flight and plummeted to earth and broken its neck. Its look was glazed already, its plumage dulled. The parent, for I have no doubt that is what it was, made its beak gape again in that odd way, with no sound. It might have been a threat, to warn me off, but I am inclined to believe it was a sign of distress. Even seagulls must have expressions of sorrow or of joy recognisable at least to their fellows. Probably they see our visages as just as blank and inexpressive as theirs seem to us. A man numb with inexplicable misery, for instance, I am sure to them would be merely another dead-eyed dullard gazing pitilessly upon a scene of incommensurable loss. The bird was male, I think; I think, yes, a father.

Fragmento inicial del comienzo a la segunda sección de la novela Eclipse, de John Banville.

[Traducción de Damià Alou: Hay un pandemónium entre las gaviotas, parece que están teniendo lugar grandes sucesos. Antes de mi llegada, una bandada había venido desde el mar para instalarse en la casa, construyendo sus nidos en la chimeneas y en el tejado. No sé por qué han elegido ese sitio; quizás les gusta la tranquilidad y el silencio de nuestra pequeña plaza. Pero ellas son todo menos tranquilas. Desde la primera hora de la mañana llenan el cielo con su tumulto. Gritan y chillan, y con los picos abiertos arman un furioso estruendo. Su ruido favorito, sin embargo, es una cháchara en staccato, como la risa de la hiena o el grito de un babuino, que se hace más lento a medido que adquiere un tono más agudo. Cada noche están inquietas, las oigo aletear sobre el tejado, gruñen y se amenazan unas a otras. Cada día, al alba, arman un barullo ensordecedor. ¿Por qué ese escándalo? Problablemente la época de celo ha acabado hace tiempo, aunque desde luego hay algunas lo bastante jóvenes para estar aprendieron aún a volar, unos bichos feos, de color pardo, que caminan torpemente hasta el borde del tejado y ahí se quedan, escrutando la caída y tragando saliva, o mirando a su alrededor con un aire de indiferencia, antes de lanzarse temblorosos a las corrientes de aire. En algunas ocasiones sus mayores se reúnen y echan a volar dando vueltas y vueltas en majestuosos círculos sobre la casa, gritando, es imposible saber si de pánico o de desaforada alegría.
Ayer levanté la mirada de donde estaba sentada y vi a uno de los adultos posando en el alféizar de la ventana. Siempre me sobrecoge el tamaño de estos pájaros cuando se los ve de cerca. Son tan amenazadoramente elegantes cuando vuelan, y cuando aterrizan se vuelven tan tristemente cómicos, posados sobre sus delgadas patas y sus pies ridículamente planos, como el prototipo lleno de borrones de una especie mucho más hermosa, mucho más formada. Este estaba un poco más allá del cristal, y lo único que hacía era abrir el pico en lo que parecía un bostezo o un grito silencioso. Curioso, dejé mi libro y salí. El pájaro no se alejó volando cuando yo me acerqué, sino que se quedó donde estaba, trasladando el peso de una pata a otra y mirándome con un cauto desprecio desde uno de sus ojos grandes, pálidos y lustrosos. Enseguida me di cuenta de lo que pasaba: en el suelo, bajo el alféizar, yacía un volantón muerto. Debía haberse caído del tejado o había fallado en su intento de volar y tras caer en picado, se había roto el cuello. Tenía un aspecto vidriosos, sus plumas habían perdido el color. El pare, pues no me cabe duda de que eso es lo que era, volvió a abrir el pico de aquella extraña manera, sin emitir ningún ruido. Quizás era una amenaza, para advertirme queme fuera, pero más bien creo que era un signo de aflicción. Incluso las gaviotas han de poseer expresiones de pesar o de alegría reconocibles al menos para sus congéneres. Puede que vean nuestros semblantes tan inexpresivos como los suyos nos parecen a nosotros. Un hombre insensible a causa de un inexplicable sufrimiento, por ejemplo, estoy seguro que les parece simplemente otro zopenco de ojos apagados que mira sin la menor piedad una escena de inconmensurable pérdida.]

1 comentario en “Muerte de una gaviota”

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