Las llaves del Reino

Reseña a El Reino, de Emmanuel Carrère (Barcelona: Anagrama, 2015), que salió en la diaria el 30 de octubre de 2015.


Emmanuel Carrère es uno de los escritores más importantes de la narrativa francesa actual, y probablemente el más versátil. Ha escrito sobre el director de cine alemán Werner Herzog, la historia del asesino Jean-Claude Romand (El adversario) y una biografía novelada del político y escritor ruso Eduard Limónov; ha colaborado en el guion de varias series de televisión y telefilms, y dirigido una adaptación de su novela El bigote. Con El Reino (editado originalmente en 2014) confirma su lugar central en el panorama literario actual, pero además realiza una auténtica hazaña al conjugar ensayo erudito, reporte periodístico, crónica, autobiografía y novela en un libro atrapante, inteligente, profundo e inesperado.

Hace casi dos mil años, Saulo de Tarso fue desarzonado por una luz. Enceguecido, oyó una voz que le preguntaba: “¿Por qué me persigues?”. Según la tradición cristiana, era la voz de Jesús, un predicador judío recientemente crucificado en Jerusalén que había venido a poner el mundo al revés, a decir que los últimos serían los primeros. Saulo, más conocido por la posteridad por su nombre romano, Pablo –San Pablo para la iglesia católica–, iba a Damasco tras los miembros de una secta que se hacía llamar La Vía y que creía que Jesús era el Mesías que había vivido, había sido muerto y luego había resucitado. Pablo, respetuoso de la Ley, era un cazador de cristianos antes de que fueran llamados así. Con esa caída violenta del caballo comienza, aproximadamente, la historia del cristianismo, que pasaría de credo de unos pocos pescadores analfabetos de Galilea a religión oficial de un imperio, hace 1.703 años.

Una de las series en las que Carrère colaboró, Les révénants, cuenta la historia de un grupo de personas que reviven en las inmediaciones de un pueblo francés. En el primer capítulo, tras conocer la noticia, uno de los protagonistas le dice al padre de una de las jóvenes que han regresado: “No hay precedentes”. Y agrega: “En realidad, hay uno”. Se refiere, por supuesto, a Jesús, parteaguas de la historia occidental. La acción que narra Carrère en El Reino se desarrolla justamente a partir de aquel precedente. Apenas veinte años después de la crucifixión, Pablo, ya convertido, emprende una serie de viajes de cristianización que llevarán el evangelio desde perdidos pueblos de Asia Menor y Cercano Oriente hasta Roma, pasando por Macedonia y Grecia. Ésta es una de las historias en las que Carrère se detiene, que cuenta y vuelve a contar. Otra: ya en la segunda mitad del primer siglo Lucas, un médico griego que había acompañado a Pablo en muchos de sus viajes, comienza a escribir sobre lo que luego se llamará Hechos de los Apóstoles, es decir, los comienzos del cristianismo; un poco después, registra lo que sabe e imagina la vida de ese misterioso judío que dijo ser el hijo de Dios. Otra: hacia 1990, el escritor Emmanuel Carrère, con varias novelas en su haber y considerable renombre, tiene una crisis de fe que lo hace convertirse al catolicismo. Otra: tras haberse casado por iglesia, haber bautizado a sus hijos y haber asistido puntualmente a misa cada tarde por varios meses, Carrère se declara agnóstico y, al mismo tiempo, emprende la escritura de un libro sobre los primeros cristianos, centrándose en las figuras casi antagónicas pero perfectamente compatibles de Pablo y Lucas. En medio de esas historias, líneas centrales de El Reino, Carrère comenta con justeza de experto, una erudición que impacta y un maravilloso sentido del humor, fragmentos de historia y de historias. Así, establece desconcertantes comparaciones entre, por ejemplo, la guerra santa islámica y los grupos extremistas judíos cuyas revueltas llevarían a la destrucción del templo de Jerusalén, o entre Pablo y León Trotsky. Así, se entrecruzan palabras de Philip K Dick, Simone Weil, Ernest Renan y Blaise Pascal con citas de Flavio Josefo, Marcial, Séneca y Tácito, y referencias al I-Ching y a los mantras yóguicos.

La riqueza, sin embargo, no está en esta superposición de nombres que acá toman forma de enumeración caótica, sino en su agudo ensamblaje al construir un libro que, sin perder una pizca de su rigurosidad, de su lucidez y de su hondura intelectual, no es en ningún momento tedioso ni mera sumatoria de datos y citas. En este complejo entramado de voces, versiones, hechos y nombres, deslumbra la fluidez con que el autor presenta, capítulo a capítulo (la obra está dividida en cuatro partes de longitud dispar, a las que se suman un prólogo y un epílogo), las posibilidades diversas de una historia que tiene propensión a la multiplicación interpretativa (cuatro son los evangelios, divergentes acerca de varios asuntos, pero todos aceptados por la jerarquía católica). Carrère aventura hipótesis arriesgadas, debatiendo con los grandes teólogos e historiadores de la religión mediante argumentos convincentes y sólidos. Imagina historias (porque es, sobre todo, un storyteller), pero siempre da cuenta del carácter conjetural de sus propuestas. Uno puede creerle o no creerle, pero no puede dejar de leerlo. El Reino, que en octubre me atrevo a nombrar el libro más importante de este año, propone una aventura que se despliega y se expande, tomándolo todo. Es, más que nada, en su prosa depurada, en su despliegue de humor voltaireano y en su magnitud, el homenaje de un novelista al delicado arte de contar cuentos.

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