Vindicación del viaje

Reseña a Poemas encontrados cuando no había de Roberto López Belloso (Montevideo: Yaugurú, 2015) que salió en la diaria el 18 de noviembre de 2015.


Poemas encontrados cuando no había, ganador del Premio Nacional de Literatura 2014 en la categoría Inéditos, es el más reciente libro de Roberto López Belloso, poeta y periodista, entre otros medios, del semanario Brecha, desde el que defiende uno de los últimos bastiones del género en la prensa, “Cruces de poesía”, que reseña todas las semanas libros uruguayos y extranjeros. “Los poemas se encuentran”, dice López Belloso. No vienen, entonces, a su autor: no hay la musa, la inspiración o el dios, nada desciende sobre una mente pasiva y pone la mano a escribir. “Yo no busco un dolor puro, / busco su nombre para delatarlo”, dicen dos versos de Eduardo Milán, y así, la poética de López Belloso se define explícitamente, sobre todo desde sus últimos cinco libros, como una búsqueda. Éste es el más reciente de una serie de Poemas encontrados… (en una guía michelin, en una sala vacía, en un año cualquiera, en el siglo pasado y en la sierra de las ánimas). Pero aquí ese plan poético que plantea la búsqueda como creación y la creación como búsqueda gana un nuevo perfil, una nueva arista más definida y perfecta.

Porque si cada uno de esos libros configura una unidad, es casi siempre una unidad un poco forzada, temática, contingente: enseguida se nota el artificio. La “sala vacía” del libro de 2001, por ejemplo, hace clara alusión al cine, y en Poemas encontrados en el siglo pasado (editado en 2005) hay uno por cada año del siglo XX, desde 1900 (“advertencia”) a 2000 (“epílogo”). En este sentido, Poemas encontrados cuando… se distancia notablemente de sus predecesores, formando una unidad que no es del todo temática (aunque a lo largo del libro hay muchos “cuando no había”), sino que se funda en un ritmo constante, en una forma poética donde cada poema es continuación explícita del anterior (los primeros versos son siempre los últimos del precedente, salvo en el poema 1, por razones obvias), donde la lógica interna que los dispone es una auténtica búsqueda –ya musical, ya semántica– con fuerte predisposición a una asociación libre modulada por el espíritu de un libro que tiene la forma del viaje y la dispersión, pero que confluye en un centro poderoso y nuclear que condensa y libera las fuerzas. Así, en esa modulación, las palabras acuden como al llamado de un azar firmemente determinado por un poeta que se muestra a veces y se camufla siempre en creaciones de riqueza léxica y lirismo singular, y que crea, sobre todo mediante rimas, aliteraciones y repeticiones, una música propia que es la auténtica guía del viaje que propone este libro.

La odisea empieza, como los mitos, en la isla de Creta. Creta llama a Micenas (en forma de su más famoso rey, Agamenón), Micenas a Egina (donde se erige el Templo de Afaea) y así, de sitio en sitio, de Alejandría en Lisboa, de emperador en rey, de virgen en pintor, de poeta en califa, de dios en animal, López Belloso traza un mapa imaginario, un mapa mental que se enlaza con líneas finas, de colores fuertes y relampagueantes, con palabras que se reclaman. Dice, en el poema 12, “se harta y se va a buscar lo que no encuentra / lo mero lo que no miente / o miente / pero de un modo distinto / […] a buscar la pureza en la demente insensatez de un mendigo / que mueve la noria de la transmigración de las almas”, y esos versos contienen su arte poética: la búsqueda constante, activa, de lo que no es, siempre en diferido. Buscar lo que se quiere en su opuesto, entonces, se constituye en voluntad motora del poema, de la literatura.

En ese viaje, del laberinto de Knossos al de las palabras, el peregrino (el poeta) va viendo dibujada su historia, que mezcla la mitología de los héroes griegos y de los dioses aztecas o hindúes con los sóviets y Kavafis o Pessoa. Así, López Belloso erige un poema (aunque el libro esté dividido en 16, reclama ser leído como si fuera uno solo) que es bitácora de viaje, mapa, historia, mito y lista. En esta concepción de lista, de catálogo, se pone del lado de Walt Whitman, pero sin que perviva acá el gesto maximalista, la voluntad totalizante. Este catálogo, como todos –sabe el poeta–, es caprichoso, íntimo, dictado por una aleatoriedad relativa. Como en el gabinete de un coleccionista, en él conviven, en simultánea sorpresa de existir, “tal vez verdad / tal vez mentira”, Rusia y España, pero no sólo, sino también la Rusia de los zares y la de Lenin, la España de la morería y la de los reyes católicos. López Belloso nos va mostrando las piezas de su gabinete de curiosidades, de obsesiones, y el resultado es un poema extenso, por momentos genial, siempre exigente de relecturas, de nuevas búsquedas. Los últimos versos, como muchos otros, están entre paréntesis, como si en las acotaciones y digresiones se colara la vida. Entendemos que el poema no termina, que la frontera vida/poesía es tan combada y tan flexible como el paréntesis que cierra. Y el que abre.

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