La Caída

Cae el café al suelo. En la foto es negro, es un pozo de Marte, es un cielo nocturno, es el lunar sospechoso que crece mientras se duerme. Mientras se duerme el inicio del Facebook se actualiza solo. Nadie escribe, aparecen nuevas viejas publicaciones, se adelanta el tiempo en fotos, en videos, en la nota o la noticia. Estado de ánimo, es decir: miserias. La palabra nos ha dicho: no hay nada. Se ha dejado pronunciar en el vapor. Ya no puede decirse “Tomo café”. “Se toma café” sea probablemente más adecuado, como decir: café es tomado. La humeante taza puede caer entonces y quedar ingenuamente todo dicho. La taza es caída, la taza es rota. Y en el ángulo sereno de la mente, podría volver a juntarse, armarse otra vez, llenarse de nuevo de espumeante café de su forma. La taza rota parece respirar. El verbo se detiene ahí, entre el vapor, y no. No habría una relación entre el caliente líquido y esas volutas blanquecinas que ascienden y se pierden en el aire frío. No podría ver esa cadena de proceso, que golpea como un dominó o como un domingo al lunes. El café no se derrama por nadie. Es porque sí.

Cae el cubo de azúcar en el metraje de un film, antes se había impregnado del ansioso líquido. Ahí obra la literatura, sus manos promiscuas. El ansiado líquido. Se quiebra el tiempo, se suspende toda la vida (las manifestaciones en la calle, los satélites inútiles, la Noche de San Juan) para observar el café tomar el azúcar, hacerlo suyo. Devorar en el preciso instante esa superficie dulce, compacta, de granos apiñados. Se vuelve, detiene el tiempo. Doble, de la acción y del momento vivo, del instante en que la pierna se tensa un momento, se pone a llover, se muere una mosca en la tela de araña. Se moja el cubo de azúcar para luego disolverse, hacerse café o hacer dulce a esa bebida que nadie toma. Nadie hace, efectivamente, nada. El café se deja tomar, se deja alzar con el dedo en el asa, se deja derramar en la boca como un nueve. Cae la taza sobre la cabeza y la abre y desparrama en letras café y azúcar, bastante, porque estoy cansada, dice.

El inicio de Facebook se actualiza solo, se llena hasta el rincón prohibido que llamaron “yo”, se inunda de pronto de sutilezas bastardas, de idioteces que nadie reclama. Se va llenando por su propia inercia de cosa, de almacén de conciencias. Nadie vive. No hay una cosa que pueda transferirse. El cuerpo sufre, se duele, se disfruta o padece. A todos aqueja un mismo infinito dolor. Se discute, se aclama, se niega y no niega. Se gusta. El inicio de Facebook no sabe reír. Compra lo que debe, se lleva a su casa el vaso descartable que humea un café que es agua sucia, lo derrama sobre el teclado, se hiere mientras busca un repasador, se corta un dedo mientras tantea ciego en el cajón; el cuchillo atento, todo filo, se deja buscar. Se deja cantar una canción Bob Dylan, 1997. El inicio de Facebook grita. Pero no existe. ¿Quién es “The New Yorker”? ¿Quién es “Gillian Anderson”? ¿Quién es “Mateo Vidal”? Dicen cosas, se dicen cosas. ¿Quién dice, quién es, quién paga por la taza rota?

En la desesperación, el café es un excelente relajante muscular. Los dientes se manchan, se lavan compulsivamente. El café no pregunta. El inicio de Facebook pregunta, pero sabiendo de antemano la respuesta suspira y se deja sorprender. Le cuenta la voz secreta del algoritmo. El es exactamente igual a ella y a aquella, y a este otro. Al niño aquél, al viejo aquél, a la mujer a punto de ser madre o al joven que morirá dentro de un año en Rocha. En busca de La Ola. Ola sucia, mojada claro, que se deja impulsar del viento. El mar no se mueve, se deja mover. Viejo fósil aún vivo, el mar está, con su influencia lunar, contenido en la taza de café. Contenido o falto de contención en el suelo, derramado. Ajeno un instante más al sonidito agudo, un pinch, un plimp, un algo con pe que ensordece. Nueva notificación. El ente del mundo ha dicho. Se ha dejado decir.

Cae, se cae el café y se deja derramar. El suelo limpio lo recibe. El café es recibido. El repasador ensangrentado recoge el café, lo absorbe, lo hace uno consigo. A simple vista, la marrón indignidad es igual a la blanca pureza corrompida de rojo. Se escribe el texto, se lee como si se soñara. Siempre uno obedece. A los muertos magnéticos que arrastran los pies ateos a la iglesia del Cordón, que cierran las manos agnósticas en una oración, que hincan las rodillas devotas sobre el suelo, ante la imagen brutal de una Virgen sobre el Orbe que se llama “nosotros”, con un par de corazones sangrantes. Se obedece un llamado, se toma un ómnibus, siempre al azar, se desciende en una parada cualquiera, se camina por aceras, se entra al templo, se compra una vela, se pide un milagro, se reza, se espera. Se espera a la taza que vuelva a su lugar, al muerto que vuelva a su lugar.

La angustia de no ser hace estragos. Hombres y mujeres desesperan, se desesperan, saltan el puente doliente de su juventud, se dejan saltar, se dejan mirar lúbricamente, se miran, se consumen como el azúcar, se confunden como el azúcar y lloran, como un figurín de mal cuento. Nadie puede hacer ya nada, salvo aceptar la nulidad. Aprovechar que el Dios Estadístico nos clasificó. Sobre todo, la trampa siempre fue caer en el lugar. Mi maestro, digo, y estoy errando como a las peras. El maestro se dice. O nadie se dice, o yo me digo, o yo se dice. El fragmento consume la parte, veo la tele, veo las noticias o la telenovela turca o el suspenso de un anuncio. No veo nada. Nunca se está de verdad solo. Y esa es la principal causa de suicidios. Ahí está el coso, se actualiza solo. Hace ruidos, llama, exige la atención de nadie. Pasa una mano tierna por el lomo. “Te necesito” y es mentira. Los juegos existen más allá de que alguien los juegue. Nadie, nada, nunca necesitó un sujeto. Justificación. Yo moví el brazo, yo tiré la taza, por mi culpa se derramó el café, manchó una esquina de la alfombra, por mi culpa te cortaste, ensuciaste un repasador nuevo, por mi culpa hincaste la rodilla devota en el suelo pero sin Virgen, para escurrir en un balde mi descuido. No, no debo decir culpa. Debo decir el brazo se movió, la taza de café se cayó, la alfombra se manchó, se hincó la rodilla.

Nadie dice nada nuevo. El Facebook escribió “a Francisco Alvez Francese le gusta esta publicación”. Francisco Alvez Francese estaba tirando la taza de café, o mejor, Francisco Alvez Francese tiraba la única taza que podría tirar, la taza de invención. La que se sostiene, la que vive en Pausa. La que admite la vuelta imposible a ser taza, a estar repleta de aromado café de Colombia. El texto se escribe. El impulso magnético de los muertos susurra también las palabras. Los temarios, siempre el mismo. El café de invención anula al tiempo. El real, de consistencia líquida, color marrón, temperatura setenta grados, ya se perdió entre agua y sangre. Se pierde el café. Se debilita el cuerpo que nos separa. En el instante en que Juliette Binoche dejó caer el cubito de azúcar en el café, estaba condenando este momento. Se puso a andar de pronto el tiempo, a desparramarse.

El café respira, se deja oler, alegra, desentumece. Y no lo sabe. Se cae, es juntado, es escrito, es preparado nuevamente, es servido. Es, finalmente, bebido; pero en la página.

Una versión de este texto fue publicada, con el título Dos o tres cosas que sé de Facebook, en la diaria el martes 11 de agosto de 2015.

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