La caza del Snark

La caza del Snark, el largo poema de Lewis Carroll, en versión de Leopoldo María Panero, que subí en partes en otro blog. Las ilustraciones que acompañan la entrada corresponden a las que acompañaron a la edición original, de Henry Holiday.

LA CAZA DEL SNARK
Paroxismo en ocho espasmos

Lewis Carroll
Traducción de Leopoldo María Panero

Portada de la edición original, por Henry Holiday

Dedicada a una bienamada niña:
en recuerdo de las doradas horas de estío
y de los murmullos de un mar de verano

Niña que lleva un traje infantil, como deben las niñas,
ciñéndole con pantalones de seguros
anhelante de empuñar el azadón;
queriendo descansar en rodilla amiga
se dispone a contar
el cuento que prefiere decir.

Almas duras de la riña que hay afuera
no encuentran su puro y simple salto.
Piensa, si escuchas, ¡cuánto tiempo de desperdicio
en la vida!, ¡esas horas desiertas de gozo!

Charlemos, dulce nena, y se rescaten del tedio
corazones que se entretienen en la más inteligente plática.
¡Ah, feliz, quien tiene la alegría más lánguida!.
¡el sincero amor de una nena!

¡Lejos, adorado pensamiento!; no heriréis mi alma de nuevo.
El trabajo reclama mis noches en blanco, mis días agobiados;
si bien el recuerdo de una noche llena de sol
todavía me acosa y me mira,
¡cuando solitario recorro mis calles!

PREFACIO

Si (y algo así es salvajemente posible) la acusación de escribir sin sentido fuera dirigida contra el autor de este breve aunque instructivo poema, tal cosa se apoyaría, como me siento íntimamente convencido, en la línea:

“Además el bauprés algunas veces se confundía con el timón”[1].

A la vista de tan espantosa posibilidad, no llamaré en mi defensa (según bien podría) a mis otros escritos como prueba de que soy incapaz de obra semejante: tampoco lo haré (como bien podría) recurriendo al arduo propósito moral del poema mismo, a los finos principios aritméticos tan cautelosamente escritos en él, o a sus nobles enseñanzas en Historia Natural —me tomaré mucho más prosaico trabajo de explicar cómo ocurrió todo.
El Hombre de la Campana, que era tan mórbidamente sensible como yo a veces, por lo que refiere a las apariencias, solía desmontar una o dos veces o tres a la semana el bauprés para que lo volvieran a barnizar, y ocurrió más de una vez, que nadie de los de a bordo pudiera acordarse de a qué extremo del barco pertenecía. Todos ellos sabían que no era aquello el motivo para molestar por él al Hombre de la Campana —se hubiera limitado a hacer referencia al Código Naval, y leían en alta voz y con entonaciones patéticas las Instrucciones del Almirantazgo que nadie entre ellos había sido nunca capaz que descifrar buenamente— de manera que todo aquello acababa por lo general en adosar el bauprés al timón.
El timonel[2] solía asistir a la operación con lágrimas en los ojos: sabía que todo estaba mal, pero ¡ay!, el artículo 42 del Código rezaba “Ninguno deberá hablar con el Hombre del Timón” y por si fuera poco el Hombre de la Campana le había añadido las siguientes palabras “y el Hombre del Timón no dirigirá su palabra tampoco a nadie”. De manera que cualquier protesta era imposible y movimiento alguno del timón era factible hasta el barniz del día siguiente. Durante todo el tiempo que costaban estos desconcertantes intervalos el barco solía navegar hacia atrás.
El problema de este poema está conectado de alguna manera con la existencia del Jabberwock[3], lo mismo que este último se halla en relación con el arte, o la nefanda y perversa intención de traducir. Porque traducir es pervertir, es, de algún modo, crear monstruos. Así, procuraré aprovechar esta oportunidad para tratar de dar respuesta a una pregunta que con frecuencia me ha sido hecha, cómo se debía pronunciar “slithy toves”[4] o volver a pronunciar, a escribir, digamos lo impronunciable, lo garantizado como inefable. Débiles palomas yo, página que vuela aquí. La “i” de “slithy” es larga, tal como en “writhe” (retorcerse); del mismo modo “toves” se silba como para rimar con “groves” (arboleda, pequeño bosque).
De igual manera la primera “o” en “borogoves”[5] se pronuncia lo mismo que “o” en “borrow” (prestar significa así “borogoves”). Oí a gente tratando de dar a la “o” de “borrow” el sonido que tiene en “worry” (incomodar): tal es la Humana Perversidad.
Y esta me parece una ocasión admirable para dar cuenta de otras palabras obscenas de aquel poema. La brillante teoría de Humpty Dumpty, de dos sentidos en un solo paquete, lo mismo que se hace con las prendas todas al unísono dentro de la valija, me parece la explicación más conforme con todo este asunto.
Por ejemplo, tomemos las dos palabras “fuming” y “furious”, casi sinónimos: “humeante” y “furioso”; casi sinónimos digo, por cuanto parece al ojo interior que lo que está rabioso eche humo, y no viceversa (aunque se podría aludir al ruido de la locomotora como una queja o una protesta humeante). Imagina por un instante que podrías dar voz a ambos vocablos, pero sin establecer de antemano cuál de los dos dirías primero. Ahora abre la boca y habla. Si privilegias, aunque fuera una décima la palabra “fuming”, dirás “fuming-furious”; si por el contrario, aun cuando sólo fuera por un cabello de voz, prefirieras “furious”, dirías “furious-fuming”; pero si, por el contrario, tuvieras el más raro de los talantes y una mente perfectamente equilibrada, dirías “frumious” (humourioso).
Suponiendo tal cosa, cuando el Revólver prounciara las bien conocidas palabras “¿Bajo qué rey, Piojoso? ¡Habla o muere!”[6], de suponerse que el juez Shallow hubiese estado seguro de que sólo podía ser William o Richard, no se habría sentido capaz de establecer cuál de ellos era, de manera que no habiendo modo de pronunciar con claridad uno cualquiera de los dos nombres aislado del otro, estad ciertos que, antes de la muerte, él habría murmurado tembloroso: ¡”Rilchiam”!


[1] Ver verso número 34, correspondiente al segundo espasmo.
[2] Empleo generalmente desempeñado por el Camarero, quien encontraba en él un refugio contra las quejas incesantes del Panadero, relativas al brillo insuficiente de sus tres pares de zapatos. (N. del A.)
[3] Una de las composiciones de Lewis Carroll, perteneciente a la segunda parte de Alicia.
[4] Slithy: “Quiere decir a la vez flexible, activo y untuoso“. “¿Ves? Es como una valija: hay tres significados encerrados en una palabra”. Toves: “son algo así como pájaros, algo así como lagartos y también algo así como tirabuzones” (L. Carroll: A través del espejo).
[5] Borogove: “Es un pájaro muy delgado, de aspecto miserable, con plumas erizadas en todas direcciones, algo así como una escoba viviente” (L. Carroll: A través del espejo).
[6] Shakespeare, Enrique IV, segunda parte.

PRIMER ESPASMO
El desembarco

snark3m
haberse olvidado por completo de su nombre

Aquí el agua llora; aquí mi rostro
encuentra su velo, y el can
no puede lamerme: “Éste es
el mejor sitio para un Snark”[1] eso dijo el hombre
de la Campana, amenazando al lector con el puño
antes de mostrar la sangre: y puso en tierra
a toda su tripulación con ternura
pasándolos por encima de la ola
con el dedo perdido en sus cabellos:
“Aquí no llora el mar: éste es el sitio.
Aquí no llora el mar: éste es mi rostro.
Éste es el sitio, éste es el aroma del Snark,
éstas palabras lo llaman, moviendo la cola frágilmente,
la cabeza bajando y subiendo los ojos para en ellos
no mirar: ésta es la guarida, dos veces lo dije,
en que el Snark se desnuda, incitando a la cópula
a todos los otros Snarks: –también nosotros
gemimos por el sexo del Snark– éste es el sitio húmedo
ya tres y cuatro veces lo dije, y cinco lo diré sin duda
y lo que digo cinco veces es verdad”.

La tripulación completa abarcaba: un Camarero,
para servir en copas el ansia del Snark,
un Ropavejero, un Abogado, que de sus disputas
sabía, y para
evaluar sus bienes –aunque hubiera bastado
con un Apuntador de Billar– había un Banquero,
contratado con gastos enormes.

Había un Castor, por si esto fuera poco;
que solía pasear por cubierta, o hacer encaje
en el castillo de proa, y que a menudo
del naufragio nos salvara sin que nadie
jamás supiera el cómo, el cuándo.

Uno había célebre por la cantidad de cosas
que, al entrar al barco sabía y había olvidado:
su paraguas, reloj, anillos y joyas
y la ropa, que para el viaje comprara.

Tenía cuarenta y dos cajas, todas cuidadosamente empaquetadas
y su nombre claramente dibujado en algún lado
pero, como omitió mencionar su existencia
todo quedó allí, atrás, en la escollera.

La pérdida de sus trajes poco le importó, porque
él tenía cinco chaquetas cuando llegó al barco
y tres pares de botas, mas, lo peor
era haberse olvidado por completo de su nombre.

Unos lo llamaban Ojo que Nada,
otros Nada en los ojos; los terceros
decían qué poca cosa es un hombre.

Respondería siempre si alguien dijera “¡Eh!”,
o a cualquier otro grito bien enunciado, así por ejemplo:
“¡Que me cuelguen!” o bien este otro “¡Rayos y centellas!”
y lo mismo
“¡Al diablo su nombre!”, o bien
“¿Cómo se llama?”, pero especialmente
a éste “¡Zingumbob!”.

Pero, para aquéllos que prefieran las palabras más fuertes,
tenía él nombres diferentes a éstos:
sus íntimos lo llamaban “Cabo de vela”,
sus enemigos “Queso al horno”.

“Su aspecto era desgarbado; su intelecto pequeño,
mas, (como repetiría el Hombre con Campana),
¡su valor era perfecto! Y eso, después de todo,
era cuanto uno necesitara con el Snark”.

Gustaba de embromar a las hienas, y correspondía a sus muecas
con un obsceno meneo de la cabeza: y una vez dio un paseo
pata con pata, pezuña con pezuña
con un oso, sólo
“para levantar ambos su ánimo”, según él dijo
y se calló.

Vino como Camarero: pero fue demasiado tarde
cuando reveló,
(y aquello dejó al pobre Hombre con Campana medio loco),
que sólo sabía preparar tartas de bodas, para lo cual, yo os digo
no hay siempre material disponible.

El último de a bordo merece especial atención,
aunque parecía un bastardo zopenco:
sólo una idea en su cabeza hubo; pero, siendo aquélla “Snark”,
el bueno de la Campana lo contrató al minuto.

Vino como Carnicero: pero declaró en tono grave,
cuando el barco una semana llevaba navegando,
que sólo Castores matar podía. El Hombre con Campana lo miró asustado,
y tenía incluso miedo de hablar:
pero al final explicó, en tono trémulo,
que había sólo un Castor a bordo, y que le había enseñado
las artes del Castor por cuenta propia,
de modo que su muerte le hubiese dolido.

El Castor, que cerca estaba y pudo
oír el diálogo,
protestó, con lágrimas en los ojos
que… ¡ni siguiera el éxtasis de cazar el Snark
podía empalidecer esta abismal sorpresa!
E hizo saber, con violencia,
que el Carnicero
en otro barco navegar debiera;
pero el Hombre con una Campana afirmó no estar de acuerdo,
no eran ésos los planes que para el barco hiciera:

la navegación fue siempre un difícil arte,
aunque fuera sólo con campana y barco:
y temía haber declinado, por su parte,
otro viaje largo como éste.

La salida del Castor era, sin duda, procurarse
cota de mallas a prueba de cuchillos,
y así lo advirtió el Carnicero, y además
asegurar su vida en alguna compañía responsable:

esto sugirió el Banquero, y propuso
(en términos moderados) la compra de
dos excelentes pólizas, una contra Fuego,
la otra contra el Daño del Granizo.

No obstante, a partir de aquel día lleno de dolor,
cada vez que en cubierta aparecía el Carnicero,
el Castor siguió yendo por el lado opuesto
y tenía en su miedo su tesoro.


[1] Snark: “Criatura mitológica, mitad serpiente (snake), mitad tiburón (shark)”: así explicó este nombre Lewis Carroll en una carta dirigida a un amigo. La traducción podría también ser, entonces, Serpiburón. Algunos críticos han visto en el Snark el símbolo del destino o la fatalidad, la gloria, los negocios, etc.

SEGUNDO ESPASMO
El discurso del Hombre de la Campana

snark5m

 

Al Hombre de la Campana todos le cantaba.
y llamaban al cielo tocando la Campana
y el cielo descendía bajo forma de ruina
de hombre caído y desastre
sin voz: ¡qué labios,
qué rata en los escombros,
buscando!
¡Qué sol dice que no existo
qué oro transforma la tristeza
en un monstruo!
…y el hombre tocaba su Campana…

Había aquél comprado un mapa grande
para ver el océano, sin la mancha de tierra;
y la tripulación contenta lo miraba
satisfechos de entenderlo todo.

“¿Para qué sirven los Polos Norte del Mercator y los
Ecuadores, y los Trópicos, Zonas y Líneas Meridianas?”
Así el viejo sollozaba: y la tripulación respondía
“¡No son sino signos convencionales!”

“¡Los otros mapas son de otra forma, con islas y cabos!
Pero nosotros debemos agradecerle a nuestro Capitán
(así informaba la tripulación) haber comprado uno mejor
¡uno perfecto, y claro, absolutamente en blanco!”

Eso tenía su gracia, desde luego; pero en breve tropezaron
con otra noticia aún más divertida.
y era que el Capitán, en quien confiaban,
tenía sólo una idea para cruzar el océano
y era la de repicar la campana.

Estaba pensativo y grave; pero las órdenes que diera
bastaron para causar la sonrisa
de toda la tripulación; eran ellas “¡Rumbo a estribor, pero la proa
toda derecha hacia babor!”
¡¿Qué diablos hacer el timonel podía?!

Además el bauprés algunas veces se confundía
con el timón, algo, como subrayó el Hombre
de la Campana, que a menudo ocurre
en climas tropicales, cuando
el bajel, por así decirlo, se halla “Snarkeado”.

Pero el desastre fundamental del viaje
como advirtiera el Hombre de la Campana trastornado,
hundido, era que él siempre tuvo el secreto deseo
de que ¡cuando el viento soplara al Este,
el barco no navegara en dirección Oeste!

Y el peligro era un sueño; al fin desembarcan
con cajas, maletas y mochilas: sin embargo a primera vista
la tripulación no se mostró satisfecha del panorama,
hecho sólo de sismas y peñascos.

El de la Campana advirtió que la gente estaba cabreada
y repitió con acento musical
algunos chistes que guardara para
una época de dolor:
pero la gente no dejó de gruñir.

Así que sirvió algunos “grogs” con mano liberal
y ordenó a todos sentarse en la playa:
y ellos sintieron que no podían sino admirar
la grandeza del Capitán, mientras en pie declamaba
con gran respeto hacia sí mismo, pues dijeron
que era hombre importante.

“Amigos, Romanos, gente del Senado y agricultores[1],
¡prestadme oídos!” (todos apreciaban las citas, de modo
que bebieron de lo lindo, y soltaron tres hurras
mientras él les servía raciones adicionales).

“Navegamos muchos meses, y varias semanas,
(cuatro semanas al mes, os ruego observéis),
¡pero, nunca hasta ahora (es vuestro capitán quien habla),
dimos con el rastro de un Snark!

Ven, escúchame, hombre, te lo diré de nuevo
los cinco signos inolvidables por los cuales
reconocerás, en un lugar como en otro,
a los genuinos y garantizados Snarks.

Pongamos esto en orden: primero es el sabor
vacío y débil, mas crujiente,
como ropa demasiado ajustada en el talle.

Segundo, la costumbre de levantarse tarde, como
seguramente creerás cuando te diga
que a menudo desayuna té a las cinco
y suele cenar al día siguiente.

El tercero, su lentitud para entender los chistes;
si un chiste improbable aventuras
cerca de él o lejos: te mirará dormido y despertándose
vestirá de luto de todas las bromas.

El cuarto es su incontable amor por las casillas de baño,
que siempre adonde vaya lo acompañan;
y piensa que ellas añaden belleza al paisaje,
un sentimiento a la duda abierto.

El quinto es su ambición.
Pero hay otras enumeraciones:
distinguir las de plumas y que muerden
de las que con tener bigotes sienten
la obligación extraña de arañar.

Y es que, aun cuando de manera alguna
el Snark puede hacer daño, hay que decir:
que no todo es Snark, Bujum existe,
y muchos que de sí Snark se dicen
no son sino Bujums que no se dicen”.
Y ahí comienza el dolor de la Campana
y ahí el Panadero se desmaya.


[1] Célebre monólogo de Antonio en el Julio César de Shakespeare (Acto III, escena II).

TERCER ESPASMO
El relato del Panadero

3
“Pero, oh, sonriente sobrino, teme el día”

Lo despertaron con fresas y con hielo,
con mostaza le hicieron saber
qué ojos había, y con mastuerzo
lo despertaron, con jamón y juiciosos consejos,
y lo animaron con enigmas para resolver.

Y al fin se sentó y fue capaz de hablar,
y su historia triste ofreció contar,
y el Hombre de la Campana díjoles: “¡Ni un grito!”
y su Campana el aire hizo resonar.

Supremo era el silencio, ni un alarido;
apenas un búho existía o un gemido;
apenas la noche en el hilo delgado:
y, en el silencio, un hombre se puso a hablar,
apenas la noche y la suave estela del Snark.

Le dijeron “Eh”, y, con látigo, lo animaron
porque, a los hombres, les cuesta hablar
y le rompieron los ojos, y las cejas le quebraron,
y el puño en el estómago, y unas gotas
de sangre le cayeron
al hombre cuando empezó a hablar.

Y un lobo le salió
de la barriga, y de la mano una serpiente
escribiendo lo que él quiso hablar,
y el terror de los viejos cuentos
de niños y el espasmo de recordar de repente
mi infancia en el circo y el terror
de los payasos, y el puño en el estómago
para comenzar a hablar.

“Mi padre era amigo de mi madre”
“¡Sáltate eso! –gritó
el Hombre de la Campana– que la noche
viene pronto y no hay trazas de Snark:
no hay tiempo que perder, ¡acaba!”

“Mi padre era mi padre, su mujer
–salté 40 años por los que brinqué–“
dijo llorando el Panadero,
y así llegó sin más lío al cuento
en que yo estoy aquí, allá el Snark.

“Pero había un tío muy querido
que me obligaba a llorar.
Había un tío muy querido, que su nombre
me hizo llevar, y al despedirme de él…”

“Oh, omite a tu tío querido” dijo el Hombre
de la Campana, que era nuestro Capitán
y una vez y otra hiciera
su Campana resonar.

“Ese hombre me contó –dijo el hundido–
que si tu Snark fuera un Snark, eso está bien,
llévalo a casa como puedas, y
sírvelo con la ensalada: es bueno
para encender una cerilla.

Puedes pedir su mano con dedales, y pedirla con cuidado;
puedes cazarlo con tenedores y esperanza;
puedes torturarlo con una acción del ferrocarril;
puedes hechizarlo con sonrisas y jabón”.

(“Este es exactamente el método” –aventuró
temerario el de la Campana Hombre,
en atrevido paréntesis.
“¡Esto es lo que he dicho siempre
que hacer había para capturar Snarks!”)

“Pero, oh, sonriente sobrino, teme el día
que en lugar de un Snark ¡te encuentres
sonriendo a un Bujum! Porque entonces, te digo,
desaparecerás suave y estúpidamente
y ¡nunca se te volverá a encontrar!

Es esto, esto lo que me descuartiza el alma;
cuando pienso en las últimas palabras de mi tío
y mi corazón casi nada o cual un tazón
¡rebosando de hirvientes cuajadas!

Es esto, esto” –“¡Ya lo has repetido cien veces!”
dijo el Hombre de la Campana con indignación.
Y el Panadero replicó, “Déjame decirlo una vez más.
¡Es esto, esto lo que temo!

Yo con el Snark emprendo –cada noche si oscurece–
un combate onírico y delirante;
lo sirvo con verduras en esa escena sombría,
y lo uso para encender cerillas;

Pero…, si un día encontrara al Bujum, ese día,
en un segundo, (de eso estoy seguro),
yo, suave y súbitamente, desaparecería;
y ¡no puedo vivir con esa idea!”

CUARTO ESPASMO
La caza

“perseguirlo con tenedores y esperanza”

El de la Campana parecía sobresaltado, y frunció el ceño.
“¡Si sólo hubieras hablado antes!
Es en exceso descortés apuntar tal cosa ahora,
con el Snark, por así decirlo, ¡a las puertas!

¡Todos lloraríamos y la pierna frotaríamos,
y encontraríamos granizo en la taza del desayuno
el día en que te dé por desaparecer del todo!
Pero seguro, amigo, antes de emprender viaje
¿no podías haberlo dicho?

Es en exceso descortés mencionarlo ahora,
como creo haber ya sugerido”.
Y el hombre al que ¡“Eh”! llamaban,
con un suspiro dijo valiente:
“Yo os informé cuando embarcamos.

Podríais de algún homicidio culparme
o de un anhelo del sentido, de un hombre
(todos somos débiles a veces)
pero la más ligera insinuación de una
falsa pretensión no fue nunca
ni por asomo uno de mis crímenes.

Yo lo dije en Hebreo, lo dije en Holandés,
en Alemán lo dije, y en Griego también;
pero olvidé del todo (y no sabéis lo que me duele)
¡que era Inglés lo que vosotros hablabais!”

“Es una historia lamentable”, dijo el Hombre
de la Campana, cuyo rostro
se había hecho más y más largo a cada frase;
“Mas ahora que nos referiste tu caso por entero,
un debate más amplio sería absurdo.

Lo que de mi palabra aún queda (explicó a sus hombres)
podréis escucharlo cuando tenga tiempo.
Pero el Snark está a un paso, dejadme que repita
¡es deber glorioso hacer con él de una vez!”

Cazarlo con dedales, y con gran cuidado;
perseguirlo con tenedores y esperanza;
torturarlo con una acción de ferrocarril;
hechizarlo con sonrisas y jabón.

Porque Snark es criatura peculiar, que no admite
ser presa de una forma vulgar.
¡Hacedlo como sabéis, intentad lo imposible:
ninguna posibilidad hoy será desaprovechada!

Porque Inglaterra aguarda[1], pero no iré más lejos
porque es máxima tremenda aunque trivial;
y vosotros mejor deshacéis los paquetes
y tomáis lo necesario, preparándoos
bien para el combate”.

Y, acto seguido, el Banquero endosó un cheque en blanco
(al que cruzó), y convirtió en billetes todo su dinero.
El Panadero peinó con cuidado cabello y bigotes,
y sacudió el polvo de sus vestidos.

El Camarero y el Ropavejero
afilaron una pala
turnándose con la piedra de afilar;
pero el Castor continuó haciendo encaje, y mostró
bien poco interés por la empresa:

en balde Abogado trató de apelar a su orgullo
y vanamente procedió a citar
un gran número de casos en los que el encaje
fuera en contra de la Ley.

El Vendedor de Bonetes sangrientamente preparaba
una nueva modalidad de nudos:
mientras el Marcador de Billetes con mano temblorosa
se frotaba con tiza la nariz.

Mas el Carnicero se puso nervioso, y
se vistió lo mejor que pudo
con guantes amarillos de cabritilla y gorguera;
dijo que quería ir a cenar,
y el de la Campana replicó: “¡Tonterías!”[2]

“Presénteme –dijo el Carnicero–, y así me visto
por si acaso nos toca encontrárnoslo juntos!”
y el de la Campana, sacudiendo sagazmente la cabeza
dijo, “Eso depende del tiempo”.

El Castor se limitó a dar gozosos saltitos
al ver al Carnicero tan débil;
en incluso el Panadero, aunque estúpido y necio,
hizo un esfuerzo por guiñar un ojo.

–“¡Sé hombre” –dijo el de la Campana colérico, al oír
al Carnicero esbozar un sollozo.
“Si tuviéramos que topar al Jubjub, pájaro desgraciado,
¡necesitaríamos toda la fuerza para la empresa!”


[1] “Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber”: de la célebre arenga de Nelson en la batalla de Trafalgar.
[2] Se juega aquí con el doble (y hasta triple) sentido del término “Stuff”: “tonterías”, “paños” y “drogas, bebedizos”.

QUINTO ESPASMO
La lección del Castor

Y el Castor
trajo papel, portafolio, plumas

Lo cazaron con dedales, y con inmenso cuidado;
lo persiguieron con tenedores y esperanza;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Luego el Carnicero concibió un plan muy ingenioso,
para hacerse al Snark él solito;
y decidió esperarlo en un lugar sin hombres,
un caído y desolado valle.

Pero el mismo proyecto se le ocurrió al Castor,
que había escogido el mismísimo lugar;
y cuando al verse lo supieron, ni una seña o palabra
traicionaron el disgusto que su cara mostraba.

Cada uno sabía que no había otra cosa que el “Snark”
y el esfuerzo glorioso del día;
y cada uno hacía como si no se hubiera enterado
de que el otro tenía la misma perspectiva.

Pero el valle se hizo más y más estrecho,
y la tarde más oscura y fría,
hasta que
(meramente por los nervios, no de buena voluntad)
empezaron a andar hombro con hombro.

Y al fin un grito, alto y estridente, llenó el cielo de espanto,
y previeron que algún peligro estaba cerca:
el Castor se puso pálido hasta la punta de su cola,
e incluso el Carnicero se sintió aterrado.

Recordó su niñez, tan lejos ya de aquí
–aquel maravilloso e inocente estado–
¡tan parecido era el grito a una tiza
chirriando en la infantil pizarra!

“¡Es la voz del Jubjub!” –gritó súbitamente
el que vulgarmente se llama “Quijada de Caballo”;
“como el de la Campana te dirá seguro –añadió con orgullo–
yo sentí otra vez esa emoción”.

“¡Es la nota del Jubjub! Haced de cuenta, os lo suplico;
veréis que ya lo he dicho dos veces.
¡Es la canción del Jubjub! La prueba es ya completa
si sólo esto lo he dicho tres veces”[1].

El Castor había contado con infinitos escrúpulos
atento a cada palabra;
pero a la tercera el corazón le falló y sintió a la negra
desesperación a su casa llamarlo, por el nombre de su hijo.

El sintió eso, a pesar de los pesares,
algo había la cuenta echado a perder,
y lo único que ahora hacer se podía
era rascar sus dos pobres cerebros
volviendo a empezar de nuevo.

“Dos más uno: ¡Si al menos contar se pudiera
–dijo– con los dedos y con los pulgares!”
recordando, con lágrimas, los días
en que el estudio del cálculo descuidara.

“Puede hacerse –dijo el Carnicero–. Eso pienso,
puede hacerse por cierto, estoy seguro.
Puede hacerse la suma, te lo juro, tráeme
lápiz y papel, tan pronto
como puedas, bicho”.

Y el Castor
trajo papel, portafolio, plumas
y tinta como para que nunca se acabara,
mientras, extrañas y muertas criaturas,
de sus madrigueras
salían y miraban con ojos asombrados.

Tan ocupado estaba el Carnicero, no las vio,
mientras con una pluma en cada mano escribía,
explicando al tiempo en un estilo popular
lo que el Castor podía fácilmente escuchar.

“Toma tres como clave para continuar
–un número conveniente para postular–
añade siete, y diez, y multiplica todo
por mil, menos la cifra de ocho.

Acto seguido se divide, como verá,
el total por novecientos noventa y dos;
quitamos diecisiete, y la respuesta será
exacta y perfectamente cierta[2].

El método empleado te lo explicaría
de buen grado en la cama soñando con mujeres
si sólo tuviera yo el tiempo y la inteligencia tú,
pero aún me queda mucho por decir de todo esto.

En un instante yo vi lo que desde hace tanto
estaba enterrado en el misterio,
y sin sobretasa te daré una amplia
lección de Natural Historia”.

A su modo genial continuó hablando
(olvidando todas las leyes de la propiedad,
pero educar a la gente sin preliminares
hubiera escandalizado al Gran Mundo):

“De temperamento, el Jubjub es ave desesperada,
porque vive en perpetua pasión;
su gusto para el traje es totalmente absurdo:
se remonta a épocas donde el dinosaurio andaba.

Mas a un amigo reconoce siempre:
y no acepta en su cerrado puño un vaso de vino,
y en los mítines de caridad se queda en la puerta
para colectar aunque no dé nada él.

Su sabor cocinado es con mucho mejor
que el del cordero, las ostras o los huevos:
hay quien piensa que conservarlo se puede,
más bien, en jarra de marfil; y otros
apuestan por los barriletes de caoba.

Lo cueces en serrín, no salas con cola,
y para la sopa es mejor mezclarlo
con langosta y cintas de esparadrapo,
siempre conservando el principal propósito:
preservar su forma simétrica”.

De buena gana el Carnicero habría
hablado del Jubjub otros tres días,
pero pensó que toda lección tiene su fin,
y lloró de alegría al tratar de decir
que consideraba al Castor como un amigo.

Al tiempo, el Castor confesaba, con miradas tiernas,
más elocuentes aún que las lágrimas, que en diez
minutos aprendió más que en los libros
habría aprendido en setenta años.

Y a andar juntos volvieron, y el de la Campana,
debilitado (por el momento) por una noble emoción, dijo:
“¡Cosas como éstas compensan de los tenebrosos día
que hemos pasado recorriendo el mar!”

De amigos como éstos, como el Castor y Carnicero
eran ahora, raras veces o nunca se había sabido;
en invierno o verano siempre era lo mismo:
no se los podía encontrar solos.

Y cuando surgían las querellas, como suele ocurrir
en las mejores casas, el canto
del Jubjub ¡volvía a sus cabezas
cimentando una amistad para siempre!


[1] “Tres era la prueba de la verdad”, dice en el original. La vez anterior que se tradujo el verso, por razones de ritmo poético, se puso “cinco”.
[2] El resultado de estas operaciones es 0.

SEXTO ESPASMO
El sueño del Abogado

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark exclamó: “¡Vaya!" Ilustración al sexto espasmo, de Henry Holiday
“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya!”

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa ternura;
con tenedores y esperanzas le siguieron la pista;
lo torturaron con una sola acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Pero el abogado, harto de buscar la cláusula
para demostrar que el ganchillo del Castor estaba fuera
por completo de la ley, cayó dormido, y en sueños,
vio perfectamente a la criatura
que en su imaginación tan largo tiempo demorara.

Soñó que estaba en un Tribunal en la sombra,
donde el Snark, con monóculo, toga y alzacuello
y una enorme peluca, estaba
defendiendo a un cerdo del delito
de desertar de la pocilga.

Los testigos probaron, que ya la pocilga
estaba suficientemente abandonada,
mientras el Juez susurraba que
también la Ley lo estaba.

La acusación no fue nunca clara;
y, al parecer, el Snark había
hablado por tres largas horas, antes de que
nadie intuyera lo que el cerdo hiciera.

El jurado se formó cada uno un punto de vista diferente
(mucho antes incluso de que la acusación fuera leída)
y hablaron todos al tiempo, de modo de ninguno
supo jamás lo que el otro dijera.

“Vds. deberían saber…” el Juez dijo; mas el Snark
exclamó: “¡Vaya! ¡Ese estatuto tan obsoleto es!
Dejadme que os diga, caballeros, que la entera
cuestión depende de un anciano
derecho del señor.

Si de Traición puede hablarse, cabe decir que el cerdo
ayudó tal vez, pero no fue cómplice
y la Insolvencia tampoco es sugerible,
si es cierta la cláusula de “Irremisible”.

El hecho de la Deserción yo no lo pongo en duda,
pero esa culpa, espero, será lavada
(al menos eso espero, por lo que a las Costas se refiere)
porque el Descargo puede haber sido provocado.

Y es así que el pobre
destino de mi cliente dependerá ahora
del improbable viento de vuestras majestades”;
y el orador se sentó en su lugar
dejando al Juez mirar sus notas
y brevemente resumir el caso.

Pero el Juez dijo no haber recapitulado;
de modo que fue al Snark a quien le tocó en suerte
hacer el resumen de tantos argumentos,
¡y tan bien lo hiciera que más que los Testigos
supo decir lo que allí no había sucedido!

Cuando se requirió el veredicto, el Jurado pasó
por cuanto la palabra no era fácil de enunciar;
pero la esperanza aventuraron de que el Snark
no le daría a la cosa importancia, y tomaría también eso como su deber.

Así que el Snark, aunque deteriorado
por tanta tarea, el veredicto halló,
y dijo: “¡Culpable!”, y el Jurado gritó,
y alguno que otro también se desmayó.

Y por hacerlo todo, el Snark también
pronunció sentencia, el Juez
demasiado nervioso no podía articular
palabra alguna, y cuando se levantó
se hizo un silencio que sólo una aguja
cayendo podía romper.

“Trabajos forzados a perpetuidad –fue  la sentencia que hubo–
y cuarenta libras pague al expirar la condena”;
el Jurado aplaudió,
pese a que el Juez objetara
que la articulación no era muy correcta.

Pero su júbilo infantil lo rompió el Carcelero,
que descubrió del hecho la realidad obscena
de que tal dictamen no tendría el menor efecto
pues el cerdo murió hace mucho tiempo,
rodeado de rosas y de besos de madre.

El Juez dejó el Tribunal, a toda luz disgustado,
y el Snark, aunque algo horrorizado,
como autor de una frase que se perdía,
continuó bramando hasta el final.

Eso soñó el Abogado, mientras de entre los sueños,
como reventando una sábana, apareció por la puerta
un bramido, un terrible sonar cada vez más claro:
era como el toque funesto de un tañido de ánimas
que el de la Campana con la mano tocaba
para despertarlo en medio del mar.

SÉPTIMO ESPASMO
El destino del Banquero

tan grande fue su espanto que el chaleco lo tuvo todo blanco Ilustración al séptimo espasmo, de Henry Holiday
…tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco

Lo persiguieron con dedales, y con inmensa cautela;
lo persiguieron tenedores y esperanzas;
lo torturaron con una acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y jabón.

Y el Barquero, armándose de un coraje tan nuevo,
como para inspirar por doquier asombro,
corrió locamente y se perdió de vista
en su celo de cazar al Snark.

Pero, mientras lo perseguía armado
de dedales y de gran cautela, un Bandersnatch
surgió de repente como el fuego
cazando al Banquero, quien lanzó de desesperanza
un aullido, sabiendo lo imposible de escapar.

Ofreció pródigo rescate, ofreció un cheque
(pagadero “al portador”) por siete
libras diez, pero
el Bandersnatch se contentó con alargar su cuello,
asiendo con más fuerza al Banquero.

Sin desmayo –mientras su furmiantes[1] mandíbulas
lanzaban salvajes mordiscos–
forcejeó, saltó, se debatió hasta
que vencido cayó al suelo.

El Bandersnatch, cuando los otros
corriendo acudieron, huyó: tan sólo
quedó del Banquero el aullido.
Y el de la Campana: “Es exactamente
lo que me temía” –dijo tocando la Campana.

Tenía el pobre
la cara negra, y además
tan grande
fue su espanto que el chaleco
lo tuvo todo blanco: algo
por cierto bastante asombroso.

Ante el horror de quienes lo miraban,
se irguió de gala vestido y con muecas
quiso hablar con lengua que no tuvo.
Caído en una silla, buscaba en el cabello
cosas de su infancia y recuerdos de su abuela
y una sortija de su novia. Y cantó, cantó
con la lengua perdida, más que nunca
frivolente[2], cosas inútiles que demostraban
científicamente su locura, tocando
con dedos de cadáver castañuelas de hueso.

“Dejémosle ahí, se hace tarde
–profiriera el de la Campana temblando–,
hemos perdido medio día; un poco más
y nos quedamos sin el Snark, que ya la noche cae
y nos viene siguiendo”.


[1] Furmiantes: furiosas – humeantes (ver prefacio de esta obra).
[2] “Frivolente”, traducción de “mimsy”, frívolo y doliente.

OCTAVO ESPASMO
La desaparición 

Y nada más. Ilustración al octavo espasmo, de Henry Holiday
Y nada más.

Lo persiguieron con dedales, y con mucho cuidado;
lo persiguieron tenedores y esperanza;
lo torturaron incesantes con la acción de ferrocarril;
lo hechizaron con sonrisas y mucho jabón.

Muertos de miedo estaban de no cazar nada, nada, y el Castor
al fin, contento, sobre su cola brincaba
aprovechándose de la noche.

“Es Zingumbob el que grita –dijo el Campanero–.
Grita como un demonio,
¡oíd su grito bello, oídlo! Mueve también las manos,
además de gritar, y por si fuera poco,
menea la cabeza, no hay duda
¡de que en sus ojos tiene la mancha de un Snark!”

Y abrieron los ojos al gozo: mas el Carnicero
aún dudaba y se rascaba la cabeza, y por si fuera poco
dijo: “No le hagáis caso: se burla”:

Y entonces vieron al Panadero, el sin nombre,
en lo alto de un peñasco, tan alto como un ángel,
sólo un segundo ¡ay! pues cayó luego
al abismo y se hizo nada. Y ellos, ansiosos:

“¡Es un Snark!” Y era tan bello
que nadie lo creía. Y ahora las risas,
los hurras, aleluyas: luego la voz del mal augurio:
“Es un Bu…”

Y nada más. Unos creyeron
que atravesaba el aire la palabra “Jum”
cansada de existir y de sonar, cansada; otros dijeron
que era sólo la brisa que pasaba.

Buscaron hasta la noche, no hallaron
pluma o botón o seña
alguna que permitiera
afirmar que estaba donde
el Panadero dijo que un Snark
había en lugar de su nombre.

A través del verbo que decir se quiso,
a través de la risa y el gozo
suavemente aquello se había ido y no volvería,
porque el Snark no era un Snark, sino un Bujum,
y más no había.

9

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s