Mi primer Borges

En la biblioteca de mis abuelos, una biblioteca pequeña y un poco desvencijada, llena de novelas de aventuras y policiales, de ediciones del Quijote, de pequeños libritos que venían con el diario y de ensayos sobre política y crónicas (siempre me llamó la atención por su título el clásico de Manini Ríos, Anoche me llamó Batlle), había un volumen chiquito, de tapa rojiza, que tenía un nombre raro y un autor al que yo había oído nombrar muchas veces en todos lados.  El libro era El Aleph. El autor, Jorge Luis Borges.

No recuerdo mi edad, pero la primera vez que leí a Borges lo corregí. Así de insoportablemente soberbio era. Recuerdo abrir el libro en una página cualquiera, con cierto recelo. Yo, gracias a mi abuelo, era lector de Poe y de Quiroga y gracias a otras bibliotecas, de Bradbury y Asimov. Me emocionaba con películas de ambientación histórica que contaban guerras, cruzadas, invasiones. Pero llegué a Borges sin todo eso. Sin los dioses griegos, sin Egipto y los reyes de Roma. Sin el Buda, sin la quimera, sin las historias que, entre orquídeas o en la pared blanca de la playa, me contaba mi abuelo. Sin los judíos del desierto y sin los monjes en su abadía del misterio. Llegué a Borges como un gesto de magnanimidad. Era un niño. Pensé: “Vamos a darle una oportunidad a este“. El libro quedó abierto casi en el medio, en “El muerto”, ese cuento cuya acción ocurre en parte en Montevideo. Y ya en el segundo párrafo a este porteño engreído se le ocurre decir Paso del Molino. ¿”del Molino”, se da cuenta? Cerdo unitario, ¡ya le voy a dar yo “del Molino”! Cerré el libro, tan idiota.

Tan idiota yo.

Otro día, varios años después, estaba con mi padre, que se había ido a vivir a Barcelona, en el mercado de Sant Antoni. Vi un libro curioso, bastante grueso, de tapas duras color ratón. En la tapa decía, en letras naranjas, “Jorge Luis Borges PROSA” y tenía un extraño arabesco plateado que jugaba con las iniciales (bjl/lbj/jlb). Solté la suma de 3 euros y me fui con Borges a casa y esta vez para siempre.

No recuerdo ahora qué fue lo primero que leí de ese libro. Cualquier cosa podía ser una alegría, cualquier cosa una sorpresa, leer una página al azar era maravillarse del mundo y de uno mismo. Al final, comprendiendo que Paso del Molino era el nombre antiguo de aquél barrio, volví a encontrarme con “El muerto”. En un papelito que conservo (el posa vasos de un café) anoté, con mi desprolijidad habitual: “737”, que corresponde a la primera página de “El otro”; “(más intemporal que anacrónico)”, del cuento “El Aleph”; “se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor”, graciosa sentencia de “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké”; “Las últimas palabras de Billy the Kid”, que aluden claramente a “El asesino desinteresado Bill Harrigan”, también de Historia universal de la infamia; y “437”, primera página de “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”. Como si esto fuera poco, varios marcadores improvisados marcan las páginas 594 (del ensayo “Historia de los ecos de un nombre”), 696 (primera página de “El duelo”), 704 (última de “El otro duelo”), 376 (de “El inmortal”). Bastante después, y de manos de Camila y un viaje a Buenos Aires, llegaron sus Poesías Completas, que me vieron repetir hasta el sopor dos versos que son la noche de mis días.

borges aleph

El viernes pasado, y por convocatoria de la diaria, Ramiro Sanchiz y yo escribimos sendos ensayos sobre el mayor escritor que dio el castellano, unos días después del 30° aniversario de su muerte. Hoy, una versión más extensa de ese texto fue publicada en mi blog amigo Borges todo el año.

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