Escribir No(velas)

Reseña de El punto ciego de Javier Cercas (Buenos Aires: Random House, 2016) que salió en la diaria el 5 de octubre de 2016.


La cátedra Weidenfeld de Literatura Europea Comparada fue creada en 1994 en la Universidad de Oxford por el barón George Weidenfeld (1919-2016, famoso por su trabajo filantrópico y por haber sido el editor inglés de Lolita, de Vladimir Nabokov). Ha recibido a intelectuales tan dispares y decisivos en sus áreas como George Steiner, Roberto Calasso, Umberto Eco, Marjorie Perloff y Roger Chartier. A mediados de 2014, el novelista español Javier Cercas fue invitado a dar una serie de conferencias en la primavera del año siguiente.

De aquel curso de un mes y medio surge este libro, El punto ciego, en el que Cercas recorre algunos conceptos que venía madurando y elaborando en textos previos. Por lo tanto, se pueden pensar estos cuatro ensayos (traducción de cuatro conferencias dadas en inglés, con un prólogo contextual y un discutidor epílogo) como la culminación, por el momento, de su labor intelectual y reflexiva sobre algunos temas, y el breve libro como el primero de su autor dedicado exclusivamente a la literatura (sin contar, claro, su estudio sobre la obra de Gonzalo Suárez).

Digo más arriba “algunos temas”, pero bien podría haber dicho “un tema”, porque, en esencia, El punto ciego gira en torno a una idea de la novela, que Cercas asedia y cuestiona desde varios flancos. La novela aparece como cristalización de un problema fundante de la noción de arte y de sujeto, la relación entre la ficción y la realidad, y, aunque Cercas admite su inicial afiliación al posmodernismo (cuyo comienzo rastrea, discutiblemente, en Jorge Luis Borges), la noción de la existencia de una realidad por fuera del texto no es confrontada ni desmentida, más allá de que el centro de estas reflexiones sea la capacidad o, mejor aun, la incapacidad de imitarla (es decir, de asirla). Es en ese contexto que presenta, en el ensayo central del libro, la idea de “punto ciego” como un momento de vacilación que permanece irresoluble dentro de la obra y que corresponde al lector dilucidar (o no). ¿Está loco Don Quijote?, ¿representa la maldad la ballena blanca de Moby Dick?, ¿es inocente Josef K en El proceso?, son preguntas que se plantean y quedan ahí, esperando.

En esa brecha es donde, según Cercas, se encuentra la posibilidad de infinitas lecturas, de infinitas interpretaciones que hacen de un libro una obra maestra. Desde esa zona de oscuridad decide leer y cuestionarse. Así, por medio fundamentalmente de dos de sus propios libros (Soldados de Salamina -2001- y Anatomía de un instante -2009-), las obras citadas y algunas más -entre ellas La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa-, por un lado investigará una posible definición del género y por otro propondrá una posibilidad de lectura, un punto de vista. De esta manera se irá acompañando de varias otras preguntas, que cuestionan desde los cimientos de la literatura posmoderna hasta la ausencia de grandes novelas en el español, desde El Quijote hasta mediados del siglo XX (pasando por alto una de las obras más inasibles, inclasificables y perfectas de la literatura en nuestra lengua: el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, que data de 1845 y cuya discusión en el marco propuesto habría sido de inmenso provecho).

Sin embargo, tal vez el ensayo más importante sea el que cierra el libro, que se centra en la figura del intelectual y, sobre todo, de la literatura comprometida, y ofrece una nueva vía de comprensión de un tema principal por lo menos desde que el novelista Émile Zola publicó, el 13 de enero de 1898, la carta abierta que se tituló ‘J’accuse…!”’ en la que se pronunció acerca de la injusta pena que recaía entonces sobre Alfred Dreyfus, un oficial judío del Ejército francés condenado por un delito que no había cometido. Así, tras una lectura breve y aguda de los planteos que hiciera Jean-Paul Sartre, conminando a los artistas a participar en el debate público, Cercas presenta una nueva versión del compromiso del escritor, ya no con una causa (a menudo identificada con un partido), sino con la capacidad de decir “No”, sin el propósito de ser un ejemplo ni de dar lecciones morales. Sostiene: “El hombre que dice No es quien preserva la dignidad colectiva: es el hombre que, […] cuando se decide el destino de la sociedad y más difícil es conservar la cabeza y todos o casi todos pierden el sentido de la realidad y dicen Sí por un error de juicio y quienes no lo hacen no se atreven a decir No por temor a ser rechazados por la mayoría, en ese momento, después de […] haber reflexionado sin prisa y con la mayor seriedad y haber llegado a una conclusión, tiene el valor de decir No, tranquilamente, sin levantar la voz”.

Las reflexiones sobre el lugar de la novela en el siglo XXI, el concepto de “punto ciego” y su aplicación en varias de las obras más importantes del género y, por otro lado, sobre la figura del intelectual y la posibilidad hoy de una literatura comprometida son motivos suficientes para adentrarse en este libro, que además ofrece una prosa muy trabajada y pulida (aunque abusa a veces de la redundancia) y una serie de ideas fascinantes (aunque uno no siempre esté de acuerdo con ellas, y a veces el constante juego autorreferencial sea una complejidad agregada para aquellos que no han leído las novelas de Cercas), que lo sitúan en la incomodidad y en la indefinición para, más que tener la última palabra, abrir el debate y señalar, desde la oscuridad, nuevos y más fértiles lugares de lectura.

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