Alderaan no está tan lejos

1. Decía que no le gustaba la poesía, pero no era cierto. Un día, en un cumpleaños triple, mientras en el sótano tocaba Iván & Los Terribles, me habló de un soneto de Borges, “Buenos Aires, 1963”, que luego supe que había musicalizado y que aquella noche recitó de memoria.

Los dos primeros versos (“Y la ciudad, ahora, es como un plano / de mis humillaciones y fracasos”) y Google Maps le habían inspirado una idea “millonaria”: una app llamada Borges GPS, en la que el usuario podría marcar los puntos de la ciudad en los que había tenido experiencias desagradables, usando tres íconos: un dedo para abajo, un corazón roto, una calavera.

Días después escribió en su blog una entrada entre graciosa y nostálgica, llena de frases geniales y con un proyecto mucho más desarrollado que aquel, regado por algunas gotas de vino que tomaba de mi copa a escondidas.

2. Cualquiera que lo conociera sabe cuánto disfrutaba cambiándoles los nombres a las cosas y a las personas y traduciendo a su manera frases o letras de canciones. A la plaza Matriz le decía “la Matrix”, el bar de ocasión (Brecha y Clash en los últimos tiempos) era “el bar amigo”; ponía kas en todas partes: “dalek” (con guiño a Doctor Who), “kül”, “ofkors”; a “Creep” le decía “Rarito”, a “Karma Police”, “La yuta del karma”, a “True Love will Find You in the End”, “El amor posta te va a encontrar al final”; hacía acrónimos con frases que poco a poco iban perdiendo sentido (“nslp” es “no se le parece”, “neec”, “no es eso cierto”).

Esa era su forma de comunicarse, de estar en el mundo: cambiándolo así, un nombre a la vez.

3. Mirá acá arriba, hombre
estoy en peligro, no tengo nada que perder
estoy tan alto que mi cerebro es un remolino
dejé caer el celular hasta allá abajo
¿no suena a algo que haría yo?

Así tradujo parte de una canción del último disco de David Bowie. Cuando se enteró de que el Duque había muerto estaba en Piriápolis, haciendo una nota sobre la pesca artesanal y los lobos de mar, y, dice, lloró tres lágrimas.

Hace poco, Iván Franco, que lo acompañó, subió a Facebook una foto particularmente linda: Fede está en un barco pesquero, con su remera que dice “Han Shot First”, el pelo entreverado por el viento.

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4. Una frase que repetía mucho era la máxima de Marcelo Jelen sobre el objetivo del periodismo: lograr la máxima información con el mínimo de ocultamiento.

Basta googlearlo para ver la cantidad inmensa de temas que abarcó: reseñas de novelas, de cómics, de discos, de series, de películas (o similar), entrevistas a especialistas, a músicos, artículos sobre literatura, casos judiciales, videojuegos, notas sobre el peligro de extinción de las abejas, sobre tecnología, sobre ciencia, sobre la tenencia de armas, sobre drogas, crónicas sobre el huracán de Dolores, informes sobre los refugiados sirios o sobre la huelga de hambre de Jihad Diyab. Y sin contar su producción artística: sus cuentos, sus canciones, su escritura autobiográfica, sus larguísimas listas siempre dibujando una verdad dudosa, casi como si el objetivo de la literatura fuera lograr la máxima información con el máximo ocultamiento.

Discutía sobre prácticamente cualquier cosa, con pasión (Watchmen, Hunter S Thompson, Comunismo Internacional, Jurassic World, la corrección política, la ética periodística, The Legend of Zelda), jamás con arrogancia ni agresividad. Amaba el periodismo, de verdad, en su sentido más amplio y, aunque (o porque) había estudiado psicología, sabía que lo suyo era estar por ahí, mirando la realidad e interrogándola.

Y le encantaba titular con títulos que, decía, debían ser “fáciles de googlear”.

5. Unas semanas más tarde de nuestra charla sobre Borges recordé un textito de Silvina Ocampo en consonancia con la idea del mapa humano, pero su final me pareció demasiado terrible y no se lo mandé. Así son las cosas, ahora lo transcribo (como si volviera el instante pasado):

Soy un plano de Buenos Aires. Siento las calles alinearse con sus nombres de generales o de batallas o de presidentes o de países americanos o de provincias o de gobernaciones sobre mi cuerpo. Siento el río en mí, por todas partes, que se divisa desde cualquier edificio. Siento las plazas húmedas sobre mi corazón con los nombres confundidos. Siento las estatuas, y los monumentos que brillan en la noche de mi pecho; siento el principio del campo, vacas, ovejas, toros; oigo los trenes, el silbato de los trenes y los barcos del puerto, que llegan, corren en mis venas. Soy un plano, no soy una mujer. El plano que despliegan los emigrantes que se han perdido, el plano que no sirve para nada. Tengo que morir.
Así pensaba una noche de junio de 1955.

6. El último día que lo vi fue en la redak de la diaria. Fui a buscar unos libros y él estaba buscando cómo se hacía para publicar una fe de erratas (se había equivocado con unas fechas). Hablamos de Leonard Cohen, que acababa de morir pero todavía no lo sabíamos. Me dijo que, previsiblemente, en esos días había estado escuchando el último disco (que le encantó) y sobre todo su canción favorita, “Chelsea Hotel #2”.

-¿En qué versión? -le pregunté.
-En la original. Ahí ves lo que le cambió la voz.
-Sí, ahora no llega.
-Claro, tiene que bajar una octava -dijo, y cantó, bajando una octava-: “I need you, I don’t need you”.

7. Nuestro plano de Montevideo ahora está cubierto de otros nombres, de la sombra de esos días y esas noches que definitivamente no van a repetirse. A veces me parece verlo cruzar la calle apurado, con la rigurosa camisa de franela en pleno verano, la remera de Mario, el cuerpo como pidiendo disculpas en cada gesto por ser tan grande. ¿En el “Tengo que morir” de Ocampo no estaba esa idea ya? ¿De la sobrevida en el alma de las cosas?

Fede decía de esos recuerdos de amigos muertos que son “los únicos fantasmas en los que nos permitimos creer los agnósticos”. Tenía razón.

7 y ½ (no me gustan los números pares). Había traducido por lo menos una parte de un verso de la canción de Cohen, que repetía siempre: “Somos feos pero tenemos la música”. ¿Y cómo hubiera versionado esos otros versos?

Ah, pero te las tomaste, ¿no, nena?
simplemente te perdiste en la multitud.

Publicado en la diaria el 28 de noviembre de 2016,
a dos semanas de la muerte de Federico de los Santos

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