Cómo se siente

Patti Smith cantó en la ceremonia de recibimiento de los Nobel en honor al ganador del premio en Literatura, Bob Dylan, una de sus canciones más emblemáticas (originalmente aparecida en su disco The Freewheelin’ Bob Dylan, de 1963). Cantándola los nervios le ganaron y tuvo varios tropiezos, sobre los que luego escribió para The New Yorker, en una nota ingeniosamente titulada “How Does It Feel”, que he traducido.


Nací en Chicago el 30 de diciembre de 1946, en el vórtice de una inmensa tormenta de nieve. Mi padre había ayudado al taxista a navegar la calle Lake Shore con las ventanas completamente abiertas, mientras mi madre estaba en trabajo de parto. Yo era una bebé esmirriada y mi padre trabajó para mantenerme viva, sosteniéndome sobre el vapor de una bañera para ayudarme a respirar. Voy a pensar en ellos dos cuando entre al escenario de teatro Riviera, en Chicago, en mi  septuagésimo cumpleaños, con mi banda, y mi hijo y mi hija.

A pesar de la atómosfera emocionalmente desgarradora que nos ha engullido durante la elección presidencial, intenté pasar diciembre inmersa en trabajo positivo, atendiendo las necesidades de mi familia y las preparaciones para el nuevo año. Pero antes de Chicago tenía que realizar un último deber importante en el 2016. En setiembre se me pidió que cantara en la ceremonia de los Nobel en honor del premiado en literatura, que en ese entonces era desconocido. Iban a ser unos pocos días en Estocolmo, en un bello hotel, con vista al agua—una oportunidad honorable para brillar, contemplar, y escribir. Elegí una de mis canciones que consideré apropiada para tocar con la orquesta.

No obstante, cuando se anunció que Bob Dylan era quien había ganado el premio y que había aceptado ya no me pareció adecuado cantar una canción mía. Me encontré en una situación inesperada y tuve emociones contradictorias. En su ausencia, ¿estaba calificada para la tarea? ¿Iría esto a ofender a Bob Dylan, a quien jamás querría ofender? Sin embargo, habiéndome comprometido y sopesando todo, elegí cantar “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, una canción que he amado desde que era una adolescente, y una de las preferidas de mi difunto esposo.

A partir de ese momento, cada momento libre fue utilizado para practicarla, hasta que estuve segura que me sabía y podía transmitir cada línea. Teniendo mi propio hijo de ojos azules (blue-eyed son) me canté las palabras una y otra vez en la clave original con placer y resolución. La tenía en mi mente como para cantarla exactamente como fue escrita y tan bien como era capaz de hacerlo. Me compré un traje nuevo, me arreglé el pelo, y sentí que estaba lista.

La mañana de la ceremonia de los Nobel me desperté con un poco de ansiedad. Caía una lluvia torrencial y continuó lloviendo con fuerza. Mientras me vestía, repasé la canción con confianza. En el vestíbulo del hotel había una adorable mujer japonesa vestida formal, con un traje tradicional—un kimono color crema bordado y hasta el piso y sandalias. Su pelo estaba perfectamente peinado. Me contó que estaba ahí para honrar a su jefe, que recibiría el Premio Nobel de Medicina, pero el clima no estaba a su favor. Estás preciosa, le dije; ningún viento o lluvia puede alterar eso. Para la hora en que llegué a la sala de conciertos, nevaba. Tuve un ensayo perfecto con la orquesta. Tenía mi propio camerino con un piano, y me llevaron té y sopa caliente. Era consciente de que la gente estaba esperando mi presentación. Todo estaba ante mí.

Pensé en mi madre, que me compró mi primer disco de Dylan cuando yo tenía apenas dieciséis años. Lo encontró en una caja de descuentos en una tienda de descuentos y me lo compró con el dinero de las propinas. “Parece alguien que podría gustarte”, me dijo. Oí el disco una y otra vez, mi canción preferida siendo “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”. Se me ocurrió que, aunque no había vivido en los tiempos de Arthur Rimbaud, existí en los tiempos de Bob Dylan. También pensé en mi esposo y recordé cuando tocábamos la canción juntos, sus manos haciendo los acordes.

Y de pronto era la hora. La orquesta estaba colocada en el balcón con vista al escenario, donde estaban sentados el Rey, la familia real y los laureados. Me senté junto al director. La tarde pasó según lo planeado. Sentada ahí imaginé a los laureados del pasado caminando hacia el Rey a aceptar sus medallas. Hermann Hesse, Thomas Mann, Albert Camus. Entonces, Bob Dylan fue anunciado como el Nobel de Literatura, y sentí mi corazón palpitar. Tras la lectura de un emocionante discurso dedicado a él, oí que decían mi nombre y me levanté. Como en un cuento de hadas, me paré frente al Rey y a la Reina de Suecia y a algunas de las más grandes mentes del mundo y armada con una canción que en cada línea codificaba la experiencia y resistencia del poeta que las escribió.

Los acordes iniciales de la canción sonaron y me oí cantando. El primer verso fue pasable, un poco tembloroso, pero estaba segura de que me calmaría. Al contrario, me tranqué con una plétora de emociones que llegaron en una avalancha tan intensa que fui incapaz de franquearla. Por el rabillo del ojo podía ver la inmensa cámara de televisión y todos los dignatarios sobre el escenario y la gente más allá. No acostumbrada a tal abrumador caso de nervios, no pude continuar. No había olvidado las palabras que ya eran parte de mí. Simplemente era incapaz de decirlas.

Este extraño fenómeno no disminuyó o pasó, sino que se quedó cruelmente en mí. Fui obligada a parar y pedir perdón y volver a intentarlo en este estado y canté con todo mi ser, aunque a los tropezones. No me pasó desapercibido que la narrativa de la canción empieza con las palabras “I stumbled alongside of twelve misty mountains” [Tropecé junto a doce montañas brumosas] y termina con el verso “And I’ll know my song well before I start singing” [Y sabré mi canción mucho antes de empezar a cantar]. Cuando tomé asiento sentí el humillante aguijón del fracaso, pero también un extraño convencimiento de que había habitado verdaderamente el mundo de la letra.

Más tarde, en el banquete del Nobel, me senté frente a la embajadora de Estados Unidos—una irano-americana hermosa, articulada. Tenía la tarea de leer una carta de Dylan antes de la conclusión del banquete. La leyó sin problemas y no pude evitar pensar que él tenía dos mujeres fuertes en su equina. Una que titubeó y otra que no, pero a pesar de todo ambas con nada en la mente más que servir bien a su trabajo.

Cuando me levanté la mañana siguiente estaba lloviendo. En el salón del desayuno fui felicitada por muchos de los científicos del Nobel. Mostraron su reconocimiento a mi auténtica lucha pública. Me dijeron que había hecho un buen trabajo. Desearía haberlo hecho mejor, dije. No, no, respondieron, ninguno de nosotros desea eso. Para nosotros tu presentación fue como una metáfora de nuestras propias luchas. Palabras de amabilidad continuaron todo el día, y al final me había reconciliado con la verdadera naturaleza de mi deber. ¿Por qué hacemos nuestro trabajo? ¿Por qué actuamos? Es sobre todo por el entretenimiento y la transformación de la gente. Todo es por ellos. La canción no pidió nada. El creador de la canción no pidió nada. ¿Por qué iba yo a pedir algo?

Cuando mi esposo Fred murió, mi padre me dijo que el tiempo no cura todas las heridas pero nos da las herramientas para soportarlas. Me he dado cuenta de que esto es verdad en las cosas más grandes y más nimias. Mirando al futuro, estoy segura que la dura lluvia no dejará de caer, y que tenemos que estar atentos. El año está por terminar. El 30 de diciembre voy a tocar Horses con mi banda, y mi hijo y mi hija, en la ciudad donde nací. Y las cosas que vi y experimenté y recuerdo estarán en mí, y el remordimiento que sentí tan fuertemente se mezclará alegremente con todos los otros momentos. Setenta años de momentos, setenta años siendo humana.

2 comentarios sobre “Cómo se siente

  1. Pingback: faf.

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