Cuentos de barrio y de muerte

Reseña de Urquiza de Carolina Bello (Montevideo: Fin de Siglo, 2016) y de la quinta entrega de los Cuadernos de ficción, Negro (Montevideo: Estuario, 2016), que fue publicada en la diaria el 15 de diciembre de 2016.


Son pocos los libros de ficción que incluyen mapas. Por lo general, se trata de libros pensados para niños (como en la saga protagonizada por Winnie-The-Pooh, de A. A. Milne), o de fantasía (como la serie Canción de fuego y hielo, de George R. R. Martin), o ambas cosas (como El hobbit, de J. R. R. Tolkien). A veces las novelas históricas vienen acompañadas por un plano que delimita los espacios nombrados (sobre todo cuando refieren a épocas muy pretéritas, en las que la toponimia era distinta de la actual), y también novelas como Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald, se sirven de material cartográfico y otros tipos de imágenes para profundizar el espacio de la ficción (y a la vez problematizar la condición de artificio). Más escasos son los libros con mapas en la literatura uruguaya, y uno de los ejemplos recientes más atendibles es Urquiza, de Carolina Bello, el ganador más reciente del premio Gutenberg que otorga la editorial Fin de Siglo en conjunto con la Unión Europea.

Este volumen de cuentos se revela, mediante la incorporación, al principio, de un mapa de una parte del barrio montevideano La Blanqueada (realizado por Richard Ortiz), como un conjunto sólido. Surcado de lado a lado por una calle -la que le da título-, donde se plantea una realidad de muchas facetas, hace pensar también en una novela breve fragmentada o en libros de relatos como Dublineses, de James Joyce, en el que mediante los procedimientos realistas se dibuja una ciudad, o parte de ella, a partir de un grupo acotado de sus habitantes e instantes de sus vidas particulares y a la vez ordinarias (es decir, ajenas a toda idealización romántica).

En ese sentido, también se puede asimilar el libro a la línea que (con otros procedimientos, otras ambiciones y otros resultados) siguió Rosana Malaneschii en Leyland (2015), donde la escritora estableció una identidad basada en un espacio común (un ómnibus de CUTCSA). En la reseña de ese libro publicada por la diaria el año pasado, Bello misma comentaba que los cuentos que lo componen “son económicos por su extensión, pero no por la cantidad de recursos” que utilizan, y algo parecido se puede decir ahora de su propia obra, porque en un juego delicado de repetición e innovación (los personajes, previsiblemente, entran y salen de las historias), las once piezas fluyen con independencia y soltura, haciendo que, aunque Urquiza no sea un libro perfecto y a veces decaiga y se ponga un poco sensiblero, dé una señal clara de las potencialidades de su autora, que se mueve con pericia al borde de lo cursi, de lo cómico y hasta de lo kitsch, pero sin caer nunca en la banalidad o en la torpeza, y plantea con gran destreza situaciones, personajes y ambientes verosímiles.

Por lo tanto, uno termina la lectura con ganas de más, porque el mundo ahí creado, en un tiempo que ya no es el nuestro pero que tampoco nos es completamente ajeno, como esas calles que siguen más allá de toda simplificación (no otra cosa es un mapa), busca más historias, quiere siempre ser más, y sus personajes (cuyos nombres se encuentran listados al final, en una manera similar a la que utiliza Elena Ferrante en su saga napolitana) exigen vivir más allá de los confines de sus breves e intensas aventuras.

11 tonos de negro

Con soltura, entonces, Bello recorre no sólo un espacio casi mítico que construyó, según ha contado, apoyada en la memoria de su padre, sino también un repertorio de géneros asociados con la tradición literaria nacional, o parte de ella, pasando del costumbrismo urbano a ciertos ambientes enrarecidos a lo Felisberto Hernández, y de ahí al relato campero o al policial. En ese sentido, un cuento fundamental de Urquiza, “La loca Yolanda”, propone un interesante juego al ser incluido a su vez en Negro, la entrega más reciente de los anuales Cuadernos de Ficción que publica la editorial Estuario.

Esa colección, ideada y dirigida por el escritor, periodista y editor Rodolfo Santullo, surgió con una consigna clara: presentar una selección de narraciones e ilustraciones en torno a un eje definido desde el nombre de cada volumen (ya sea que este indique un género, un subgénero o un tema literario). Así, comenzó en 2012 con Sobrenatural, y continuó con Fóbal (2013), Aventurero (2014) y Erótica (2015). En el caso de este año, la elección del título resulta un claro acierto: al no conservar la versión francesa original (noir), pero tampoco elegir las españolas “cuentos policiales” o “de detectives”, el libro mantiene una apertura mayor frente a un género muy codificado desde sus inicios a fines del siglo XIX.

De ese modo, y por ese motivo, conviven en estas páginas cuentos como el ya nombrado de Bello -que merece una relectura en este contexto nuevo que acota la interpretación-, con otros como “Peleando en la cubierta de Titanic”, de Mercedes Rosende, “La vejez de los girasoles”, del argentino Nicolás Ferraro, o “Servicios de exterminio”, de Renzo Rossello, que desde puntos de vista muy distintos (y en algunos casos incluso opuestos) buscan insertarse en el género sin caer en sus tópicos y sus clichés (lo que no impide que en varios casos abunden en otros lugares comunes, en abusos de frases hechas o de fórmulas). De esta pugna (que prescinde en general de detectives y agentes, pero en ningún caso de asesinatos o robos), entonces, algunos salen victoriosos y otros fracasan por la vía del tedio.

Tal vez “Mucha fiebre”, de Manuel Soriano (escritor argentino radicado hace más de diez años en Montevideo), sea en ese sentido el más rotundo triunfo. Acompañado con una expresiva ilustración de Silva Bros, el cuento narra los días inmediatamente posteriores al mediatizado asesinato de una adolescente en Valizas, en un interesante juego con la ficción, la verdad periodística y la realidad en la construcción del relato, que propone un cierre brillante para la selección. No obstante, son el argentino Leonardo Oyola, con “Si la luna sería tu premio”, y Ramiro Sanchiz, con “La ley de los otros” (que está acompañado por una intrigante ilustración de Carlos Aón), los que más ponen en tensión los límites del noir y a la vez logran cuentos que se sostienen más allá de toda etiqueta. Oyola, con un demencial encuentro de rivales que juega con el imaginario de la cultura hollywoodense y la imaginería pop; Sanchiz, con una narración que vuelve a la vida ciertos espacios que recuerdan a la ucronía que presentó en la novela La vista desde el puente (2011), ubicada en una historia alternativa en la que Artigas venció y gobernó parte de nuestra región hasta su muerte, y los indígenas permanecieron como colectividad cultural.

Por otra parte, cuentos de algún modo más tradicionales, como “El desenlace”, de Ana Solari, “En el cuerpo oscuro de la noche”, de Andrés Ressia, “La gran vida”, de la argentina María Inés Krimer (cuya última novela policial, Noxa, fue editada este año) y “Moto Taxi”, del compilador, Santullo, que incluyen elementos tan clásicos como la persecución y la huida, funcionan muy bien (algunos mejor que otros, evidentemente) y muestran distintas formas de manipulación de una serie de temas, con un interesante manejo en cada caso, además, de las figuras femeninas, que no son de ninguna manera las esperables y trilladas femmes fatales.

En un año signado por grandes novelas, estos volúmenes de cuentos (junto al excelente Historia de nuestros perros, de Agustín Acevedo Kanopa) son un potente indicador de que la narración breve está viva en Uruguay y sigue buscando nuevas formas de expresión.

3 comentarios sobre “Cuentos de barrio y de muerte

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