“No hay un pasado heroico”: Amir Hamed sobre literatura y crítica


Parte hasta ahora inédita de una larga entrevista que le hice a Amir Hamed a fines del año pasado para la diaria, en la que habla de la literatura y la crítica en nuestro país hoy.


En el curso que diste recientemente, en el CCE, sobre la Gran Literatura Uruguaya no había casi, salvo Gustavo Espinosa, narradores contemporáneos…

Era la “Gran Literatura”, ¿no? Pero las potencialidades están. Yo tengo expectativa de que podamos ser una literatura. Y yo creo que es un buen momento de la literatura uruguaya, verdaderamente. Un momento como pocos, y es una lástima que no haya más críticos para decirlo. Porque veo, por ejemplo, escritores jóvenes que a nivel de oficio están muy por encima de lo que eran muchos de esos escritores venerados por el establishment hace unos años. Yo, por ejemplo, curiosamente, para aprender el oficio tuve que leer a escritores argentinos, porque acá te encontrabas que no tenías a casi a nadie, sacando a  [Juan Carlos] Onetti.

¿Podrías dar algún nombre de esos escritores nuevos?

Hice una muestra de escritores jóvenes hace un par de años para Estados Unidos  [para la revista Hispamérica] y puse algunos: a [Ramiro] Sanchiz, a [Agustín] Acevedo Kanopa, a Carolina Bello, a Manuel Soriano (aunque es argentino-uruguayo) y a [Daniel] Mella, que es un poco mayor, y había otros. Otro que se ve que escribe bien es el autor de El inglés [2014].

Ah, Martín Bentancor.

Sí, vos le percibís algo… A nivel de cantidad te das cuenta que está habiendo lo que se puede parecer a una literatura en movimiento. Lo que noto en la mayoría, sin embargo, es una especie de pánico por cometer un error, por salirse del renglón y, siendo yo el tipo de lector que soy, pienso que en algún momento alguien se tiene que soltar…

Pero si se alguno se suelta, decís que pueden ser…

Hay que esperar que eso se dé. Y la posibilidad de tener una buena literatura, una literatura potente, es también un antídoto contra todo esto que estamos hablando, de un mundo adocenado. A medida que empiecen a haber más fábulas cuestionadoras, que pongan las cosas en otro lugar, vamos a estar en mejores condiciones, por eso no quiero sonar como un viejo, que lo soy. Pero en ese momento vamos a estar mejor, porque eso nos permite una alternativa, pensarnos distintos.
¿Y cuál es el mayor problema del mundo? La mala literatura, porque si tuviera mejor literatura se plantearía mejor, y en ese sentido, si mejoramos la calidad de la ficción (ese deber ser, que es cuestionar), vamos a estar mejor.
El asunto es además explicar por qué es importante, por qué es relevante lo que está sucediendo, porque a mi me parece que en estos tiempos hay cosas que están sucediendo y han salido grandes libros, para mi gusto. Es difícil remontarse en la historia de la literatura uruguaya y encontrar esa potencia de títulos que ha habido.

¿Cómo cuáles?

Y… en el período que va de La novela luminosa [2005] de [Mario] Levrero a Todo termina aquí [2016, de Gustavo Espinosa] hay cuatro o cinco libros que son de mucho peso: sin ir más lejos, la biografía de Julio Herrera y Reissig de Aldo Mazzucchelli, La mejor de las fieras humanas [2010], y la colección de poemas de Eduardo Espina, La imaginación invisible [2015]. En diez años antes de literatura uruguaya, ¿qué había pasado que se le pueda comparar? Y es que la literatura uruguaya es el verdadero milagro nacional, no el fútbol. Porque hay una enorme industria montada para captar hasta al último jugador posible de ser profesional y en cambio la literatura se hace cómo se puede y dónde se puede y sigue produciendo escritores y debería ser una cosa, por lo que ha sido su tradición y por que es hoy, de la que nosotros podamos decir “Estoy orgulloso”.
El imperativo artiguista era “Sean los orientales tan ilustrados como valientes” y cuando olvidemos la parte de ilustrados estamos en el horno. Hay muchos intereses en juego queriendo hacernos olvidar eso, pero no deberíamos olvidarlo, porque es lo único que podemos tener… ¿Qué vamos a ser, una potencia nuclear? Sólo podemos ser lo mejor posible y la literatura ha probado ser una de las cosas que consistentemente hemos producido. Y en ese sentido, lo que sí es imperativo que mejore es la crítica, que es lo que permite que se entienda lo que está sucediendo, qué quiere decir eso que está sucediendo.

Un problema en ese sentido es el relativismo, que no permite establecer juicios de valor.

Yo creo que la crítica no cambió nunca de “lea esto, no lea aquello” y ahí es donde el crítico se juega, recomienda o no, con un montón de variantes en el proceso, pero la crítica de compromiso ¿a quién le interesa? Esas críticas que no sabés qué dice el crítico, ¿para qué vas a gastar papel? El deber de la escritura es generar escritura, en algún sentido, y nosotros escribimos porque hemos leído, y si escribimos es porque ese libro que estamos escribiendo todavía no ha sido escrito, y ahí tenemos algo que aportar, porque uno escribe porque le alegra haber leído.
Son actos de amor, en ese sentido, y acá se ha entendido que la crítica era un acto de castigo, y yo no estoy diciendo que criticar sea elogiar porque sí, porque eso no tiene sentido, pero la escritura en sí es un acto de reciprocidad: uno escribe porque leyó. Uno se dedica a esto porque leyó, porque de alguna forma quiere retribuir lo que le dieron. Y eso, que ha faltado tanto tiempo acá, nos ayudaría mucho, que se lo concibiera de forma diferente.
Yo creo que en los últimos años, precisamente la diaria ayudó a cambiar el paradigma de lectura en Uruguay. Lo que pasa es que se precisa más gente que se juegue… fijate que se publica mucho ahora acá, y lo que todavía nos falta es una épica, que sí supieron hacer los del 45 en su momento. Y esa épica es un relato que dé cuenta de lo que está sucediendo. En ese sentido, es fundamental que podamos mantener la antorcha de la literatura andando.

¿Qué falta para eso?

Un medio, no sé cuál, que ponga en circulación otra cosa.
Y ahí estaríamos mejor, porque son las cámaras de resonancia para las cosas que se producen, las que explican las cosas que valen y las que no. Para mí que tiene que ser Manuel Flores Silva, que en Posdata fue el único en darle un lugar a Marosa [di Giorgio] y a Levrero, que eran las personas más ninguneadas del país.
Te voy a contar un momento interesante que tiene que ver con
la diaria y que tiene que ver con Gustavo. En la misma época se dieron varias cosas juntas y yo tuve que ver con un par, pero una en la que no tuve que ver fue lo que hizo Gabriel Lagos cuando dijo [haciendo referencia en su reseña de la novela de Espinosa Carlota podrida -2009- a La balada de Johnny Sosa, de Mario Delgado Aparaín -1987-]: “Johnny Sosa ya fue”.
Y ahí algo hizo clic, porque fue como decir: sucedió algo obvio y alguien lo tiene que decir y esa posibilidad de decirlo, en ese momento, que es una cosa de relato, ¿no? Es decir: para hablar de literatura del interior tenemos esto. Y eso prendió como una mecha, muy rápido, más allá de las virtudes de la literatura de Espinosa. Y ese golpe de vista, ese percibir algo y poder hacer relato con eso, no inventando sino a partir de un orden, generó algo.
Y después está todo lo que ha hecho la editorial HUM, que abrió toda una nueva cartera de escritores.
Y después está todo el tema de los egos, que es una tontería porque no es un problema de ego: somos todos del mismo oficio y no hay actividad más saludable que admirar. A mí nada me alegra más que admirar. Entonces yo me alegro de que no desaparezcan todas las páginas literarias, porque sino estaríamos todos exangües, pero me parece que es un imperativo que todos los que participamos de esto echemos el resto en lo que podemos dar. En ese sentido no hay un pasado heroico: hoy se está escribiendo mejor.

Tal vez no tanto en poesía…

La poesía está mal, pero nunca estuvo brillante, siempre hubo nombres. De todas formas está Espinosa, que no estaba como poeta [con Cólico miserere] y hay gente que ha logrado un umbral de voz bien interesante, como Aldo, como Silvia Guerra, como [Roberto] Appratto o [Roberto] Echavarren.
Pero el ensayo está mejor que nunca… En realidad casi no había ensayo acá y cuando Real de Azúa hace el prólogo de la Antología del Ensayo uruguayo contemporáneo [1964] mete lo que puede y  un poco tiene que hacer pasar gato por liebre, ampliando para el lado de la sociología, porque en rigor no había ensayistas y, por tanto, no hubiera tenido  nada para antologizar, porque el ensayista verdadero era él. El problema es que todos esos pensaron a condición de que lo pensable fuera Uruguay pero no pudieron  pensar literatura si no es uruguaya, ni historia si no es uruguaya, etc. Y eso es una visión provinciana, que aplica reglas para lo interno distintas a lo que se aplica para lo de afuera y que por lo tanto es incapaz de poner en juego lo que pasa acá con lo que pasa en el mundo.

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