El hombre universal

Reseña de Vernon Subutex 1 de Virginie Despentes (Buenos Aires: Random House, 2016) que salió en la diaria el 11 de enero de 2017.


Virginie Despentes, nacida en 1969, entró a los codazos en la escena literaria francesa con una novela revulsiva, Baise-moi (1993), marcada por su adolescencia turbulenta y la influencia del movimiento pospunk inglés. Después de más de 20 años de actividad -con la publicación de novelas, ensayos y colaboraciones en revistas- sigue siendo una figura de difícil categorización, y sus opiniones (muy bien compendiadas en su libro autobiográfico Teoría King Kong, de 2007 y traducido al español por Paul B. Preciado, otra figura clave del feminismo) suelen generar polémica, un poco como las de su coterráneo novelista Michel Houellebecq, con quien no pocas veces ha sido comparada.

Con Vernon Subutex, una novela en tres partes cuyo primer volumen (editado originalmente en 2015) apareció en nuestro idioma el año pasado, Despentes se propuso una obra coral (siguiendo tal vez la estela de su admirado Roberto Bolaño) que, a la manera de la picaresca, mostrara ambientes de la sociedad contemporánea por medio del devenir de un protagonista que vive en las márgenes del sistema.

De este modo, tenemos a Vernon Subutex (nombre clave que viene de la conjunción de un personaje de Boris Vian y de una sustancia que se utiliza para amortiguar el efecto del síndrome de abstinencia de drogas), el antiguo propietario de una tienda de discos que, tras la muerte de un amigo cercano -un músico multimillonario que era su fuente de sustento económico-, se ve en la calle. Mediante constantes cambios de la voz narrativa y del punto de vista, con un manejo maestro del perspectivismo y del estilo indirecto libre, Despentes se apodera de los discursos de personajes diversos que parecen querer representar las distintas facetas del mundo actual y, por medio de un narrador a menudo externo y bastante irónico, lanza punzantes críticas al patriarcado heteronormativo, a la globalización y a la tardomodernidad neoliberal.

En la tradición del Lazarillo de Tormes, entonces, narra el caso (casus en latín significa ‘caída’) de un protagonista casi amoral que busca, como el más famoso niño de la literatura castellana, medrar en una sociedad corrupta, pero sin juzgarla en ningún momento, limitándose a participar desencantadamente en su corrupción y a servirse de sus trampas, de sus resquicios. Lo que falla en la obra de Despentes, si se la piensa en esa línea, es el poco interés que genera el pasaje de amo en amo (en este caso de mujer en mujer, mediante una sucesión de seducciones y engaños por parte de Subutex) de un hombre que casi siempre es el beneficiado y no el sufriente. Así, en el camino de Vernon va apareciendo una serie de personajes que son utilizados casi como excusa para que el narrador (o narradora) suelte comentarios sobre aspectos de la realidad -la discusión sobre la sexualidad, sobre los refugiados, sobre el cambio de siglo visto tanto por quienes pasaron su juventud en el XX como por quienes no-, que, aunque uno pueda estar de acuerdo con ellos, no agregan elementos al argumento en un sentido dramático.

¿Dejaría entrar a Subutex en su casa?

En la segunda mitad del siglo XIX, Émile Zola sacudió la literatura cuando, aun sin haber desarrollado su teoría de lo que luego llamaría novela experimental y la corriente naturalista, decidió escribir según los preceptos realistas asentados en la literatura de Honoré de Balzac sobre temas y personajes considerados sórdidos, desterrados por los lineamientos clasicistas del mundo del arte o de las “bellas letras”. Consecuentemente, sus novelas se poblaron de prostitutas, mineros, artistas frustrados, ex convictos, comerciantes y ladrones que eran (contrariamente a la costumbre) presentados con crudeza y lejos de toda idealización o caricatura. Como era previsible, no se hizo esperar el debate en torno al novelista francés (y a sus amigos impresionistas), con ásperas discusiones que dividieron al público y a la crítica entre defensores acérrimos y agrios detractores.

Hoy parece que Despentes quiere hacer algo similar. Incluye en su obra un muestrario de desclasados o despreciados (indigentes, transexuales, actrices porno, yonquis, musulmanas que quieren usar el velo, inmigrantes) que se cruzan con el protagonista, a veces de maneras que resultan forzadas, como completando una suerte de lista diversa que se rehúsa a dejar a alguien afuera. El efecto, sin embargo, no es (ni podría ser) el mismo que suscitó el naturalismo. De hecho, críticas negativas a la trilogía de Subutex, como la de Philippe Lançon, no se escandalizan por su “abyección moral”, ni dicen, parafraseando al uruguayo Luis Melián Lafinur en su juicio sobre Zola, “admito a Despentes en mi intimidad; pero me guardaré muy bien de presentarla en ninguna casa decente”. De hecho, la semana pasada la novelista fue elegida para formar parte de la prestigiosa y clásica Academia Goncourt.

Si la gran riqueza de la película Sin techo ni ley (Agnès Varda, 1985) era presentar, en un magistral juego con el lenguaje del documental, a una protagonista que actuaba como espejo de todos aquellos que se cruzaban en su camino, al final (forzadísimo) del primer tomo de Vernon Subutex, el personaje se nos aparece como una especie de hombre universal que es todos los que padecen en el mundo. O, al menos, en París. De este modo, Despentes logra una sugestiva (cuando se aleja más del panfleto) y en general bien construida novela, que no escandalizará a los críticos ni espantará a ningún buen burgués, pero que se sostiene en su estricta (y tambaleante) contemporaneidad.

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