19 maneras de mirar la patria

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Captura de pantalla de la calle 20 de febrero según Google Maps, tomada el 20 de febrero de 2017 a las 10:10

La partida

Este agujero se llamaba la patria
y temblaba oscuro del rojo.

Era la noche lunga
del sitio.

El aujero respira en raíces, en venas y en la piel vuelta niebla o nada.

Bolsas de portland una sobre otra y la res municipal: manta o tira bien gorda
salada y humeante la cruz con cuero en el pozo,
ese pozo se llama la patria y respira. Cae la grasita, sube el humo
y hace música en los estómagos.

2.

Parece todo quieto,
bajo la nacarada soledad de su traje antiguo
la pierna relajada o tensa en su postura de cariátide
sosteniendo los techos sin esfuerzo, la cara impávida,
sin señales de agotamiento o de dolor,
parada ahí contra la pared en sombras (las hojas de los plátanos, un pájaro momentáneo)
se mira y no se toca, porque levantar el vestido
rasgar la tela suavemente
sólo revelaría vacío o amasijo de granito y cemento.

3.

Atrás quedaron las voces de los personal trainers,
los bull-terriers, los tambores.
Hundo el pie en el barro oscuro, las sombras de musgo sobre los ladrillos,
el denso olor del agua muerta.
Vaciaron el estanque,
estatuita,
y en tus brazos relucen los huevos punzó de los sapos en racimos.

Entramos en la Isla.

4.

Aplasta la carne al voleo, haciendo una masa espesa,
mezcla la harina, cebolla picada fina,
aplasta tendones, los cartílagos,
hiende la boca amarillenta, como un pajonal encendido en carnavales.
Tira la carne a la plancha,
disco de arado sobre piñas y diarios pasados,
tira un huevo al calor y espera, sal y truco.

5.

Meter en el baúl el tronco de eucaliptus inmenso
para prender algún fuego si refresca, dejar el auto en contacto, abrir la ventana,
oler la lluvia en el bañado.
Darle marcha y notar el cosquilleo, el picor de la hormiga colorada
subiendo por las patas hasta el culo.

Salir del auto, ver el maletero hirviente en bichos.
Que todo parecía prevenir el rápido motor
y era suplicio de hachazos y de leña.

6.

Miran en foco todos los carpinchos,
sobre las colas de zorro y entre palmeras altas.
Sabe decir las cosas lentas, para que escuchen,
decir las palabras suaves del exterminio.
Ir poniendo uno tras otro butiá en el frasco, ir separando ese queso,
trenzar el cardo. Madrugar las quejas,
poner las manos al sol
para sentir un escozor que esté vivo.

7.

El durmiente.
Ahí está, de roble o qué
trade mark,
        comido por los vientos.
Ahora el traqueteo invisible de mis momentos le avisa
que ese libro ya se puso viejo.

8.

Nos llamaban a la patria
los despenadores
porque nos comíamos a los hombres sin cocer.
Les clavábamos el filito
en la parte blanda, abríamos la pena para sacarla entera
y masticarla mientras coleteaba.

La planta de la yerba mate crecía sola, como una zarza ardiente en la frontera
podía decir frango, pêssego o abacaxi.

9.

La noche en éxtasis loco,
azimut del sol, tungsteno.
El tiroteo lejano
y el frenesí de la danza,
y del sileno que lame
el angustioso pezón
de la becerra sangrienta
del sacrificio nocturno.
La gallina en la macumba
abre los ojos ya muertos,
y corre, entre los fuegos
desplumándose las alas.
La desesperación final
de las manos implorantes.
De la brasa y el sudor frío.
Y el portazo final cierra
la noche. Música orgiástica
acompaña la huida triste.
Lobregueces de festín.

10.

La mujer miraba el cielo y el cielo
pero éramos esa cosa dura que crece en el río
que sube la sierra como yerba de la piedra
y se mezcla con la gente para decir mi casa.
Éramos esa cosa dura que se mete en medio
y sin mostrarse suspende
porque es un muerto que parece hablar y no dice más que dos palabras.

11.

El pico partido
llevaron al arroyo la voz secreta
de Tramandaí o Aceguá
porque sabían que decir las cosas
es hervirlas.

12.

Abrió la puerta a la terma
y le dio los 55 grados
para curarse el resfrío o morir, galopando como un jinete
en una macana de despeñadero.

13.

Iban los caballos para encontrarse,
iban para tocarse las crines,
oler la marcela en el monte abierto,
la piedra y el agua que toman viejas ovejas britanas
como té de siete yuyos o un caldo chirle.

Iban los cuchillos brillando
el Perdido de golpe de machete abierto en dos la yegua mansa,
el tordillo clavado como una espina,
el milico durmiendo con el rifle para arriba,
apuntándole a la cara, todo dientes.

14.

Espinillar sobre el reguero en el patio
de la piscinita de plástico fucsia para mojar los niños
que sepan al menos qué cosa es un verano.

Y los cabezudos del corso pidiendo indicaciones en la esquina,
perdidos de toda noche.

15.

Decirle permiso a la planta para que no pueda,
que aruera guarde las arañitas en el recodo ese, con mano escondida,
esquivando el choque duro del lazo y la plomada.

Indicar al gringo dónde está la Rambla
que siga las calles, doble en las esquinas, se dé de frente con la estatua aquella
y caiga al mar como una cabra maniatada
y sea ofrenda o camalote flotando río abajo.

16.

Había que saber muchas cosas, los nombres de todas las cosas:
la palma imperial, el guitarrero, la pitanga y Guabiyú.
Había esa sensación de lo raro
cuando marcaba mi casa
“entre mamboretá y guazubirá”
sin ver al tatadiós y al venado.

17.

Sangraba como un chancho
con las patas a los lados suplicando
sobre la bandeja ancha de metal barato
para entrar a un horno que era toda la manzana.
Suplicaba cosas para rendirse entonces,
en un triste ritmo de cosas muertas,
del responso final o la elegía
del celularito con la pantalla partida.

Podíamos hablar seis horas
en un portuñol muy afectado
y sabía gesticular cada desatino
con agudos que se abrían como chingolos.

Estaba ahí cuando entró de una el tajo a abrirle
y se arrastró hasta el cambio con las ventanillas manchadas.

Podía una noche dar una vuelta completa al casino
sin pensar en los ruidos ni en las luces ni en guita.

18.

Para decir alcanzaba con murmurar: ahí va el cusifai, quiero uno de esos cosos que se usan para cortar, pasame el cosito.

19.

O debiera decirse la llegada
de ese indiaje que vació el campo de chajás.
Que dio la carne temblorosa para la parrilla y levantó una mano
para aguantar el barco en el puerto.
Ahí está: baja el viejo zapatón de cuero, pisa el adoquín, tira el mediomundo al río
y lo saca henchido de pescados radioactivos, pejerreyes y de fuerza bruta
de cáñamo o lana o corned beef.
En la esquina alguien toca algo
un tango o milonga para los perros y los cajetillas
que le tiran moneditas de a seis pasos.
Se pone meta a entrar cosas, la bolsa preparada ya
para reventar, la piola tirante, el secreto a voces de un destripe patrio.

Y la pelota mete y saca manchada de cal,
contra un muro que se levantó para acribillar gauchitos.