Poetas líricos en lengua inglesa: Chaucer, Spenser y otros

Primera parte del estudio previo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999), a cargo de Silvina Ocampo.


Semejantes a las láminas de los libros donde los niños aprenden a leer, en la poesía primitiva las palabras representan los objetos con alegre y deslumbradora precisión. Una rosa es una rosa; no es la mejilla de una mujer amada, ni un jardín idéntico a su fragancia, ni un laberinto en miniatura donde se esconde la luz, ni el rocío de la noche sobre la blancura de una paloma dormida; el deleite que produce, todo lo que sugiere y recuerda, todo lo que en ella deja de ser rosa, no define mejor su forma, ni su existencia, que su nombre. En virtud de ella existirán todas las rosas de los futuros poemas; resplandecerá en el amor, en las batallas, en los ríos del poniente; adornará los mosaicos de un palacio o el pecho oscurecido de un leproso; hecha de barro, de papel o de fuego, servirá de emblema o de presagio: será la misma rosa.

Cuando retrocedemos hasta las fuentes de la poesía, internándonos por los inversos caminos del tiempo, nos sorprenden el color intenso de las palabras y la claridad de las imágenes. Al perder los adornos retóricos, los poemas se vuelven más plásticos. Después de pasar por Rossetti, Wordsworth, Donne, Milton y Shakesperare llega un momento en que la poesía inglesa deja de ser musical, como lo es todavía en la obra de Spenser, para ser ardientemente plástica, como en la de Chaucer.

Chaucer retratado por Thomas Hoccleve (c. 1412)

Poco antes del nacimiento de Geoffrey Chaucer, en el siglo XIV comienza la feliz, la admirable historia de la poesía lírica inglesa. “Antes de Chaucer, y en el intervalo que se extiende entre él y Spenser, hay otros poetas; pero sus genios no son comparables con lo de estos hombres célebres. Intentar un estudio de los méritos o deméritos de aquellos otros poetas incumbe a los eruditos de la antigüedad y no a los enamorados de la poesía actual” (William Hazlit, “On Chaucer and Spenser”). Nada o casi nada se conoce de la vida ni de los nombres de los poetas ingleses anteriores. En una época en que sólo algunas personas privilegiadas podían leer, en una época en que no se enseñaba el idioma inglés en las escuelas y en que se ignoraban los rudimentos de la prosodia y de la composición, Chaucer, el padre de la poesía inglesa, como se le ha llamado, emprendió la difícil tarea de escribir largos poemas narrativos en un idioma en formación. Primeramente bajo la influencia francesa, luego bajo la influencia italiana, cumplió con éxito su propósito. Se ha dicho que hizo progresar tanto el idioma, que al morir, nadie, salvo su discípulo escocés, el rey Jacobo, pudo seguir su ejemplo.

Un cúmulo de manuscritos ha sido atribuido a Chaucer y se han hecho largos trabajos para dilucidar los originales.

Su obra puede dividirse en tres periodos: el primero, de influencia francesa, incluye Le roman de la rose, traducción de un poema de Guillaume de Lorris, ampliado, cuarenta años después, por Jean de Meung; el segundo, de influencia italiana, Troilus (que adaptó de Boccaccio), The House of Fame (sugerido, tal vez, por Dante), The Knight’s Tale (de Boccaccio); el tercero, que ha diso considerado el más importante, Canterbury Tales, donde el poeta trató de prescindir de toda influencia extrala,

En Canterbury Tales Chaucer describe vívidamente el mundo que conocía. Sus peregrinos recorren sendas gloriosas similares a las que recorren los reyes, las damas, los nobles y los caballeros ataviados de acero, de terciopelo o de tejidos de oro que pintó su amigo Froissart, en Francia.

Se ha dicho que Chaucer clasificó los hombres como Linneo las plantas. Introdujo por primera vez en poesía inglesa personajes que no son, como fueron hasta ese momento, puramente míticos, sino personajes verdaderos, heterogéneos; y si es cierto que no fue capaz de inventar un solo argumento, supo pintar, en cambio, con extraordinaria lucidez, escenas y anécdotas pintorescas.

Chesterton dijo: “Nunca existió un hombre más creador que Chaucer. Creó un idioma nacional, casi una nación”.

Tres siglos transcurrieron antes de que fuera apreciada, además de la técnica narrativa, la potencia poética en la obra de Chaucer

The lyf so short, the craft so longe to lerne.
Th’ assay so hard, so sharp the conquerynge,
The dredful joye, alwey that slit so yerne;
Al this mene I be love.

[Breve es la vida, el arte ¡qué lento es de aprender!
¡Qué duro es el ensayo! ¡Qué aguda la conquista!
Las dichas siempre atroces, volándose anhelantes:
Todo esto para mí quiere decir amor]

Como presintiendo la lentitud con que sería conocida su obra, con estos versos, donde tirunfa en la línea final el amor, deplora Chaucer la brevedad de la vida y las lentas dificultades del conocimiento. Sus verso ásperos, a veces prosaicos, hacen resaltar la transparente musicalidad de los de Edmund Spenser, su sucesor.

Sweet Spenser, moving through his clouded heaven
With the moon’s beauty and the moon’s soft pace,

[Suave Spenser, moviéndose por su nublado cielo
Con belleza de luna y con paso lento]

escribió el extasiado Wordsworth. Los versos de Spenser fueron, sin lugar a duda, fuente de inspiración. Sus poemas deleitan más a los poetas que a los lectores comunes; por eso Charles Lamb lo llama “el poeta de los poetas”.

Un monótono y largo intervalo se extiende entre la desaparición de Chaucer y la aparición de Spenser. Surgen los nombres de William Dunbar (que disputa con Burns el primer lugar entre los poetas escoceses), Gower, Occleve, Lydgate, Wyatt (el autor del primer soneto en idioma inglés) y Surrey.

Cabe también mencionar aquí las baladas, ya que fueron fuente incesante y preciosa de inspiración para los poetas. Paetencen a distintas épocas, a épocas a veces anónimas, remotas. De menor felicidad verbal, menos ingeniosas que los romances de la poesía española, menos crueles, variadas y extrañas, pero no menos seductoras, no menos candorosas, estas baladas tienen un sabor incunfundible. Algunos títulos acuden a mi memoria: Robin Hood and Guy of Guisbourne, Sweet William’s Ghost, Queen Dido, The Spanish Virgin or Effects of Jealousy, The Lady Isabella’s Tragedy, Fair Rosamond, Edward, Edward, King Cophetua.

Spenser retratado por William Blake (1800)

La vida de Spenser, como la de Chaucer, fue activa; sus aventuras fueron numerosas. A su primera juventud pertenece el libro Hymnes in Honour of Love and Beautie. Complaints (publicado en 1591) es un conjunto de poemas escritos en diferentes épocas de su vida; algunos son traducciones de los sonetos de Joachim Du Bellay y de Petrarca; dos de ellos, “The Tears of the Muses” y “Mother Hubberd’s Tale”, tienen valor intrínseco. La elegía “Astrophel” y “The Shepheards Calender”, (obra que consta de doce églogas, que describen los doce meses del año), fueron dedicadas a Sir Philip Sidney. “Amoretti” y “Epithalamion” son cantos de amor inspirdos por su novia, Elizabeth Boyle.

En su obra más famosa, Faëry Queen, aparece la estrofa spenseriana. Sobre el origen de esta combinación métrica (de nueve versos) interminablemente discutieron los estudiosos de la prosodia inglesa. Se dijo que fue una capacitación de las que se emplearon en las viejas baladas francesas; también se dijo que era de origen italiano y que Spenser, que estaba familiarizado con la octava rima, trabajó sobre ese modelo; modificó levemente la rima, agregó una línea entre la cuarta y la quinta y convirtió el último verso en alejandrino. Byron, Keats, Shelley, Campbell, Tennyson y otros poetas emplearon la estrofa spenseriana.

El brillante manuscrito del Faëry Queen acompañó a Spenser en extrañas aventuras; el poeta acudía a sus hojas en los momentos de recreo. El esquema original del poema es el de la Morte d’Arthur. Algunas narraciones provienen del Orlando furioso, de Ariosto. Es un romance alegórico, que refiere a la situación de Inglaterra, Irlanda y del Continente durante el reinado de Isabel. La obra debió desarrollarse en doce libros; se publicaron sólo seis; algunos se perdieron; el último no fue escrito.

Los último años de la vida de Spenser fueron tristes: en 1597, cuando fue nombrado jefe de policía de Cork, durante una rebelión su casa fue saqueada y quemada. Murió en Westminster, arruinado. Ben Jonson asegura, erróneamente, que murió de hambre y que al rehusar las últimas monedas de oro enviadas por el conde de Essex agregó que no tendría tiempo de gastarlas.

Los versos de Spenser fueron severamente juzgados por Sidney, Ben Jonson y otros de sus contemporáneos. Southey mencionó a Spenser como “el gran sacerdote de todos los misterios de las musas” (yet not more sweet / than pure was he, and not more pure than wise, / High Priest of all the Muses’ mysteries). Milton, respetuosamente, lo llamó “nuestro sabio y serio poeta”.

Sir Philip Sidney, autor de los famosos sonetos Astrophel and Stella, tuvo gran influencia sobre los poetas de su generación. Ninguna de sus obras fue publicada durante su vida. u muerte heroica inspiró a Spenser la elegía “Astrophel”.

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