Una novela gótica

Reseña de Bravura de Emmanuel Carrère (Barcelona: Anagrama, 2016), que salió en la diaria el 10 de marzo de 2017 y que aproveché para acompañar con traducciones de fragmentos de Percy B. Shelley, Mary Shelley y Lord Byron. La imagen es un grabado de la Villa Diodati, mansión cercana al Lago de Ginebra que fue hogar de Lord Byron entre junio y noviembre de 1816.

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Si algo caracteriza a Emmanuel Carrère es su capacidad de jugarse todo en cada novela. El francés, autor de obras tan disímiles como El adversario (2000), De vidas ajenas (2009) o El Reino (2014 -que, sin ánimos de hiperbolizar, es una de las mejores novelas de lo que va de este siglo-), no se guarda absolutamente nada, y por eso sus libros son tan extraños; a la vez ensayísticos, autobiográficos, ficcionales y repletos de datos y fórmulas, personajes absorbentes e historias de imaginación desbordada. En los últimos años, la editorial Anagrama, aprovechando su creciente fama internacional, se ha dedicado a editar algunas de sus publicaciones iniciales, como El bigote (1986) y Bravura (1984), en las que ya se ve, como en una piedra en bruto pueden verse brillos secretos, al novelista genial, arriesgado y brutal en que se convertiría Carrère.

Bravoure es el título original y viene de la frase “un morceau de bravoure”, empleada para referirse al pasaje de una obra en el que el autor hace alarde de sus capacidades, y que en español pierde todo sentido (en inglés la traducción, algo mejor, fue Gothic Romance). Sin embargo, el nombre, explicado en la contratapa, da la pauta de la característica casi experimental, o de ejercicio literario, de esta novela. En ella Carrère hace un despliegue impresionante de las capacidades de la ficción bajo una premisa que, como sería habitual en su obra posterior, lleva hasta sus límites, porque acaso esa sea la única forma genuina de plantear una premisa así: explorando consecuentemente cada una de sus posibilidades, sin que nada quede por ponerse a prueba. La historia elegida, en ese sentido, no puede ser mejor ni más novelesca (aunque sea estrictamente real).

1816 es recordado como “el año sin verano”, porque a la erupción del monte Tambora (1815), en lo que hoy es Indonesia, siguió un descenso abrupto de la temperatura en todo el hemisferio norte y particularmente en Europa; lo que produjo una densa niebla y copiosas lluvias, que en muchos países arruinaron las plantaciones y llevaron hambre y miseria a lugares tan lejanos del incidente como Alemania o Irlanda. En junio de ese año, a orillas del lago de Ginebra, donde un grupo de ingleses intentaba matar la abulia, nacieron los monstruos que poblarían nuestras pesadillas hasta hoy. En una de esas noches sin estrellas, en la Villa Diodati, Percy Bysshe Shelley, su futura esposa Mary Wollstonecraft Godwin, Lord Byron y su médico y secretario John William Polidori idearon una competencia: cada uno escribiría una historia de terror como las que leían en las antologías francesas de cuentos de fantasmas alemanes, y luego decidirían cuál era más aterradora.

De esos días oscuros y ociosos surgieron “El vampiro”, de Polidori, narración de mediana calidad literaria pero que sería el modelador del vampiro moderno (en el que se inspiró Bram Stoker 80 años después para su Dracula); un fragmento de novela de Byron (que narra, en el formato epistolar que todos habían aprendido de Rousseau, un viaje a Oriente y la extraña muerte de uno de los viajantes); y una de las novelas más importantes de la historia: Frankenstein o El moderno Prometeo, precursora de las novelas de terror y de ciencia ficción modernas, que sería publicada en 1818.

Carrère se sirve de la figura marginal y atribulada del suicida Polidori (y, más adelante, de la a menudo incomprendida de Mary Shelley) para diseñar una narración formidable que alterna tiempos, lugares (el presente con la historia de Ann, una escritora por encargo que se ve en medio de un misterio, o el pasado en Londres y Suiza), puntos de vista y narradores; una historia que a su vez engendra historias dentro de historias que en el paroxismo se encuentran y se contienen unas a otras especularmente, poniendo en tela de juicio no sólo los distintos estratos de realidad de cada uno de los protagonistas en el papel, sino también la idea de realidad hacia afuera (es decir, la del lector), para lo cual se sirve de un uso inteligentísimo de obras de los autores ficcionalizados, de sus diarios, de libros críticos y biografías, de anécdotas y menciones que crean una inmensa densidad y una profunda sensación de vértigo e inestabilidad.

Así, obras de teatro imaginadas, asesinatos simulados, falsas atribuciones, una serie de novelas rosa que esconden las claves de resistencia a una invasión alienígena en escala mundial, cuentos de desapariciones y tortura en Siberia, engaños, temores, celos y robos literarios en el siglo XIX inglés, persecuciones eruditas, cambios de personalidad y superposición de nombres y seudónimos, búsquedas de tesoros fabulosos, resurrecciones y transmutaciones se suceden en un concierto delicado, bellamente dirigido por un novelista que, en su segunda novela (y a sus 27 años), era ya consciente de su talento y manejaba con una soltura admirable la técnica narrativa. Es por eso que las caídas ocasionales de pulso, algunos pasajes que agotan la lectura, sus imperfecciones y una frivolidad simpática -que, por otro lado, es de algún modo parte del estilo de Carrère- son detalles menores cuando se ven enmarcados en el auténtico tour de force que es Bravura, una obra intensa y despiadada que reclama un lector abierto a la continua sorpresa y a la felicidad.


La rebelión de los poetas: un reproche amistoso y tres traducciones

Gran parte del placer de la lectura de la novela, que llega más de 30 años tarde a nuestro idioma, radica en ver los comienzos virtuosos de quien sería uno de los novelistas más interesantes del panorama internacional. Otra parte, en conocer, desde un punto de vista poco habitual las vidas apasionadas de tres de los creadores más geniales de la lengua inglesa.

Vale tener en cuenta que en 1816 Mary Shelley tenía 19 años; Percy, 24; y Lord Byron, 28. Los tres fueron, en su tiempo y en el nuestro, auténticos revolucionarios, y sus excentricidades, como el chaleco del dandy, no fueron accesorias, sino que constituyeron la forma misma de su rebelión contra lo establecido. Por eso es importante entender el ensayo Una vindicación de la dieta natural (1813) o el poema “La máscara de la anarquía”, de Percy B. Shelley, la participación de Lord Byron en la guerra independentista griega o Valperga (1823), de Mary Shelley (una de las primeras novelas históricas escritas por una mujer), no como caprichos o rarezas, sino como parte central de sus postulados estéticos. Esto, que por otra parte no tenía por qué constar en la novela de Carrère, es fundamental para leer, tal vez no a estas figuras noveladas (que no dejan de ser piezas en un juego que el francés juega con absoluta maestría), pero sí a las que tomaron a Europa por asalto, a fuerza de versos nuevos y desacatos a la moral imperante.

Tres fragmentos

“El pasado”, de Percy Bysshe Shelley

1.
¿Olvidarás las horas felices
que sepultamos en los jardines dulces del Amor,
apilando sobre sus cadáveres
frías flores y hojas, y no musgo?
Flores que eran nuestras alegrías,
y hojas que eran las esperanzas que aún tenemos.

2.
¿Olvidarás al muerto, al pasado? Sin embargo
hay fantasmas que pueden vengarse por él,
memorias que hacen del corazón una tumba,
remordimientos que sobrevuelan la oscuridad del espíritu
y en espeluznantes susurros dicen
que la alegría, una vez perdida, es dolor.

Fragmento de Manfredo (II; 1, 56-63), de Lord Byron

¿Pensás que la existencia de veras depende del tiempo?
Es cierto; pero las acciones son nuestros hitos: las mías
han hecho mis días y mis noches imperecederos,
eternos e iguales como la arena en la orilla,
innumerables átomos; y un desierto estéril y frío,
en el que las salvajes olas rompen
pero en el que nada descansa, salvo esqueletos y naufragios,
rocas, y las saladas hierbas marinas de la amargura.

Fragmento del capítulo IV de Frankenstein, de Mary Shelley

Un ser humano perfecto debe siempre conservar una mente calma y en paz y nunca permitir que la pasión o un deseo fugaz distraigan su tranquilidad. No creo que la búsqueda del conocimiento sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que te dedicás tiende a debilitar tus afectos y a destruir tu gusto por esos placeres simples que ninguna mezcla puede confundir, entonces ese estudio es negativo, es decir, no propio de la mente humana. Si esta regla fuera siempre observada, si nadie permitiera que ninguna búsqueda interfiriera con la tranquilidad de sus afectos domésticos, entonces Grecia no se habría esclavizado, César habría protegido a su país, América habría sido descubierta más gradualmente, y los imperios de México y Perú no habrían sido destruidos.

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