Una semana de bravura

Hace unas semanas empecé a leer Bravura, de Emmanuel Carrère. Publicada originalmente en 1984, recién el año pasado fue traducida al español y editada por Anagrama. La novela, que se centra en la famosa “noche de los monstruos” y en las figuras de Percy Bysshe Shelley, su futura esposa Mary Wollstonecraft Godwin, Lord Byron y su médico y secretario John William Polidori, me hizo ver algunas que hace tiempo vengo pensando en torno a Oscar Wilde, a Rubén Darío, a Andy Warhol… El dandismo, la superficialidad, los mundos imaginados. Términos que tienen mucho de condena y que obstruyen una lectura inteligente de la bohemia del siglo XIX y posterior, imposibilitando la comprensión total de un fenómeno principal para el arte. Por eso cuando escribí la reseña de la novela aproveché para traducir algunos fragmentos y reivindicar un costado de los artistas que Carrère transforma en personajes que me parece crucial.

A menudo me ha molestado leer valoraciones que separan cierta “actitud exquisita” de nociones como el “compromiso” o el “arraigo”, como si hubiera una línea divisoria clara entre una y las otras. Es común que se presenten los atributos “excéntricos” como meros caprichos, rarezas de snobs. La idea del elitismo de la escritura, nombretes como “torremarfilista”, “evadido”, “idealista”, “romántico”, “decadente”, “formalista”, “preciosista” y una vinculación absolutamente enajenante entre cierta escritura y ciertos supuestos anti-populares son una constante en parte de una visión manida de la literatura y de la política.

Hace meses que trabajo en una investigación sobre Émile Zola, su muerte y las reacciones de las intelectualidad montevideana ante el suceso. Desde Roberto de las Carreras a Emilio Frugoni, desde Eduardo Acevedo Díaz a Julio Herrrera y Reissig, desde Alberto Nin Frías a Víctor Pérez Petit, todos los principales exponentes de la cultura en el Uruguay del Novecientos se manifestaron y los estudios de esas manifestaciones han sido, hasta ahora, escasos y, a menudo, muy parciales. Afortunadamente, en los últimos tiempos libros como La mejor de las fieras humanas de Aldo Mazzucchelli o El amor libre en Montevideo de Marcos Wasem han comenzado a rehabilitar a figuras poco y mal leídas. Esta semana, mientras seguía pensando en algunos textos críticos clásicos, como el prólogo de Ángel Rama a Psalmo a Venus Cavallieri y otras prosas, en Byron y en los Shelley, tuve una suerte triple.

Primero, de hacerme, gracias a Soledad Platero, con el décimo número de la Revista de Ensayos del colectivo Prohibido Pensar que bajo el título “Violencia” presenta una serie contundente de textos, entre los que se encuentra “El código sangriento”, del argentino Christian Ferrer. Escribiendo sobre el movimiento británico de los luddistas,  que entre 1811 y 1816 se levantaron en contra de las nuevas máquinas que destruían el empleo artesanal, Ferrer recuerda, entre otras cosas, que poco antes de abandonar Inglaterra Lord Byron publicó “un verso ocasional en cuyo colofón se lee Down with all the kings but King Ludd“.

En segundo lugar, de encontrar, en el número 41 de la revista de arte La Pupila, un artículo de Riccardo Boglione sobre las estrategias editoriales de Roberto de las Carreras, que en general se vieron como gestos de su “aristocratismo” supuesto. Boglione, sin embargo, desmonta esa idea y postula un plan de lectura mucho más atractivo: “quizás”, dice, “haya llegado el momento de considerar plenamente que, en el esmero editorial de algunos de sus tomos, en el amplio abanico de formatos y recursos gráficos recorridos, se encuentra no ya el pavonear vacío del dandy aburrido, sino un proyecto de ampliación de la noción de texto que involucra, como elementos esenciales del mismo, aparatos paratextuales, visuales y táctiles generalmente considerados meros adornos”.

En tercer lugar, de hablar con con Alberto Gallo para el programa del 23 de marzo de Efecto Mariposa, completamente dedicado a la novela de Carrére y al “año sin verano”. Haciendo clic en el reproductor se puede acceder a mi intervención.

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