En la tierra de entre

Reseña de El regreso de Hisham Matar (Salamandra: Barcelona, 2017), que salió en la diaria el 27 de abril de 2017.


Un niño de nueve años vive en Trípoli, Libia, entre persecuciones, amenazas y llamadas misteriosas que son consecuencia de las actividades de su padre, un acérrimo opositor del tiránico Muamar el Gadafi.

Un adolescente, que vive exiliado con su familia en El Cairo, ve su vida cambiar drásticamente tras la muerte repentina de su madre y la sospechosa desaparición de su padre, supuestamente a manos del régimen de su país natal, y debe abandonar su hogar para refugiarse en Londres, donde intentará aprender a vivir con esas ausencias.

Un hombre vuelve a Libia por primera vez en 33 años, más de dos décadas después de que su padre, líder de la disidencia contra Gadafi, desapareciera secuestrado en El Cairo, donde vivía exiliado con su familia.

De este modo se pueden resumir las tramas (simplificándolas muchísimo) de Solo en el mundo (2006), Historia de una desaparición (2011) y El regreso (2016), los tres libros publicados hasta la fecha por el escritor libio Hisham Matar.

Nacido en 1970 en Nueva York, pasó su infancia entre esa ciudad y Trípoli, hasta que, cuando Hisham tenía nueve años, su padre, el empresario Jaballa Matar, fue acusado de enemigo de la revolución y perseguido por el régimen de Gadafi, que había tomado el poder en 1969 tras derrocar al rey Idris, quien a su vez había proclamado la independencia libia 18 años antes, luego del extenso período de dominación italiana que había comenzado en 1912. A partir de 1979, entonces, los Matar debieron vivir en el exilio en El Cairo, hasta que, en 1986, Hisham (el menor de dos hermanos) se fue a estudiar a Londres. Pero fue cuatro años después cuando se produjo el verdadero punto de inflexión en sus vidas: Jaballa Matar, que había seguido organizando desde Egipto parte de la resistencia al régimen de Gadafi, fue secuestrado en El Cairo. Poco se ha sabido de él desde entonces.

Más allá (o más acá) de la ficción

Si se dijera que uno de los tres libros mencionados al principio ganó el Pulitzer en la categoría biografía/ autobiografía, cabría preguntarse cuál de ellos fue. Si, además, se dijera que uno de esos libros estuvo nominado al premio Booker, que destaca las mejores novelas de cada año en lengua inglesa, la pregunta se complicaría aun más. Lo cierto es que, aunque los primeros dos libros de Matar tienen una relación clara con su propia vida, sólo con el más reciente que aquí se comenta, titulado originalmente The Return: Fathers, Sons and the Land In Between (El regreso: padres, hijos y la tierra entre ellos), el autor se atreve a poner su nombre, estableciendo un nuevo pacto con el lector, esta vez de no ficcionalidad, que no se cumple en sus libros anteriores, porque estos cambian datos o circunstancias y porque, más allá de su temática, son novelas bastante convencionales desde el punto de vista formal.

Aunque es verdad que con la ficción Matar había alcanzado ya alguno de sus propósitos de denuncia (prueba de esto es que su primera novela fue prohibida en Libia), con la incorporación de nombres reales (de aquellos que colaboraron con su búsqueda y de los que le fallaron, de los desertores y los mártires), y de fechas concretas y rastreables, con El regreso escribió una obra que de algún modo es algo así como una memoria, no ya meramente de su relación con su padre, su abuelo paterno, su madre, su primo guerrillero, su tío menor, su esposa o su hermano (que lo es, también), sino también de su propia lucha. Con una densa historia previa de intervenciones públicas, de artículos (de hecho, el primer capítulo del libro es una versión ampliada de una colaboración del autor para The New Yorker publicada en 2013), de cartas, de reivindicaciones y de manifestaciones, El regreso es de algún modo el recuento de su búsqueda obstinada de la verdad, que a menudo toma ribetes kafkianos, en conversaciones en las que la maldad, la estupidez, la banalidad y el odio se confunden, al tiempo que lo patético, lo abyecto, lo siniestro y lo decadente se manifiestan a la vez, en un solo gesto, como en el mensaje que uno de los hijos del dictador le envía por respuesta, reduciendo todo su sufrimiento a un emoji burlón.

En la prosa reposada, reflexiva y concisa que ya había demostrado dominar en sus primeras novelas, Matar recorre los principales acontecimientos de su vida y la de su familia en forma no cronológica, que sólo abruma por lo que leemos más allá: esas imágenes del verdadero horror, de la prisión de Abu Salim, esos almuerzos espeluznantes con las autoridades del gobierno de facto en lujosos hoteles ingleses, mendigando información, las historias luctuosas que rodean la masacre de 1996, en la que se calcula que más de 1.200 prisioneros fueron asesinados. Y, por más que desde un punto de vista estrictamente literario poco importe si los hechos narrados son realmente reales, el triunfo del libro estriba en el talento de Matar, que no confía en la mera fuerza de lo narrado, sino en su trabajo con las palabras, y alterna la crónica periodística con la especulación de novelista, el comentario de obras de arte y la inteligente opinión política con una sutil manera de describir personas y lugares. El gran logro tal vez sea, por eso, la escritura misma, que transmite una extraña conjunción de distancia y de intimidad, de un profundo dolor que no es del todo dolor, sino de algo que está en cierto lugar intermedio. Algo intermedio que se puede relacionar, tal vez (pensando en el subtítulo cercenado en la edición española), con esa tierra “entre” -la vida y la muerte, la adultez y la niñez, ser hijo y ser padre, el saber y el desconocimiento, la tierra de los ancestros y la tierra de exilio, la realidad y la ficción-, y con eso que todavía no se anima a ser esperanza ni duelo, y que sólo conocen aquellos que no han obtenido respuestas.

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