“La tradición rioplatense es la excentricidad”: entrevista a Marcelo Cohen

El año pasado, como parte de un artículo sobre William Shakespeare y sus traductores uruguayos, que salió luego en el número 41 de la revista Lento, entrevisté al argentino Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951).
Cohen es narrador y ensayista, y su obra como escritor y editor es vasta y diversa. Ha publicado novelas como El oído absoluto e Impureza, conjuntos de cuentos como El fin de lo mismo y varios libros de ensayo, entre los que se destaca Música prosaica, sobre traducción. Tradujo obras de teatro, poesía, narrativa y ensayo del inglés, del italiano, del francés y del portugués y dirigió el proyecto de la editorial Norma “Shakespeare por escritores”, que publicó en los primeros años del siglo XXI todas las obras de teatro y poemas del bardo.
Los uruguayos Roberto Appratto, Roberto Echavarren, Amir HamedCirce Maia se encargaron de Enrique VI, Troilo y Crésida, Dos nobles de la misma sangre y Medida por medida, respectivamente.

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Ilustración de Leandro Bustamante

Has traducido obras de muchísimos idiomas, ensayos, narrativa, teatro, poesía: ¿cómo fueron tus inicios como traductor? ¿cómo es traducir tantas lenguas, tantos géneros?

Las ganas de traducir, de hecho una necesidad, aparecieron naturalmente junto con la lectura y la escritura. A los 19 años más o menos yo escribía, creo, muy mal pero leía muchas cosas diferentes: surrealismo, Vallejo, Cortázar, Rulfo, Pessoa, ciencia ficción, novelistas y poetas anglosajones. Hacia 1973 más o menos Ediciones de la Flor publicó la correspondencia de Dylan Thomas. Leí ese libro y entré en la leyenda de Thomas, en sus relatos, y su poesía me deslumbró y me cautivó; además circulaba entonces un disco de él recitando a pleno vozarrón, así que me puse a traducirlo. Me costaba un riñón lograr algo remotamente parecido a la música de ese amante de los sonidos de las palabras, pero empezaba a entender un poco qué es la literatura. A los dos años de vivir en Barcelona me ofrecieron traducciones y un año después ya había decidido que iba a tratar de vivir de eso. Por un buen rato traduje lo que me daban las editoriales, cosas buenas y libros infames. Yo había estudiado inglés y algo de francés; en España estudié portugués e italiano, clases particulares, y lógicamente aprendí catalán con mis amigos barceloneses. Ningún idioma lo conocía a fondo. Como autodidacta diletante, tenía algo de empedernido. –
En realidad, no se ama verdaderamente la literatura si no se aman las lenguas. Con la concentración en cada libro, con las letras de las canciones, con la lectura en otros idiomas, prestando atención al sonido en el cine… Si lo que uno busca es conocer una lengua, el resto lo aprende en la mismo acto de traducir, que, cuando uno lo hace por profesión, es difícil, neurótico, instructivo, placentero y rutinario. Lo mejor para un narrador, que mira atentamente el mundo pero desde la forma verbal que sueña para cada relato, es alternar todos los días con visiones, estilos, formas, imaginaciones de otros. Salir de sí mismo. Aparte de esto, traducir también es escribir. En cuanto a la diversidad de géneros, es lo mismo que cuando uno lee. La poesía es la experiencia más aguda de búsqueda de contacto con lo Real, pero uno lee de todo.

También tenés una abundante obra propia como crítico y como narrador, ¿cómo se conjugan esas actividades, la escritura y la traducción?

Traduciendo, a uno se le ocurren muchas observaciones, bobas o sorprendentes y entonces uno anota. En muchas ocasiones fui reseñista, un trabajo que me tomaba como si escribiera un diario de lecturas. Y es que yo no concibo escribir ficción sin pensar constantemente cómo se hace, qué es una frase, qué son la representación o la autonomía. No soy un crítico. Sólo que para mí no existe escribir sin pensar qué es escribir, elegir y valorar. De ese pensamiento, que me viene por rachas, salen ensayitos, crónicas, polémicas.

¿Qué significa hacer literatura desde América, desde el Río de la Plata?

Bueno, no hay más remedio que recordar por millonésima vez lo que dijo Borges: que nuestra tradición es toda la literatura universal. Sólo que leída, apropiada y utilizada desde los acentos, condiciones y sustratos de nuestra cultura, o nuestra historia, o nuestros deseos, hallazgos, extravagancias e imposibilidades. Por así decir, se escribe sumando a Faulkner y Onetti, Shakespeare, Cervantes y la poesía gauchesca, Nietzsche y el tango y el rock en rioplatense, Capote y Rodolfo Walsh. Por suerte, porque algunas cosas no hemos tenido, como verdaderos maestros de la novela. La tradición propiamente rioplatense es la excentricidad.

¿Cómo se traduce a Shakespeare desde acá y desde hoy, 400 años después de su muerte?

Atendiendo a lo que digo en la respuesta anterior y leyendo a la vez la superficie, la textura y la música de la lengua de Shakespeare; o viceversa. Y con este cuidado: yo pienso que se traduce dentro de la tradición de las traducciones, al español de las traducciones; por eso la actualización tiene que ser cuidadosa.

¿Cómo surgió el proyecto “Shakespeare por Escritores”? ¿por qué por escritores?

La crítica y los estudiosos han dicho muchas veces que los clásicos hay que traducirlos cada treinta años. En español, el único Shakespeare completo que había a fines del siglo pasado era el de Astrana Marín, una traducción heroica y muy buena, pero en prosa y a una lengua que en más de cincuenta años había pasado por muchos avatares. Entonces lo más importante era dar cuenta de la ampliación y afirmación (y proliferación) de las diversidades nacionales y locales. El español reclamaba manifestar su diversidad y su derecho a la apropiación y comprensión de una obra que, entre otras cosas, fundó la tipología moderna de lo humano.
Sabiendo que en otras lenguas y en la nuestra había habido escritores que habían traducido o versionado a Shakespeare (Pablo Neruda, Luis Cernuda, Idea Vilariño), pensé que sería inmejorable intentar una traducción hecha por escritores de toda Iberoamérica que tuvieran experiencia en la traducción o fueran traductores profesionales. En España algunos editores dudaron de la viabilidad del proyecto (y la rentabilidad, creo), pero Moisés Melo, entonces director literario de Norma en Colombia, y Fernando Fagnani, de Norma Argentina, lo tomaron con entusiasmo. Armamos un equipo muy reducido, con Mirtha Rosenberg y la extraordinaria editora Silvina Cucchi. Nos dieron cinco años para hacerlo y, por una cuestión presupuestaria, media oficina, un teléfono y un fax. La mayoría de los que contacté lo tomaron con entusiasmo, pasión, cautela, dedicación y a veces sufrimiento. Otros no se atrevieron; unos pocos, por fin, se rindieron y me devolvieron el encargo a mitad de camino.

Hay un número grande de autores uruguayos entre los traductores escogidos ¿recordás cuál fue el criterio de selección?

A Echavarren lo conocía; había leído su obra y lo había escuchado en público. De Appratto conocía artículos, y Elvio Gandolfo me urgió a leerlo y llamarlo. Circe Maia es una poeta leída en las dos orillas del Plata, por lo menos. A Amir Hamed, hoy uno de los narradores y ensayistas más renovadores y radicales de nuestras literaturas, lo acercó Roberto Echavarren. Shakespeare nos hizo amigos, y hoy esa amistad no deja de prosperar, y tampoco mi admiración.

Una vez elegidos los escritores, ¿te acordás caso a caso cómo decidiste qué obra le tocaba a cada cual?, ¿fue en base a sus obras personales?

En algunos me pareció que cierta obra los iba a tentar. En otros les ofrecí obras que me parecían afines con sus visiones y sus mundos. Iba reservando algunas para las que mentalmente tenía candidatos ideales. Y a medida que pasaban los meses, claro, las opciones se reducían; así que tuve que ofrecer cuatro o cinco naipes, a veces, y otras veces preguntar simplemente si querían traducir una obra determinada. Creo que nadie me dijo “Esa no me interesa”.

¿Entonces no es cierto que Idea Vilariño no aceptó por considerar la obra que le había tocado muy menor?

No, no es cierto. Idea Vilariño me explicó que ella estaba traduciendo varias de las obras mayores de Shakespeare para la editorial Losada. Y me constaba que ya se habían publicado algunas.

¿Qué pensás de los resultados finales?

Me parece que conseguimos plasmar una poética general del estado de la lengua española en el campo de la traducción. Usamos los localismos medidamente. En Como les guste, hecha por el cubano Omar Pérez, hay un “guajiro”, por “campesino”, hay expresiones hogareñas, o proverbios populares, hay recursos a argots en las injurias o palabrotas. Es una serie de traducciones que actualizan el idioma, lo multiplican, incorporan el verso shakespeariano, la métrica y el orden de los elementos de la frase, y por supuesto las imágenes. Suena, hemos constatado que los textos pueden decirse sin envaramiento en puestas en escena y creemos que la mayoría de las obras son debidamente fieles, dentro de lo limitadamente posible en este terreno. Pero están hechas con un criterio que nos parecía importantes: las innovaciones en la traducción se dan en la tradición de traducir a cada lengua; no se introduce impunemente el voceo de repente, por ejemplo, porque la traducción es un género literario que crea su propia recepción y su peculiar lectura y escucha. Y en cada idioma ese género tiene tantas particularidades e historia como la novela, el cuento o lo que sea. Quiero decir que si se puede actualizar la forma en que Falstaff blasfema o el trato que da al joven rey, no se puede, creo yo, dejar que el lector pierda la noción de que eso está sucediendo, no en un bar montevideano o una cantina del DF, sino en una taberna inglesa del siglo XIV. No se ofrece a Shakespeare si se borra el paisaje.

Hoy este proyecto es una de tus más importantes contribuciones a la literatura latinoamericana, ¿cómo se ve, tantos años después? Si la hicieras de nuevo, ¿qué cambiarías?

Si lo hiciera de nuevo me pondría a estudiar buena parte de los libros sobre Shakespeare que se han escrito desde entonces, algunos colmados de interpretaciones hechas según el nuevo horizonte de conocimientos, y alguna de las ediciones nuevas en inglés que se añadieron a las canónicas. Vería nuevas puestas en escena y, si existiera alguien capaz de financiar el proyecto, lo encararía con la generación de escritores de nuestra lengua que apareció en los últimos quince años. Así tendríamos dos Shakespeares completos hechos con las mismas ideas, pero con resultados sucesivos.

 

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