Cultura y/o/versus civilización

Reseña de Cultura de Terry Eagleton (Barcelona: Taurus, 2017), que salió en la diaria el 19 de mayo de 2017.


Vivimos un momento de fuertes discusiones en torno a ciertos valores que se asociaron tradicionalmente con las ideas de cultura y civilización. Un momento en el que, desde distintas áreas de la academia, se cuestiona la supuestamente indudable cualidad positiva de esos conceptos, al tiempo que -a veces simplificándolos- se intenta desenmascarar ciertas relaciones de poder y lugares comunes que establecen una división clara entre ellos y, por ejemplo, las ideas de “naturaleza” o “barbarie”. Es por eso que el nuevo libro de Terry Eagleton llama tanto la atención, ya desde el título, y exige una lectura reposada.

Eagleton es, no cabe negarlo, uno de los críticos literarios más reconocidos de la actualidad. Nacido en 1943 en Inglaterra, tiene en su haber casi cuarenta libros entre obras de teatro, novelas, memorias y ensayos sobre literatura, religión y política. Veinte de ellos fueron editados en los últimos años y han sido, casi en cada caso, éxitos de venta, aun aquellos que suscitaron comentarios poco halagadores por parte de la crítica especializada.

El método Eagleton

En una famosa reseña de su libro Después de la teoría (2004), William Deresiewicz marcaba algunas de las principales características de Eagleton como escritor, diseccionando cualidades y falencias de su estilo. La primera de esas características es, según el reseñista, la prolificidad, muy fácil de comprobar si se ve su extensa y siempre creciente lista de títulos. La segunda es el autoplagio, y Cultura, su último conjunto de ensayos hasta la fecha (al menos en nuestro idioma, porque en enero de este año salió en inglés Materialism), no es la excepción. Siendo el tercero que se centra en el concepto que le da título, tras las publicaciones de La idea de cultura (2000) y de La cultura y la muerte de Dios (2014), esto es casi inevitable. Así, el capítulo que abre el volumen, “Cultura y civilización”, debe mucho al primero del libro de 2000, que como este comienza rastreando, en casi los mismos términos, los distintos significados del concepto central. Si bien trata temas nuevos, como la noción de cultura para Edmund Burke o la visión que sobre el tema tenía Oscar Wilde, esbozos de estas ideas pueden encontrarse en Saint Oscar (1989), Crazy John and the Bishop and Other Essays on Irish Culture (1998), Por qué Marx tenía razón (2011) y El sentido de la vida (2007). Esto no quita, por supuesto, que a veces el texto brille con luz propia, ni que el libro sea un interesante modo de acercarse a las propuestas de Eagleton, pero no es suficiente.

Otra de las características señaladas por Deresiewicz, que ningún lector puede pasar por alto, es la prosa ágil del inglés, que tiene un estilo tan particular como fácilmente decodificable, reconocible pero no simplista ni oscuro, con ocasionales relampagueos de genio y un uso a menudo inteligente del humor inglés, rico en juegos de palabras e ironías. Este último rasgo, que en principio parece ser una buena cualidad en un libro de crítica, pasa a ser uno de los mayores problemas desde un punto de vista ideológico.

Lo que provoca ese humor, con su tono sencillo y limpio, es que el lector se deje llevar y corra, por eso, el riesgo de terminar asintiendo mecánicamente ante (permítaseme el término) pavadas que suelta el autor, a veces con arrogancia. Porque incluso en secciones en las que uno puede compartir el tono escéptico o burlón (como la que desglosa y liquida los prejuicios de la posmodernidad, con sus blandas políticas inclusivas y su obsesión por la identidad, o la que critica la muerte de la universidad como centro de pensamiento crítico), se echa de menos una exposición profunda de los postulados que se quiere rebatir. Menciona, por ejemplo, a “los pensadores posmodernos” sin dar apenas nombres, y los condena de plano a opiniones y posiciones que no sabemos si forman parte, efectivamente, de su literatura o son meras caricaturizaciones que terminan condenando, sin citarlo jamás (es decir, sin darle la palabra) a Gilles Deleuze, casi el único francés nombrado en todo un libro que trata sobre dos conceptos que tanto deben al pensamiento de Francia como cultura y civilización.

Eagleton francófobo

¿Cómo se puede hablar de las relaciones entre naturaleza y cultura y mencionar apenas dos veces a Jean-Jacques Rousseau? ¿Cómo puede definirse civilización sin al menos nombrar a Victor Riquetti o a los revolucionarios de 1789? La distinción y el antagonismo entre un término y el otro, que a menudo relacionan la idea de civilización con el sanguinario proyecto colonial, se basan en una pérdida de su origen etimológico, que en realidad la vincula con la ciudad y, de este modo, con la palabra y la vida en sociedad. Sin tener en cuenta esto, Eagleton suelta frases en extremo reduccionistas como “Los alemanes tienen a Goethe, a Kant y a Mendelssohn [es decir, la cultura] mientras que los franceses tienen el perfume, la alta cocina y el Châteauneuf-du-Pape” (o sea, la civilización). No satisfecho, en medio de una explicación de las ideas de Johann Gottfried Herder (que abunda, sin criticarlas, en metáforas biológicas) sostiene que “el lenguaje llega a la vida como una suerte de poesía y madura, robusto y aromático, pero se vuelve anémico a medida que la civilización va cayendo en refinamientos vacíos: en una palabra, en el afrancesamiento”. Lo que no parece notar, tanto cuando erige a Wilde en apóstol de la cultura como cuando defiende a esta contra el capitalismo, es que esos refinamientos no son jamás vacíos y constituyen, en muchas ocasiones, una forma de resistencia al utilitarismo y la lógica mercantil.

Estas críticas no niegan que el libro sea, en términos generales, una buena presentación tanto del tema como de su autor, muy bien escrita, con una bibliografía caprichosa pero amplia y momentos realmente brillantes (como el estudio sobre Jonathan Swift), ni que, aunque a veces se pierda en inconsistencias (la pluralidad de significados de la palabra “cultura” parece confundir al autor, y por momentos es difícil comprender a qué acepción del término alude) y a veces parezca más una unión de retazos (por el tono ensayístico de algunos textos y el casi periodístico de otros), presente, en un mundo cada vez más signado por la tibieza teórica, una postura contra la cual (y este verbo es lo que importa) escribir, que no es poco.

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