Shakespeare oriental

En la semana santa del año pasado comencé a contactarme por mail con Roberto Appratto, Roberto Echavarren, Amir Hamed y Circe Maia, los traductores uruguayos de Shakespeare, pensando en un artículo sobre el bardo, que fue publicado luego en el número 41 de la revista Lento, junto a una entrevista al argentino Marcelo Cohen.

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Ilustración de Leandro Bustamante

“bless thee! Thou art translated”
William Shakespeare
A Midsummer Night’s Dream (III, 1)

Traducir es, como el modo más intenso de lectura, volver propio lo ajeno. Es, entonces, transformar y de ahí su origen latino, traductio, literalmente “mover algo de un lugar a otro”. Según el Dictionary de Samuel Johnson, de mediados del siglo XVIII, “Translate” es transportar o remover, a la vez que interpretar en otra lengua y explicar. En el sentido de “transformar” es como utiliza la palabra y sus variantes William Shakespeare, por ejemplo, en las primeras escenas del cuarto acto de Hamlet o del segundo de As You Like It, o en la cita que sirve de epígrafe a este artículo. Si uno fuera un traductor pícaro, podría decir “¡bendito seas! Has sido traducido”, pero uno es honrado y dice, un poco triste por la pérdida que eso significa: “¡bendito seas! Has sido transformado”.

La traducción literaria tiene, en nuestro país, una larga historia. Por tomar algún punto de partida podríamos recurrir a Francisco Acuña de Figueroa, quien pasó al español algunos poemas latinos, parafraseó en verso fragmentos de la Biblia y tradujo el himno francés. Después de él, casi todos nuestros mayores poetas y narradores se dedicaron a la doble tarea de escribir y traducir, con diversa fortuna. Así, haciendo una selección caprichosa que recorre la historia de nuestra literatura, podemos pensar en los poemas franceses que Herrera y Reissig vertió al español, la prosa de Kafka que tradujo Héctor Galmés o la poesía de Tomas Tranströmer que Roberto Mascaró pasó del sueco a nuestro idioma. Con Shakespeare la historia también es larga.

El precursor es Antonio Pereira, hijo del presidente Gabriel Pereira, quien entre 1891 y 1894 tradujo, en su modesta opinión como “un aficionado”, Romeo y Julieta, Hamlet, Julio César y El rey Lear (todas publicadas en folletos que pueden consultarse en la Biblioteca Nacional). Habría que esperar hasta los años cuarenta para que Eduardo Dieste, tío del ingeniero, tradujera veintiún sonetos (Montevideo: Independencia, 1944), que Esther de Cáceres juzgara la mejor versión castellana. En 1964 Tabaré Freire publica su traducción de Macbeth (Montevideo: Síntesis, 1964); y, en colaboración con Emir Rodríguez Monegal, Idea Vilariño traduce en verso Hamlet (inédito) para su representación por el Teatro Odeón (ese mismo año el crítico traducirá a su vez Noche de reyes con la colaboración de Mario Benedetti en la traslación de las canciones, versión que publicará Losada en 1994). A partir de ahí comenzará una serie que, siempre por encargos editoriales o de compañías teatrales, llevará a la poeta a traducir, manteniendo el verso y la prosa de los originales, las obras Antonio y Cleopatra (Lima: Academia Peruana de la Lengua/Biblioteca Abraham Valdelomar, 2016), Sueño de una noche de verano (Buenos Aires: Losada, 1997), nuevamente el Hamlet (Montevideo: Banda Oriental, 1974) en un intento de “borrar la imagen de la traducción anterior”, como me refirió Pablo Rocca que Vilariño le dijo más de una vez; Macbeth (Montevideo: Técnica, 1977; Buenos Aires: Losada, 1995), Medida por medida (Buenos Aires: Losada, 2000), La Tempestad (inédita), Rey Lear (Buenos Aires: Losada, 2003), Julio César (Buenos Aires: Losada, 2004) y la introducción y los capítulos dedicados a Hamlet y a Macbeth del clásico Shakespearean Tragedy de Andrew C. Bradley (publicados por La Casa del Estudiante en los setenta). De fines de los sesenta son, por su parte, las traducciones de Enrique Fierro de Como gustéis y de algunas escenas de Romeo y Julieta, ambas realizadas para su estudio en secundaria.

A fines de 1999 la editorial Norma comenzó a publicar los distintos volúmenes de la colección “Shakespeare por escritores”, que había encargado al traductor argentino Marcelo Cohen, y que había reunido autores contemporáneos de habla hispana con el fin de traducir, por primera vez desde que Luis Astrana Marín lo hiciera en 1929 para la editorial Aguilar de Madrid, las Obras Completas de Shakespeare al español. Cinco uruguayos fueron requeridos para esa colección: Idea Vilariño, que era quien tenía, como se ha visto, mayor experiencia en la actividad fue invitada pero declinó; no así Roberto Appratto, que tradujo las tres partes de Enrique VI, Roberto Echavarren, que lo hizo con Troilo y Crésida, Amir Hamed, que por primera vez vertió al español la obra Dos nobles de la misma sangre (escrita por Shakespeare en colaboración con John Fletcher, con quien además compartió la autoría de Enrique VIII y Cardenio, obra perdida que estaba inspirada en el personaje cervantino) y Circe Maia, a quien le tocó Medida por medida. Hoy, salvo la de Troilo y Crésida, todas estas versiones se pueden encontrar en las Obras Completas de Shakespeare publicadas en español por Penguin/Random House, mientras que gran parte de las obras traducidas por Idea Vilariño pasaron a formar parte de las Obras Completas publicadas por Losada en cuatro tomos entre 2008 y 2009, en una edición al cuidado de Pablo Ingberg. En el año del Bardo, y tantos años después, los entrevisté, como ya había hecho Javier Uriarte en el 2001.

¿Puede Shakespeare hacerse uruguayo? Hamed responde que sí, que “se lo puede hacer sonar en uruguayo y mantener el temple del original”. Es que, traducir un autor significa, como sostiene Appratto, “entenderlo más” y de ese modo acercarlo a nosotros. Esa misma experiencia realza Circe Maia cuando afirma que lo importante para ella fue “estar varios meses en contacto directo con esos personajes, con ese mundo que de pronto se volvía extraordinariamente cercano, palpitante, vivo”. Porque traducir no es sólo “crear un canon”, como dice Echavarren, sino también, según sus palabras “penetrar una obra, resolver los problemas que el poeta articuló en sus versos” y de esa forma “captar la economía, el ritmo del texto, y serle fiel en términos equivalentes”. Entre la traición y la fidelidad, entre el respeto que infunden los clásicos y la familiaridad de quien convive con nosotros por semanas, meses, años, se mueve el traductor. Siempre buscando expresar en un lenguaje que es potencialmente infinito (el idioma de llegada) un lenguaje restringido, que es el de la obra.

Todos los elegidos tenían, además de una importante obra detrás, una rica experiencia con la traducción, disciplina que aprendieron de forma autodidacta y a través de los vínculos que se establecen entre los poetas. “La mayor influencia en mi tarea de traductor fue la del poeta brasileño Haroldo de Campos”, dice Echavarren, que acota que de Campos, además “escribió ensayos acerca de la traducción, que él llamaba ‘transcreación’” fundando de este modo su aprendizaje no en nuestro país (que tenía como exponentes a las principales figuras de la generación del 45) sino afuera, a través de una figura también fundamental para poetas como Washington Benavídez, Eduardo Milán o Appratto mismo. Hamed cuenta que aceptó la invitación de Cohen antes de saber qué obra le tocaría y, que al descubrirlo y, sobre todo, al comenzar a leerla, pensó: “Yo no sé inglés”. Esta dificultad se reitera en todos. Maia, que ya había adaptado algunas escenas de La fierecilla domada para sus alumnos de Secundaria, dice al respecto “Traducir a Shakespeare desde Uruguay –y más concretamente desde Tacuarembó– resultó un verdadero desafío. Empezando, por un lado, por el problema de la gran lejanía temporal,–el inglés de hace quinientos años–, y por otro el propio mundo que rodea a sus personajes, tan lejano a nosotros”.

Sin embargo, a pesar de estas perplejidades iniciales, pronto, y a través del sonido en cada uno de los casos, Shakespeare se les fue haciendo cercano, casi íntimo. Recuerda Hamed, “decidí leer la obra en voz alta y descubrí que yo podía hacerla sonar igual en castellano, y eso me dio las fuerzas y la confianza”, revelación que de algún modo comparte con Maia, quien asegura que en cierto punto se dio cuenta de que el verso blanco de Shakespeare, en general formado por versos de cinco pies (medida de sílabas según dos tiempos importada del latín y del griego) y sin rima, pasaba sin mayor dificultad a versos de catorce sílabas (el alejandrino español). En ese mismo punto sitúa Appratto el desafío: en “trasladar estructuras y sonidos para que funcionen en castellano igual que en inglés”. En el caso de este proyecto, ese desafío era aún mayor, porque requería no sólo traducir al español, sino hacerlo a una variedad más cercana al rioplatense, y, como dice Hamed, “un proyecto como el de traducir a Shakespeare por americanos implicaba que pudiéramos hacernos cargo del canon shakesperiano y, en ese sentido, volverlo propio”.

Entonces, ¿por qué es importante traducir? Hamed es en ese sentido categórico: porque “una cultura que traduce es una cultura viva, dispuesta a dar cuenta del mundo”. Y, un poco más, ¿por qué es importante traducir a Shakespeare? En este caso la respuesta de todos es contundente. Mientras que Appratto sostiene que al traducirlo no sólo lo atraemos a nosotros, sino que además probamos “su vigencia como escritor, como manipulador del lenguaje”, Maia hace una afirmación más general, y argumenta que “volver a Shakespeare, como volver a Homero o a Cervantes es darnos la oportunidad de asombrosos descubrimientos, de cosas que habíamos pasado por alto, y de altísimo valor poético y humano”. En ese sentido habla también Hamed, que reafirma la necesidad de la lectura de las grandes obras de arte “para recordarnos que el mundo no empezó hoy, y que hubo una edad en que los humanos se atrevían a enfrentar su deseo y hacerse cargo de las consecuencias” y es así que “uno no sale de Otelo o de Macbeth siendo el mismo; sale mejorado”. Y es que, en definitiva, Shakespeare, desde su a veces oscuro barroquismo (pienso por ejemplo en la escena inicial de la obra traducida por Hamed) nos acerca a una época que, como dice Echavarren “es relevante para nosotros porque fue el primer momento de la emancipación del individuo moderno”. De este modo, traducirlo, hacerlo nuestro, leerlo, y estar en contacto con su drama, con su tormenta, con su ruido y con su furia, nos hace más independientes, más dueños de nosotros, mayores.


Mini biografías de los entrevistados

Roberto Appratto (Montevideo, 1950) es poeta, narrador y profesor universitario. Ha publicado decenas de artículos críticos sobre literatura y cine y libros de poesía como Velocidad controlada, Cuerpos en pose o Sin palabras, el último a la fecha; novelas como Íntima o Mientras espero; el ensayo autobiográfico Se hizo de noche, el libro de ensayos narrativos Impresiones en silencio; y el libro de teoría La ficcionalidad en el discurso literario y en el fílmico.

Roberto Echavarren (Montevideo, 1944) es poeta, profesor y crítico. Ha alternado su producción personal con la edición de varias obras definitivas, sobre todo a través de la editorial La Flauta Mágica, que dirige. De su extensa bibliografía sobresalen los libros de poemas Animalaccio, Aura AmaraCentralasia, novelas como El diablo en el pelo, varios conjuntos de ensayos y antologías. Ha traducido del alemán, del inglés, del portugués y del ruso. Así mismo, el año pasado se editó una traducción al inglés de su libro de poesía El expreso entre el sueño y la vigilia realizada por Donald Wellman con su colaboración.

Amir Hamed (Montevideo, 1962) es escritor, editor, traductor y músico. Se ha dedicado mayormente a la narrativa y al ensayo, con novelas como Artigas Blues Band, Troya blanda, y Febrero 30 y libros de ensayo como Retroescritura, Mal y neomal y la trilogía que conforman Encantado, Ella sí (de particular interés porque tiene como centro una reflexión sobre la traducción y lo intraducible) y M. Se destaca a su vez su trabajo como miembro del comité editorial de la revista Interruptor y como colaborador habitual de su columna on line.

Circe Maia (Montevideo, 1932) vive desde 1962 en Tacuarembó. Profesora de Filosofía, es una de las mayores poetas de nuestro país, y ha publicado obras fundamentales como En el tiempo, Cambios, permanencias, Destrucciones, Breve sol y su más reciente libro de poemas, Dualidades. Ha escrito un relato con visos autobiográficos, Un viaje a Salto, y en las últimas décadas se ha abocado a traducir sobre todo del griego y del inglés, práctica sobre la que reflexiona en su libro de ensayos La casa de polvo sumeria. De 2015 es The Invisible Bridge, una antología de poemas traducidos al inglés por Jesse Lee Kercheval.


Bibliografía consultada
(selección)

Cohen, Marcelo. Música prosaica. Buenos Aires: Entropía, 2014.

Hamed, Amir. Ella sí. Montevideo: H editores, 2014.

Lafarga, Francisco y Luis Pegenaute (eds.). “Pereira”. Diccionario histórico de la traducción en Hispanoamérica, 2013: 338-340.

_______. “Uruguay”. Diccionario histórico de la traducción en Hispanoamérica, 2013: 440 -446.

_______. “Vilariño”. Diccionario histórico de la traducción en Hispanoamérica, 2013: 465-467.

Larre Borges, Ana Inés (ed.). Idea. La vida escrita. Montevideo: Cal y Canto, 2007.

Maia, Circe. La casa de polvo sumeria. Montevideo: Rebeca Linke Editoras, 2011.

Ortiz, Julia. “Prácticas traductoras en el Río de la Plata: El caso T.S. Eliot”. Revistas culturales del Río de la Plata. Diálogos y tensiones (1945-1960). Pablo Rocca (ed). Montevideo: Universidad de la República, 2012. 85-105.

Raviolo, Heber y Pablo Rocca (eds.). Historia de la literatura uruguaya contemporánea. Una literatura en movimiento (poesía, teatro y otros géneros). Montevideo: Banda Oriental, 1997.

Rocca, Pablo. “La poesía o la vida. Enrique Fierro (1941-2016)”. la diaria (23/5/2016).

Uriarte, Javier. “Los traidores a William”. Brecha (11/5/2001): 30-31.

_______. “Una esclava fiel: Idea Vilariño y sus traducciones de Shakespeare”. Revista de la Biblioteca Nacional 9.6 (2014): 251-259.

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