“Él en sí mismo es todo una textura”: Amir Hamed sobre Osiris Rodríguez Castillos

Hoy cumpliría 92 años Osiris Rodríguez Castillos y aprovecho la efemérides para compartir, primero, otro fragmento hasta ahora inédito de la larga entrevista que le hice a Amir Hamed a fines del año pasado para la diaria, en el que habla del poeta y cantor; segundo, un disco suyo que roza la perfección y, tercero, un fragmento de la novela de Hamed de la que hablamos.


Algo que me sorprendió de Febrero 30 es que nombrás y citás mucho a Osiris Rodríguez Castillos.

Es muy buen letrista. A él lo mencionaba ya en Orientales

Sin embargo no incluiste poemas suyos en la antología.

Hay que ver si resiste el papel. [Bob] Dylan resiste el papel, es uno de los mayores artistas que dio el siglo XX, y sigue siéndolo en el XXI. Lo que pasa es que la lírica puede ser escrita o cantada y a mi me parece que Osiris Rodríguez Castillos era un letrista espectacular.

Creo que en la novela está la prueba: resiste el papel.

Sí… Ahí empezó con el juego de un personaje que se llama Osiris, pero ganó una densidad por sí mismo. Y es que él en su truco inventó un género que después encontró la voz de [Alfredo] Zitarrosa, que era un portento en sí mismo… pero Rodríguez Castillos era verdaderamente un artista. En Orientales por lo menos tenía que conseguir 10 páginas por autor, pero siempre me pareció un letrista fascinante.
Y en la novela lo de Rodriguez Castillos cae con una textura, con un temple propio, con la misma figura que en realidad lo recita, porque las figuras caen con su calibre. Yo tengo un sistema compositivo muy musical y Rodríguez Castillos aporta mucho a todo un clima en la novela. No sólo hay un personaje que se llama Osiris, sino que está también ese peso de la intrahistoria, como llamaba Unamuno a la historia no-política, y Rodríguez Castillos ha estado en la fábrica de nuestra cultura, porque ha estado de banda de sonido por ahí siempre, aunque casi no identifiquemos su voz porque la mayoría son versiones. Él en sí mismo es todo una textura.

Además de ese nombre tan sugerente.

Me acuerdo que lo escuchaba desde chiquito, me lo había hecho escuchar mi padrino. Pero después te olvidás y lo reencontrás en las letras de Zitarrosa o por ahí. Me parece una figura finísima.

Y esa parte de la novela lo pedía.

Eso, sí, fue cayendo. Y yo no le discuto a la novela. Cuando la novela me dice “Ahí viene”, lo pongo, aunque no estuviera en el plan original.

A fin de cuentas, han sido páginas preñadas de tinta negra lo que le ha dado más color a su vida, aquellas que siempre le abrieran mundo, cuando lo de alrededor más sofocante se hacía. ¿Acaso de chico no recitaba aquellas letras, las de Rodríguez Castillos, que repasaba una y otra vez en ediciones populares: Gurisito pierna flaca/ Barriguita de melón/ Donde hay tanta vaca gorda/ No hay ni charque para vos./ Tu bisabuelo hizo patria,/ tu abuelo fue servidor,/ tu padre carneó una oveja/ y está preso por ladrón. No le entraría bien la música, está claro; las letras sí, que recitaba con un énfasis que dejaba a los paisanos roncos, las palmas ardientes de aplaudir, y hasta vivando en el billar, retribuyendo con frituras, con naranjita, con galleta.

A la selva de latas que hacen la pinturería ya la Micaela la tiene bien leída, por lo que bastaría desbrozar por ahí, en un costado, y de repente mechar, por más no decir, los libros del cuñado, o también los de Sando, para exponerlos a la gente, para que los conozcan. ¿Y por qué no, derechamente, abrir una sección libros? Le va a preguntar a Sando; él y Morgana vienen editando cosas y deben saber rumbearlo. A fin de cuentas, sigue este Silvio viviendo lo mismo que antes, de palabra, como cuando recitaba, para fuera o para él, ya no de tan chico, cuando la dictadura lo tenía exiliado al Osiris Rodríguez y él, ya derrumbado el rancho junto al río, ya durmiendo en cualquier parte, se lo decía así, en Vergara, Treinta y Tres o Buenos Aires: El río más largo del mundo/ no es el Nilo sino el Yi/ Que nace en nordeste Durazno/ y muere esta noche en Madrid.

En fin, modo habrá de encontrarle la vuelta a estos bolsillos ardientes. Siempre ha habido alguna, desde que encarnaba el anzuelo en el arroyo: ni bien sumergido, se repetía en voz baja, preparándose para el bagre magnánimo y fatal que habría de venir a aplacar el rezongo de las tripas: Hay un camino en mi tierra/ del pobre que va por pan,/ camino de los quileros/ por la sierra de Aceguá./ Tal vez, sin ser tan baqueano/ cualquiera lo ha de encontrar,/ pues tiene el pecho de piedra/ pero el corazón de pan.

Fragmento de Febrero 30 (Montevideo: HUM, 2016)

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