Herland

Reseña de la miniserie de HBO Big Little Lies, creada por David E. Kelley y dirigida por Jean-Marc Vallée (con Reese Witherspoon, Nicole Kidman, Shailene Woodley, Alexander Skarsgård, Adam Scott, Zoë Kravitz y Laura Dern), que salió en la diaria el 14 de julio de 2017.

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Sube el telón. Pronto entendemos que es una cortina, pero para ese entonces la obra ya se habrá puesto en movimiento. Una vez abierta esa cortina, la ventana, que da a una playa turquesa del Pacífico, es la posibilidad de entrar en la vida y también en la ficción. Baja el telón y vemos, como a través de unos binoculares, a las mujeres en la playa. Somos esa cámara que “muestra” tanto como “crea”. En el centro esquivo hay un cadáver, porque alguien murió, aunque (y en televisión lo sabemos, por lo menos, desde la primera temporada de Twin Peaks en 1990) eso puede ser lo de menos. Es decir que, por más que el misterio sea la fuerza que mueve la trama, no es lo importante. Al menos no lo es tanto como todo lo que lo anticipa, como lo que lo prepara y lo sobrevive.

Big Little Lies es la primera incursión en la pantalla pequeña del canadiense Jean-Marc Vallée, conocido sobre todo por sus largometrajes, tan disímiles entre sí como La joven Victoria (2009) y El club de los desahuciados (2013). Se trata de una miniserie de siete capítulos, que se transmitió por HBO y está basada en la novela homónima de Liane Moriarty publicada en 2014. La adaptación corrió por cuenta de David E Kelley, creador de éxitos para televisión como las series Ally McBeal y Justicia ciega. Con un elenco de grandes nombres, un póster bastante horrible, una trama centrada en un grupo de adineradas amas de casa californianas y un título un poco tonto (“grandes pequeñas mentiras” sería la traducción literal), sólo cabía esperar lo peor. Sin embargo, basta ver el primer capítulo para notar el error que eso supondría.

La serie puede ser pensada, junto a mucho de lo mejor que hoy se ve en televisión, como una extensa película dividida en siete capítulos, cada uno de ellos con su título; sigue la llegada a Monterrey de Jane Chapman, una madre soltera y de inestable situación económica (interpretada por Shailene Woodley), y su interacción con el grupo de madres de la selecta escuela pública a la que manda a su pequeño hijo, y sus maridos. Pero en el principio (o, para ser más exactos, en el final) hay un muerto.

¿Quién murió? ¿Quién es el culpable? ¿Cómo pasó? Apenas vemos destellos de la noche fatídica y oímos, en un formato casi documental, los testimonios de algunos de los padres. Este recurso, popularizado en la televisión por True Detective y luego replicado por The Affair, tiene en Big Little Lies una vuelta de tuerca que, de hecho, ya está en el libro que inspiró la serie: los testigos no saben mucho más que nosotros y funcionan, más que para aclarar el caso policial, como una suerte de personificación del sentido común, del prejuicio y de la mediocridad, casi como un coro griego (así lo llamó Emily Nussbaum, crítica de la revista The New Yorker) que lo juzga todo con evidencias mínimas. Es interesantísimo ver, por eso, que la superposición de las narraciones orales y las imágenes a las que se refieren (que tendemos a relacionar, tal vez ingenuamente, con “lo real”), revelan una distancia a veces payasesca y otras brutal: detrás de las fachadas perfectas, lo sabemos ya, subyacen vidas atormentadas. Esto, que tiene mucho de lugar común, es no obstante tratado con pericia, para lograr una trama convincente que, a la vez que sorprende desde lo formal (tiene una de las escenas de violación más impactantes que haya visto), es una aguda disección de la violencia.

Violencia en las casas, violencia en la escuela y en la calle. En un entorno aparentemente ordenado y perfecto, en el que los intereses pasan por las comodidades y la actualización de las redes sociales, y la guerra más atroz parece ser la que se libra entre las “madres a tiempo completo” y las que ejercen una profesión, la serie profundiza en los lazos de la rivalidad femenina, pero también en la hermandad, sin caer nunca en la simplificación. De este modo, entonces, Madeline Mackenzie, la rubia naif (un papel que ya sabemos que Reese Witherspoon maneja a la perfección), resulta ser una mujer culposa y vengativa, pero también determinada y generosa; la mezquina e inteligente Renata Klein (interpretada por la versátil Laura Dern) es a su vez insegura y honesta; y tras la mente abierta de la empática Bonnie Carlson (personificada por Zoë Kravitz), la segunda esposa del ex de Madeline, se esconde una sombra, que por suerte no se revela del todo (como sí sucede en el libro).

En este excelente conjunto de actrices, que complementan quienes interpretan a los maridos (hay que destacar al espeluznante Alexander Skarsgård y al ambiguo Adam Scott) y a los hijos (un elenco infantil brillante), Nicole Kidman merece una mención aparte. La actriz, que desde hace unos años está viviendo un resurgimiento de su carrera, vuelve, con su papel como la atormentada Celeste Wright, a ser la que cautivó a Stanley Kubrick en Ojos bien cerrados (1999), y es la que con mayor soltura representa, con sus gestos, su tono de voz y sus movimientos, esa dualidad que es la esencia de la serie, además de confirmarse como una de las pocas actrices que escenifican el sufrimiento con sobria maestría.

Vallée conjuga –como en la película Alma salvaje (2014), por ejemplo (y la menciono solamente porque es la primera vez que trabajó con Witherspoon y Dern)– los recuerdos, los sueños y lo que efectivamente ocurre en el presente de la obra bajo la forma de destellos visuales cercanos al collage, y potencia, mediante el sonido, la unión de los personajes, cuyos gritos (de ira, de placer, de dolor, de alegría) se mezclan en una superposición que persigue y logra la fusión entre los personajes femeninos. Sin obviar críticas a ciertas posturas frente al “ser mujer”, sobre todo mediante la relación de Madeline con su hija mayor y la de esta con su madrastra, la serie no elabora un discurso contra la violencia ni a favor de ninguna causa, sino que es en sí misma discurso cuestionable, acusable, compartible. Así, se mete de lleno en temas que a menudo se tratan con cierto maniqueísmo (en un esquema de “culpables” y “víctimas”) y se muestra como una obra no menos contradictoria que el comportamiento humano. En ese sentido, además de ser una fascinante tragedia contemporánea, Big Little Lies es una reflexión sobre la femineidad y, más centralmente, sobre la naturaleza inasible de la verdad.

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