Cuestionario Proust: Gabriel Peveroni

Gabriel Peveroni es montevideano, escritor y periodista cul20613980_10155712376077642_575838103_ntural nacido en el año 1969. Entre sus publicaciones destacan las novelas La cura (1997) y Los ojos de una ciudad china (2016). Varias de sus obras teatrales han sido estrenadas, entre ellas Groenlandia, Berlín y Shanghai, todas dirigidas por María Dodera. Las tres conforman una trilogía posdramática sobre el “no lugar”.
Dirigió la revista Freeway y actualmente conduce el programa de videoclips Ojos rojos.
Administra el blog La culpa la tuvo Manu Chao.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

La felicidad absoluta se parece demasiado a deslizarse en bicicleta por una bajada, en un camino rural, una mañana de otoño de sol y sin mucho viento. Solo eso, y viene a ser una felicidad más que imperfecta, porque se sabe que para llegar hasta ahí el camino es tortuoso, y a eso se suma que un rato después vendrá una pendiente o un viento en contra de esos que son bien peleadores y resienten el ánimo.

¿Cuál es su mayor miedo?

Caer en una de esas bajadas. Porque es más fuerte el golpe cuando se viene disfrutando. Porque aunque se esté alerta, es mucho más difícil evitar que los daños sean graves. Porque, en definitiva, es un poco ridículo y avergonzante. Imaginate. Seguro que alguien te ve y puede decir algo así como “ese tipo, pobre, el que venía en la bajada, llevaba una sonrisa rara cuando se hizo mierda”. Aunque, pensándolo bien, es un digno y honesto epitafio.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de los demás?

¡Que no presten atención cuando tengo ganas de hablar de ciclismo y no de otras cosas más serias, como literatura, música pop o política! O, peor aún, que digan “claro”, “claro”, y busquen desesperadamente cambiar de tema. Pero hay algo que me gusta aún menos: los que repiten las últimas palabras que dice el que está hablando. Eso hace que la conversación se estanque y no se derive, que en todo caso es una forma de mejorar el discurrir de las cosas.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí mismo?

Seguir hablando de lo mismo, de bicicletas, por ejemplo, o de derivas… Lo que más deploro, y ahora sí dejo de dar vueltas, es guardarme ciertas cosas, no expresarlas. Esto me hace experto en desvíos, lo cual está bueno para la creación y también para lo laboral, pero me va coartando la comunicación con las personas cercanas y tiendo a dejar que las cosas se resuelvan por inercia o por el simple transcurso del tiempo. Y me voy quedando en silencio.

¿Quién es la persona viva que más admira?

A nadie en particular. O a muchos. Porque creo que todos hacemos lo que podemos y a la mayoría nos sale más o menos bien, o más o menos mal… Lo realmente admirable es el empeño por seguir intentándolo y tratar de sobrevivir. Eso es en definitiva algo que admiro: levantarse, salir adelante. Pero también es admirable dejarse llevar, dejarse caer, desprenderse de todo.

¿Cuál es su mayor extravagancia?

¿No usar Netflix ni WhatsApp? ¿Prescindir desde hace años de lavarme el pelo con shampoo? ¿Intentar la lectura de toda la obra de César Aira? ¿Escuchar discos de Los Lagos de Hinault? ¿Ser fan del ciclista Nairo Quintana? ¿Vivir en Uruguay? Sin embargo, insistir en vivir en Uruguay no parece muy extravagante. Ni siquiera se trata estrictamente de una insistencia. En todo caso, viene a ser un acto inercial, no muy meditado. Digamos que se trata de circunstancias que te van llevando a ser extravagante. No uso Netflix ni miro series porque prefiero leer. No tengo WhatsApp porque no me gusta la comunicación instantánea. Y así sucesivamente.

¿Cuál es su actual estado de ánimo?

Alterado. Hace un rato presencié una pelea callejera, en la puerta del almacén de la esquina y todavía sigo un poco nervioso. Éramos pocos testigos, y nadie se atrevió a intervenir. El instinto fue mirar. Fue un mano a mano, a piñas, entre dos jóvenes que se gritaban y se puteaban y cada vez se ponían más violentos. Hubo sangre. La madre de uno de ellos, el que mejor boxeaba, gritaba como una desaforada.

¿En qué ocasión miente?

Cuando me preguntan si está todo bien. Cuando me preguntan si está todo mal. Cuando me preguntan cosas sobre las que desconozco la respuesta. Por eso a veces tiendo a no contestar y prefiero colocarme en situación de mirar, escuchar o leer. Sobre todo leer, aunque los grandes lectores suelen ser los mayores mentirosos. Ahora, por ejemplo, estoy leyendo esto que vengo escribiendo y reescribiendo desde hace días: un maldito cuestionario Proust que me enviaron por mensajería instantánea de Facebook. No miento.

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?

No usar barba, tampoco bigote. No tomar mate.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre?

Lo femenino. Y viceversa.

¿Y en una mujer?

Lo masculino. Y viceversa.

¿Qué palabras o frases utiliza con demasiada frecuencia?

“Voy en camino” y otras variantes como “estoy yendo”. Suelo estar desplazándome o en lugares diferentes a los que debería estar. Es una discontinuidad provocada por años de multiempleo y que me facilita el placer por las largas caminatas o bicicleteadas por la rambla o caminos rurales. A veces me detengo, entro a un bar, pido un cortado con una mandioca, abro la compu y escribo la respuesta a la pregunta sobre qué palabras o frases utilizo con demasiada frecuencia.

¿Quién o qué ha sido el amor de su vida?

Viene siendo, sería más correcto. Por suerte ese amor se mantiene intacto y se multiplicó el año pasado con el nacimiento del pequeño Bruno, que se suma a Camila y Julieta (*). Puedo decir, con certeza, que cuando tropecé con ella, con Paty, mi vida tomó un rumbo más divertido y menos exasperado. Hay otras cosas, no sé si llamarlas “amores”, que se me presentan en relación a objetos culturales: sobre todo libros y discos. Y bicicletas.

¿Dónde y cuándo fue más feliz?

Las dos veces fue en Buenos Aires, lo que vendría a demostrar que los pequeños viajes suelen ser los mejores. Fui muy feliz también en varios otros viajes, lo que también ejemplifica que el salir de lo habitual es una buena y necesaria estrategia. Pero vuelvo a Buenos Aires: la final de la Copa América, en Núñez, desde la tribuna mirando jugar juntos a Suárez y a Forlán. Estuve ahí con Paty y mis dos hijas. Y el recital de Pulp… la banda que más deseaba ver de todas las bandas musicales que admiro. Fue en el Luna Park. Y anoto otro ritual de felicidad: cada vez que llego con la bici, al final de Belloni, bien al norte de la ciudad, por Puntas de Macadam, de donde sale la desconocida y bellísima ruta 66.

¿Qué talento le gustaría tener?

Soplar y hacer botellas. De todos modos, sería aburridísimo tener ese talento, que solo serviría para acumular más y más riqueza, lo que lleva a más y más basura. Es algo parecido a lo que pasa en el mundo contemporáneo: al mismo tiempo que todo se ha vuelto más accesible, la cantidad de basura —incluyo en ella al exceso de información, de los llamados “contenidos”— hace que todo se vuelva más insatisfactorio y lleno de botellas vacías y desperdicios.

¿Qué cambiaría de sí mismo?

Pensar menos. Mirar menos y actuar más. Dejar de sentir culpa por no terminar las cosas. Escribir más corto. Me detengo acá: la lista podría ser incontenible.

¿Cuál es su mayor logro?

Haber encontrado una serie de caminos y senderos, montado en mi bici roja, que unen Piedras de Afilar con la ruta 9, sin conocer la ruta de antemano (de hecho, no aparece en los mapas, ni siquiera en los que compré en el Servicio Geográfico Militar). Tengo la certeza, siempre, que hay que seguir adelante, aunque se esté absolutamente perdido o no se vea la solución. Algo similar me sucedió otras veces, por ejemplo, con la escritura de la novela Los ojos de una ciudad china, o con cosas más trascendentes como ver crecer a mis hijos.

Si muriese y pudiera reencarnarse, ¿qué sería?

Otro.

¿Dónde le gustaría vivir?

A mi casa en Montevideo le agregaría un portal para viajes de teletransportación.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Hace diez minutos que no me decido entre una edición en vinilo del primer disco de Los Estómagos o la edición en ruso que compramos con Paty, en Nueva York, de la La vida breve, de Onetti. Casi todas mis cosas son libros y discos. No puedo evitarlo. Pero la posesión más preciada es la bicicleta roja, con la que hice en los últimos años unos veinte mil kilómetros. Eso sí, se me ocurre que estoy lleno de posesiones intangibles, muy variadas e innumerables, que por cierto ocupan mucho más espacio.

¿Qué es para usted lo más profundo de la miseria?

Pretender tenerlo todo.

¿Cuál es su ocupación preferida?

Andar en bicicleta por caminos rurales.

¿Cuál es su característica más marcada?

No parar.  

¿Qué es lo que más valora de sus amigos?

Que sean capaces de recordarme cosas que se me olvidan. Cosas que suelen ser las esenciales.

¿Quiénes son sus escritores favoritos?

En novela Roberto Bolaño, César Aira, Mario Levrero, João Gilberto Noll, Amelie Nothomb, Alberto Fuguet, Bret Easton Ellis, Emmanuel Carrère, Lalo Barrubia, Rafael Courtoisie, Agustín Fernández Mallo, Michel Houellebecq, Ramiro Sanchiz. En dramaturgia Bernard Marie Koltés, Rafael Spregelburd, Sarah Kane, Sergio Blanco, Guillermo Calderón, Gabriel Calderón. En poesía Julio Inverso, Amanda Berenguer, Luis Pereira, Roberto López Belloso, Charles Bukowski, Cristina Peri Rossi. En canciones Charly García, Jarvis Cocker, Ian Curtis, Tulsa, Christina Rosenvinge, Camila Moreno.

¿Quién es su héroe más preciado de ficción?

Ziggy Stardust. ¿Ziggy Stardust? ¿Sabían que Ziggy Stardust muere en un poblado ignoto de la provincia argentina del Chaco? Esa y algunas otras circunstancias se cuentan en la novela que continúa la saga Los ojos de una ciudad china?

¿Con qué figura histórica se identifica más?

¿Histérica?

¿Quiénes son sus héroes en la vida real?

Los ciclistas que compiten en el Tour de France, el Giro de Italia o la Vuelta a España. Los favoritos, pero también los gregarios. Todos. En estos dos últimos años mi héroe máximo viene siendo Nairo Quintana, el colombiano, uno de los mejores escaladores de todos los tiempos.

¿De qué es lo que más se arrepiente?

De suponer que arrepentirse no sirve para absolutamente para nada.

¿Cómo le gustaría morir?

Acostado.

¿Cuál es su lema?

Se me olvidó.

(*) De dos hijas pasé a tener tres hijos, lo cual es todo un dilema de géneros y mis amigos tuvieron que cambiar la pregunta cómo están tus hijas por cómo están tus hijos.

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