Otro sueño de los héroes

Reseña de El monarca de las sombras de Javier Cercas (Barcelona: Random House, 2017), que salió en la diaria el 28 de julio de 2017.


Hasta 2001, es decir, hasta la publicación de Soldados de Salamina, el español Javier Cercas (nacido en 1962) era poco más que un desconocido. Una anécdota asombrosa de la Guerra Civil, un estilo personalísimo y el juego inteligente con los hechos y la ficción (ese género que en inglés se llama faction) le dieron una novela que mereció los elogios de escritores tan disímiles como el japonés Kenzaburo Oé, la estadounidense Susan Sontag y el francoestadounidense George Steiner, y el casi inmediato favor del público. Tanto es así que apenas dos años después ya se había hecho una adaptación cinematográfica.

A partir de ese momento, propiciado sobre todo por una reseña entusiasta del peruano Mario Vargas Llosa, Cercas ha publicado cinco novelas y un notable libro de ensayos, El punto ciego (2016). De 2017 es El monarca de las sombras, que significa no sólo un avance en su investigación artística –que puede pensarse, a su vez, como un largo ejercicio sobre la memoria personal y colectiva–, sino también un regreso y un cierre. En efecto, como en la obra que cimentara su éxito, en esta vuelve a la Guerra Civil, uno de los períodos más dramáticos de la historia de España, e indaga desde una perspectiva distinta en los cruces dramáticos entre los bandos, pero también entre los tiempos, que a menudo se superponen. En este sentido, si la novela de 2001 se centraba a la vez en la figura del poeta falangista Rafael Sánchez Mazas, en la del veterano de guerra comunista Miralles y en la del personaje Javier Cercas, un escritor frustrado que decide contar estas historias y va encontrando los puntos de confluencia; El monarca de las sombras persigue simultáneamente, de un modo similar, el destino de Manuel Mena, tío abuelo del escritor que murió jovencísimo luchando del lado franquista, y el periplo del personaje novelista Javier Cercas en busca de narrar esa tragedia que ha marcado a su familia.

La pregunta central, sin embargo, es la misma en ambas obras. Porque al final, la cuestión se refiere a la entidad de la Historia, al estado en el que el pasado existió o existe, al sentido que tiene la idea misma de pasado como tiempo precedente. Para eso, una vez más, el escritor se centra en episodios complejos del enfrentamiento que dividió al país, y cuyas consecuencias pueden verse aún hoy con gran intensidad. Impacta, por ejemplo, el estupor con el que Cercas da cuenta de cómo muchos de los protagonistas o de los testigos de aquellos episodios viven aún, de cómo recuerdan la manera en que sus padres murieron asesinados, sus familias se rompieron por los odios o sus vidas colapsaron. En ese costado más íntimo, afloran otros de los desastres de la guerra: los pequeños exilios, los silencios, el vacío inefable que deja cada muerto personal.

Así, la novela está dividida en dos partes, que funcionan de manera paralela y complementaria. Los capítulos impares siguen la investigación del escritor Javier Cercas, que rastrea (sin todavía pensar en escribirla) la vida de su antepasado en archivos y en testimonios de gente de su pueblo extremeño (Ibahernando), de aficionados a la historia y de sus familiares. Los capítulos pares, en cambio, narran de forma más “objetiva” los hechos vitales del mismo pueblo, de la familia Mena, de Manuel Mena y, sobre todo, de la España de los años 30. Estos dos textos alternantes, que no se mezclan, se apoyan el uno en el otro y no pueden concebirse sino en consonancia: en los capítulos de corte más “historiográfico” se hace mención al escritor Javier Cercas, pero no como emisor del discurso, sino como fuente de algunos datos precisos. De tal manera, en esos episodios se evidencia la restricción de la imaginación novelesca, fabuladora, y todo –al menos eso es lo que se nos dice explícitamente– se remite a hechos concretos y comprobables: aunque por momentos al narrador de los pares le dé por imaginar posibilidades que no se desprenden de documentos fehacientes, esa especulación es muy medida y siempre advertida de forma explícita. En la sección más personal, por su parte, el viaje es doble o triple: a través del descubrimiento del personaje de Manuel Mena, el personaje Cercas entiende mejor a su familia y, como consecuencia inevitable, a sí mismo.

En sus mejores pasajes, el libro impacta por la precisión de su prosa, por el arreglo de las tramas, por sus nuevas indagaciones en torno a la construcción de los relatos y la figura del héroe. En los peores, sin embargo, Cercas reflexiona en plan ensayístico y, a menudo, cae bajo la levedad de algunas de sus conclusiones, que a veces no pasan de lugares comunes. Por momentos (sobre todo en los diálogos con David Trueba, director de la adaptación al cine de la novela de 2001), uno desearía que el autor se explicara menos, que dejara algo al intelecto del lector, al que no sólo le presenta todas las evidencias, sino también las conclusiones a las que estas conducen.

Más allá de estas consideraciones, tal vez lo más adecuado sea leer esta novela, al igual que quería Mario Vargas Llosa que se hiciera con Soldados de Salamina, como ejemplo de la vitalidad de la literatura comprometida. Dejando de lado los resabios negativos del rótulo, El monarca de las sombras, siendo una obra literaria trabajada, rigurosa, que arriesga (aunque no siempre con éxito) en procedimientos narrativos complejos, entra además de lleno en la discusión moral y política. La cuestión, entonces, no sólo se sostiene sobre los conceptos de Historia y de héroe, sino que además explora, siguiendo a Hannah Arendt, los de culpa y responsabilidad. Como es bastante sabido, Arendt, sobre todo a partir del juicio del nazi Adolf Eichmann en Jerusalén, afirma que un pueblo entero no puede ser considerado culpable por un hecho (si lo es, no puede ser juzgado por sus efectos), pero sí responsable de este. Cercas, mediante su densa elaboración del pasado familiar y la recuperación de las voces y las entonaciones de sus ancestros (usando herramientas puramente literarias, desde la construcción de personajes hasta la lectura de los clásicos, leit motiv de estas historias), construye, al final, el relato de la aceptación madura y consciente de esa responsabilidad, en el entendido de que el pasado no pasa.

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