Las islas de artificio

Reseña de Archipiélago, de Roberto Echavarren (Montevideo: Random House, 2017), que salió en la diaria el 25 de agosto de 2017.


Clotha virumque cano”, sostenía Thomas Carlyle que podría ser el lema del dandy (Sartor Resartus, 1836). En ese “Canto al hombre y a la ropa” (torsión macarrónica del primer verso de la Eneida) se puede encontrar una clave para leer la obra narrativa de Roberto Echavarren.

Archipiélago, su último libro a la fecha, se organiza en tres relatos largos (o novelas cortas) que tematizan desde el título, en calidad ascendente, espacios geográficos y quehaceres: “El pintor de Creta”, “El surfista de Bali”, “El fotógrafo de Manhattan”. Tres islas (de ahí el título general del volumen), tres estilos de vida. No es casual la elección del término “estilo de vida”, que se posiciona frente (y contra) otros como los mercantiles “trabajo”, “profesión” o “hobby”. A partir de ese concepto, más bien, se puede sostener que estos relatos problematizan de distintas maneras el mundo contemporáneo, que en cierta medida es el mundo de la acumulación del capital, de la salud, del consumo y de la representación.

Si, como sugiere el narrador de Brújula (2015), de Mathias Enard, la literatura de Thomas Mann, poblada de padecientes (piénsese, sin ir más lejos, en la deslumbrante novela breve La muerte en Venecia, de 1912), se opone al ideal nazi del cuerpo perfecto, el narrador enfermo de “El surfista de Bali” funciona en parte como una postura crítica frente a nuestra época, preocupada por las dietas, la comida sana y el ejercicio, que oscila entre la intromisión deshumanizante de la medicina y las cada vez más estrafalarias prácticas “alternativas”, de orígenes pretendidamente exóticos y con el presunto prestigio de lo “natural”. Siguiendo de algún modo esa línea crítica, los protagonistas de “El pintor de Creta” y “El fotógrafo de Manhattan” sobreviven económicamente como pueden, de la generosidad de sus amigos ricos o de su familia, de ventas ocasionales o de sus cuerpos, y siguen las premisas pautadas por Charles Baudelaire en El pintor de la vida moderna (1863), conjunto de artículos en los que defiende la inutilidad, la premeditación, la apariencia y lo artificial, y define lo moderno. La relación es, por lo demás, evidente: en su libro de ensayos Arte andrógino (1998), Echavarren retoma aquel distingo del poeta francés y sostiene que el estilo, reñido con el concepto de moda, aparece “ligado a la falta de dinero, al desempleo, al no trabajo, a un lujo marginal o un lujo de pacotilla, efímero o sin valor, y al derecho a la pereza, que también roza, o puede rozar, la prostitución”.

En sus relatos, todos estos conceptos funcionan de forma orgánica, es decir, desde dentro de la narración misma, con personajes que ponen cuerpo a esas vidas a contranatura, malnacidas. Con una prosa de gran intensidad –que se hace extraña al combinar términos rioplatenses con otros de distintas regiones de Latinoamérica o del español peninsular–, Echavarren hace un uso inteligente de la cita, que a menudo no se evidencia salvo con unas comillas discretas, y da espesor a la narración sin empantanarla. Así, se ponen “en práctica” muchos de sus postulados propuestos en libros como el antes mencionado o Fuera de género (2007), y se conjugan observaciones de actualidad con conceptos traídos de la crítica literaria, la historia del arte, la filosofía o la tradición homoerótica. Esta conciencia de ser parte de cierto linaje se hace muy visible para quien lo conoce, pero no perturba la lectura, sino que la enriquece. Guiños, de este modo, a The Sins of the Cities of the Plain (1881), versos de Federico García Lorca, conceptos como el foucaultiano de “panóptico”, discusiones sobre el Fedro o El banquete de Platón, apuntes sobre Marsilio Ficino y Lorenzo de Medicis, sobre el glam rock, la pintura del Parmigianino, el cine de Theo van Gogh o el teatro de Anton Chéjov cohabitan con personajes que comparten nombre con personas reales (José Kozer, por ejemplo) y referencias a celebridades como Conchita Wurst o Donald Trump.

En efecto, es significativo un pasaje que comenta al actual presidente de Estados Unidos y en el que se entretejen varios de estos niveles discursivos: “Creía que su idea de atuendo lo hacía elegante, el traje azul y corbatas rojas y doradas. El estilo es una cuestión de alma. El turbio Trump tenía alma de abusador. […] Imitaba el peinado de Elvis Presley sujetando el pompadour con horquillas, para que no se despeinara al bajar y subir bajo las ráfagas de hélice de su helicóptero. Rey de lo barato, el personaje más inevitable del mundo, reinaba desde su ave particular […] Estábamos en un tentáculo muerto del imperio de Trump. Lo que se ve no se pregunta. / Axel recorría el paseo de madera sobre la costa con una capa negra como Maldoror”. En el fragmento, en primer lugar, se ubica una situación, en el presente de la narración y en Atlantic City; en segundo lugar, esa narración comenta el tiempo del lector mediante una figura política (que en el momento de la anécdota todavía no lo era) y, finalmente, tematiza uno de los conceptos que Echavarren ya ha trabajado desde su obra ensayística: el de estilo. Además, alterna la mención explícita a una figura de la cultura popular (Elvis) con la velada a otra (Juan Gabriel) y, por medio de su creación más emblemática, al Conde de Lautréamont. Sin embargo, la conjunción de nombres y citas –por otra parte, presente en su narrativa desde Ave Roc (1994)– no es mera afectación erudita o name dropping, sino que funciona con autonomía dentro del texto como productora de sentidos.

Hay un paralelismo, entonces, entre la creación en movimiento que los personajes realizan de sí mismos en tanto obras de arte (que, parafraseando a Baudelaire, podrían pero no quieren brillar), y la formulación del texto, que se arma de retazos como si fueran chispazos de un fuego ambiguo. La creación se postula, por eso, desde el lugar de la apropiación, la hibridación y la copia, y hay un pasaje del último relato (el más ambicioso y extenso del volumen) muy iluminador, casi de exaltación del simulacro, en el que una instalación artística tiene toda la potencia de lo real y todo lo atroz del homicidio, al tiempo que una situación vital parece una puesta en escena.

En este orden, es sintomático que los proyectos de los protagonistas de las tres piezas (que refieren en gran medida a sus cuerpos) se vean en distintos grados frustrados, alternativamente por un aire de apocalipsis y demencia; por el tiempo detenido de los hospitales, casi vuelto contemplación; o por la asimilación por parte del sistema: quiebres que sólo reafirman la idea de la isla como metáfora de estas vidas. A la vez espacio de la utopía y del infierno, de refundación y de encierro, de autocontención y derrame, los destinos insulares, fuera de la ley y dentro de lo sexual (en palabras de José Lezama Lima), se revelan, en su fuerza que es toda potencialidad, como la prosa de Echavarren, volcánicos.

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