Fragmentos del discurso mortuorio

Reseña de Washed Tombs, de Mercedes Estramil (Montevideo: Hum, 2017), que salió en la diaria el 9 de noviembre de 2017.


La literatura es necromancia. Los muertos, en la escritura, se comunican como cuando vivían y, en el mejor de los casos, dicen cosas que importan. En Washed Tombs, la nueva novela de Mercedes Estramil, los muertos y los vivos conviven y casi se confunden, en una superposición de voces lograda con maestría. Los difuntos padres de Jennifer, la protagonista con aspiraciones de escritora, se le aparecen en las actitudes más domésticas y la interrogan con enigmáticas frases, que quedan en el aire como augurios o meros pasajes de un discurso sobrenatural.

En un viaje que, de algún modo, puede leerse en paralelo al de Eric Packer en Cosmopolis (2003), de Don Delillo (y en la versión cinematográfica realizada por David Cronenberg en 2012), Jennifer se adentra en un mundo corrupto al que no es ajena. Ese paralelismo, por forzado que parezca, tiene sin embargo cierto sostén: el recorrido, en un auto que agentes externos van destruyendo, atraviesa parte de la ciudad (Manhattan en un caso; Montevideo, de Carrasco a Nuevo París y Verdisol, en el otro), y en ese trayecto, signado por el accidente y lo azaroso, los protagonistas pierden dinero, discurren sobre banalidades y el sentido de la vida y parecen acercarse a algo más primitivo, tienen relaciones sexuales, son perseguidos y viven como entre las ruinas del capitalismo tardío, un universo de basura y secretos esplendores. Esta lectura contrapuesta permite ver con claridad algunos de los senderos explorados por Estramil, quien, aunque se dio a conocer sobre todo como novelista (con Rojo, ganadora del premio Lectores de Banda Oriental de 1996), últimamente ha publicado dos elogiadas colecciones de textos breves, Caja negra(Hum, 2014) e Iris Play (Hum, 2016), y con este libro vuelve, de algún modo, a los orígenes (aunque, estrictamente, su opera prima fue un volumen de poemas).

Con su reconocible sentido del humor (que algunas veces resulta un poco molesto en su casi necesidad de mostrarse incorrecto e ingenioso, pero en la mayoría es un acierto), la autora disecciona como a un cadáver a la sociedad montevideana actual, de sur a norte, del pasado al presente, y va pintando un panorama reconocible y desolador, un paisaje de desperdicios y shoppings, de viviendas y panteones, de barrios decadentes, de calles que constantemente cambian de nombre, de hombres violentos y mujeres también. La historia, como se ha dicho, se centra en Jennifer, ex esposa de Qingming, líder e ideólogo del Concurso Mortuorio Nacional (CMN), un certamen literario en el que participan muertos que comunican sus obras a médiums especialmente preparados para la difícil tarea, organizado por la empresa Washed Tombs, fundada por Toni y Wanda, dos mujeres muy distintas pero igualmente infieles.

Jennifer, además, está al cuidado de la mansión y del BMW de la familia de unos antiguos patrones de su padre, con su hijo Morgan a cargo (esto es un decir, porque al final no se sabe bien quién está a cargo de quién), y es dueña de un secreto brutal o superfluo, lo mismo da, porque la anécdota es sólo una excusa para la travesía, para el descubrimiento de una Montevideo que mucho difiere de la que se acostumbra a encontrar en gran parte de la literatura uruguaya. Como en Hispania Help (los títulos y nombres en inglés –New Paris, Greensol– son una constante, tal vez porque también lo es el juego con la tilinguería nacional), cuya protagonista hacía trabajos para la Sociedad de Poetas Inciertos, una organización secreta dedicada a defenestrar poetas, la novela utiliza al CMN para criticar, esta vez, al aparato de la literatura uruguaya, obsesionada con los premios, las becas y la financiación estatal. Con una prosa incisiva y un pulso sostenido y ágil, Estramil aprovecha algunos momentos narrativos, como cuando cita y comenta a Virginie Despentes, para lanzar diatribas contra varios de los lugares comunes y los supuestos valores biempensantes, atacando la noción de “naturaleza” (¿qué es una buena madre?, ¿qué significa ser mujer u hombre?) y los entusiasmos del progresismo, sin caer en un tono panfletario ni aburrir.

De este modo, el humor sirve no como máscara ni escudo, sino como el único medio legítimo para exponer las verdades de una cultura obsesionada con la muerte. No sólo en Uruguay, ciertamente, porque vivimos en un mundo de fantasmas. En la televisión, en el cine, en la radio o en internet, los muertos hablan, se muestran… y producen dinero. En la novela de Estramil, también. El título, además, tal vez pueda rastrearse a la versión inglesa de la Biblia, al pasaje en que Jesús insulta a los fariseos y los llama “sepulcros blanqueados, que se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de todo lo sucio” (Mateo 23:27). La lucidez con que se observan, entonces, el fetichismo de los bienes y las cosas, el complejo entramado de las relaciones sociales (de las que no quedan afuera la edad, el género o la clase), la soledad y el amor, y esa oscilación entre lo que se muestra y lo que hay debajo, es, quizá, el principal atributo de esta novela breve y contundente, que es una mirada despiadada y conmovedora a lo que significa estar vivo.

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