“Una cultura que traduce es una cultura viva”: Amir Hamed sobre Shakespeare

Ha muerto Amir Hamed, uno de los mayores escritores del país. Para recordarlo y seguir recordándolo, decidí publicar esta entrevista que le hice como parte de un artículo sobre William Shakespeare y sus traductores uruguayos, entre los que se contaba, habiendo vertido al español por primera vez la obra The Two Noble Kinsmen (c. 1613), escrita por el Bardo en colaboración con John Fletcher.

¿Qué te motivó a traducir, y más concretamente, traducir a Shakespeare?

En realidad, fue una traducción por encargo. Me llamó Marcelo Cohen, desde Argentina, para ofrecerme la traducción. Así que aquí no puedo responder nada interesante. Tal vez esto sí. No mucho atrás, había viajado a Estados Unidos, a visitar amigos. Antes, cuando estudiaba en Chicago siempre había pensado en comprarme una obra completa, por alguna suma irrisoria, pero en realidad, si bien por supuesto encontraba a la vista obras aisladas de Shakespeare, que iba comprando, no así ésa, la suma de obras. Sin embargo, esa vez, cuando iba rumbo al aeropuerto para volverme, una amiga me dijo de pasar por una librería, y ahí estaba, a la vista, sobre una mesa, la obra completa, por 14 dólares, con ese conocido retrato renacentista que parece, como todos, seguirte con la mirada.

La verdad es que la obra completa me había quedado bajo el televisor, pero siempre, desde ahí, Shakespeare me miraba. Cuando Marcelo me llamó, creí saber por qué Willy Shakespeare me había venido mirando con semejante tenacidad. Cabe agregar, al respecto, que yo estaba muy mal de dinero y que la traducción me dio un gran respiro. Así que, además de la gratitud que le debo al Bardo por las lecturas, me cabe agradecerle porque me tiró una soga cuando más lo psarecisaba.

Si se piensa la traducción como el modo más intenso de lectura, a la vez exégesis y apropiación, ¿qué significa traducir a Shakespeare desde Uruguay?

Debo decir, en primer lugar, que la traducción que hice fue de una exigencia agotadora. Luego leí a un shakespearista como el hoy finado Frank Kermode, en su The language of Shakespeare, argumentando que la obra del Bardo había sido un constante desafío con la audiencia y que, progresivamente, Shakespeare su fue barroquizando más y más. Como epítome de ese barroco, ponía el primer acto de The Two Noble Kinsmen (es decir, la obra que traduje), que resultaba incomprensible para una audiencia (no sólo contemporánea). Luego Marcelo me escribió felicitándome por la traducción de una obra que, una vez que leyó, era increíblemente compleja. Por momentos, debo decir, era como traducir las Soledades o el Polifemo de Góngora.

Como dije antes, necesitado de dinero, dije que sí sin conocer la obra. La bajé, entonces, para familiarizarme, del Project Gutemberg y la imprimí. Cuando a la noche empecé a leerla, me dije: “yo no sé inglés”. Entonces, decidí leerla en voz alta y descubrí que yo podía hacerla sonar igual en castellano, y eso me dio las fuerzas y la confianza. Hace unos meses, en ocasión de la presentación de El gato y la entropía, de Ramiro Sanchiz, conocí a Eduardo Mizraji, que es matemático, pero como algunos muy buenos científicos,  es un tipo que también lee mucho de humanidades. Él había leído toda la colección y me dijo que, de todas las traducciones, la única que sostenía la sonoridad y el temple de Shakespeare era la mía. Me dio, por supuesto, una gran alegría el comentario, siendo que ésa, exactamente, fue mi consigna. Es decir, se lo puede hacer sonar en uruguayo y mantener el temple del original.

En segundo lugar, y vinculado a esto último, te comento que la colección para la que lo traduje, Shakespeare por escritores, tenía como finalidad, precisamente, hacer un Shakespeare hispanoamericano y actual. Cuando empecé a leer a Shakespeare lo había hecho en la edición de Astrana Marín, que es abrumadoramente peninsular, así que el proyecto, entendí de entrada, le daba una nueva respiración, lo acercaba a nosotros. En mi caso, decidí traducirlo al rioplatense, en la medida en que, por sonoridad del contexto, podía por ejemplo, decir que el destino te daba un sopapo, en lugar de una cachetada.

Por último, diré que, al traducir, incorporamos lo ajeno. Un proyecto como el de traducir Shakespeare por americanos, creo yo, implicaba que pudiéramos hacernos cargo del canon shakepeareano y, en ese sentido, volverlo propio. Una cultura que traduce es una cultura viva, dispuesta a dar cuenta del mundo. Es lo opuesto a esos tristísimos manifiestos pro-identidad que creen que uno se debe encerrar en sí mismo como una tortuga y que, por ejemplo, dirían que Shakespeare no está de acuerdo con lo que se supone que somos. Sería como decir que porque tomamos mate no podemos leer a Shakespeare o, lo que es peor, Shakespeare es nocivo para nuestra infusión patria porque no tiene nada que ver con el candombe. A lo que cabe agregar, por suerte Shakespeare (que fue un dramaturgo más bien de tablón y muy popular) no tiene nada que ver ni con el candombe ni con la murga, que se quiere hipostasiar, en muchos casos, en un drama serio. Si leyéramos más a Shakespeare, sabríamos que la murga actual no tiene nada de popular y sí mucho de pretensión. Y no hay nada peor que lo pretencioso. Lo pretencioso es aquello que apunta a algo pero no alcanza.

¿Tuvo alguna importancia en tu formación literaria la existencia de antecedentes como Idea Vilariño o Emir Rodríguez Monegal y Mario Benedetti, que también lo tradujeron? ¿Y la de tus contemporáneos?

En cuanto a los precedentes, ninguna. En lo relativo a los contemporáneos, debo siempre agradecer el apoyo que me dio Roberto Echavarren, quien para la colección hizo una excelente versión de Troilo y Crésida. Luego leí la de Circe Maia de Medida por medida, que es de una notable liviandad. Esto no lo digo por demérito. Circe me ha dicho que era precisamente lo que buscó hacer. Es una traducción, por decirlo así, casi aérea.

¿Qué lugar tiene la traducción de Shakespeare en tu obra personal? ¿Se puede escribir al mismo tiempo que se traduce? ¿Cómo?

Sandra López Desivo, que  me ha visto escribir bastantes libros, repite que nunca me vio como en esa traducción. Yo resoplaba. Manejaba, como apoyo, dos versiones críticas, que interpretaban los mismos pasajes y, luego del caveat (“extremely difficult passage”) llegaban a conclusiones por completo antagónicos de su contenido. Recuerdo que cuando estaba por terminar (de alguna forma, le había agarrado la mano a la retórica y al lenguaje), comparece un pasaje en que toda la información era ecuestre. Uno de los protagonistas termina poniéndose su caballo de sombrero. Curiosamente, a veces es más difícil traducir lo más específico, porque requiere de una terminología especial. Así, para poner un ejemplo, es mucho más difícil traducir al inglés a Quiroga que a Borges, ya que el segundo es por lo demás genérico. En cambio el otro, que escribe de un ambiente con fauna y flora específicos, se vuelve incomprensible para el que sepa poco castellano. Esto lo sé, precisamente, por una profesora estadounidense que aprendía español acá y que sufría como loca cuando la pusieron a traducir Quiroga.

En cuanto a cómo lo ubico en mi obra personal, primero tengo que decir que la obra que me importa siempre es la que está por venir. Luego, como consta en bibliografías personales, siempre incluyo esa traducción porque sólo quien la hace puede decir cuánto le costó. Vivo como un logro haberla hecho.

Traducir es también, de algún modo, crear un canon, aproximar a una lengua y a una tradición un autor o renovarlo, ¿por qué es importante leer a Shakespeare hoy?

Los grandes escritores están siempre vigentes. El asunto es que los escritores verdaderamente grandes no son tantos. Yo tengo para mí que hay dos que son los más grandes, Homero y Shakespeare, y el resto son sus comparsas, más cercanas o más distantes. Dicho así, Shakespeare es mejor que los trágicos griegos.

Hay que fijarse, por ejemplo, en que uno pude ver toda la escena a partir de diálogos, sin indicaciones técnicas. Es decir, uno ve moverse a los actores a partir de sus parlamentos, algo sin duda muy notable. Además de que su lenguaje, no importa su anacronismo, sigue siendo notable por lo poderoso, Shakespeare ha sabido como ninguno de sus contemporáneos y sucesores, entender la tragedia, la aporía, y conmover con ella. Los suyos son menos drama de la Ley, como en los griegos, que dramas en las que el deseo enfrenta la fatalidad. Se podría pensar en por qué leer hoy a Shakespeare, siendo ésta una época en que el deseo parece abolido (los jóvenes, que viven cada vez más tiempo bajo el techo de sus padres, parecen haber pospuesto el deseo para cuando se vuelvan treintañeros), sobre todo porque el capitalismo nos ofrece de todo antes de haberlo deseado. Entonces hay que decir que hay que leerlo, como se lee todo, para recordarnos que el mundo no empezó hoy, y que hubo una edad en que los humanos se atrevían a afrontar su deseo y hacerse cargo de las consecuencias.

Pero además, y esto como toda la de los grandes trágicos, la suya es una concepción muy musical de la tragedia (y también de la comedia). Entiende el drama musicalmente; sus figuras, de alguna forma, siempre están en un paso de baile, y muchas veces su drama es un drama de tonalidades musicales. Tal vez publique este año un libro de ensayos que contiene un capitulito sobre Shakespeare y la música, en el que se expresa algo de esto con más detalles. Pero en última instancia, hay que leerlo porque las grandes obras de arte nos hacen mejor gente. Uno no sale de Otelo o de Macbeth siendo el mismo; sale mejorado.

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