Tránsito y luz

Aprovechando que ese fin de semana sería la Feria del Libro independiente, el 17 de noviembre de 2017 se publicaron en la diaria las reseñas de Animales que vuelven, de Gonzalo Baz (Montevideo: Pez en el Hielo, 2017) y Jardín interior, de Claudia Campos (Montevideo: La Propia Cartonera, 2017), publicados recientemente por editoriales autogestionadas y artesanales.

Hermosos perdedores

“Si cierro los ojos y pienso en aquella época, vienen a mí una sucesión de imágenes que siempre comienzan por Luzia”. Con esa frase se daba a conocer Gonzalo Baz, junto a Pez en el Hielo, en el volumen colectivo Querías frío, acá tenés muñeca (2016). Este año, la editorial lanzó Rivothriller, de la poeta y dramaturga mexicana Zaria Abreu, una segunda y una tercera selección de textos (Ya llamé a la policía y Toda la verdad sobre la organización social de las abejas), y, recientemente, el conjunto de cuentos Animales que vuelven, debut de Baz en solitario.

Delicadamente cosido con hilo rojo, con una portada hecha en serigrafía y fotos de Cyntia Trafi, el libro se presenta con una generosidad (márgenes amplios, letra grande, interlineado acorde) que no vendría mal que otras editoriales adaptaran y que lo vuelven un precioso objeto de colección. Los cuentos, de extensión muy variable e introducidos por una breve presentación de Horacio Cavallo, están divididos en dos secciones. La primera, que consta de cuatro relatos, tiene una impronta montevideana y sus historias se desarrollan mayormente en la capital, aunque hay varios viajes a otros departamentos y al exterior. La segunda, por su parte, está conformada por tres piezas cuyas acciones se ubican en Brasil (en San Pablo, para ser más preciso), aunque tampoco esto es del todo así: siempre hay desplazamientos, que son temáticos pero también de la prosa, en la que se utilizan mecanismos de la literatura que, para simplificar, se puede llamar fantástica, aunque esto suceda más en el terreno de la enunciación que en los de los contenidos o lo meramente argumental.

Los personajes están como en perpetuo tránsito, y tal vez lo que los agrupe sea el trauma del movimiento, una herida existencial que trasciende las individualidades. Consecuentemente, la violencia, la locura, la marginalidad (todo mirado desde un lugar muy particular y alejado de los estereotipos) son temas que vuelven una y otra vez, y esos personajes están siempre como en un límite, como el muchacho de la foto de la portada, a tal punto que parece como si el desborde de esas conciencias bullentes traspasara los límites del yo e incluso los mismos animales (en el cuento que da título al conjunto, por ejemplo) y la naturaleza no fueran sino síntomas de una enfermedad incurable y silenciosa que se puede llamar adultez, ruptura sentimental o emigración, pero que es casi un sino generacional.

Los siete cuentos forman, ante todo, un conjunto sólido, y por eso se olvidan pronto los desniveles (sobre todo en los más breves, “Cosas sobre fantasmas” y “La inundación”, que se resuelven de forma un poco predecible), cuando se leen y releen piezas memorables como “Los pendejos” (una de las ficcionalizaciones mejor logradas de la crisis del comienzo de este siglo, junto a “Todos los pájaros”, de Agustín Acevedo Kanopa, con quien lo unen no pocos aspectos) o “Sobre nosotros”, un retrato intenso de la vida bohemia, sin idealizaciones ni caricaturas. Este relato, junto al magnífico “Tieté” (que había sido publicado en la ya mencionada selección del año pasado, y cuyo comienzo abre esta reseña), son tal vez los más poderosos de la colección, quizá por la influencia portentosa de Brasil, que trasiega palabras y climas a una escritura que discurre de forma torrencial y se desdobla siempre como buscándose, al igual que Antonia, cuya vida de travesti pobre, de enigma sin solución, solitaria y romántica, la convierte en uno de los personajes más conmovedores y vivos de un libro poblado de hermosos perdedores, para seguir la fórmula de Leonard Cohen: de artistas arrebatados, de prostitutas, de amantes sufrientes, de transas y ex novias, todos retratados con pocos trazos eficaces y una increíble pasión por los detalles.

Con un trabajo delicado y un uso inteligente de materiales mínimos, un lenguaje depurado y buen manejo del ritmo, Baz ha logrado un destacado grupo de cuentos, con personajes complejos que habitan un mundo parecido al nuestro, pero no por eso inmune a transgresiones que rozan lo alucinado. Animales que vuelven, así, funda un espacio narrativo autónomo y presenta a uno de los autores emergentes más atendibles del panorama actual.

Está en llamas el jardín natal

Paraíso perdido o museo de perversiones, la infancia es siempre un rico reservorio para la literatura, aunque los resultados de las exploraciones van por lo general del feliz hallazgo al cliché, sin términos medios. Afortunadamente, el segundo caso, temible y habitual, no es el de Claudia Campos, que en su último conjunto de poemas afronta con conmovedora honestidad y precisión lírica un tópico que en ningún caso se vuelve lugar común.

La carne es Devil (Yaugurú, 2013) fue una ópera prima contundente. Campos ya mostraba en aquella colección su gusto por imágenes arriesgadas que nacían de lo más íntimo, una conjunción de objetos, ambientes y sensaciones que podían rastrearse hasta los referentes explícitos de Marosa di Giorgio y Sylvia Plath, poetas disímiles pero creadoras de poderosas obras que combinan de forma sorprendente escenas cotidianas y familiares con lo pesadillesco y lo sagrado. En aquel poemario completaba la tríada, desde el epígrafe, Emily Dickinson, acaso la mayor poeta estadounidense, y aquella triple sombra benéfica se prolonga en este Jardín interior, que presenta a una Campos más segura, como si la prosa en la que están escritos estos poemas le diera tranquilidad y fortaleza. Es, sin embargo, también esa prosa la que por momentos (sobre todo en la segunda mitad del libro) malogra algunos climas, que tal vez el fraccionamiento del verso habría permitido mantener.

En todo caso, lo cierto es que la de Campos es una poesía potente, porque, aunque toda su obra está atravesada como por una aguja de lo íntimo, de lo privado que se abre como la cortina indiscreta de una ventana, no se queda en la mera autoexpresión. Como sostiene Roberto Echavarren en su epílogo, esta poesía postula la vida “como una calesita incomprensible llena de visiones fragmentarias entrañables”, y sus poemas buscan, así, una prolongación. Si La carne es Devil venía acompañado por un enlace a una serie de videos que tenían como fondo sonoro a la artista recitando sus versos, a este lo acompañan fotografías tomadas por la autora, como si fuera imperiosa la necesidad de que lo suyo esté ahí, puesto para verse u oírse, además de leerse. La voz, la imagen, la música y el sonido se mezclan también en las performances de Campos, como la de la presentación de este tomo el viernes de la semana pasada, ocasión en la que pude hacerme de un ejemplar cuya tapa (todas son distintas y hechas a mano) ostenta la letra manuscrita de la poeta, signo de esa necesidad de hacerse presente que juega con los conceptos de memoria, literatura, imaginación y vida, y con sus imprecisas fronteras.

No obstante su impulso multimedia, esta poesía se sostiene en la página por su imaginería, por su sintaxis rara y única, por los bruscos cambios de registro, que pasan de lo anecdótico a la fantasía infantil con delicados cruces de palabras. Campos disecciona los primeros años con una elocuencia pasmosa, que no abunda en lo perturbador pero tampoco lo oculta, en un proceso doble que se revela en el devenir mismo de los fragmentos disparados, como si una palabra (“infancia”) fuera una puerta a ese jardín, que tiene algo de edén pero más recuerda a la impactante obra final de Marcel Duchamp, Étant donnés : 1° la chute d’eau 2° le gaz d’éclairage, diorama que se puede ver por un agujero en una puerta y que presenta una parte del cuerpo de una mujer acostada en un paisaje rural, con una lámpara de gas en la mano, todo bañado por una luz artificial y extraña.

Así, a las imágenes impactantes, como los “frascos de gomina Lord Cheseline de mi abuelo con fetos de tatú, culebra, mulita y tortuga”, las siguen, en una contigüidad plena de sentido, el juicio reposado del presente (“pequeños intentos de conservar la vida para siempre”) y el de la niña, entre guiones (“eran marionetas de sentido para mí”). Entre esas grietas, que también son las de la ficción, se escriben estos poemas, y su recorte conjura una fuerza que se nos arroja como una luz y que ilumina, a su vez, el pasado en paradójicos y certeros cortes de desencanto y de magia.

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