Los cielos de las letras

Artículo que escribimos junto a Ramiro Sanchiz para la diaria con motivo de la muerte de Amir Hamed (11 de mayo de 1962-20 de noviembre de 2017) y que se publicó el 21 de noviembre de 2017, acompañado por otros textos: un recuerdo de Gustavo Verdesioun obituario de Pablo Rocca y una serie de testimonios de César Aira, Silvia Guerra, Carlos Rehermann y Aldo Mazzucchelli.

AMIR HAMED
Fotografía de Pablo Albarenga


Allá por setiembre de 2015, uno de nosotros presentaba una novela en la Feria Internacional del Libro de Montevideo. La mesa de presentadores estaba compuesta por el biofísico Eduardo Mizraji y por Amir Hamed, y cuando le tocó hablar a este los presentes pudimos oír, a modo de preludio, el relato apasionado y furibundo de una entonces recentísima instancia de premiación en la que, contó, el primer premio se le había escamoteado o se le había querido negar porque, según uno de los jurados, la obra en cuestión no parecía “literatura uruguaya”. Mizraji, entonces, aprovechó una pausa de Hamed para ofrecer una respuesta: ese fue el premio, le dijo. Que la obra en cuestión no pareciese uruguaya.

Amir –vamos a llamarlo por su nombre de pila, porque ninguno de nosotros quiere ocultar que tuvimos la dicha de contarlo entre nuestras amistades– se rio de buena gana y siguió hablando.

En la mañana de ayer supimos de su desaparición física. Es, sin duda, pronto para hablar con propiedad de su obra –y desde luego es difícil sentirse calificado para hacerlo–, pero mientras tantos otros amigos –esos que compartieron los años de la juventud, esa década de los 80 en Montevideo, previa a la primera partida de Amir hacia Estados Unidos, donde se doctoró– aportan sus recuerdos, es menester que al menos se liste su bibliografía y se apunten un par de ideas sobre ella. Y elegimos empezar por la anécdota recién expuesta porque allí parece anudarse algo especialmente importante acerca de la obra de Amir, eso que la volvió y la vuelve fascinante: su notoria singularidad, su diferencia espectacular con lo que la rodea, con todo ese medio literario vernáculo que tanto lo ninguneó en su momento y en el que no faltaron los canchereos desde escrituras de notorio menor espesor.

Una diferencia, por cierto, de la que él mismo era consciente: nadie ha escrito como Amir en la literatura uruguaya. Guste o no, convoque o no al lector, sus libros siempre ofrecen una voz que se siente como única, reconocible, siempre idiosincrática, y por eso, en el fondo, siempre entrañable. Las palabras, en su prosa por momentos abigarrada pero jamás caótica, y reconocible como pocas, andan por ahí siempre en presente, dándose las unas contra las otras, en un trasiego de arcaísmos que parecen argot, de lunfardismos que parecen academicismos, de neologismos que resuenan convincentes y plenos.

Hay tres libros de formación, tres compilados de cuentos que señalan el primer aprendizaje de Amir. Son El probable acoso de la mandrágora (1982), La sombra de la paloma (1985) y Qué nos ponemos esta noche (1992), y serán leídos sin duda con el interés de lo promisorio o lo sintomático de un estilo futuro, de una maraña de obsesiones, preocupaciones y deslumbres. Pero su obra madura arranca ya promediados los años 90 y con Artigas Blues Band (1994), a la que sigue la que acaso sea su obra maestra, Troya blanda (1996), novela metahistórica en la línea –lo cual no es poco decir– del Thomas Pynchon de Mason & Dixon (libro que recién se publicaría un año más tarde, por cierto) y que terminó de cancelar o rematar esa vaga fiebre uruguaya de la novela histórica.

Amir ya no publicaría novelas de esa extensión y ambición, pero sí dos libros inmediatamente posteriores que están entre los más disfrutables de su obra: la novela corta Semidiós (2001) y el compilado de relatos largos Buenas noches América (2003), que contiene acaso algunos de los más brillantes hallazgos expresivos en su bibliografía.

Por entonces, Amir trabajaba en la ONG Instituto del Tercer Mundo, a cargo, entre otras cosas, de la edición y redacción de la Guía del mundo. En cierto modo, el corazón invisible de su obra está ahí, en esos textos revisados, reescritos y vueltos a revisar año tras año, edición tras edición: si ahora lo pensamos desde las nociones de virtuosismo literario y de erudición, es fácil conectar su capacidad por momentos asombrosa de movilizar y poner a trabajar saberes y conocimientos con aquella labor.

Fue a su cierre que Amir volvió a la escritura y pudo dedicarse más cómodamente a libros de largo aliento. Así, en 2013 publicó Cielo 1⁄2, el más extraño de sus libros, compendio de mitología, crónica personal, autoficción, álbum de recuerdos y épica del rock’n’roll. Después, ya desde la enfermedad que terminaría por llevárselo de este mundo, escribió y publicó Febrero 30 (2016), suerte de expresión de una etapa tardía –en el sentido adorniano– de su obra. Si se tratara –y se trata, ¿por qué no?– de novelar a Amir y a su obra, habría que decir que en su novela terminal está dicho todo lo que antes había quedado oculto y apenas sugerido: la profunda y conmovedora vena espiritual y gnóstica que atraviesa su escritura como una serpiente marina que, finalmente, saca cabeza y cuello por encima de las olas más bravas.

Contra un pasado heroico que creía falso, Amir escribió un futuro. En sus últimas entrevistas y cada vez que podía, afirmaba que la literatura uruguaya estaba en un gran momento y se dedicó a mapear el fenómeno, como hizo también, desde múltiples notas en la prensa, prólogos, artículos académicos y libros, con una tradición nacional que él quería vindicar por sobre otras que intentaban imponerse.

Basta hojear la que sea tal vez su mayor obra fuera de la ficción, Orientales (1996, 2010), para encontrarse con una forma de lectura y de escritura inéditas en nuestras letras. Si, además, se complementa eso con cientos de páginas publicadas en Insomnia, en La República de Platón y en Henciclopedia y su columna Interruptor, algunos otros libros, dos artículos clave de los últimos años (“La ansiedad de bastardía: muestra de narrativa joven” y “Del país al paisaje: muestra de poesía uruguaya”, ambos en la revista estadounidense Hispamérica) y el curso que dio en octubre del año pasado en el Centro Cultural de España (bajo el título “La gran literatura uruguaya: de Acuña de Figueroa a Circe Maia, de Bartolomé Hidalgo a Gustavo Espinosa”), se tendrá un panorama amplio de un lector salvaje ilustrado. Amir leía, por decir algo, borgeanamente, de forma que parecía caprichosa, pero que no desdeñaba el estudio serio y comprometido, la sistematización académica, el juicio elaborado, como atestiguan su deslumbrante traducción (la primera a nuestra lengua) de la obra Dos nobles de la misma sangre (2001), de William Shakespeare y John Fletcher, un auténtico tour de force, o sus ensayos, que conjugan referencias clásicas con observaciones políticas, escenas de películas de Hollywood con fragmentos de canciones pop o poemas antiguos…

Cabe pensar que, más aun que en la narrativa, Amir brilló en sus ensayos: desde el temprano Retroescritura (1998) hasta la trilogía El alma del relato (compuesta por Encantado y Ella sí, ambos de 2014, y M, de 2015), pasando por Mal y neomal: rudimentos de geoidiocia (2007) y buena parte de la ya mencionada Cielo 1⁄2. Es en esta zona de su obra donde se ve quizá al mejor Amir: erudito, capaz de vínculos asombrosos, en apariencia inagotable y siempre intenso, vertiginoso.

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