Paisajes interiores: sobre “Arenas Blancas”, de Geoff Dyer

Reseña de Arenas Blancas. Experiencias del mundo exterior, de Geoff Dyer (Barcelona: Random House, 2017), que salió en la diaria el 1 de febrero de 2018.


¿Qué tienen en común Stalker, la película de Andrei Tarkovski (1979), y el músico Pharoah Sanders; el templo Wat Khao Phanom Phloeng y Muelle en espiral, de Robert Smithson; la fotografía de Vivian Maier y Libia; Thomas Mann y el yoga? Si uno quiere ponerse holístico, supongo que varias cosas. Entre ellas, a Geoff Dyer, ensayista y novelista inglés nacido en 1958 que ha escrito sobre todos esos temas y varios más. En efecto, a su primera publicación (Ways of Telling: The Work of John Berger, 1987, un libro dedicado a la obra de ese crítico de arte, narrador y poeta) le siguieron un conjunto de novelas, colecciones de ensayos y crónicas de viajes escritas en un estilo personalísimo, que logra combinar el rigor académico (estudió literatura inglesa en Oxford) con la espontaneidad, la cercanía y honestidad de lo personal, lo que lo ubica cómodamente en la extensa y fecunda tradición inglesa de la escritura miscelánea.

En su último libro, Arenas Blancas. Experiencias del mundo exterior, publicado en 2016 y traducido al español el año pasado, retoma la forma de Yoga para los que pasan del yoga (2012), en el que ya alternaba la ficción y la no ficción, en una prosa que busca volver al viaje (a la crónica de viajes, que en manos inexpertas puede fácilmente caer en el vacío discurso turístico) una cuestión interna, y hace un paralelismo entre la geografía y la experiencia personal. Así, el recorrido por el territorio, el deambular por las ciudades y su acontecer van definiendo áreas de la experiencia interior, lo que finalmente parece sugerir una cancelación (a pesar del subtítulo) de la oposición “afuera/adentro”.

Así, en Arenas Blancas se puede encontrar tanto un discurso en cursiva que corresponde a la voz de “el autor”, que distancia lo específicamente “autobiográfico”, como fotografías ajenas, y otras tomadas por Dyer, y nueve crónicas en las que se mezclan observaciones eruditas (con notas que referencian fuentes), apuntes cercanos al costumbrismo, descripciones muy proclives a la comparación (a menudo con fines paródicos) y la narración pura, todo acompañado de un saludable sentido del humor que elude el sentimentalismo. En esta conjunción, por momentos la escritura de Dyer logra deslumbrar y, salvo en el texto que abre la colección (“¿Dónde? ¿Qué? ¿Dónde?”, relato saturado de banalidades sobre un viaje a Mujeres de Tahití, de Paul Gauguin), mantiene el pulso, en una justa mezcla de elementos que hacen inolvidables estas historias.

Un inglés en Los Ángeles

Dyer cita a Theodor Adorno: “Difícilmente cabría considerar exagerado decir que cualquier conciencia contemporánea que no se haya apropiado de la experiencia americana, aunque sea desde la oposición, tiene algo de reaccionaria”. Como si siguiera esa máxima, sobre todo a partir de “Espacio en el tiempo” y hasta casi el final (con excepciones, como el por partes tedioso “Oscuro boreal”, sobre un viaje al norte remoto), Dyer se centrará en su experiencia en Estados Unidos, país que, como para su compatriota Neil Gaiman, se parece mucho a la tierra donde lo sagrado hoy puede sobrevivir.

Si Gaiman (y la comparación termina ahí, casi donde empieza) lo ponía en práctica en su novela American Gods (2001), en la que revivió a los antiguos dioses en contextos modernos del Estados Unidos de fines de los 90, Dyer maneja esta idea por medio del concepto de “nodalidad”, que toma prestado de DH Lawrence (no en vano tiene un libro sobre él, Out of Sheer Rage, publicado en 1997). La nodalidad se puede definir como esa fuerza que tienen algunos lugares en los que existe una comunión entre los hombres, el espacio y la entidad superior (por no decir dios), y que Dyer encuentra en situaciones inesperadas. A partir de esta búsqueda, escribe ensayos fulgurantes en los que se sirve de su empatía, de su capacidad de observación y del manejo hábil de las herramientas narrativas (el suspenso, sobre todo), como los que dedica a dos obras icónicas del movimiento del Land Art (sobre todo la crónica de su visita a Campo de relámpagos, del escultor Walter de María); a su peregrinaje a la casa en la que se exilió Adorno, en California (con derivaciones sobre la práctica de acrobacias en pareja en la playa); o a la ecléctica y fascinante torre Watts, que incluye un largo pasaje sobre el jazz de los 60 (en 1991 Dyer escribió, además, Pero hermoso, en el que delinea una historia del género a partir de anécdotas de Lester Young, Bud Powell, Charles Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Thelonious Monk y Art Pepper).

En estos fragmentos de hermosa concentración, por momentos saturados de referencias culturales, logra una escritura feliz, que con gracia alcanza lo que hoy tantos persiguen sin éxito: una escritura íntima que no cae en la mera autorreferencia vacía y que aprovecha el poder de lo subjetivo para lograr revivir en la lectura experiencias de rara intensidad . 

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