ANOHNI: Dios es mujer, ahora o nunca

Traducción de un ensayo de ANOHNI, que salió, con mi introducción, en la diaria el 9 de marzo de 2018.

Future Feminism-2
Fotografía de Hans Christian Jacobsen

En el espectro de activistas y pensadoras feministas, Anohni (nacida Antony Hegarty), cantante y artista visual, ocupa un lugar raro. Atenta a las reivindicaciones de las mujeres (en un sentido de “mujer” que muchas veces choca con la concepción de ciertas corrientes), no descuida sus posturas radicalmente ecologistas ni la reflexión sobre la lucha de clases. En ese sentido, es una figura incómoda, difícilmente domesticable dentro de las movidas con mayor alcance (y mayor marketing), de las que las nacidas en Hollywood son un evidente ejemplo.

Con la presentación de su álbum Hopelessness (2016) y del EP Paradise (2017), con lapidarias canciones como “Obama”, en la que critica duramente las atrocidades cometidas durante los anteriores gobiernos del Partido Demócrata en Estados Unidos; con la publicación de un incendiario artículo  en el que explicaba que se rehusaba a ser utilizada por el showbiz y que por eso no asistiría a la ceremonia de los premios Oscar en 2016 (aunque estaba nominada por la maravillosa canción “Manta Ray”, parte de la banda de sonido del documental Racing Extinction, que no ganó); o con frases como “la subyugación de la mujer y de la tierra son una y la misma”, Anohni presenta una visión poco complaciente del mundo.

El 18 de agosto del año pasado, mientras se inauguraba en Aarhus, Dinamarca, la exhibición Future Feminism, pensada por Anohni junto a Kembra Pfahler y Johanna Constantine, se publicó en la revista online AnOther este ensayo, “Dios es mujer, ahora o nunca”, que en gran medida puede pensarse en conexión con una suerte de manifiesto que se encuentra en el disco en vivo Cut the World (2012), de Antony and the Johnsons (la banda con la que Anohni trabajó antes de Hopelessnesss), significativamente grabado también en Dinamarca. Lo que sigue es una traducción de esa pieza compleja y provocativa en su tono casi neopagano.


No acepto la falacia del binarismo balanceado que han tratado que adoptemos mediante lavado de cerebro y acoso (ying/yang, 50/50, masculino/femenino, oscuridad/luz, manifestación/paraíso en otra parte, racional/emocional, etcétera). Esta fatigada afirmación de que los opuestos en igualdad de condiciones bailan su vals en un jaque mate perpetuo y determinan el orden natural y filosófico de las cosas distorsiona nuestra percepción del mundo que nos rodea, volátil y misterioso. También ha asegurado nuestra parálisis y nuestra tendencia a la negación en los siglos finales de esta cruzada trumpesca por un dios masculino tan poderoso como la divinidad femenina, que abruma nuestros sentidos. El deseo glotón infantil se ha cumplido horrorosamente, y los hijos han ejercido una violencia ahora interminable para difundir la NOTICIA FALSA ESPIRITUAL de que hay un gran patriarca en el cielo, el autor de nuestro mundo, a quien seremos forzados a entregarnos algún día.

El macho, como el espermatozoide, tiene un rol de apoyo en la perpetuación de la vida, pero no es en absoluto la primera figura. Apenas una fracción del tamaño del óvulo, ese pequeño espermatozoide ilustra una proporción que expresa de manera muy precisa el lugar del macho en el volátil, apasionado y voluptuoso orden de la creación. Sáquense de sus mentes la gran fantasía blanca del 50/50, que todo pastor bien intencionado o su hijo científico y secular les han enseñado. Las mujeres se han aferrado durante mucho tiempo a esta insidiosa ecuación ofrecida por sus hijos, un apaciguamiento que promete que el patriarcado se está por terminar, que la esclavitud del bello sexo está llegando a su fin y que estamos encaminados inexorablemente a un mundo más igualitario y justo. O sea… 50/50.

Pero la explosión demográfica, el desequilibrio de la riqueza y el eco-colapso cuentan una historia distinta. En su mundo, el sadismo del Antiguo Test(ículo)amento y la caridad lastimera del Nuevo tienen sentido cuando se los junta, y a los pobres se los presiona, cuando se los encarcela, para que se declaren culpables y así no corran el riesgo de fallar en la defensa de su inocencia. En su mundo, el de él, la “creencia” en la investigación sobre el clima puede ser descartada como un sistema de fe rival. En su mundo, pagamos por el veneno que se nos devuelve bajo la forma de una torta delicada, promocionada por sus propiedades medicinales. En su mundo, el futuro de nuestra especie depende de la colonización de otros planetas. En su mundo, la mitad de la producción de desechos radiactivos de la Unión Soviética es directamente inyectada en el suelo, como una vez informó The New York Times, para no mencionarlo nunca más. Es un vertiginoso 50/50 de mentiras que continúa confundiendo, asustando, desempoderando… y asegura nuestra conformidad continuada.

Mientras tanto, la creación es Femenina de principio a fin. Se mueve en una espiral inexorable y pare nuevas, vertiginosas versiones de sí misma. Talla penes de su propia carne femenina. Ella, Toda Femenina, relega una porción de sí misma para servir como macho a fin de asistirse en la creación de nueva vida. Al final del día, la soberanía de la masculinidad es una ilusión. En esencia y en origen, somos enteramente Femeninas.

Sin embargo, atrapado en un cisma en el que se imagina para siempre separado de la feminidad que lo engendró, “el hombre” sueña con apropiarse, en un demente manotazo de ahogado, del poder mágico de su madre. Nuestros intentos de héroe/bebé de asumir la autoría del mundo. Pero crear vida nunca fue su fuerte. Ese no fue el poder que Madre le dio. Como un animal que cae en una trampa, todos sus avances lo atrincheran cada vez más profundamente en su nuevo rol de dador de muerte. Incluso sus más alienados lanzamientos de bola con efecto son para ella el forraje de su iniciativa creativa; los pensamientos e impulsos de él no pueden existir fuera del reino de la Creación de Ella.

Su rol como dador de muerte es parte del diabólico y glorioso potencial de Ella: limpiar los campos cuando Ella debe hacerlo; vaciar el océano de todos los bebés que tanto le costó engendrar; eliminar los restos del naufragio de Su sistema en preparación de algo completamente Nuevo: sus próximos hijos, inimaginables para nosotros. Ella ya nos usa como a idiotas que se zangolotean: hacemos su trabajo pesado en nuestros laboratorios, pavimentamos el camino para nuestros reemplazos, mientras fantaseamos todo el tiempo con la idea de que el apocalipsis que facilitamos podría ser nuestro pasaje para escapar de sus garras, e imaginamos que al menos podríamos ser teletransportados fuera de esta maldita eternidad y devueltos a la articulada higiene de la mente de nuestro padre… ese lugar especial donde un mal hombre nos espera sobre una pila de plumas compasivas, en un reino espiritual imaginario más allá de la cortina de lo manifiesto.

Mis sentidos me dicen que no hay tal cortina. Sospecho que es una womanifestación de pies a cabeza, y siempre lo fue, ya se trate de un remolino de perdición solitaria en una galaxia lejana o de un paraíso verde y deslumbrante, poblado de los helechos más gentiles. Es un universo femenino, y cada persona que alguna vez haya intentado convencerlos de lo contrario está haciendo poco más que golpear el pecho de su madre, enfurecido por el aprieto que enfrenta como una hoja a punto de caer del árbol de la vida.

Me gustaría sugerir que la construcción de nuestra imaginación colectiva de un des-lugar, concebido como el opuesto binario del mundo que percibimos –ese mundo no manifiesto o “Cielo”, ese oasis trágico de desahogo de una potencialmente eterna experiencia caleidoscópica– es sólo eso: una construcción. Tal vez no haya un revés de la creación, ningún punto en el que la Feminidad deja de ser y finalmente se entrega, contenida al fin en la mente de un dios macho.

Las mujeres son mujeres, y también lo son los hombres, y la ilusión de que estamos espiritualmente separados –o de que vamos a estar espiritualmente separados– del resto de la existencia es una psicosis que nos arrastra a la virulencia. La corta vida de un virus, aunque sea suficientemente natural, es una triste receta que nunca nos traerá felicidad o alegría duradera. De hecho, sólo nos traerá más adicción, miseria y muerte.

Como zombis merodeadores, estamos tomando el camino del menor esfuerzo en la encrucijada de las decisiones. ¿No deberíamos tratar de reunir nuestras mentes colectivas por un minuto y al menos puntualizar verdaderamente nuestra postura sobre esta cuestión, dado que es la más difícil decisión que tomará nuestra especie? El apocalipsis hecho por el hombre que enfrentamos no estaba escrito en las estrellas; es una noción que creció como moho de los textos de un grupo de monjes frustrados blandiendo sus plumas.

Tal vez estemos aquí para siempre, de una forma o de otra, ya sea como gentiles mamíferos, semillas, cepas de gripe o simplemente como un bolsillo de oscuridad. Tal vez es nuestro horror ante la idea de esta amenazante realidad existencial lo que nos compele a torturar, agotar y esclavizar a la tierra, en un esfuerzo para disminuir Su tempestuosa, tierna, viscosa, explosiva, aterradoramente paciente Naturaleza. HAY QUE REINSTAURAR EL ARQUETIPO FEMENINO COMO CENTRO DE LA CREACIÓN, y no porque sea el turno de Hillary Clinton de dar un paseo en burro, sino porque a menos que reparemos los sistemas de creencia que están en la raíz de nuestro deseo colectivo de morir, pronto alcanzaremos nuestro clímax.

La Tierra no lamenta su pérdida; Ella sólo pierde. Llegado el momento, imaginará otro mundo para que lo exploremos. Pero es posible que las vidas que estamos diseñando para nosotros ahora, como las de esos miles de millones de pollos criados en fábricas, sean mucho menos hermosas y mucho menos piadosas que las evanescentes memorias de la cuna de la Naturaleza, que una vez estuvo reservada tan amorosamente para nosotros.

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