Guerra santa: sobre “Un libro de mártires americanos”, de Joyce Carol Oates

Reseña de Un libro de mártires americanos, de Joyce Carol Oates (Barcelona: Alfaguara, 2017), que salió en la diaria el 20 de abril de 2018.


Desde el desolador primer capítulo de Escenas de la vida conyugal (Ingmar Bergman, 1973) a la pueril Juno (Jason Reitman, 2007); desde virtuosos poemas como “Tres mujeres”, de Sylvia Plath, o cuentos de autoras tan diversas como Lucia Berlin, Yiyun Li y Samanta Schweblin a la vergonzante tirada de versos que el senador argentino Esteban Bullrich publicó hace unas semanas en Instagram, el aborto es, y cada vez más, no sólo un tema “de agenda”, sino también literario y artístico.

A principios del año pasado se publicó en Estados Unidos Un libro de mártires americanos, un volumen grueso (más de 800 páginas en su edición castellana, aparecida a fines de 2017 en Montevideo) con el que Joyce Carol Oates, una de las más destacadas escritoras estadounidenses con vida, entra decididamente en la discusión, con afán polémico. La novela (calificada en la contratapa de “río”, aunque no quede claro por qué), sigue durante un período largo la historia de dos familias unidas por la fatalidad: el asesinato, en 1999, de Augustus Voorhes, médico especializado en salud comunitaria y reproductiva, a manos de Luther Dunphy, carpintero y techador evangélico, autoproclamado “Soldado de Jesús”. En torno a estos dos polos Oates aprovecha para discutir no sólo el aborto, sino también, con diversos grados de profundidad, los problemas raciales (sobre todo con respecto a las comunidades indígenas), la pena de muerte, la religión y el fanatismo, la noción de familia e, incluso, el boxeo femenino, en Estados Unidos, fundamentalmente después del atentado a las Torres Gemelas.

La mera visión del libro dice mucho de lo que en él podemos encontrarnos. Su tamaño, en principio, parece indicar que Oates, aunque la extensión sea uno de sus atributos, se tomó su tiempo, que este no es otro título más en su producción, que supera al momento las 50 novelas (y varios conjuntos de cuentos, de poemas y de ensayos): que esta podría ser, incluso, su último intento hasta la fecha de escribir la “Gran Novela Americana” (el anterior tal vez sea Blonde, de 2000). Esta conjetural “obra total” que, en palabras de Frank Norris, no está extinta como el dodo, sino que es mítica como el hipogrifo, funciona como combustible de buena parte de la literatura estadounidense, que en gran medida puede pensarse como una caza de ese hipogrifo que dé cuenta, en su complejidad y en su uso de materiales heterogéneos, del “espíritu” de su país. ¿Lo logra Oates con Un libro de mártires americanos? No podría asegurarlo, pero el intento, en toda su despareja inmensidad, bien vale ser leído.

Pero, antes, volvamos al libro como objeto: tan sólo verlo, en la vidriera de la librería o en la foto que acompaña esta reseña, basta para reparar en la imagen de portada que ostenta la edición española, una fotografía de la holandesa Laetitia Molenaar, famosa por sus recreaciones, con modelos, de la obra del pintor estadounidense Edward Hopper, en esta ocasión del cuadro Verano en la ciudad, de 1950.

La elección no podía ser mejor: para quien conozca el “original”, esta versión, tan parecida y tan radicalmente distinta, dice mucho no sólo de los tiempos actuales, sino de la novela cuya tapa ilustra. En esa copia fantasmagórica, en su “realismo” extremo, que actúa a la vez como actualización y como alejamiento, puede verse, efectivamente, una clave de lectura. Hopper, de hecho, es nombrado en algunas ocasiones por varios personajes. La primera, casi al pasar, ayuda a crear un ambiente, un clima que en la narración (rasgo común en Oates) se logra a menudo mediante la mención o la cita de obras de pintores o poetas, aunque estas referencias culturales estén en general asociadas con una de las dos vertientes de la novela (la de los Voorhes, quienes posiblemente las “conozcan”, mientras que para los Dunphy están reservados los versículos bíblicos).

Para describir la ciudad vacía, la narradora de uno de los fragmentos dice, entonces: “Las aceras de Sainte Croix estaban tan pobladas como las de un cuadro de Edward Hopper” y, en otro, un personaje, Kinch, compara su vida, siempre “en una especie de antesala del crepúsculo”, con las obras del pintor. Sin embargo, en el pasaje que sigue a ese, más extenso, es en el que se discute realmente la obra de Hopper y uno podría establecer, a partir de esa discusión, una valoración del estilo de Oates: el atribulado y enfermo Kinch califica más adelante al artista de “tosco”, a lo que la madre de Voorhees, la altanera y distinguida Madelena Kein (no es azarosa la conservación de su apellido de soltera, que recuperó tras abandonar a su familia cuando su hijo tenía ocho años) responde que Hopper lo es cuando se lo compara con otros pintores, pero no cuando se lo observa en sí mismo. Su nieta Naomi agrega, para defender a su abuela, que sus cuadros le parecen “bellos”, “haunting” (que se puede traducir al mismo tiempo como evocadores y como como inquietantes).

Así, se podría decir, es la prosa de Oates: tosca cuando se la compara con algunos contemporáneos, pero evocadora en sí misma. Su tendencia, además, a temas controvertidos que le han ganado cierta fama de sensacionalista (lo que, en cierto modo, no deja de ser cierto), hace de sus libros piezas realmente inquietantes, pero a la vez imposibles de soltar. Esta novela, con sus ocasionales cambios de ritmo y sus caídas en el sentimentalismo, con sus torpezas y sus lugares comunes, con toda su imperfección y desmesura, no es la excepción.

El tema, los temas

Un libro de mártires americanos está dividida en varios capítulos (organizados en cinco partes) de longitud dispar, que se centran alternativamente en una u otra familia. Si más adelante la división será más aleatoria, en las primeras secciones Oates se dedica a hacer sendos retratos de Luther Amos Dunphy y Augustus (Gus) Voorhees, los hombres cuyos nombres quedarán relacionados para siempre. Por un lado, el médico y los suyos (esposa, dos hijos biológicos y una adoptada) encarnan a la familia liberal, progresista y bien pensante americana: son blancos, universitarios, feministas, cultos, pragmáticos, están involucrados en causas sociales, en contra de la pena de muerte y a favor de la libertad reproductiva. Por otro, los Dunphy (Luther, su esposa y sus cuatro hijos, que eran cinco) son lo que comúnmente se llama “white trash”: aunque también blancos, son pobres y viven en la exclusión social, tienen un nivel de educación bajo y son fervorosamente religiosos (evangelistas), conservadores y patriotas.

Así puestos, parece que nos encontráramos ante dos bandos en guerra, claramente delimitados e irreconciliables, y es por eso que cuando Luther asesina a Augustus y a un voluntario en el estacionamiento de una clínica de mujeres del condado de Broome (en un pequeño y ficticio pueblo del Ohio rural) no siente culpas ni considera que deba ser juzgado, porque en la guerra el asesinato es legal y, en todo caso, la muerte de Voorhees no es más que en defensa de los inocentes que el doctor habría matado en caso de seguir trabajando. Oates logra, en las secciones de la novela dedicadas a los Dunphy, reproducir un discurso terrible que evidentemente le disgusta y, en sus mejores momentos, cuando no cae en la ramplonería, logra poner al lector en la piel del homicida devenido mártir, en el centro de sus angustias y sus culpas, de sus tribulaciones y, también, de su falta de respeto po “la ley humana”, así como lo hará luego con su hija Dawn, que se convertirá en una boxeadora de cierto renombre. Cuando escribe sobre Voorhees (y luego sobre su hija Naomi, obsesionada con la memoria), para compensar, Oates busca también las señas de su propia irracionalidad, de su obstinación y su confianza en estar en lo correcto, de su esperanza ciega en la bondad humana. A medio camino entre la caricaturización y el retrato complejo, sirviéndose de un manejo ingenioso y efectivo de los narradores (sobre todo en la segunda parte, en la que el narrador en primera persona no parece identificarse, al menos al principio, con ninguno de los protagonistas) y de las distintas voces, Oates evita el encasillamiento y logra, con cierta holgura, rehuir la escritura panfletaria.

Pero esta doble distancia, bastante medida y lograda, entre Voorhees y Dunphy es lo que ha provocado reacciones tan adversas entre la crítica. Si Ayana Mathis, desde The New York Times, cuestionaba el “peligroso paternalismo” de la novela, que no encuentra utilidad ni redención en la religión y estigmatiza a un sector de la población ya de por sí marginado, Eleanor J. Bader, desde el sitio rewire.news (centrado en temas de salud sexual y explícitamente a favor de los derechos reproductivos), lamentaba la oportunidad perdida por Oates de defender la causa de los pro-choice y de denunciar “a aquellos que creen que tienen derecho a imponernos su moralidad”. Es decir: mientras que desde algunos sitios se le cuestiona su retrato a menudo mezquino de los white trash (no les permite ni un instante de auténtica felicidad), desde otros lo que se reclama es una mayor claridad en la acusación del criminal, que la condescendencia permite ver casi como un héroe.

No obstante, en esa vacilación radica una de las fuerzas de la novela, porque es esa pendulación la que determina su extensión, su multiplicidad de tramas y niveles, su análisis casi siempre lúcido de las causas y efectos de los actos humanos, cierto alejamiento del reduccionismo al que nos acostumbra la discusión pública, la presentación de variados puntos de vista sobre grandes temas como la vida, la muerte y el papel del Estado y, sobre todo, de algunas de las muchas maneras de ser madre y de ser mujer.

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