En el espejo: sobre “Suicidio”, de Édouard Levé


Es imposible eludir las circunstancias de publicación de Suicidio, última novela del francés Édouard Levé. En 2007, unos días después de entregar el manuscrito a su editor, en efecto, Levé terminó con su vida. Tenía 42 años y una obra que consistía, al momento, en varios cuadros, tres libros cercanos a la literatura conceptual y una decena de series fotográficas. Probablemente debido a esa circunstancia y a la propensión a la autorreferencia del francés y de nuestro tiempo, su publicación póstuma se leyó a menudo en clave de despedida, de nota suicida, de testamento. Sin embargo, estas lecturas, que buscan conexiones simples entre la biografía del autor y su creación artística, a menudo llegan a conclusiones ingenuas y, lo que es peor, poco interesantes.

Es preferible, por eso, pensar Suicidio como pieza autosuficiente, aunque las relaciones con los proyectos anteriores de Levé sean evidentes, sobre todo con Autorretrato (publicado en este hemisferio por Eterna Cadencia en 2016), que comienza invocando, ya en la primera oración, dos libros disímiles de títulos simétricos (La vida instrucciones de uso, de Georges Perec –1978–, y El suicidio instrucciones de uso, de Claude Guillon e Yves Le Bonniec –1982–) y desde el comienzo pone en primer lugar el tema de la autoeliminación, fantasma que rondará buena parte de su escritura, así como las relaciones entre literatura y vida. A pesar de esto, las conexiones con su obra fotográfica pueden ser acaso más elocuentes. Muchas de sus series conceptuales involucran una dislocación: cuando Levé le sacaba, por ejemplo, fotos a gente “común” que tiene nombres “ilustres” (Yves Klein o André Breton), a ciudades norteamericanas que se llaman como grandes metrópolis (Paris o Calcuta) o a varias poblaciones francesas denominadas Angoisse (angustia), lo que queda claro es que los nombres, como explica su traductor al inglés Jan Steyn, no son transparentes.

Con Suicidio, una brevísima pieza en prosa intensa y contundente, estamos ciertamente ante un texto que juega con la opacidad del lenguaje y encuentra su fuerza, a la vez, en su imposibilidad de dar cuenta de la experiencia humana y la ambigua felicidad del intento. La anécdota es sencilla: el narrador cuenta, en pulcro desorden, las peripecias vitales de un amigo que se suicidó 20 años atrás y, sobre todo, sus consideraciones en torno a su muerte. Usando la segunda persona del singular, Levé no sólo pasa del “yo”, predominante (por supuesto) en Autorretrato, al “tú”, sino que, con este gesto, abre su obra a nuevas posibilidades expresivas, que dan un nuevo matiz a su corpus, tendiente a cierto encierro, y hacen de este libro, si no el mejor, el más generoso de los suyos.

Más allá de la carga emotiva, Levé no descuida el costado más formal, que fue una de sus preocupaciones. En consecuencia, hay una evidente superposición de la enunciación del proyecto y de su realización (y eso, inevitablemente, lleva a pensar en el debut literario del autor, Obras, de 2002, que consistía en la descripción de una serie de obras que no existían al momento), que se van alternando, entre la práctica artística y la teoría, como si el plano y la construcción fueran una misma cosa, de un modo que recuerda a buena parte de la literatura heredera del grupo oulipiano, a la que tanto debe.

En Suicidio, por sus propias características, este doble movimiento está muy marcado. En cierto punto, por ejemplo, el narrador dice: “Un diccionario se parece más al mundo que una novela, pues el mundo no es una secuencia coherente de acciones, sino una constelación de cosas percibidas”. Esta sentencia, que puede sonar un poco de Perogrullo a esta altura (¿alguien realmente piensa que la única forma de dar cuenta de una vida es siguiendo un esquema narrativo clásico?), es la que, no obstante, marca el tono del libro, que, coherente con esta poética, está armado de recuerdos que van llegando, uno a uno, a la mente del narrador, como fogonazos, sin más aparente sentido que dar un boceto (siempre tentativo, siempre insuficiente) de un hombre.

Así, aunque (como la ficcional novela La ruina de los Garnieri, que por error se habría impreso desordenada) la vida está en desorden, el narrador de Suicidio (como el ficcional autor Prospero Miti) no la arregla, no la acomoda ni organiza. De este modo, la biografía del amigo no es reconstruida ni explicada, sino apenas mostrada como ruina, como lo “casualmente bello”, que se convierte en objeto estético sin querer, incluso a su pesar.

La muerte, entonces, aparece como fuerza misteriosa, que altera el pasado: “Tu vida fue menos triste de lo que tu suicidio podría hacer creer”, dice el narrador, y en esa frase se encuentra uno de los centros de este texto que, obsesivamente, intenta recuperar una voz, el conjunto de peculiaridades y rarezas que hacían al amigo, para construir una suerte de retrato en el que el otro, el muerto, pueda verse. La dilación, esos 20 años de espera entre la muerte y su eco, que es la escritura de los hechos, sólo da –al final– cuenta del espeso abismo, la distancia problemática entre la vida y el arte.

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