Arderemos como luces de neón


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Hay algo que fascina en la corrupción de lo bello. Es probable que, colorida y con brazos, como fue en un principio, la Venus de Milo no despertara la fascinación que despierta ahora, mancillada por el tiempo para siempre. Los brazos ausentes, la cicatriz rugosa, como de quemadura, que dejaron las amputaciones, son tan parte de su atractivo como el resto del cuerpo, como su antigüedad, ante la que parece decir acá estoy todavía. Las historias torcidas de los héroes son siniestramente cautivadoras. Siguen la forma de la tragedia griega: nada sirve mejor para la catarsis que el sufrimiento de quienes lo tienen todo, que parecen recordarnos que, a pesar de su fama, son humanos y están, como nosotros, a merced del destino.

Especialmente propensas a estas narrativas son las estrellas pop, que nos hacen ver como en un espejo oscuro todo nuestro patetismo, desesperanza y apatía, y cuyas crisis nerviosas, historias de pérdida y abandono, se mueven siempre en la sutil línea entre la honestidad intempestiva y la estrategia de marketing, entre la verdad abierta y la natural artificialidad de la brillantina.

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Cuando cocino, lavo los platos o los vidrios de la casa, a menudo escucho pop. Hay algo en los sonidos electrónicos, el compás agitado y repetitivo, que hace que sea la música más propicia para llevar a cabo este tipo de labores. Porque el pop tiene una textura que lo hace acoplarse a la perfección con los ritmos del trabajo, servirle en sus movimientos acelerados. La música, lo dice Madonna, hace que las personas (el burgués y el rebelde) se junten.

Aparentemente, no hay lugar para la lucha de clases en la pista de baile, pero las tortuosas relaciones entre el sujeto y las mercancías asoman como discretas protestas maquilladas y nos exponen entonces sus enfermedades: la depresión, la ansiedad, la evasión, el temor al fracaso y la sombra omnipresente del suicidio. Como si lo imposible de decir sólo pudiera ser expresado por el que ya fue cooptado, que no tiene poder real, que no es más que una suerte de propagandista mecánico del sueño americano y, al mismo tiempo, se parece al desecho inane de esa máquina.

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Siempre me interesó la figura de la niña actriz, en Hollywood, que en la serie BoJack Horseman se retrata con una crudeza impactante mediante la vida de Sarah Lynn. Shirley Temple, Judy Garland, pero también Britney Spears y, más acá en el tiempo todavía, Miley Cyrus. En esa categoría se puede ubicar a Demi Lovato, que recientemente fue vuelta a internar, esta vez por una sobredosis casi letal de una sustancia todavía desconocida.

Las señales estaban ahí, ante todos: su último sencillo, “Sober” (sobria), que ella llamó “mi verdad”, trata sobre la pesadilla del síndrome de abstinencia, la adicción a la bebida y su lugar en la sociedad. Ya en el documental Simply Complicated (2017) había hablado de su padre, de sus problemas alimenticios, de su bipolaridad, de su sexualidad, del consumo de cocaína y fármacos, y de la vida de estrella. Ocho años tenía cuando comenzó en el show de Barney y sus amigos. Desde entonces, y sobre todo a partir de su actuación en la película Camp Rock (2008), Lovato no se detuvo y su carrera siguió un trayecto vertiginoso y acelerado que la puso siempre al límite, con el mandato (Disney y su pureza de luces plenas mediante) de ser un modelo a seguir para las jóvenes, de convertirse en un símbolo de algo que no se sabe del todo qué es.

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En el pop todo es cuerpo diseccionado, fragmentario. Todo se funde en una masa hecha de trozos unidos como a la fuerza, que despiertan el arrebato pasional con la potencia del fetiche. Por eso quienes se quejan cuando las cantantes hacen playback están equivocados: en el pop todo es presencia. Por eso estas criaturas visten y desvisten sus cuerpos ante nosotros, por eso se entregan (la virgen o la prostituta) como los jovencitos al Minotauro, para ser devoradas (recuerdo ahora el collage de mil ojos de Metrópolis –1927–, de Fritz Lang): se convierten en un traje de látex, las mallas con la estampa de un oso entre tierno y depravado, el cuero o la tiara papal sobre Rihanna, la garra, las uñas, el pelo de colores y hasta el perfume, atributos que irradian un fulgor propio, que se independizan de sus poseedoras y las nombran como por desplazamiento.

Pero mostrar el cuerpo, expuesto en toda su brillante desnudez, no es suficiente. No alcanza replicar la imagen en el scroll infinito ni en esculturas que adornan los museos de cera de la memoria. Por eso se abren las casas, cada instante de intimidad, por más burdo y cotidiano que parezca (un profético Leonard Cohen advertía ya en 1992: “Tu vida privada va a explotar de pronto”), no sólo a través de reality shows, sino además desde las cuentas millonarias de Instagram o Snapchat e, incluso, las canciones mismas, que siguen el melodrama vital depurado en música.

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¿Y qué hacemos entonces con la doncella sacrificada? ¿Nos da algún placer corrupto ver esas vidas que creemos perfectas arruinadas por la desmesura? ¿Qué hacemos ahora con ese cuerpo que se da en toda su vulnerabilidad para ser manoseado, para convertirse en moraleja del puritanismo norteamericano, en advertencia? ¿Qué nos dice en su palidez temblorosa, en su punto de quiebre, cuando se rapa la cabeza como para romper el hechizo?, ¿“no vayas sola al bosque”, como la bella durmiente en un cuento de hadas macabro? ¿Podemos vernos en el rostro de Demi Lovato en los segundos que dura el último video de la noche fatal, en su impavidez de máscara mientras todo resplandece y se consume?

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