La doble vida: sobre “El café del griego”, de Sergio Altesor

Reseña de El café del griego. Un estudio de la luz, de Sergio Altesor (Montevideo: Estuario, 2018), que salió en la diaria el 29 de noviembre de 2018.


Si hay una constante en la obra en verso y prosa de Sergio Altesor es la experimentación con la forma. Sus tres libros de narrativa publicados hasta ahora –Río escondido, de 2000, Taxi, de 2016, y El café del griego, que salió hace unas semanas–, en efecto, persiguen búsquedas formales bien diferenciadas. Si el primero, ganador del premio Posdata, era un solo párrafo torrencial que jugaba con la referencia fluvial de su título y el segundo tenía forma de diario, pautado por los días y los viajes del narrador, artista visual y taxista, esta última novela, que sigue de cerca aquellos libros (con los que comparte personajes), está dividida en tres secciones claramente distintas, de tal manera que uno podría pensar que está ante un conjunto de nouvelles que comparten universo o, si se quiere, de un tríptico.

En pintura, por lo general, el tríptico muestra (estoy pensando en los de los artistas del Renacimiento flamenco) tres momentos de una historia, la mayoría de las veces bíblica, que se puede leer de manera secuencial (de izquierda a derecha), aunque a veces tenemos simplemente tres instantes de una vida, tres miradas sobre el mismo personaje o cierto episodio. De modo similar –aunque la lectura tal vez deba hacerse de derecha a izquierda, porque se empieza contando eventos de 2002 y se termina, tras un pasaje por los 90, 20 años antes– El café del griego (que tiene por sugerente subtítulo “Un estudio de la luz”) propone, en una muestra más del dinamismo que define la narrativa de Altesor, un conjunto de “cuadros” que buscan dar cuenta de un tiempo y de los periplos de un conjunto de personajes signados por el amor, los desplazamientos y el arte.

Mientras que Río escondido seguía la peripecia de Pedro Fontana en Nicaragua y Taxi su regreso a Suecia, en En el café… nos encontramos con una multiplicidad de tiempos y lugares, que comienza con los primeros años de los 2000, en plena crisis del Río de la Plata, cuando, para una generación, los países nórdicos aparecen no como el lugar de asilo que fue para sus padres, sino como un hostil refugio en el que buscar cierta estabilidad económica. En efecto, el protagonista del primer relato es un argentino que había vivido en Suecia con sus padres, exiliados políticos como el protagonista de las otras novelas, y el propio autor.

Esta primera parte, una narración más convencional, en tercera persona y dispuesta en una prosa sin divisiones internas, se centra en la llegada de Pablo Caballero (que antes había estado en España y dejó en su país a una novia) y sus encuentros con personas y lugares de un pasado que sólo le pertenece a medias. Aunque es el relato más débil del conjunto, “La gran oscuridad” ayuda a dar el tono y presenta, aunque a veces de forma oblicua, a los personajes principales, a la vez que funciona como un acercamiento desde otro lado al país que marcó la obra (también poética) de Altesor, incluidas algunas críticas al utilitarismo y a la mercantilización del sujeto en el nuevo milenio.

En la siguiente sección se presenta el relato en forma de diario –que se nos adelantó ya en las andanzas de Caballero–, escrito por Duarte, un poeta devenido novelista que fue amigo de los padres de Caballero. Estos días de 1994, cuya escritura dispara el regreso del hijo de sus antiguos amigos, se centran en el café del título y en sus parroquianos, sobre todo en un pintor que, aunque no se nombra jamás, el lector de las obras anteriores de Altesor puede asimilar a Fontana, cuya presencia se empieza a esbozar ya en la primera parte (mediante un retrato) y va cobrando intensidad hasta pasar a ser el centro de la acción en la parte final, no sólo la más extensa del conjunto (más o menos la mitad del volumen), sino también la más lograda.

Girando en torno a un muy anticipado viaje a Polonia, la tercera sección nos sitúa en 1982 y, a través de una narración que vuelve a la tercera persona pero se divide en capítulos, sigue los pasos del “pintor” (sólo así se lo llama) mayormente en Cracovia, a donde llega curioso por un estudio de animación. En episodios que tienen los tonos oscuros de los films de Jerzy Kucia, la acción pasa de la reflexión sobre las costumbres del país (su absurda fijación con el American way of life, la vida tras la ocupación de la ya por entonces decadente Unión Soviética, el reciente surgimiento del movimiento Solidaridad, etcétera), las posibilidades estéticas del trabajo con escasos recursos y los límites de la figuración, a las cavilaciones sobre la belleza en un sentido amplio, que se encarna en la figura de unas mujeres que son a la vez la materia de la memoria y los desvelos del presente.

En ese sentido, Altesor profundiza una técnica ya utilizada anteriormente, por la que el tiempo actual y el pasado se empalman de manera que parecen dos diapositivas iluminadas en simultáneo, proyectando una imagen que, aunque conserva rasgos de ambas, se convierte en otra. Tras la llegada a Polonia del pintor, se dice, por ejemplo: “Cuando estuvo solo sacó una toalla y un jabón de su bolso y se metió en la ducha. Después de ducharse se recostó un momento a descansar. Despertó en el hotel de Nueva Orleans”. Estos fragmentos, que abundan en las páginas del final, desconciertan a menudo al lector, que, acaso como el propio personaje, pierde por momentos (gustosamente) la noción del tiempo y el espacio.

Así, aunque el libro, como ya se sugirió, es algo más desparejo que los anteriores, también tiene una cuota de ambición que hace de esa aparente debilidad una fortaleza. En su necesidad de explorar lenguajes (no sólo a nivel del léxico, que se enriquece con una mezcla inteligente de variedades, sino también con la interacción entre palabras e imágenes, a través de las ilustraciones de Cecilia Mattos que dan tono a las secciones con sus empastes densos de colores apagados) y espacios nuevos (los ya mencionados, pero también Dinamarca y, sobre todo, el trasiego en barco o en tren entre los distintos puntos), Altesor se muestra en un punto de plenitud creativa, sobre todo por su hábil trabajo con una serie de lugares comunes (“el regreso es imposible”, “el exiliado no tiene patria”, “el amor nos salva”, “el arte enriquece”), encarnados y puestos a prueba por un grupo de personajes transidos por la imposibilidad, partidos de su lengua y de sus vidas pasadas, doblemente expatriados.

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