Poetas líricos en lengua inglesa: Byron, Shelley, Keats y otros

Cuarta parte del prólogo de Silvina Ocampo a la antología Poetas líricos en lengua inglesa (Buenos Aires: Jackson, 1952 y Barcelona: Océano, 1999).


“…desechar los superficial y lo pequeño, desdeñar lo trivial, y seleccionar en la cantera los trozos que resistirás los más duros golpes del martillo y que retendrán todas las marcas del cincel”: con estas palabras Walter Savage Landor definió con exactitud un ideal que Byron ni remotamente se propuso.
En medio de la romántica y lujosa poesía de la época, los poemas de Landor son lisos y netos como un trozo de mármol. Una gran serenidad distinque los versos de este poeta, que en la vida tuvo un carácter sombrío y violento. El epigrama dedicado a sus últimos días demuestra en la primera línea, su orgullo:

I strove with none, for none was worth my strife:
Nature I loved, and, next to Nature, Art:
I warm’d both hands before the fire of Life;
It sinks; and I am ready to depart.

[Contra nadie luché; nadie fue digno de mi lucha.
Amé el arte después de la naturaleza:
Calenté junto al fuego de la vida mis manos;
El fuego ya se extingue y estoy pronto a partir.]

Landor dejó una serie de epigramas hermosísimos: There is a Mountain and a Wood Between Us, The Leaves are Falling, Ianthe’s Question y Rose Aylmer son mis predilectos.

Sin exageración dijo Byron de Thomas Moore: “Es el poeta de todos los círculos y el ídolo de su propio círculo”. Un vasto público admiró las sentimentales canciones de Moore. De los diez volúmenes de sus Poetical Works han perdurado tal vez una docena de canciones.

Los tres magníficos y extraños sonetos de James Henry Leigh Hunt: The Fish, The Man y The Spirit son dignos de mención especial.

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Retrato de Lord Byron grabado por Henry Meyer en base al trabajo de George Henry Harlow (1816)

Como un pintor que espera conseguir la luminosidad de un cuadro con excesivos colores, o un músico la riqueza de una sinfonía con demasiados instrumentos, Byron recurre inconscientemente a medios burdos para conseguir efectos vívidos en sus relatos. Sus procedimientos muchas veces no son poéticos. Trata el verso sin escrúpulos. La obra de Byron es copiosa. Su primer libro, que publicó durante su estada en Cambridge, se titula Hours of Idleness. En 1812 publicó las dos primeras partes de Childe Harold (en verso spenseriano), luego The Giaour, The Bride of Abydos, The Corsair, Lara, Parisina, Cain, Manfred y Don Juan. Entre tantos versos, muchas veces vulgares, brillas verdaderas joyas poéticas. El lector tiene que resignarse a poner orden, a descubrir, a seleccionar.
El renunciamiento, la restricción, la elección deben ser fuentes de inquietud para un artista. “El progreso de un artista es un continuo autosacrificio, una continua extinción de la personalidad (T. S. Eliot, Individual Talent). Byron no tuvo esta preocupación, me aventuro a decirlo; Bryon no fue un artista: le faltaron los escrúpulos de la meditación, la delicadeza del sentimiento y de la medida. Las frases que escribió en prosa son más armoniosas y puras que las que escribió en verso. Se advierte frecuentemente el alarde de sus culpas, y no el arrepentimiento, en muchas confesiones de este tipo:
“Nadie con su negligencia ha hecho tanto para corromper el lenguaje como yo”.
“Escribí Lara mientras me desvestía en mi casa después de un baile de disfraz, en el año de orgías de 1814. Escribí en cuatro días The Bride of Abydos; The Corsair, en diez. Ésta es una humillante confesión: prueba mi falta de juicio en publicar estas obras y la falta de juicio del público en leer cosas que no tienen fibra para perdurar”.
“La poesía no es mi primordial vocación; para buscar entretenimiento en los opacos momentos de malestar, o en la monotonía de las horas ociosas, cultivé este pecado: poco puede esperarse de una musa tan escasamente promisoria”.
Goethe dijo de Byron: “Indiscutiblemente, debemos considerarlo el más grande talento de este siglo”. En la casa de Goethe se advertía una especie de adoración familiar por el poeta inglés. “¡Quién podrá igualarlo como poeta!” “En los momentos en que reflexiona es un niño”, exclamaba Goethe, conmovido.
La fama de Byron se debió en gran parte a su título, a su belleza, a su alarde de misterio, a sus aventuras amorosas y a su heroica muerte en Grecia. Su influencia fue considerable y se lo admiró no sólo en Alemania, sino en Francia, en Rusia, en Italia, en España y en Inglaterra, sobre todo por sus contemporáneos.

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Retrato de Percy Bysshe Shelley de Amelia Curran (1819)

Los dos poetas más jóvenes de la gran Pléyade romántica inglesa, Shelley y Keats, pertenecen más esencialmente al siglo XIX y no están ligados entre ellos ni unidos a los siguientes como los últimos poetas que he mencionado.
Percy Bysshe Shelley tuvo un rostro y una vida que ne gran medida contribuyeron a su fama.
Es difícil no contar su vida entre sus mejores poemas. El escándalo que provocó en la universidad de Oxford con The Necessity of Atheism, sus amores apasionados, los mensajes en defensa de la libertad, enviados en botellas, y tantos otros episodios son como cuadros donde no caben el tedio ni el desorden. En Eton lo llamaban “Shelley, el ateo”, o “el loco”. A los dieciocho años ya había escrito novelas y poemas. Los ensayos de Hume lo impresionaron vivamente. Por sus ideas revolucionarias lo expulsaron dos veces del colegio, y su familia lo repudió. Pero, inconmoviblemente, hizo este juramento: “juro, y si rompo mi juramento, que en este instante el Infinito o la Eternidad de fulminen, juro que jamás perdonaré la intolerancia.”
Shelley es uno de los poetas que más noblemente se ha conmovido ante su propia imagen. En sus poemas lo advertimos a veces como subyugado frente a un terrible y ardiente espejo. Contempla tu imagen, por la cual siente infinita conmiseración; esa imagen que sufre, lucha, goza y se transforma en las imágenes enamoradas de Harriet Westbrook, que buscó el suicidio en el lago Serpentina, de Mary Wollstonecraft Godwin (la autora de Frankenstein) y de Emilia Viviani, las más inquietantemente espiritual.
La producción literaria de Shelley fue incesante. Desde Queen Mab, poema con grandes imperfecciones, que escribió a los dieciocho años, hasta Triumph of Life, poema interrumpido por su muerte, no dejó de escribir con creciente ímpetu.
Alastor: or The Spirit of Solitude fue la primera obra importante de Shelley. En esta alegoría describe al idealista feliz en la contemplación de la belleza y de los pensmaientos, que muere de desesperación frente a la realidad.
Laon and Cythna or The Revolt of Islam fue escrito en estrofas spenserianas, en 1817, después de la caída de Napoleón, cuando sobrevino tanta miseria para las clases más pobres. Esta situación despertó el espíritu revolucionario de Shelley. El poema es la historia de Cythna, una muchacha heroica, que, dedicada a la liberación de su sexo, unida a Laon, su hermano, rebela el pueblo de Islam contra sus tiranos.
Prometheus Unbound es un drama lírico en cuatro actos; The Cenci, una tragedia al estilo elisabetano. Considero Epipsychidion como una de sus obras más hermosas. Este poema, que es una defensa del amor libre, no sólo platónico, sino físico y apasionado, se dirige a Emilia Viviano, en quien el poeta creyó encontrar el alma con la que estaba en perfecta armonía. Epipsychidion quiere decir “un alma sobre un alma”.
Los versos de Shelley que más me conmueven se encuentran en poemas breves, como Ozymandias, o en fragmentos, como Wedded Souls, The Sepulchre of Memory y Fragment to Music.
En Adonais, Shelley, al llorar a Keats, llora su propia muerte: sus palabras son el presentimiento de una despedida, y arden, se elevan, inextinguibles. Alucinantes, como nacidos del fondo del mar, brillan estos versos

I weep for Adonais—he is dead!
O, weep for Adonais!

[Lloro por Adonais, —¡ha muerto!—
¡Llorad por Adonais!]

Keats había muerto, tísico, en Roma, a los veintiséis años. Al año siguiente, 1822, murió Shelley ahogado en el golfo de Spezia, durante una tempestad.

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Retrato de John Keats de Charles Armitage Brown (1819)

John Keats, hijo del dueño de una cochería y empleado en la casa de un boticario, pensó en su primera adolescencia dedicarse a la cirugía. Después de pasar los exámenes abandono la carrera para dedicarse a la literatura. Fue amigo de Hazlitt y de Leigh Hunt; este último le hizo publicar uno de sus primeros sonetos en The Examiner.
“La poesía, dijo Milton, debe ser simple, sensible, apasionada”. Los versos de Keats reúnen estas condiciones. Keats se lamentaba de no poder escribir sin esa fiebre que fue su prisión. Sin embargo, tenía el culto de las sensaciones: “¡Ah, una vida más llena de sensaciones que de pensamientos!” Este poeta, que había nacido para los goces, sufrió durante toda la vida, pero sus ansias de belleza y de poesía lo llevaban a las regiones felices que se extienden más allá de la realidad.
“¡Ah, si algo dichoso me hubiera sucedido a mí o a mis hermanos! entonces podría tener esperanza; la desesperación me ha vencido como un hábito”. Pero, como dice en sus notas sobre Milton, “el infierno también está poblado de ángeles; también se mueve como la música”. El fervor fue la única dicha de Keats y la muerte presurosa no lo arrebató del todo: en sus poemas continúa vibrando con la sonoridad del cristal.
John Keats, el adolescente y desesperado poeta, ha dejado a la literatura inglesa algunos de sus más preciosos poemas. Es difícil encontrar, en una vida tan breve, una producción tan formada, tan segura. Como si hubiera presentido su rápida muerte, la evolución de su obra es vertiginosa. La transición que hay entre sus primeros y sus últimos poemas equivale a un trabajo de muchos años. Algunos poetas mueren sin haber tenido tiempo de escribir obras que ya habían concebido. La evolución se manifiesta en ellos lentamente, porque escriben en retardo, porque escriben lo que deseaban escribir y no lo que desean escribir. Keats ha realizado un milagro. Nos cuesta imaginarlo muestro en una edad en que la vida debía empezar para él.
En Endymion, poema que escribió a los veinticinco años, enamorado de la mitología griega, ambiciosamente, cuenta la historia de Endymion y de Cynthia, incluyendo en el relato las leyendas de Venus y Adonis, de Glauco y Scylla, y de Arethusa. La destreza que requería la realización de este poema estaba por encima de sus posibilidades. Él mismo lo confesó: “Es un febril ensayo más que una obra realizada”.
Hyperion es un poema inconcluso, del cual existen dos versiones. En la primera, Saturno llora su reino perdido y discute su recuperación con los titanes. En vano miran a Hyperion, el dios del sol, que no está dispuesto a ayudarlos. Luego aparece Apolo, y se interrumpe el relato. En la segundo versión, el poeta, en un sueño, cruza un jardín y se dirige a una tumba a la que nadie puede aproximarse. Luego Moneta, la dolienta diosa de la “marchita raza” de Saturno, le revela el destino de Hyperion, el último de los titanes, vencido por Apolo.
Durante el año 1819, Keats escribió gran parte de sus obras: a ese año pertenecen The Eve of Saint Agnes, Ode to Psyche, La Belle Dame sans Merci, Ode to a Nightingale, Lamia, Otho the Great y To Autumn. Sus poemas más perfectos son, a mí juicio, Ode to a Nightingale, Ode on Melancholy y Ode on a Grecian Urn.
Wilde dijo: “En Keats el espíritu artístico de este siglo encontró por primera vez su absoluta encarnación”.

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