Estrella negra: sobre “Vernon Subutex 3”, de Virginie Despentes

Reseña de Vernon Subutex 3, de Virginie Despentes (Barcelona: Random House, 2018) que salió, junto a la reseña de Teoría King Kong (Buenos Aires: Random House, 2018), en la diaria el 11 de enero de 2018.


Virginie Despentes tiene la ambigua fama de lo controvertido, de lo polémico e incluso de lo marginal. El problema de estas etiquetas, en general, es que funcionan en dos direcciones, de manera que, por un lado, a la autora se la encuentra a menudo encasillada en un difuso grupo de enfants terribles franceses (junto con Michel Houellebecq, ilustre escandalizador), a la vez que se la explica en una tradición literaria prestigiosa actualizada (algunos críticos la quieren ver como el resultado de la suma de Balzac e internet, por ejemplo), pero por otro lado, sin embargo, esas múltiples clasificaciones también conducen a cierta incomodidad cuando, al enfrentarnos con sus libros, no encontramos con el gesto de ruptura acaso anunciado en adjetivos como “iconoclasta” y “novelista punk”.

En efecto, los tres libros que lograron su definitiva consagración (en 2016, tras la salida del primer tomo de la trilogía, fue elegida para formar parte de la Academia Goncourt) no toman grandes riesgos formales, sino que continúan el desarrollo de la novela realista sin salirse demasiado de los parámetros que se establecieron a partir de las grandes narraciones del siglo XIX, incluso antes de la revolución que significó la obra de Marcel Proust. No obstante, si la estructura se mantiene más o menos dentro de los estándares más convencionales (narrador externo, con usos inteligentes del estilo indirecto libre y el cambio de foco), la apuesta de Despentes es más bien temática. En eso, aunque al principio el proyecto muestra los hilos y se revela quizás demasiado programático, la novelista logra (sobre todo a partir de la segunda novela, la más contundente de las tres) hacer vivir a un grupo muy amplio de personajes a través de los cuales hace un corte en la sociedad francesa, de la que toma tipos reconocibles que en conjunto configuran una “muestra” sin afanes de totalidad y funcionan como la pieza central de una maquinaria narrativa polifónica mediante la que la autora se da espacio para criticar el estado actual de las cosas y, en alguna medida, proponer una suerte de alternativa.

Como ya sabe quien haya leído las dos novelas anteriores, la serie aprovecha la caída y renacimiento de Vernon Subutex (antiguo dueño de una tienda de discos que se queda sin casa tras la muerte de su amigo Alex Bleach, una legendaria estrella de rock que era su sostén económico) para hacer un recorrido que empieza de manera local, apenas moviéndose dentro de Francia (sobre todo por París y, como mucho, su periferia), y va ampliando su área de influencia hacia los países vecinos, por medio de personajes que tienen como constante el desplazamiento, con un modo de vida marcado por lo precario, ya sea por su condición de homeless, de inmigrantes, por su orientación sexual, por su religión o, en el caso que de alguna manera alcanza su clímax en el segundo libro y se termina de redondear en este último, de fugitivas. Efectivamente, en torno a un confuso (y éticamente complejo) plan de venganza y a sus involucrados gira lo mejor de esta novela final (aparecida en Francia en 2017), que sigue con las peripecias de Subutex, La Hiena (lo mejor del libro), el siniestro productor Dopalet, Céleste, Aïcha, Max y Olga, entre muchos otros entrañables u odiados personajes.

Pero en el comienzo está el paraíso. Efectivamente, el libro anterior terminaba con la fundación de lo que parecía ser una especie de utopía neohippie, una comunidad de extraños seres desencantados reunidos alrededor del protagonista, devenido DJ de culto e inesperado gurú, acaso en un guiño a las reinvenciones de tantos “bohemios” hoy millonarios, aunque, al contrario que muchos de estos casos, a Subutex parece realmente no importarle el dinero y en su ascetismo llega incluso a despreciarlo, como quien reniega de una enfermedad. Así, entre la prosa filosa y potente que tiende a lo utópico y algo que se presenta como lo “real” (la imperfección humana y, de forma particular, su tendencia a la abyección), la novela vuelve de alguna manera al esquema de la primera entrega, a un vértigo de cambios de registros, de voces, de espacios, de historias.

En esta doble respiración entre personajes sólidos que han ido definiéndose a través de sus acciones durante el tiempo (la serie pasa las mil páginas en total) y otros que se van agregando al final y son retratados un poco toscamente y a las apuradas se encuentra la fuerza y la debilidad de la novela, siempre en busca de lo nuevo, atenta al mundo y a sus habitantes. En su afán total (sobresale en este libro su preocupación por las relaciones de Europa con el islam, pero también por el avance de grupos de ultraderecha y las políticas de austeridad y, en el año de #MeToo, aunque unos meses antes, por el abuso sexual), el texto se impregna de un fuerte potencial político, que se respira casi línea a línea, pero, aunque por momentos Despentes logra algunas de sus cimas narrativas (como cuando debe narrar el horror absoluto y logra mantenerse alejada del morbo), la novela está por su parte llena de episodios que sólo pueden verse como relleno, tal vez condición sine qua non de una obra así de ambiciosa.

Al final, en un epílogo de algún modo similar al que cierra El cuento de la criada (1984), de Margaret Atwood (aunque menos removedor que aquel, tanto desde el punto de vista narrativo como ideológico), la trilogía cobra un nuevo sentido y nuevas profundidades en principio impensadas y todas las críticas a la cultura del entretenimiento y las menciones al presente más inmediato (desde los atentados de París de enero y noviembre de 2015 o la muerte de David Bowie hasta el movimiento social Nuit debout, que ocupó la Plaza de la República en 2016 y prefigura en un sentido a los “chalecos amarillos”) adquieren un brillo distinto, en el extraño humanismo inconformista de Despentes.

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